Hogwarts: La Magia en tu Sangre



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Harry Potter and the Rising Shadows

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Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Vie Oct 07, 2011 8:01 pm

I. El Regreso

La macabra vista fue iluminada por la luz del sol a medida que éste comenzaba a ascender, eliminando las penumbras del bosque con sus rayos dorados. El calor comenzó a devolverle la vida al lugar, despertando a los animales que habitaban el bosque, sin embargo, el silencio era absoluto. El olor de la sangre les advertía del peligro a los que los rodeaban el lugar de la masacre.

En medio de un claro, justo donde el sol alcanzaba a iluminar, un enorme animal yacía inmóvil sobre el césped… su sangre lo rodeaba. Era, o había sido, una bestia imponente, fuerte, veloz y mortal pero ya no era más que un recuerdo que permanecería en las mentes de las criaturas que habitaban el bosque… y la de él.

Frente al cadáver de la bestia, un hombre se encontraba de pie, mirando al animal con una expresión aburrida. Sus ropas, al igual que sus manos, su rostro y la varita que sostenía, estaban manchadas con la misma sangre que manchaba el césped y los troncos de los árboles cercanos. Había sido una cacería agitada pero lo había conseguido antes de que el hombre lobo hiriera a algún muggle inocente del poblado cercano. Sieghart Liedger entornó sus ojos en cuanto la transformación del animal comenzó a revertirse. Los huesos tronaron debajo de los músculos, adoptando la forma original de la criatura.

Cuando la estructura ósea terminó de acomodarse, la piel del ser se aclaró, recuperando su color natural humano, y finalmente los colmillos, las garras y el pelaje se desprendieron del cuerpo, dejando a un hombre completamente normal tendido en donde la bestia había estado, haciendo que Sieg frunciera el entrecejo en cuanto lo reconoció.

- Fenrir Greyback... - habló el hombre. - Así que aquí era donde te escondías.

El hombre cubierto de sangre siguió mirando el cuerpo desnudo del hombre lobo más agresivo que hasta ese entonces había estado con vida en ese tiempo por unos segundos más. Analizó las heridas que lo cubrían, de las cuales ya no brotaba sangre, tenía un enorme agujero en la boca del pecho y varias cortadas y moretones. Pero la herida más grave y probablemente la que lo había matado era el enorme agujero en su garganta.

Sieg dio unos pasos hacia atrás antes de apuntar al cuerpo con su varita. Con una pequeña explosión, las llamas envolvieron el cuerpo y comenzaron a consumirlo, eliminando cualquier rastro físico de su existencia. El casi Auror miró como el humo se elevaba hacia el cielo mientras esperaba que el fuego terminara con su trabajo.

¿Quién podría haberlo pensado? Que ese sujeto hubiera podido escapar de Europa para esconderse en Norteamérica. ¿Cómo fue que los Aurors dejaron que sucediera? Sieg ahogó una risa al pensar en que tal vez no hubiera sido tan difícil, considerando en lo atareados que estaban los que trabajaban en el Ministerio de Magia luego de que Voldemort fuera vencido nuevamente. Realmente había sido una batalla formidable en la que él mismo había tomado parte en contra de los magos oscuros.

Volvió a mirar las llamas, mientras pensaba en la batalla y en lo sucedido después. Aún conservaba el deseo de integrarse a los escuadrones Auror pero debido a las acciones que había cometido después de su temporada en Hogwarts eso iba a resultar prácticamente imposible, hasta la batalla hacía unos meses atrás… tal vez ahora los miembros del consejo Auror y el nuevo Ministro de Magia podrían hacer la vista gorda a sus antecedentes.

Su mirada se ensombreció al recordar que cabía la posibilidad de que simplemente no fuera así y que el Ministerio se decidiera a no olvidar sus oscuras acciones, sin importar que se hubiera devuelto al bando de los buenos y los hubiera apoyado cuando más lo necesitaban. Incluso con la anterior intervención de Dumbledore y el apoyo de la nueva cabeza de Hogwarts, la directora McGonagall, las probabilidades de que el consejo decidiera darle una oportunidad eran muy bajas. Pero aún así, no perdía nada con probar.

La luz del sol se hizo más fuerte, llamando su atención y haciéndolo mirar al cielo nuevamente. Su mano izquierda subió hacia su pecho, donde frotó el medallón que colgaba de su cuello con su pulgar y su dedo índice. Unas pocas nubes aisladas se desplazaban lentamente hacia el este, el verano había sido realmente cálido. Ningún día desde que la estación calurosa había comenzado había estado nublado, ni pensar en lluvioso. El chasqueo de los huesos al quebrarse debido al fuego lo hizo mirar hacia abajo otra vez, recordándole lo que había estado haciendo en ese lugar.

Realmente esperaba que su petición fuera aceptada.

Mientras pensaba en las posibilidades, el fuego finalizó con su tarea y comenzó a extinguirse; su tarea en ese lugar estaba completa, ya podría retirarse y regresar a casa. Después de asegurarse de que el fuego estuviera totalmente extinto, pateó las cenizas remanentes para esparcirlas y luego se volteó para internarse entre los árboles para dirigirse a su casa. Caminó entre los árboles hacia la parte más espesa del bosque, sólo así estaría seguro de que nadie lo viera desaparecer, y cuando consideró que ya era seguro, alzó la varita y, con un chasquido, se transportó a casa.

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En un departamento en el centro de Seattle, un hombre alto y de cabello negro salía del baño. Tenía una toalla alrededor de su cintura y se frotaba el cabello con una más pequeña. Al llegar a su habitación, comenzó a secarse su esculpido torso para luego descartar ambas toallas y encaminarse desnudo a su ropero. De éste extrajo un par de bóxers ajustados negros, un blue jeans y una camiseta blanca ceñida limpia.

Una vez vestido, salió de su habitación y se dirigió al recibidor para recoger las ropas manchadas con la sangre del Licántropo que había matado la noche anterior. Analizando las telas, se dio cuenta de que las manchas no saldrían si utilizaba la máquina muggle llamada "Lavadora", así que no iba a quedarle otra más que usar su varita. Volvió a dejar caer las prendas y se dirigió hacia la cocina. Abrió el refrigerador y sacó una botella de vino que ya estaba abierta, se encaminó hacia la alacena y sacó una copa para servirse el rojo líquido, se llevó el recipiente a los labios y bebió un gran sorbo antes de regresar al recibidor, recoger su ropa nuevamente y dirigirse a la sala de estar, dejando la copa sobre la mesita de centro, junto a su varita, y sentándose en un sofá con las prendas sobre sus piernas. Tomando su varita de la mesita, comenzó a frotar la punta de ésta contra las telas, absorbiendo la sangre y dejando las prendas limpias.

Una vez terminada la tarea, se levantó y dejó su varita en la mesita nuevamente, levantando la copa y bebiendo otro sorbo mientras se dirigía hacia el balcón. Abrió la puerta corredera y aspiró profundamente el aire del exterior mientras iba a apoyarse al barandal. El día estaba soleado y caluroso, al igual que todos los anteriores desde el inicio del verano. Sieg miró hacia abajo, las calles estaban atestadas de gente, muggles, quienes paseaban alegremente disfrutando del sol de la tarde. Sonrió al pensar en lo seguro que era el mundo para ellos ahora que Voldemort estaba muerto y en lo pacífico que era todo ahí. Si había algo bueno que tenían los muggles, por lo menos en Seattle, era lo pacífico que era su pasar por la Tierra. Pero… aún así extrañaba vivir en el mundo mágico, incluso cuando había sido él mismo el que había decidido vivir con los seres no mágicos.

Volvió a ensombrecer su mirada al recordar las pocas probabilidades que tenía de conseguir volver a Inglaterra y formar parte de los Aurors, y se sorprendió nuevamente al recordar lo mucho que extrañaba el país inglés. No había podido disfrutar ni un poco las últimas veces que había estado ahí, sólo se había dedicado a pelear contra las fuerzas de los Mortífagos y luego, después de que la batalla había terminado, se había retirado y vuelto Norteamérica. No era que hubiera nada malo en Estados Unidos, eran un pueblo muy alegre y libre, había diversión por doquier y la comunidad, tanto muggle como mágica, era verdaderamente pacífica, y los años que había pasado en Wizhigh, uno de los colegios de Magia y Hechicería de Norteamérica, no habían sido nada malos… pero no era su hogar. Sin importar que su país de origen fuera Alemania, en vez de ir a Durmstrang fue enviado a Hogwarts, donde estudió durante un corto tiempo, y ése si era su hogar, el mundo mágico en el Reino Unido.

Realmente deseaba volver a Inglaterra…

Sieg suspiró, cansado. No había pegado un ojo en toda la noche por estar cazando al hombre lobo que estaba causando estragos en un bosque del Medio-Oeste del país. Se volteó y entró en el departamento. Necesitaba dormir un poco. Tomó su varita de la mesita de centro, dejando la copa vacía, y se dirigió a su habitación.

El cuarto era bastante grande, con papel tapiz de color crema adornando cada una de las murallas. Junto a la puerta de entrada, hacia el lado derecho, estaba la puerta de su baño privado y, un poco más adelante, sus roperos. En el centro de la habitación lo esperaba su cama King Size revestida con sábanas color beige, con una mesita de noche a cada lado. La luz del sol inundaba el cuarto, lo que lo llevó a dirigirse a las puertas correderas del bacón privado de la habitación para cerrar las cortinas, dejando que la oscuridad lo confortara mientras se acostaba, pensando en lo que haría en cuanto despertara. Necesitaba ir a la carnicería, hacía tiempo que no probaba el cordero pero también se le antojaba el cerdo, decidió que compraría de los dos. También necesitaba más botellas de vino, luego de comprarlo todo quizás podría ir a dar una vuelta por el parque, no se había enterado de ningún otro incidente sospechoso, así que podría quedarse en Seattle hasta que algo surgiera. Quizás podría ir a dar un paseo a la comunidad mágica de la ciudad.

Ya lo estaba venciendo el sueño cuando percibió un aleteo. 'Malditas palomas…' pensó Sieg, rodando de costado para acomodarse e intentar conciliar el sueño. El aleteo se hizo más fuerte, lo que lo llevó a pensar que tal vez había varias palomas revoloteando afuera de su ventana. El joven de cabello oscuro abrió sus ojos en cuanto el aleteo se hizo demasiado fuerte como para ignorarlo y se incorporó sobre la cama justo a tiempo para ver como una lechuza entraba volando en su habitación. El ave de color castaño oscuro y de ojos amarillos sobrevoló sobre su cabeza antes de aterrizar a los pies de su cama, sosteniendo un trozo de pergamino en el pico. Sieg jadeó en cuanto reconoció el símbolo grabado en cera que sostenía el cordón que rodeaba el papel. Se acercó al ave y tomó el pergamino. La lechuza, sin esperar ninguna recompensa, se apresuró a salir de la habitación y volar hacia el exterior a través de la puerta corredera del balcón de la sala. Sieg se encogió de hombros y miró el pergamino que estaba desenrollando con sus dedos.

Sus ojos se iban abriendo más y más a medida que leía, hasta que finalmente una expresión de total sorpresa quedó dibujada en su rostro. Sin poder creerlo, volvió a leer el pergamino, girándose y apoyando los pies en el piso al lado de su cama de forma inconsciente.

- No puede ser… - se dijo a si mismo, volviendo a leer. No cabía duda alguna, era un mensaje enviado por el mismo Kingsley Shacklebolt, Ministro de Magia en Inglaterra. Le estaba informando que él, su Secretario, el Jefe del Departamento de Seguridad Mágica, así como el Jefe de Aurors, acompañados por dos Aurors, el Jefe del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, el Jefe y algunos miembros del Comité de Regulación de Criaturas Mágicas y la Directora de Hogwarts, Minerva McGonagall, lo estarían esperando para una Audiencia Extraordinaria a realizarse en una semana en el Ministerio de Magia.

Era increíble que fueran a comenzar con su caso tan pronto… realmente tendría que agradecérselo a Dumbledore y a McGonagall. Se levantó de su cama y decidió salir a hacer las compras y preparar todo para su viaje a Europa: la ligera esperanza que le había entregado la carta del ministerio le había quitado el sueño. La esperanza de volver a casa.

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Harry Potter abrió los ojos cuando un rayo de sol se coló por entre las cortinas del dormitorio principal de Grimmauld Place, 12, pegándole directamente en el rostro. Se giró hacia el otro lado, dándole la espalda a la ventana. Tenía todas las intenciones de volver a dormir cuando recordó el día que era. Ese día volvería a Hogwarts para terminar su séptimo año, que no había dado el año anterior debido a la búsqueda de los Horrocruxes.

El joven de dieciocho años volvió a voltearse y se sentó en la cama. Miró el reloj despertador que había sobre su mesita de noche, eran las 9:30 am, debía levantarse ya. Ron, Hermione, Giny y Neville llegarían en un par de horas para almorzar con él antes de irse juntos a la estación King Cross, para tomar el Expresso Hogwarts. Sonrió al recordar las discusiones que Ron y él habían tenido con Hermione acerca de volver al colegio. Ninguno de los dos muchachos encontraba que era necesario volver al colegio para cursar el último curso cuando fue la misma McGonagall la que les mencionó acerca de la posibilidad de aprobar sin siquiera presentarse a rendirlo. La castaña, sin embargo, estaba convencida en que tenían que acudir para poder presentarse a los EXTASIS, los exámenes de final de año. Finalmente había terminado por convencerlos a ambos, diciendo que tanto ella como Giny asistirían de todas formas, con o sin ellos. Pensando en que cada uno de ellos estaría un año escolar completo sin ver a sus respectivas novias, sin contar las vacaciones de navidad y otras de ese tipo, había hecho que decidieran asistir a su último año también.

El joven de pelo oscuro se levantó, recogiendo sus gafas de la mesita de noche antes de salir de la habitación. Entró en el iluminado pasillo que conectaba las entradas de las demás habitaciones, el lugar había cambiado tanto desde que había entrado en el por primera vez, él, Hemione, Neville, los Wesley y Kreacher, su elfo doméstico, habían estado las primeras semanas de las vacaciones limpiando, pintando y reordenando la enorme vivienda, y los resultados eran incuestionables. El lugar era mucha más acogedor ahora.

- Buenos días, amo Harry. - saludó el viejo sirviente mágico, quien lo esperaba debajo de la escalera. - Su desayuno ya está listo.

- Buenos días, Kreacher. - saludó Harry, bajando la escalera y encaminándose hacia la cocina junto al elfo. - Ron, Hermione, Giny y Neville llegarán pronto, debo ducharme y preparar mis cosas para partir a la estación antes de que lleguen.

- El almuerzo estará listo para cuando la joven ama y los amigos del amo lleguen. - confirmó Kreacher. Harry se sonrojó al escuchar como el elfo doméstico llamaba a Giny "ama", pero sonrió finalmente, sentándose a desayunar. El joven pensó que no podría vivir sin el elfo mientras probaba sus muffins de miel y bebía su jugo de calabaza. No sólo era él un confiable y eficiente sirviente, sino que también había comenzado a encontrar en él a un leal amigo. Además de que cocinaba como un ángel.

Harry terminó de desayunar y se levantó, y casi inmediatamente los platos en la mesa desaparecieron. El mago se encaminó hacia su habitación y entró en el baño para darse una ducha antes de preparar su equipaje.

Tres horas después, Harry bajaba las escaleras para recibir a sus amigos, a quienes Kreacher les había abierto la puerta. Primero entraron un par de chicas, una de cabello castaño y una pelirroja, seguidas por dos muchachos, uno de cabello negro y otro pelirrojo, todos vestidos con ropas muggle. Harry sonrió al verlos, si bien no había pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían visto, que había sido para celebrar su cumpleaños, los había extrañado bastante.

- Hola, Harry. - saludaron las chicas. Harry se adelantó y abrazó a Hermione, antes de retirarse y abrazar y besar a Giny.

- Ha pasado mucho tiempo, cuñado. - bromeó Ron, dándole la mano y abrazando a su mejor amigo. Harry después se movió para saludar a Neville.

Los cinco jóvenes pasaron al comedor, encontrando el almuerzo servido tal y como Kreacher había prometido. Se sentaron a comer, charlando y riendo acerca de sus aventuras, ansiosos por volver a Hogwarts, o al menos la mayoría.

- Insisto en que nosotros podríamos no ir. - recordó Ron, intentando convencer a su novia, sabiendo muy bien que no lo lograría.

- Nadie te está obligando a ir, Ron. - respondió Hermione, sin mirarlo, sabía muy bien lo que estaba tratando de hacer y no lo lograría. El pelirrojo suspiró y se encogió de hombros, ya sabía que no iba a ganar.

Siguieron charlando mientras comían, hasta que terminaron de almorzar. Ya eran las 14:30 horas, tenían que apresurarse o el tren los dejaría. Se levantaron y fueron a buscar las cosas de Harry mientras Hermione llamaba por teléfono para pedir un par de Taxis que los llevaran a la estación. En menos de diez minutos, ya estaban listos para partir.

Subieron a los vehículos y se pusieron en marcha, todos emocionados con ir y pasar su último año en el colegio que los había acogido desde hacía ocho años.

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El joven de pelo oscuro estaba sentado frente a la Directora de Hogwarts, no sabía si sentirse feliz o enojado.

- No puedo creerlo… - dijo Sieg. - ¿Cómo es eso de que debo pasar un año en Hogwarts, enseñándole a un montón de adolescentes, para poder rendir las pruebas de selección de Aurors?

- Bueno, señor Liedger, técnicamente usted nunca terminó los estudios de Magia y Hechicería, un requisito indispensable para trabajar en cualquier rama del Ministerio. - recordó McGonagall. - Debería considerarse afortunado de que le dieran una oportunidad.

- ¿Qué hay acerca de los dos años en Wizhigh? - preguntó Sieg, mirando a la hechicera con una ceja alzada.

- Si bien no dudo que el nivel académico del colegio Norteamericano es aceptable, usted está en Gran Bretaña y aquí se exige un mínimo de siete años de estudios, mientras que en Estados Unidos son solo seis. - dijo McGonagall. - ¿Y qué es un año en un colegio con tal de que todos sus antecedentes sean ignorados al momento de presentar la prueba para integrarse a los Aurors? ¿Qué es un año para usted?

Sieg lo pensó con más calma, era verdad, un año no era nada con tal de cumplir con su objetivo, ni siquiera si eso significaba tener que pasarse los días con los estudiantes, poniendo calificaciones y etc. Le molestaba si que, por una formalidad como completar los siete años en Hogwarts, los del Ministerio tuvieran que ignorar toda la experiencia que poseía en el combate contra las fuerzas oscuras. Dejando eso de lado, la Audiencia Extraordinaria no había salido tan mal. Se había analizado su pasado y su condición actual, las acciones hechas en favor de las fuerzas del bien los últimos años… todo. Realmente debería estar agradecido de que le dieran esa oportunidad.

- Si, supongo que tiene razón, Directora McGonagall. - dijo finalmente Sieg, sonriendo ligeramente. - Aunque de todas formas me decepciona el hecho de tener que seguir esperando.

McGonagall pareció a punto de decir algo pero una voz serena y amable la interrumpió.

- Creo que no has analizado muy bien la situación, Sieghart. - habló el retrato de Dumbledore, haciendo que tanto Sieg como la Directora le pusieran atención.

- ¿A qué se refiere, Dumbledore? - preguntó el joven, curioso. La imagen del antiguo Director de Hogwarts sonrió amablemente.

- Piensa. ¿Por qué insistiría tanto el Ministerio en que pases un año completo en Hogwarts cuando podría simplemente hacerte las pruebas sin tanto trámite? - preguntó el retrato. Sieg juntó las cejas, se había hecho la misma pregunta desde que él y la Directora McGonagall habían salido del Ministerio luego de que su audiencia concluyera, pero ahora que era Dumbledore el que hacía la pregunta, la respuesta no fue tan difícil de formular.

- Me están probando… - dijo finalmente Sieg, mirando al retrato. - Quieren probar si soy capaz de comportarme al convivir con otras personas. ¿Pero por qué "arriesgar" a un montón de estudiantes?

No tuvo que esperar la respuesta por parte de Dumbledore, ésta apareció por si sola en su mente.

- Harry Potter… - Sieg entornó sus ojos. Creyendo que porque él estaba en Hogwarts se mantendría tranquilo. Voldemort y sus mortífagos estaban acabados pero el Ministerio seguía siendo igual de… quería pensar que precavido, pero desconfiado era la palabra que aparecía en su mente. - Como sea. ¿Qué haremos al respecto de mi integración al Colegio?

- Lo presentaré frente a todos los estudiantes luego de que la selección de los de primer año haya concluido. No se dirá nada respecto a usted más que solía venir a Hogwarts y que se fue a Norteamérica. Les explicaré el asunto de su estadía en Wizhigh y que debido a su experiencia fue recomendado y elegido para enseñar Defensa contra las Artes Oscuras. - explicó McGonagall, Sieg solo asentía. - Que no descubran la verdad es sólo su responsabilidad, ya que ninguno de los estudiantes conoce acerca de su pasado, ya que usted se marchó de Hogwarts antes de que los que van a cursar el séptimo año ingresaran.

El joven de pelo oscuro asintió por última vez antes de mirar a la imagen de Dumbledore.

- De verdad… gracias a ustedes dos. - dijo Sieg, mirando a McGonagall, sonriendo, antes de volver a mirar al retrato. - Esto no habría sido posible sin su ayuda.

La imagen del antiguo Director sonrió amablemente, al igual que McGonagall, quien asintió para acentuar su respuesta. Los dos hechiceros miraron hacia el exterior, la noche reinaba sobre el lago negro y la oscuridad solo era combatida por las luces de las lámparas de los nuevos alumnos, que cruzaban sobre el agua en los pequeños botes.

- Será mejor que vaya a cambiarme ya. - dijo el muchacho, poniéndose de pie. - Nos vemos en el gran comedor.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Lun Oct 10, 2011 4:10 am

II. Banquete

El enorme grupo de estudiantes estalló en aplausos en cuanto el canto del sombrero seleccionador finalizó. Los nuevos estudiantes, todos formados entre las cuatro largas mesas, superaron su nerviosismo y se unieron a las manifestaciones de admiración por el objeto mágico. Harry sonrió, recordando lo nervioso que había estado la primera vez que había entrado en el gran comedor. El joven de cabello negro y desordenado miró alrededor, todo estaba igual a como recordaba en ese entonces.

Las miles de velas flotantes iluminaban todo el salón y el techo, adornado con banderas con los escudos de las cuatro casas, reflejaba el cielo nocturno y despejado del exterior. Recordaba la fascinación que había sentido la primera vez que vio todo eso, una fascinación que ahora veía reflejada en los rostros de la nueva generación de estudiantes.

Una vez los aplausos se apagaron, la nueva Directora de Hogwarts, quien había estado de pie frente a la fila de estudiantes nuevos todo el tiempo, sacó un rollo de pergamino del interior de su túnica y lo desenrolló. Minerva McGonagall siempre había sido la encargada de dirigir la selección desde que había ingresado a la enseñanza en Hogwarts, e incluso ahora que era la nueva Directora, eso iba a seguir igual.

- Cuando escuchen su nombre, pasarán al frente y se sentarán en el taburete. Yo les pondré al sombrero seleccionador en la cabeza y su casa será elegida. - anunció la Directora, mirando a los niños formados frente a ella, luego miró el pergamino y leyó el primer nombre en voz alta. - Aerwoth, Liam.

Hubo unos suaves murmullos entre los niños y de pronto un pequeño de cabello castaño y rizado se adelantó, caminando cautelosamente hacia el taburete antes de sentarse en el. La directora McGonagall acomodó en sombrero sobre la cabeza del joven estudiante y esperó. El silencio general se apoderó del gran comedor, pero solo duró unos cuantos segundos.

- ¡RAVENCLAW! - gritó de pronto el sombrero sobre la cabeza del niño, asustando a los demás pero provocando una lluvia de aplausos provenientes de la mesa de dicha casa. La directora levantó el sombrero y el niño de cabello castaño se dirigió sonriente a la mesa de los estudiantes que portaban la insignia del cuervo.

- Aller, Maximilliam. - llamó McGonagall. Otro chico, esta vez de pelo rubio, se acercó al taburete y se sentó, y así siguió con el resto de la lista. Harry miraba, aplaudiendo cada vez que un Gryffindor era escogido, como los niños pasaban y se sentaban frente a todos, pero llegó un momento en que se aburrió de la monotonía de la ceremonia, así que comenzó a observar los alrededores. Si bien acababa de regresar, se dio cuenta de cuanto extrañaría el colegio una vez que ya no tuviera que volver. Recorrió a sus compañeros con su mirada, varios de los que entraron a Hogwarts el mismo año que él habían decidido regresar ese año también. Localizó a varios estudiantes de cursos inferiores, varios de ellos lo habían animado cuando iba en cuarto año y participaba en el Torneo de los Tres Magos, y la mayoría gritaba su nombre en los partidos de Quidditch, muchos habían peleado a su lado el año anterior y habían observado como derrotaba a Voldemort.

Harry aplaudió cuando un nuevo alumno llegó a sentarse a la mesa de Gryffindor, siendo recibido con palmadas en la espalda y saludos afectuosos. Fue ahí cuando lo vio. Un chico, al que nunca había visto, estaba sentado en la mesa de Profesores, junto a la Hagrid. Era como de su edad. ¿Cómo era posible que estuviera sentado en la mesa de profesores?

- Oye, Ron. - susurró Harry, atrayendo la atención de su mejor amigo. - ¿Alguna vez habías visto a ese chico?

El pelirrojo siguió el dedo de Harry y sus ojos se posaron sobre el misterioso joven. El joven Weasley analizó al extraño, intentando recordar si lo había visto antes o si por lo menos sabía algo de él. Estaba usando una túnica negra sin ninguna clase de emblema bordada en ella y definitivamente era de su edad, un año más o un año menos, por lo que se le hacía raro verlo en la mesa de los maestros.

- No recuerdo haberlo visto antes. - reconoció Ron al momento en que los alumnos de su mesa estallaban en aplausos, otro estudiante de primer año había quedado en Gryffindor.

- ¿Qué sucede? - preguntó Hermione, inclinándose junto con Ginny para hablar en voz baja y que ellos pudieran oírlas.

- ¿Ven a ese chico de ahí? - preguntó Harry, apuntando al joven nuevamente. - ¿Lo habían visto antes?

Las chicas voltearon para mirar al joven, dándose cuenta de que efectivamente ninguna de ellas dos lo había visto antes.

- No, nunca antes lo había visto. - respondió Hermione, frunciendo el entrecejo para concentrarse. Pero no hubo caso, era la primera vez que lo veía. - ¿Y tú, Ginny?

- No lo conozco. - respondió la pelirroja de forma inmediata. - Estoy segura de que es la primera vez que lo veo. Es difícil olvidar a alguien así.

- ¿Qué creen que haga en la mesa de profesores? - preguntó Ron. Era imposible que él, un joven que no les llevaba más de tres años, fuera realmente a ser un profesor.

Hermione asintió de forma inconsciente mientras seguía mirando al extraño. Era guapo, no había duda de eso. Sus ojos eran vivos y feroces, como los de un depredador y su nariz refinada y recta, lo que combinaba armónicamente con su mandíbula cuadrada y firme y su cabello delgado y negro. Su físico también era atractivo, incluso con ese tipo de ropa era evidente de que tenía un cuerpo debidamente esculpido.

Los murmullos y risas volvieron a llenar el Gran Salón, la ceremonia de Selección había concluido. Filch retiró el taburete y el sombrero y la Directora McGonagall subió los escalones hacia la mesa de profesores y se volteó para mirar a los estudiantes, alzando las manos en un gesto de bienvenida igual al que solía utilizar Dumbledore cuando era el Director. Los estudiantes guardaron silencio para escuchar a la jefa del colegio.

- Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts. - saludó McGonagall, pasando sus ojos sobre cada una de las mesas. - Como todos ustedes saben, este año será muy especial y diferente a cualquier otro que lo haya precedido. Le doy un especial recibimiento a los estudiantes que cursaban el séptimo curso el año pasado y que decidieron regresar para realizar su último curso como se debe éste año, y les informo que se han adoptado medidas para asegurar que su comodidad sea igual a la de los años anteriores.

Unos leves murmullos se extendieron a lo largo de las mesas.

- También quisiera darle la bienvenida al profesor Heraclitus Goldenghorm, quien ha sido seleccionado para reemplazarme como profesor de Transformaciones y Jefe de la casa Gryffindor ahora que ocupo el cargo de Directora. - un hombre de estatura media y de cabello cano se levantó de su lugar a la izquierda de la silla de la Directora y saludó a los estudiantes. - Y también desearle suerte al profesor Sieghart Liedger, quien ha decidido probar suerte como el nuevo profesor de Defensa contra las artes Oscuras. Y si todos tenemos suerte, creo que por fin encontraremos en él a un maestro que sea duradero en el cargo.

El silencio se hizo absoluto en cuanto el joven que Harry y sus amigos habían estado analizando se levantó y saludó a los estudiantes. ¿Profesor? El joven rodeó la mesa y fue a pararse junto a la Directora McGonagall. Todos los estudiantes lo miraron directamente, analizándolo y confirmando lo que Hermione y Ginny habían observado antes. Era un joven realmente guapo, con un rostro apuesto y un físico muy atractivo que dejaba a la directora muy por debajo de sus hombros. Harru calculó que medía más de un metro ochenta y cinco.

- Seguramente se estarán preguntando varias cosas acerca de él, pero me encargaré de responder la que seguramente es la mayoritaria. - continuó la Directora. - Él fue un estudiante perteneciente a la Casa de Gryffindor antes de que todos ustedes llegaran a estudiar aquí. Antes de que los que cursan el "octavo" año llegaran al castillo por primera vez, el profesor Liedger se mudó a Estados Unidos, donde finalizó sus estudios Mágicos.

Varios murmullos se escucharon en el interior del Gran Comedor, mayormente en tono de condescendencia.

- Debo aconsejarles que no lo subestimen por su edad. Si bien es unos pocos años mayor que los estudiantes más grandes, su experiencia frente a las artes oscuras se compara a la de los Aurores más experimentados. - prosiguió McGonagall. - Es por eso que se le ha pedido que comparta su experiencia con ustedes. Aunque el más grande de los males ha sido eliminado, aún hay oscuridad allá afuera, y es por eso que ustedes deben aprender a combatirla.

Sieghart miraba a los estudiantes con una expresión neutral en su rostro mientras la directora hablaba, aún había ciertos murmullos en las mesas y varias risitas femeninas eran escuchadas de vez en cuando.

- Si quieren saber algo más acerca de él, podrán preguntárselo personalmente ustedes mismos. - la Directora miró al joven y éste asintió, volteándose y dirigiéndose hacia su lugar en la mesa de profesores. - Hay otro anuncio que debo hacer: como ya saben, es tradición entre las tres escuelas de Magia de Europa realizar un torneo cada cuatro años, una competencia conocida como el Torneo de los Tres Magos. Estoy segura de que varios de ustedes esperaban ese evento con ansias, pero debido a las irregularidades presentes tanto en Hogwarts, como en Durmstrang y Beauxbatons, dicha actividad ha sido suspendida este año.

Se escuchó un alarido decepcionado general en todo el comedor, ala vez que varios reclamos y manifestaciones de enojo. Minerva McGonagall alzó sus manos y el silencio se hizo inmediatamente.

- Sé que es decepcionante, pero es una medida que el Ministerio ha impuesto y no hay nada que podamos hacer al respecto. - dijo la mujer. - Muy bien, sin más anuncios que hacer, que comience el banquete.

La profesora aplaudió un par de veces y, para la sorpresa de los nuevos alumnos de primero, cada uno de los platos, vasos y bandejas en las mesas se llenaron de deliciosa comida. Nuevamente las risas y las conversaciones surgieron mientras los estudiantes y profesores comenzaban a servirse y a comer.

Harry, Ron, Hermione y Ginny vieron como el profesor extranjero comenzaba a comer, sonriendo y charlando con su amigo mitad Gigante. Al profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas parecía agradarle el muchacho, por lo que Harry y los demás decidieron simplemente dejar el tema para más adelante y comer.

Harry, incluso con el hambre que tenía, siguió observando al joven profesor. Había algo en él que llamaba la atención. Como si percibiera que lo estaban observando, Sieghart se volteó y lo miró a los ojos, sosteniendo su mirada con sus ojos grises. El muchacho se percató como el extranjero pasaba una fugaz mirada sobre su cicatriz, antes de volver a mirarlo a los ojos y elevar una esquina de sus labios para finalmente voltearse y seguir charlando con loa profesores que tenía al lado. ¿Qué había significado esa sonrisa? Con esa pregunta en la cabeza, Harry comenzó a comer.

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Después de una hora y media, la mayoría de los estudiantes ya estaban satisfechos y se les notaba el cansancio en los rostros. Ya eran las nueve de la noche, hora de que los estudiantes se fueran a sus camas. Después de finalizar las conversaciones con el resto del profesorado, la Directora McGonagall se puso de pie y caminó tras los asientos de los profesores hasta llegar a Sieghart, hablándole al oído. Harry y sus amigos notaron eso y se dedicaron a mirar la situación con atención. Luego de un corto intercambio de palabras, la directora siguió caminando, terminando de rodear la mesa de profesores para dirigirse hacia el pie de las escaleras.

La directora se paró nuevamente ahí para encarar a los estudiantes, quienes enmudecieron.

- Ya es hora de que se vayan a la cama. Que los Prefectos lleven primero a los de primer año a las salas comunes. - ordenó la mujer. Hermione y Ron iban a obedecer, pero se detuvieron cuando la Directora les habló directamente a ellos. - Señor Potter, señor Weasley, señorita Granger, ¿puedo hablar con ustedes?

Los tres estaban sorprendidos por su solicitud, pero obedecieron en el acto. Harry miró a Ginny y le sonrió, antes de darle un rápido beso en los labios y dirigirse hacia la directora. En cuanto se acercaron a ella, la directora les sonrió radiantemente.

- Que bueno es verlos nuevamente en Hogwarts, aunque debo admitir que me esperaba eso de usted, señorita Granger, y no niego que ver el nombre del señor Weasley en el listado de los inscritos fue una gran sorpresa. - los saludó la Directora, sonriéndoles.

- Si, bueno… era nuestra responsabilidad regresar y finalizar nuestra educación mágica como es debido. - dijo Ron, sonriendo y haciendo que Hermione frunciera sus cejas hacia él antes de negar con la cabeza, rodando sus ojos, mientras Harry reprimía una risa.

- Muy bien dicho. Ahora, encárguense de los de primero, se ve que están agotados. - ordenó la Directora. - Buenas noches.

Ambos prefectos y Harry asintieron y se voltearon para mirar a Sieghart por sobre sus hombros. El joven estaba de pie, caminando junto a la profesora Sprout y a Hagrid camino a la puerta de salida del equipo docente.

Los estudiantes se despidieron de la directora y se encaminaron hacia Ginny, la pelirroja se acercó a Harry y enredó su brazo con el de él.

- ¿Qué fue todo eso? - preguntó la chica, refiriéndose a su reunión privada con la directora.

- Nada. Sólo nos llamó para saludarnos y darnos algunas indicaciones. - respondió Ron, mirando a los niños que los miraban, expectantes. - ¡Muy bien, los de primero formen una fila junto a la mesa y prepárense para marcharnos!

Los niños obedecieron rápidamente, alineándose en cuestión de segundos. Ron sonrió, complacido con poder volver a gozar de los poderes de un prefecto nuevamente. El pelirrojo y su novia se encaminaron hasta el frente de la fila y se voltearon para mirar a los pequeños estudiantes.

- Sígannos y no se separen, ¿bien? - dijo Hermione, sonriendo y volteándose para guiar junto a su novio a los de recién ingreso. Los niños comenzaron a marchar detrás de ellos, manteniendo un orden casi perfecto, y siendo seguidos por Harry y Ginny. El joven de cabello negro se dio cuenta de cómo lo miraban los chicos que caminaban justo frente a él, fijando sus ojos en su cicatriz y volteándose para susurrarse entre ellos antes de volver a mirar la marca en forma de rayo que tenía en la frente.

Una vez salieron del Gran Comedor, caminaron a través de los pasillos de mármol hacia la torre Gryffindor. Recorrieron el camino con calma, con Ron y Hermione haciendo algunas observaciones y dando consejos acerca de los caminos más rápidos a varios lugares a medida que avanzaban, hasta que finalmente llegaron al primer juego de escaleras de la torre.

- La sala común de Gryffindor está en el séptimo piso de esta torre. - anunció Ron, comenzando a subir. - Y cuidado con las escaleras, les gusta cambiar de lugar.

Subieron los siete pisos sin complicaciones, ya que las escaleras parecieron comprender la situación y decidieron quedarse quietas para no asustar a los pequeños. Detrás de una puerta, había una pequeña estancia con varios libreros, sillas y mesas, además de varios retratos. Los estudiantes nuevos siguieron a los prefectos hasta que estuvieron frente al retrato de una mujer gorda. La dama guardián de la sala común de Gryffindor registró al grupo de estudiantes con la mirada antes de hablar.

- ¿Contraseña? - preguntó la mujer. Hermione se volteó hacia el grupo de niños.

- Hace falta una contraseña para entrar. - explicó. - Este año es "Colmillo de León".

- Muy bien. - dijo la mujer del retrato, y el cuadro completo se hizo a un lado, dándoles el paso a un pasaje secreto. Los prefectos entraron primero, seguidos por los estudiantes de primero y por Harry y Ginny, quienes cerraban la fila.

- Ésta es la sala común de Gryffindor, pueden quedarse aquí hasta la hora que quieran siempre y cuando no molesten a los que están durmiendo. - dijo Ron, y luego señaló las escaleras del final de la estancia. - Los dormitorios de los chicos están a la izquierda y las de las chicas a la derecha. Sus cosas ya están ahí, así que pueden irse.

Los pequeños desarmaron la fila, algunos explorando un poco más la sala común, otros dirigiéndose a las escaleras para subir a las habitaciones. Ron y Hermione se voltearon y se encaminaron hacia Harry y Ginny, quienes los esperaban un poco más atrás.

- Listo, estamos libres. - anunció Ron, sonriendo y rodeando los hombros de Hermione con su brazo derecho.

- Por ahora. - le recordó Hermione. - Tenemos las rondas nocturnas esta semana.

El pelirrojo suspiró, bajando la cabeza. Era una lástima que las rondas nocturnas de la primera semana les tocaran a los prefectos de Gryffindor, pero no podían hacer nada al respecto.

- ¿Quieres quedarte con las primeras? - preguntó Ron, mirando a su novia. - Yo puedo hacer las de la madrugada si quieres.

Hermione sonrió y le dio un beso en la mejilla. Realmente había madurado mucho desde la batalla del año anterior. La protegía en toda situación y siempre estaba ahí para ella.

- Ya iremos variando de noche a noche. - dijo la castaña.

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En otro sector del castillo, Sieghart Liedger miraba hacia el bosque prohibido a través de una de las ventanas de su habitación, pensando en lo que se le venía encima. Al día siguiente tendría a unos alumnos de tercero como sus primeros estudiantes y, según el programa, tendría que enseñarles acerca de los Boggarts. Seguramente no estaría tan mal, al menos podría reírse un poco con las cosas que los chicos pensaran para utilizar el hechizo Riddíkulus.

Como si supiera que estaba pensando en él, el Boggart que mantenía encerrado en el interior del pequeño baúl se agitó, moviendo el transportador de equipaje para golpear el suelo. Sieghart sonrió, negando con la cabeza y volviendo a mirar hacia el exterior. Estiró su mano derecha hacia un lado y sujetó una botella de vino, abriéndola para servirse del líquido en una copa.

- Ya solo me queda esperar. - se dijo a si mismo antes de beber un trago del rojo elixir.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Lun Oct 10, 2011 2:59 pm

III. Primeras Clases

Era una mañana soleada la que recibía a los estudiantes en su primer día de clases. La mayoría de ellos se encontraba en el Gran Comedor, desayunando y comparando sus horarios.

- Pociones dobles con los de Slytherin. - dijo Ron, negando con la cabeza. - Algunas cosas simplemente no cambian. Incluso con el sistema especial que se está aplicando tendremos que pasar cuatro horas y media con esos… esos…

- Ya déjalo, Ron. - le pidió Hermione, rodando sus ojos mientras se llevaba una taza de té a los labios. - Ya sé como han sido los de Slytherin con todas las otras casas, pero varios de ellos sí se quedaron y pelearon por Hogwarts junto a nosotros el año pasado.

En opinión de Harry, realmente era una desagradable coincidencia que los hubieran puesto con los de Séptimo de la casa de la serpiente para su primera clase del año. Contando a todos los estudiantes, de todas las casas, que habían decidido regresar para cursar nuevamente el último año, se obtenía un número similar a la de un curso completo de una sola casa. Así que, tanto el profesorado como el Ministerio de Magia, habían decidido reunir a todos los alumnos que regresaron como si fueran un curso completo, vale decir, que era un curso compuesto por alumnos de las cuatro casas y que compartían el mismo horario.

- Para mí siempre serán unos presumidos. - finalizó el pelirrojo, dejando su horario sobre la mesa y sirviéndose unos panecillos. Harry leía su horario silenciosamente, con Ginny sentada a su lado, comparando sus clases con las de él.

- Miren, tenemos Defensa Contra las Artes Oscuras juntos. - anunció la pelirroja, apuntando a la materia en común. Ron y Hermione se acercaron a ver y comprobaron que era cierto: tenían la materia impartida por el joven extranjero en los mismos horarios con los de Gryffindor todas las sesiones. Ese mismo día tenían una clase después de la hora de almuerzo.

El comentario les recordó acerca del profesor nuevo que les enseñaría acerca de la oscuridad que habitaba en el mundo de la magia. Realmente era difícil de creer que alguien tan joven fuera capaz de enseñarles una materia tan amplia como la defensa contra el mal. Pero, y Harry se veía forzado a admitirlo, él mismo lo había hecho en Quinto año, cuando entrenaba a los miembros del ejército de Dumbledore. No era que dudara de las habilidades del profesor Sieghart Liedger, no creía que lo hubieran escogido para enseñar si no estuviera calificado para hacerlo.

Fue entonces cuando Harry recordó al profesor Lockhart, y las dudas llegaron a su mente. Se sacudió los recuerdos de ese charlatán y decidió que esperaría a verlo en el salón de clases antes de hacer alguna declaración.

- Será fascinante poder escuchar algunas anécdotas acerca de la enseñanza en el extranjero. - declaró Hermione, emocionada.

- Aunque no sé que pueda enseñarnos que no sepamos ya. - opinó Ron, volviendo a sus panecillos. - Estuvimos meses viajando, enfrentándonos a cientos de peligros para acabar con el mago tenebroso más grande de todos los tiempos. ¿Qué más necesitamos saber?

Terminaron de desayunar y se dirigieron a la sala común para buscar sus cosas antes de dirigirse a sus primeras clases.

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- Muy bien, eso vendría siendo el programa de enseñanza para los de tercer año. - finalizó Sieghart. Después de haber organizado todo el programa, había resuelto dejar algo de tiempo al inicio de la primera clase para explicar los detalles del curso y dejar tiempo para las preguntas que los alumnos quisieran hacerle. Incluso aunque se pasaran las dos horas en eso, tenía el tiempo suficiente a lo largo del semestre para compensarlo sin ningún retraso antes de la temporada de exámenes. Aunque sólo planeaba hacer eso con los cursos inferiores. - ¿Alguna pregunta?

Ninguno de los adolescentes levantó la mano, simplemente se quedaron viendo entre si, como si estuvieran intentando animar a los demás para que preguntaran acerca de algo.

- No es necesario que sea acerca de lo que acabo de hablar. - aclaró Sieghart, sonriendo. - Cualquier pregunta está bien.

Lentamente, y con timidez, un estudiante levantó la mano. Era un chico perteneciente a Hufflepuff, de cabello rubio y ojos azules, que lo miraba con cierto temor.

- ¿Si? - le apuntó Sieghart.

- Disculpe, profesor… - habló el chico, temeroso de preguntar. - Quisiera saber cuantos años tiene.

El profesor rió unos segundos.

- Ya me esperaba esa pregunta. - admitió el extranjero. - Bueno, tengo 21 años.

Hubo muchos murmullos y cuchicheos entre los alumnos antes de que una estudiante de Ravenclaw alzara la mano, pidiendo permiso para realizar una pregunta. El profesor le indicó que hablara.

- ¿Es casado? - preguntó la chica, tomando al joven por sorpresa. Varias de las amigas de la chica estaban bastante atentas a su respuesta, se notaba a kilómetros que todas ellas habían querido hacerle la misma pregunta. Sieghart salió de su estado de sorpresa y sonrió, alzando su mano izquierda para mostrarles que no tenía ninguna argolla.

- No. - respondió. Las alumnas se miraron entre si, sonriendo con expresiones que solo podrían ser descritas como esperanzadas. - ¿Alguna otra pregunta?

Varios más levantaron la mano, y Sieghart fue respondiendo sus preguntas una por una. Si bien eran todas más o menos similares (todas acerca de él más que de la asignatura que impartía) solo un estudiante preguntó algo más serio acerca de su presencia en el colegio.

- ¿Cómo es que, siendo tan joven, le hayan permitido enseñar en Hogwarts? - preguntó un chico, de cabello castaño y algo rellenito de la casa Hufflepuff.

- Muy buena pregunta. Fue el Ministro de Magia quien me lo pidió. - alabó el profesor, quien estaba sentado sobre su escritorio y mirando en dirección de los estudiantes. - La verdad es que mi intención no era la de enseñar cuando me encontré con él, lo que estaba haciendo en el Ministerio era un trámite para integrarme a los Aurores. Debido a que los exámenes Auror no serán hasta el próximo año, así que decidí aceptar el ofrecimiento del Ministro y la invitación de la Directora McGonagall.

Otra serie de preguntas se abalanzó sobre él, ésta vez dirigidas a su estadía en el extranjero y experiencias que lo hacían indicado para el puesto que ocupaba, y el joven profesor extranjero las contestó todas. Finalmente, con media hora antes de finalizar a clase, las preguntas cesaron.

- Muy bien, creo que tenemos tiempo suficiente para realizar una pequeña clase. - opinó el profesor, poniéndose de pie y dirigiéndose hacia un puerta detrás de su escritorio, debajo de las escaleras que conducían a su habitación. - Síganme.

Los estudiantes se pusieron de pie, sujetando sus libros y siguiendo al profesor, quien les sostuvo la puerta para que entraran a un anexo bastante amplio, que contaba con varios esqueletos de muchas formas diferentes colgando desde el techo. Si bien algunas de las criaturas eran impresionantes, lo que más llamaba la atención era un viejo baúl que se hallaba en la mitad de la nueva habitación. Era un baúl común y corriente, salvo por el hecho de que se agitaba de cuando en cuando. Sieghart cerró la puerta detrás del último estudiante y se dirigió junto al baúl para encarar al grupo de alumnos.

- ¿Alguien puede decirme lo que hay ahí adentro? - preguntó el profesor, y señaló a una de las chicas del grupo de la que había preguntado si estaba casado, quien estaba levantando la mano para responder.

- Es un Boggart, señor. - contestó a chica de cabello negro y ondulado.

- Correcto. Cinco puntos para Ravenclaw. - concedió el maestro. - Ahora… ¿qué es un Boggart?

Muchos de los presentes alzaron la mano, pero Sieghart señaló al primero que lo hizo, un chico de cabello rojo de Ravenclaw.

- Es una criatura mágica que puede adoptar la forma de lo que más temes. Generalmente se les encuentran escondidos en lugares oscuros, como roperos, áticos y lugares por el estilo. - respondió el estudiante. - Es por eso que se les ha llamado espíritus domésticos, porque son muy comunes en las casas.

- Muy bien. Cinco puntos más para Ravenclaw. - premió el profesor, antes de mirar a todo el grupo en general. - Es cierto, los Boggarts son temibles justamente porque son capaces de conocer y utilizar nuestros más grandes temores en nuestra contra. Aunque, aparte de darles un buen susto, un Boggart no les hará más daño. Son espíritus maltratados que se han vuelto malvadosy que gustan de asustar a la gente.

El profesor miró al baúl, que dio un saltito y azotó contra el piso.

- La manera de alejar a un Boggart es simple. Contra uno o más de ellos, lo que deben usar es la risa. Ahora, sin varitas, repitan después de mi, fuerte y claro, Riddíkulus. - los estudiantes repitieron en coro. - Muy bien. Lo que van a hacer, los que alcancen, es enfrentarse al Boggart que está encerrado ahí adentro. Cuando lo hagan, éste adoptará la forma de lo que más temen, pero ustedes no deben retroceder, solo apunten sus varitas hacia a él y, pensando en algo gracioso, reciten el hechizo que acabo de indicarles. ¿Quién quiere ir primero?

Nadie se ofreció, lo que era comprensible. La idea de enfrentar a tu peor temor era bastante intimidante.

- Oh, vamos. Si hacen lo que les indiqué todo estará bien. - motivó el profesor. - Además, yo estaré aquí para protegerlos en caso de cualquier problema.

De entre el grupo de estudiantes, una mano se alzó lentamente. Una chica de cabello rubio, de Hufflepuff, se adelantó entre sus compañeros. Tenía la cara sonrojada y miraba tímidamente al joven profesor, quien asentía, sonriendo, para animarla a acercarse a él.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó Sieghart.

- Celine Damarth, señor. - respondió la chica, desviando la mirada y mordiéndose el labio inferior con algo de vergüenza.

- Muy bien, Celine. ¿Qué es a lo que más le temes? - preguntó el profesor.

- A… a los hombres lobo. - respondió la estudiante, sobresaltando al profesor.

- Esa está buena pero, ¿has visto a alguno antes? - preguntó Sieghart. Le parecía extraño que una chica de su edad hubiera visto tan de cerca de un hombre lobo como para alcanzar a distinguir lo que era y que estuviera viva y sin ninguna marca visible. Sus cejas se arquearon cuando la chica de Hufflepuff asintió.

- El año pasado… había un hombre que siempre merodeaba por el colegio, se llama Greyback. - dijo la chica. - Lo vi transformarse una noche de luna llena y me persiguió hasta que llegué a la sala común de Ravenclaw.

Sieghart frunció el entrecejo y asintió, era muy sabido que ese bastardo gustaba con torturar a los niños, sobre todo a las chicas, cada vez que tenía oportunidad.

- Entiendo. Pero ya no debes preocuparte por ese tipo. - aseguró Sieghart, sabiendo que era toda la verdad del mundo. - No creo que la noticia haya sido comunicada todavía, pero te aseguro que te llevarás una sorpresa si estás atenta y lees "El Profeta", ¿si?

La chica asintió, sonriendo tímidamente.

- Bien. Ahora, si pudieras ridiculizar al perrucho que te persiguió esa noche, ¿qué le harías? - preguntó Sieghart, acercándose para que la niña le respondiera al oído. La chica lo pensó unos segundos y le dio su respuesta, sacando una sonrisa al joven extranjero. - Eso será genial. Quiero que visualices esa imagen bien clara en tu mente y la tengas presente en todo momento, le apuntes con tu varita al Boggart y digas el hechizo. Los demás, háganse para atrás.

El resto de los estudiantes hizo lo que se les había ordenado y esperaron, mientras Sieg se posicionaba detrás de Celine.

- ¿Estás lista? - preguntó el profesor. Celine tragó saliva y asintió, asustada. - Bien. Uno, dos, tres.

Sieghart chasqueó los dedos y el seguro del baúl se abrió, permitiendo que la tapa se levantara. En menos de un parpadeo, una criatura con forma humanoide saltó ante todos los presentes, gruñendo y enseñando sus enormes dientes. Sieghart juntó las cejas, realmente era la viva imagen del monstruo al que él había matado un par de días antes. La fiera concentró su atención en la estudiante que la encaraba y se acercó lentamente, alzando sus garras con anticipación para un golpe mortal.

- Ahora, Celine. - le indicó Sieghart a la estudiante, quien sin perder un segundo alzó su varita y le apuntó a la bestia.

- ¡Ridículus! - gritó y, frente a todos, la bestia que estaba amenazándola se encogió y cambió, dejando en su lugar a un pequeño Chihuahua, con un tutú rosa y un cono alrededor de su cuello. El pequeño mamífero chilló e intentó quitarse el cono que le rodeaba la cabeza, fallando miserablemente cuando sus patas traseras se enredaron con su faldita, haciéndolo caer y chillar aún más.

El salón se llenó de risas ante la divertida imagen. Varios de los estudiantes lloraban de la risa, literalmente.

- ¡Muy bien! ¡Quince puntos para Hufflepuff! - declaró el profesor. - ¿Qué esperan? Hagan una fila y que pase el siguiente.

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Los estudiantes de "Octavo" salieron de su primera clase de Pociones luego de cuatro horas de estar en las Mazmorras. Había sido un case bastante pesada, sobre todo para Hrry y Ron, quienes no habían tocado un caldero en más de un año. El profesor Slughorn les había relatado acerca de algunas de las cosas que habían sucedido el año anterior, como el hecho de que le había obligado a enseñarles a los estudiantes acerca de pociones malignas y como prepararlas, poniendo énfasis en esta última parte.

Varias veces lo habían forzado a probar pociones hechas por los estudiantes en otros estudiantes, con resultados catastróficos. Había sido una suerte que no hubiera habido ningún muerto debido a esas prácticas, y eso había sido casi completamente responsabilidad del profesor Slughorn, quien alteraba las pociones para que no fueran mortales antes de que los Mortífagos fueran a divertirse en su clase.

Como fuera, había sido una jornada muy larga y los cuatro amigos, Harry, Ron, Hermione y Neville, estaban hambrientos, así que se dirigieron al Gran Comedor para almorzar. Subieron las escaleras y salieron de las cámaras subterráneas, percibiendo ya el aroma de la comida.

En su camino, se encontraron con Ginny, quien los esperaba conversando con dos amigas. En cuanto llegaron, la pelirroja enredó su brazo con el de su novio.

- ¿Cómo estuvo? - preguntó la menor de las Weasley.

- Un asco. - respondió Harry.

- ¿Así de bien?

- Peor. - respondió Neville, agotado. Con la excepción de Hermione, todos los presentes odiaban esa clase. El hecho de que Snape ya no fuera el que la impartía no tuvo ningún efecto positivo en ellos, especialmente en Harry, quien había pasado sus últimas clases de Pociones como el número uno de la clase, todo gracias al libro del Príncipe Mestizo.

Dejaron ese tema de lado y se encaminaron hacia el Gran Comedor todos juntos, hablando acerca de las clases que habían tenido las chicas que Séptimo que les acompañaban.

- Oh, es cierto. - recordó Ginny, de pronto, volteándose hacia sus amigas. - Chicos, ¿recuerdan a Hannah Habbott?

Harry, Ron, Hermione y Neville se voltearon para mirar a una chica de cabello rubio y cara redonda. Los cuatro la recordaban muy bien, ella había sido la primera en ser sorteada cuando ingresaron a Hogwarts y había quedado en Hufflepuff. También había sido uno de las que había defendido a Harry en segundo año después de que ese incidente en el club de duelos, o al menos lo hizo hasta que el mismo chico al que la serpiente de Draco Malfoy había amenazado apareciera petrificado. Harry también recordaba que ella había sido parte del grupo anti-Potter en cuarto año, pero eso era de entenderse considerando que el verdadero campeón de Hogwarts en el Torneo de los Tres Magos había sido de Hufflepuff. Más adelante, en Quinto año, ella había formado parte del Ejército de Dumbledore original, y había entrenado con ellos durante meses.

- Claro. - respondió Harry, y saludó a la rubia, quien saludó de vuelta, sonriendo. Luego saludó a Ron, Hermione y a Neville.

- Y ella es Emma Dujovne. Puede que ustedes tres no la recuerden. - dijo Ginny, presentando a la otra chica, quien usaba una túnica de Gryffindor. Tenía el cabello color miel, un rostro refinado y ojos grandes y bellos de color café. La chica les sonrió y saludó. - ¿Tú la recuerdas, Neville?

- Por supuesto. - se sobresaltó Neville, quien había estado observando a Hannah durante la conversación. - Ella se integró al ED el año pasado. Estaba con nosotros cuando llegaron a Hogwarts antes de la batalla, pero creo que con todo el ajetreo no pudimos presentarla. Realmente es una hechicera muy hábil, nos ayudó mucho el año pasado, sobre todo contra los hermanos Carrow.

Luego de las presentaciones, caminaron hablando acerca de la posibilidad de próximas actividades del ED, hasta que escucharon a un grupo de alumnos menores, de Ravenclaw, hablando y riendo.

- Esa fue la mejor primera clase que podríamos haber pedido. - opinó un chico. - Después de todo lo ocurrido el año pasado, jamás pensé que podría reírme en una clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.

- ¡El profesor Liedger es genial! - exclamó una chica, riendo junto a sus amigas. - Espero que se quede y siga enseñando hasta que salgamos de Hogwarts.

El grupo de estudiantes observó como los estudiantes de la casa del cuervo entraban en el Gran Comedor y luego le siguieron, dirigiéndose a sus respectivas mesas. Esos comentarios estaban a favor del joven profesor extranjero, aunque solo llevaban unas horas de clase. Ya lo juzgarían ellos mismos después del almuerzo.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Miér Oct 12, 2011 2:14 am

Dedicado a una lectora leal! Espero que siga leyendo... Siéntete libre para comentar si quieres! Así sé que tal voy!

IV. Defensa Contra las Artes Oscuras

Harry, Ron, Hermione, Neville y Emma, junto a lo otros de "Octavo" y a los de Séptimo de Gryffindor, esperaban pacientemente a que el profesor Liedger apareciera para comenzar la primera clase de Defensa Contra las Artes Oscuras del año. Estaban todos en el interior del salón de clases, sentados en los puestos frente al escritorio del profesor: aún faltaban algunos minutos para que la clase comenzara. Los tres héroes y Ginny compartían un puesto, mientras que Neville y Emma ocupaban el que estaba junto al de ellos.

- ¿Cómo creen que sea su método de enseñanza? - preguntó Hermione, emocionada.

- Hmmm… ¿él enseña y nosotros aprendemos? - ofreció Ron. El pelirrojo no estaba interesado en lo más mínimo en eso, para él todos los profesores eran personas que les mandaban deberes y los calificaban. - ¿Cuál podría ser la diferencia con los otros profesores?

- No lo sé. ¿Quizás el hecho de que es mucho más joven que todos los profesores que hemos tenido y que acaba de regresar desde el otro lado del océano donde hay toda una cultura mágica diferente a la del Reino Unido? - preguntó Hermione, sarcástica. Ron simplemente rodó sus ojos, desinteresado. - ¿Tú que opinas, Emma?

La chica de Séptimo se sonrojó ligeramente ante la broma. Ginny le había contado a Hermione acerca del ligero enamoramiento que sentía por el joven profesor extranjero. Aunque ni siquiera lo conocía, cupido la había flechado en el momento en que sus ojos le vieron por primera vez.

- Además de que, siendo tan joven como es, es más probable que entienda nuestra condición de estudiantes y sea algo más flexible en algunas cosas como las fechas de entrega y métodos de calificación. - ofreció Ginny, en voz baja. Eso si llamó la atención del pelirrojo, quien se entusiasmó con la idea.

- Mmmmm… no estaría tan seguro de eso. - habló una voz junto a ellos, haciéndolos voltear y provocando un silencio general en el salón. - Aunque mucho depende del esfuerzo que vea por parte de los estudiantes.

Sieghart Liedger, su profesor, estaba de pie junto al largo pupitre que Harry, Ginny, Ron y Hermione compartían, mirando al cuarteto con una ceja alzada y una media sonrisa.

- Buenas tardes, profesor. - saludó Ginny, algo avergonzada porque había escuchado su comentario.

- Buenas tardes, ¿señorita…? - saludó el profesor.

- Weaskey, señor. - respondió Ginny. - Ginny Weasley.

El profesor Liedger asintió, sonriendo, antes de seguir su camino hacia su escritorio.

- ¿En qué momento entró? - preguntó Ron, mirando a Harry, quien se encogió de hombros.

- Acabo de hacerlo, señor Weasley. - respondió el profesor, volteándose y apoyándose en su escritorio para mirar a los estudiantes. No era raro que a él si lo conociera, prácticamente todo el mundo mágico lo hacía después de los eventos del año anterior. - Buenas tardes, soy el profesor Sieghart Liedger y voy a enseñarles Defensa Contra las Artes Oscuras este año. Lo primero que haré será pasar asistencia y después les explicaré algo acerca de lo que vamos a hacer este año. Luego habrá tiempo para preguntas y comenzará la clase.

Y así lo hizo, agarró un trozo de pergamino que estaba sobre su escritorio y comenzó a leer los nombres de los estudiantes que deberían estar presentes en ese salón, a esa hora. Cuando terminó, sacó su varita y la agitó, cerrando las puertas de entrada al salón.

- Muy bien, ahora les daré algunas explicaciones. Primero, si bien el colegio exige que la asistencia sea obligatoria a todos los cursos, con los alumnos mayores yo no lo haré. Verán, tengo dos listas, la que paso al llegar a salón de clases y la que le entrego a la dirección al final del día, que estará completa siempre. Ustedes ya están bastante crecidos como para decidir si necesitan venir a clases o no. - explicó el profesor extranjero. Varias de las caras se iluminaron con eso. - Aunque debo decirles que yo me fijo en el esfuerzo de las personas. A fin de semestre, algunos pueden necesitar algún tipo de "trabajo extra" para aumentar su promedio de calificaciones, pues para decidir si otorgar dichos trabajos, yo me fijaré en la asistencia real.

Los alumnos escuchaban con atención, interesados con el hecho de que ahora eran libres de escoger si asistían a ese curso o no.

- Lo otro, ustedes están en su último año, me imagino que ya varios de ustedes han pensado en lo que quieren hacer cuando salgan de Hogwarts, ¿no? - dijo Sieghart, mirándolos a todos. - Si bien esta materia se aplica a todas las áreas, hay una en especial que trabaja con ella siempre. ¿Quién aquí ha pensado o decidido convertirse en Auror?

Hubo varios murmullos entre los alumnos y, poco a poco, las manos comenzaron a alzarse, con las de Harry, Ron, Ginny y Emma incluidas. El profesor recorrió las manos alzadas, memorizándose los rostros de los dueños hasta que llegó a la de Harry, donde se quedó mirando un tiempo ligeramente más largo que el resto. Finalmente asintió, como si estuviera conforme con el número de interesados.

- Muy bien, ahora les explicaré acerca del programa de clases. - el joven profesor sacó su varita nuevamente y la agitó. Detrás de él, un trozo de tiza se elevó y comenzó a escribir rápidamente en el pizarrón, y en meros segundos el programa estaba completamente escrito. - Este primer semestre les enseñaré varios hechizos útiles a utilizar en variadas situaciones. Se me ha explicado acerca de todo lo que se les enseñó el año pasado en "Artes Oscuras", lo que quiero que hagan es, no olvidar todo lo que les enseñaron. Al contrario, quiero sacarle algún beneficio a lo que los Mortífagos consideraron útil para enseñar. Hay varios maleficios que fueron probados con otros estudiantes, según tengo entendido, pues yo voy a enseñarles las maneras de contrarrestar dichos maleficios, además de otros hechizos para enfrentarse a determinadas fuerzas oscuras. Por ejemplo, hoy comenzaré a enseñarles el encantamiento Patronus.

Ron dejó escapar una risita, lo que atrajo la atención del profesor.

- Lo sé, lo sé. Hay algunos aquí que ya saben dicho hechizo. - aclaró Sieghart. - ¿Pero alguno sabe utilizarlo para enviar un mensaje?

Ninguno de los presentes respondió.

- Eso pensé. Bueno, no se preocupen, no es tan difícil. - aseguró el profesor. Y siguió con la explicación. Después de dicho hechizos, comenzarían con algunas lecciones de combate no solo contra magos y brujas oscuros, sino que también contra criaturas mágicas malignas bastante peligrosas. Y así, luego de unos cuarenta minutos, finalizó con la explicación. - Y así terminaremos el año y con todo lo que está incluido en los EXTASIS. Lo que me recuerda, para los que levantaron la mano cuando pregunté por los que querían ser Aurores, para aprobar su EXTASIS de Defensa Contra las Artes Oscuras necesitarán más que un mero Supera las Expectativas.

Todos los que habían alzado las manos palidecieron.

- Exacto, solo aceptaré la calificación máxima para aprobarlos. Ser Auror no es un juego, yo mismo voy a dar mi examen el próximo verano. Pero no se alarmen, no voy a ser tan severo como ustedes creen, y les volveré a preguntar antes del examen si están seguros de su decisión. - prosiguió el profesor, permitiendo que los estudiantes se relajaran un poco. Luego, miró su reloj de pulsera y asintió. - Eso es todo lo que necesitan saber sobre el curso. ¿Alguna pregunta? No es necesario que esté relacionada con el curso en sí, cualquier duda puede ser preguntada.

Varios alumnos alzaron las manos, así que el profesor comenzó a indicarles que preguntaran.

- ¿Cuántos años tiene, profesor? - preguntó una chica de Séptimo.

- 21. - respondió Sieghart, sonriendo. Estaba seguro de que cada clase diferente que tuviera iba a tener que responder lo mismo. Luego miró a una chica de Ravenclaw de "octavo" y le indicó que podía preguntar.

- ¿En qué colegio mágico americano finalizó sus estudios? - preguntó la chica.

- Su nombre es Wizhigh, un instituto de Magia y Hechicería que se encuentra en el medio-Oeste de Estados Unidos. Es el colegio "hermano" del Instituto de Salem. Si bien sus métodos son bastante similares a los de Hogwarts, Wizhigh está más influenciado por la comunidad Muggle cercana. - explicó el profesor, encontrando confusión en los estudiantes. - Me refiero más que nada en su estructura y costumbres. Es un gran edificio construido siguiendo las normas muggles, y no es un internado, al menos no para todos. Los magos que viven en las ciudades cercanas solo asisten a clases, pero siguen viviendo en sus casas. También, en lugar de siete años, la educación mágica requiere solo seis, pero eso es debido a un programa especial que se realiza en segundo año.

Más manos se alzaron, esperando ser indicadas para preguntar.

- Tú. - señaló el joven profesor, indicándole a Ginny que podía hacer su pregunta.

- ¿Ha enseñado alguna vez antes? - preguntó la pelirroja.

- La verdad es que es la primera vez que soy un profesor con todo el sentido de la palabra. Pero enseñé a un trío de alumnos de segundo en Wizhigh cuando estuve allá cursando mi último año. - respondió Sieghart. - Además de las clases, a los estudiantes de segundo año se les hace participar de unas suertes de viajes de capacitación, claro que los chicos solo les llaman excursiones. Son divididos en grupos de tres estudiantes y cada uno de esos grupos es dejado a cargo de un estudiante mayor que cumpla con los requisitos para enseñarles. Yo era uno de esos estudiantes.

El profesor Liedger señaló a una estudiante de Gryffindor de séptimo para que preguntara.

- ¿Qué hacían en esas "excursiones"? - preguntó la chica.

- Lo que yo quisiera, en realidad. - respondió el profesor, sonriendo con honestidad. - Generalmente les hacía realizar "misiones" de búsqueda. Yo escondía un objeto en cierto lugar y ellos tenían que encontrarlo. Por supuesto que les ponía ciertos desafíos en el camino, como trampas y cosas por el estilo, para que practicaran lo que se les había enseñado en clases. Aunque también organizaba sesiones de duelo con algunos de los otros grupos. Cosas así, nada muy difícil pero que les servía para aprender. ¿Si?

Ésta vez había señalado a Hermione, quien tenía la mano alzada para preguntar.

- Disculpe, profesor, quizás sean solo ideas mías pero, ¿acaso su varita está hecha de metal? - preguntó la castaña, sorprendiendo al profesor, quien sonrió y sacó su varita, mostrándoselas. Varios de los estudiantes jadearon, efectivamente estaba hecha de metal. A excepción del mango, el resto de la varita mostraba un color plateado y brillante.

- Muy buena observación. Si, está hecha con una aleación especial de plata de los duendes. - explicó el profesor. - Aunque ésta no fue mi primera varita. Al igual que muchos de ustedes, si es que no todos, mi primera varita la obtuve en Olivander's, pero quedó destruida en una batalla hace unos años. Ésta fue hecha en América, aunque allá también usan varitas de madera.

Los estudiantes estaban completamente inmersos en la explicación, admirando la inusual varita de plata.

- Ésta varita es única, yo mismo le encargué a un duende que la hiciera para mi. - continuó el profesor.

- ¿De qué está hecho el núcleo? - preguntó Emma Dujovne, después de que se le indicó que estaba bien hacerlo.

- Nervio óptico de Basilisco. - respondió el profesor, paralizando a todos los presentes. El profesor volvió a mirar su reloj de pulsera y se puso de pie. - Muy bien, suficiente de preguntas por hoy. Comencemos con el encantamiento Patronus. ¿Quién puede decirme qué es un Patronus?

Varios de los estudiantes alzaron las manos, entre ellos, Harry, Ron, Neville y Emma, además de Hermione, por supuesto. Sin embargo, y sabiendo que ellos estaban familiarizados con el hechizo, el profesor los ignoró y le indicó a un estudiante menor para que pudiera responder.

- Un patronus es lo que se conoce como un anti-Dementor. - contestó un chico de Gryffindor. - Es una fuerza positiva que hace de escudo entre el Dementor y el mago. Hay algunos que presentan forma de animales, los cuales se consideran como los más poderosos.

- Correcto. Además de repeler a los dementores, los patronus son compañeros de batalla muy leales y que reflejan la personalidad del que los invoca. Como les dije antes, también se les puede invocar para entregar mensajes secretos, ya que solo los aliados deberían conocer la forma de el patronus de un amigo. - explicó el profesor. - Lo que se hace para invocar un patronus es concentrarse en el recuerdo más feliz e intenso que tengan, aunque no necesariamente tiene que un recuerdo. Cualquier idea que los ponga felices también sirve si es que es poderosa. Muy bien, ahora todos juntos repitan después de mí: "Expecto Patronum".

Los estudiantes repitieron el encantamiento, al menos los que nunca lo habían reitado antes.

- Muy bien, creo que es momento de una demostración. - dijo el profesor, y miró a Harry. - ¿Le importaría, señor Potter?

Harry sonrió y se levantó, caminando hacia el frente de la clase. Los estudiantes observaban expectantes como el chico de cabello negro y desordenado, quien tenía más poder del que aparentaba, se volteó y extendió la varita.

- ¡Expecto Patronum! - invocó el joven mago. De la punta de su varita, emergió un gran ciervo macho adulto de color plateado. El magnífico animal se quedó de pie, agitando la cabeza y enseñando su enorme cornamenta.

- Perfecto. - alabó el profesor, sonriendo con satisfacción. A decir verdad, él también había querido ver al famoso patronus del niño que vivió. - Cinco puntos para Gryffindor. Bien, ya vieron como se hace, así que síganme mientras piensan en un recuerdo feliz que pueda servirles.

Los demás estudiantes se pusieron de pie y lo siguieron al salón anexo, donde generalmente practicaban los hechizos que se les enseñaba en esa clase.

- Antes de comenzar, ¿aparte del señor Potter, quién ha logrado invocar un patronus antes? - preguntó el profesor Liedger, quitándose la túnica y dejando al descubierto su elegante camisa de seda negra. Ron, Hermione, Ginny, y Neville alzaron las manos, además de algunos de los demás estudiantes de "octavo" que habían formado parte del ED. - Vengan aquí. Los demás formen una fila en el centro del salón y altérnense para mirar hacia la izquierda o derecha.

Mientras los estudiantes se formaban, el profesor Liedger se volteó hacia Harry y el grupo para hablarles.

- Ustedes van a ayudarme a guiarlos en esto. - dijo el profesor, sonriendo. - Circulen alrededor de ellos y ayúdenlos a concentrarse, enséñenles el encantamiento nuevamente si lo necesitan.

Los estudiantes asintieron, sonriendo.

- Muy bien, quiero que se concentren en el recuerdo que escogieron. - dirigió el profesor. - Cierren los ojos, visualicen lo que tienen en mente, cada detalle del recuerdo, concentrándose en la felicidad que les trae.

Los alumnos que estaban formados tenían los ojos cerrados, algunos de ellos sonreían, concentrándose en sus pensamientos felices.

- Los que no están convencidos de que sus recuerdos sean lo suficientemente poderosos, usen su imaginación para crear un pensamiento feliz. - aconsejó Sieghart, con voz tranquilizadora. - Piensen en como sería si ese chico o chica especial sintiera lo mismo por ustedes. Piensen en como se sentirían si de pronto tuvieran algo preciado que han estado esperando por mucho tiempo.

Más sonrisas adornaron los rostros de los estudiantes formados.

- Y ahora, concentren esa felicidad y reciten el hechizo. - ordenó el profesor Liedger, sonriendo. Los estudiantes abrieron los ojos y extendieron sus varitas al mismo tiempo.

- ¡Expecto Patronum! - un coro general resonó contra las paredes del salón, y una serie de luces plateadas iluminaron los alrededores.

La mayoría de los estudiantes consiguieron invocar patronus sin forma, que se manifestaban como porciones de nieblas plateadas o esferas de luz que flotaron un par de segundos antes de desvanecerse.

- ¡Muy buen trabajo! - felicitó Sieghart, acercándose al grupo de estudiantes, pero frunció el entrecejo cuando vio las caras de decepción de los que no habían conseguido nada y de varios de los que seguramente esperaban invocar a un patronus con forma a la primera. - Vamos, no se pongan así. Realmente habría sido increíble que todos lo consiguieran a la primera, y casi imposible que alguno de ustedes invocara uno con forma. No desistan tan pronto, piensen en algo más poderoso y vuelvan a tratar.

La clase siguió así, con el profesor Liedger, Harry y los demás guiando y aconsejando a la fila de estudiantes. Casi al fina de la hora, todos habían conseguido ya invocar a un patronus sin forma aunque fuera una vez, lo que los había llenado de esperanzas y motivado a seguir intentando con aún más determinación. Harry se paseaba alrededor del grupo, haciendo algunas indicaciones cuando se percató del medallón que colgaba del cuello del profesor quien se acercaba a donde estaban Hermione y Ginny, quienes estaban ayudando a Emma con su encantamiento. De la punta de la varita de la chica salía la niebla plateada de manera constante, lo que hizo sonreír a Harry: ya casi lo conseguía.

Sieghart Liedger llegó donde las chicas, quienes se voltearon a verlo. Emma perdió parte de su concentración y el flujo de la niebla plateada disminuyó.

- Cuidado, no te distraigas. - dijo el profesor, acercándose aún más. La chica de Séptimo se le quedó viendo, embobada e intentando con todo su ser suprimir el sonrojo que amenazaba con cubrirle el rostro. Sieghart se acercó por detrás y llevó su mano hacia la de la chica, envolviéndola con sus dedos. Algo pasó entonces, al momento del contacto, la niebla plateada se condensó, tomando forma. Un segundo después, un magnífico Tigre se hallaba de pie frente al cuarteto, observándolos y comenzando a moverse alrededor con toda la gracia y la elegancia del verdadero animal. - ¡Muy bien!

- ¡Lo logré! - celebró la chica, sonriendo de forma radiante y volteándose hacia el profesor. En un acto reflejo, motivado por la gratitud y la felicidad, la chica se abalanzó sobre el joven, que la superaba en estatura por más de veinte centímetros, y lo abrazó con fuerza. Era algo divertido de ver, una chica que medía un metro sesenta tenía aprisionado a un hombre de un metro ochenta y tantos quien tenía todo lo asociado a la expresión de sorpresa en el rostro. Ginny y Hermione se miraron la una a la otra, con las cejas alzadas. De pronto, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, Emma reaccionó y se apartó, sonriendo con timidez. - Oh, Dios. Lo siento, profesor. No pretendía…

- No importa. - dijo el profesor, sonriendo. No estaba molesto en lo absoluto, de hecho, parecía divertido con la situación. - De veras. Buen trabajo. Es un ejemplar hermoso.

Todos se quedaron viendo al tigre plateado hasta que éste desapareció. Luego de eso, el profesor Liedger miró su reloj de pulsera y luego a los estudiantes.

- Muy bien, chicos, la clase ha terminado. - anunció. Los estudiantes rompieron filas y se acomodaron para mirar mejor al joven extranjero mientras éste hablaba. - Fue un gran progreso el que tuvieron hoy, quiero que sigan practicando e intenten perfeccionar el encantamiento si tienen tiempo, ¿si? Bueno, pueden irse. Nos vemos la próxima clase.

- Hasta luego, profesor Liedger. - se despidieron varios de los estudiantes.

Harry, Ginny, Ron, Hermione y Ginny se quedaron un tiempo más, esperando por Emma, quien parecía querer hablar con el profesor.

- Señor, de verdad siento lo de antes. Es que soy muy efusiva y… - la chica hizo silencio cuando el profesor sonrió y negó con la cabeza.

- Ya le dije que no hay problema… señorita Dujovne, ¿cierto? - la chica asintió, sonrojándose un poco y sonriendo con timidez. - Felicitaciones de nuevo, muy pocos magos son los que logran un Patronus como ese en tan poco tiempo. Realmente hermoso. Un tigre, eso demuestra la ferocidad que usted tiene dentro, además de la elegancia y la fuerza.

El rostro de la adolescente se encendió aún más, obligándola a apartar la mirada. El grupo que esperaba se acercó.

- ¿Qué forma tiene su Patronus, profesor? - preguntó Ron. Sieghart le miró y sonrió.

- Es un secreto. - dijo, como quien no quiere la cosa. - Tal vez algún día se los enseñe. Solo les diré que si ese día llega, tendremos que estar en un campo abierto. Será mejor que se vayan ya, los otros profesores se enojarán conmigo si distraigo a los estudiantes y los hago llegar tarde a las otras clases.

Los seis estudiantes se despidieron y salieron del anexo para ir a buscar sus cosas y dirigirse hacia su siguiente clase.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Jue Oct 13, 2011 12:37 am

V. Capítulo 5

Había pasado ya una semana desde que los estudiantes habían comenzado el año escolar. Harry y sus dos mejores amigos se encontraban en la sala común de Gryffindor, redactando un informe para la clase de pociones; treinta centímetros sobre las propiedades y los usos de las orquídeas rojas sudafricanas, una flor mágica que se utilizaba mayormente para preparar pociones especiales utilizadas para curar enfermedades o lesiones que afectaban a alguno de los cinco sentidos. Aunque también podían recolectarse sus pétalos, secarlos al sol por tres días y utilizarlos para preparar un delicioso té que ayudaba a curar el insomnio.

Harry finalizó otra línea y tomó una regla para medir su progreso. Aún le faltaban cinco centímetros para terminar, pero como ya no le quedaba ningún uso que agregar, decidió que terminaría con una conclusión. Dejó su pluma a un lado y se apoyó contra el respaldo del sillón para pensar en las próximas líneas. Se dio cuenta de que Hermione ya había terminado y que estaba leyendo un libro, preparando la próxima clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. El joven de lentes sonrió, pensando en lo bien que la pasaban durante las clases que impartía el joven profesor. Aunque no solo era eso, el profesor Liedger había demostrado ser un buen profesor a pesar de su corta edad, se notaba que contaba con la experiencia que la directora McGonagall había anunciado al inicio del año.

Ya había conseguido que más de la mitad de su clase lograra invocar un Patronus con forma. Aún quedaban algunos estudiantes que aún no lo conseguían, pero que estaban bastante cerca de lograrlo, y mientras ellos seguían practicando, el profesor Liedger había comenzado a enseñarles a enviar mensajes utilizando a sus anti-Dementores.

En teoría, era algo muy fácil de hacer. Uno invocaba al Patronus no solo pensando en un recuerdo feliz, sino que también en el mensaje que deseaba transmitir. Para eso, debía visualizar al espíritu positivo hablando con su propia voz, y diciendo claramente lo que se quería informar.

Hasta el momento, solo Hermione había logrado hacer que su nutria dijera una frase completa. Harry, por su parte, consiguió que su ciervo dijera una palabra antes de desvanecerse, aunque había pretendido que dijera una frase de cinco palabras.

El asunto era que, ahora que ya todos podían invocar un Patronus para defenderse del ataque de un Dementor, el profesor Liedger decidió que seguirían avanzando en las clases, pero les había dicho que cualquiera que siguieran practicando por su cuenta y que cualquiera que quisiera un lugar donde practicar, eran más que bienvenidos a ir un rato al salón anexo después de clases.

Harry escuchó un ronquido que le hizo mirar hacia donde Ron estaba sentado, o más bien recostado sobre su pergamino, durmiendo. Hermione lo miró también y rodó sus ojos, sonriendo mientras negaba con la cabeza. El muchacho del cabello rojizo había terminado ya con su redacción y no había podido más contra el sueño y el cansancio. Ambos prefectos se habían pasado las noches de esa primera semana realizando las rondas de patrullaje nocturnas, por lo que no habían podido dormir muy bien. Al final, esas horas privadas de sueño le habían pasado la cuenta a su amigo, y también a Hermione, quien apenas podía mantener los ojos abiertos mientras leía. Por suerte para ellos dos, el turno de Gryffindor para patrullar de noche ya había terminado y la responsabilidad caía ahora sobre los hombros de los prefectos de Slytherin.

- No es necesario que me acompañen. - dijo Harry, haciendo que Hermione levantara la vista de su libro. - Ya casi termino. Váyanse a la cama, lo necesitan en verdad.

La chica de cabello castaño sonrió, cansada.

- ¿Seguro que no te molesta? - preguntó Hermione, tapándose la boca mientras bostezaba.

- Para nada. Ya solo me falta la conclusión. - confirmó Harry, sonriendo. - Además, recuerda que tenemos clase con el profesor Liedger a la primera hora.

Hermione asintió. Si bien las clases que impartía el joven profesor eran interesantes y divertidas, también eran agotadoras. Se requería de una gran concentración al estar en su clase. La castaña finalmente se puso de pie y despertó a su novio para decirle que fuera a dormir. Finalmente, Harry se quedó solo en la sala común. Ginny y Emma, quien ahora era parte de su grupo, habían subido a dormir unas horas antes, cansadas después de una larga jornada de práctica para la clase de Encantamientos.

El niño que vivió volvió a pensar en las clases que tendría a la mañana siguiente, comenzaba el día con Defensa Contra las Artes Oscuras, luego seguía con Transformaciones, otra de las clases que lo tenía emocionado, ya que estaban comenzando a aprender a convertir personas en animales. Desde que el tema se había tocado en la primera clase, Harry se había planteado la idea de convertirse en un animago, como su padre. Luego tendría la hora de almuerzo y seguiría con Cuidado de Criaturas Mágicas y Adivinación, y finalmente el día terminaba luego de su clase de Encantamientos.

Luego de vagar en sus pensamientos unos minutos más, Harry decidió que ya era hora de terminar e irse a dormir.

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Una brisa fresca se deslizaba suavemente sobre el césped de los terrenos del colegio, refrescando a todos los que merodeaban por ahí a esas horas de la noche. De pie frente a la puerta doble de entrada al castillo, Sieghart Liedger observaba la luna menguante, que ya iba a mitad de camino a desaparecer para darle el paso a la luna nueva. Contando, calculó que en más o menos veintitrés días el satélite volvería a mostrar todo su brillante rostro.

Había estado realizando su ronda por los pasillos del colegio, donde encontró a uno de los prefectos de Slytherin durmiendo detrás de una estatua, cuando decidió que saldría a tomar un poco de fresco aire nocturno una vez que terminara su trabajo. Y ahí estaba en ese momento, admirando las estrellas, la luna y el paisaje nocturno en general. Escuchó un maullido a su lado, lo que lo hizo voltear y encontrarse con un gato de pelaje rojizo, que le miraba con curiosidad. Sieghart esperaba que retrocediera, bufando, en cualquier momento. Él y los animales en general no se llevaban bien, de hecho había percibido como los animales nocturnos se alejaban del lugar, escondidos entre el césped, en el momento en que él puso un pie fuera del castillo. Por lo que fue una gran sorpresa cuando el curioso animalito se acercó más a él y se frotó contra su pierna. El joven profesor había quedado fascinado con la pequeña muestra de afecto, por eso, y sabiendo que probablemente arruinaría ese momento, decidió agacharse lentamente e intentar acariciarlo.

- Hola, amiguito. - saludó el profesor, acercando su mano cautelosamente hacia la cabeza del felino. Se paralizó eso si, cuando el gato hizo un movimiento brusco. Sieghart estuvo casi seguro de que iba a arañarlo, pero no. El felino rojizo simplemente se había aburrido de su lentitud y se había parado sobre sus patas traseras para alcanzar la mano del mago con su cabeza, apresurando la caricia. - Realmente no me tienes miedo, ¿no? Eres un animalito muy extraño, ¿sabes?

Ahora que lo veía de cerca, notó algunas cosas inusuales en el gato, como el hecho de que su cola tenía la forma de un cepillo redondo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ese gato era en realidad un gato mitad Kneazle. Los Kneazle eran conocidos por detectar a personas que podían ser consideradas sospechosas o desagradables, y se les consideraba como criaturas muy inteligentes.

- Ahora entiendo. ¿Detectaste que no soy malo? - preguntó Sieghart, animándose a cargar al felino. El gato comenzó a ronronear, pidiendo más caricias. El joven extranjero localizó la placa del collar que traía alrededor de cuello y leyó la inscripción. - Crookshanks, es un nombre muy inusual, pero pienso que te queda. Eres un amiguito muy especial.

El gato lo miró a los ojos, con curiosidad, para luego voltear la cabeza hacia los terrenos: algo se había movido por allá. Sieghart sonrió, y bajó al felino, quien emitió un último maullido de despedida antes de alejarse en posición de acecho. El profesor lo siguió con la mirada hasta que se perdió en la lejanía, sonriendo. Eso había sido agradable.

Decidió que ya era hora de regresar al interior del castillo, tenía que estar descansado para recibir al grupo de Séptimo de Gryffindor y a los de "octavo" para comenzar con un nuevo tema.

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Los estudiantes y algunos profesores estaban en el Gran Comedor, desayunando. Harry, Ron, Hermione y Ginny estaban sentados en la mesa de Gryffindor, comiendo mientras conversaban y se preparaban para su primera clase.

- ¿Qué hechizo irá a enseñarnos? - preguntó Ginny, bebiendo su té.

- Dijo que estaba relacionado con algo que les enseñaron en "Artes Oscuras" el año pasado. - recordó Hermione. - Estuve leyendo un libro anoche para obtener algunas pistas acerca de eso, pero hay muchas cosas que podría enseñarnos si solo nos basamos en lo que nos dijo.

Los cuatro se voltearon para mirar hacia la mesa de profesores, donde el profesor Liedger escuchaba a Hagrid con una expresión bastante seria en el rostro. Se percataron de que la directora McGonagall estaba presente también, de pie frente a ellos dos, escuchando a lo que Hagrid estaba diciendo.

- Se les ve muy serios. - opinó Harry, frunciendo el entrecejo. Fue entonces cuando una chica se sentó junto a ellos.

- Buenos días. - saludó Emma Dujovne, sonriendo. Los chicos la saludaron, olvidándose de la conversación entre los tres docentes, aunque la adolescente se había dado cuenta de lo que estaban haciendo. Emma miró hacia la mesa de profesores, enfocándose en el joven profesor y luego se volteó hacia sus amigos. - ¿Sucede algo?

- No lo sabemos. - respondió Ron, volviendo a mirar hacia los profesores. - Pero parece ser algo malo.

Como si lo hubiera oído, Sieghart los miró, fijando su mirada en el grupo de curioso por unos cuantos segundos antes de hablarle a McGonagall y a Hagrid. La Directora y el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas asintieron, antes de que la hechicera se dirigiera hacia su lugar en el centro de la alargada mesa. Después de eso, Hagrid y Liedger comenzaron a tener una conversación más relajada, riendo en ocasiones. Debido a que era obvio que los habían sorprendido y que los tres docentes no planeaban seguir con la conversación que habían estado teniendo, los estudiantes dejaron de prestarles atención.

- Creo que nos atrapó. - dijo Ginny, haciendo que sus amigos asintieran. El sonido de los aleteos de las lechuzas les hizo saber que el correo había llegado, y todos los que estaban en el Gran Comedor miraron hacia arriba, intentando localizar a sus lechuzas.

Harry también miró hacia arriba, en un acto reflejo que había desarrollado a lo largo de los años, pero supo que no podría encontrar el punto blanco en esa nube de plumas oscuras. Hermione recibió la edición de "El Profeta" de ese día, como lo hacía siempre, al igual que Harry, pero ahora era una lechuza del mismo diario la que se lo entregaba. Ginny recibió una carta, al igual que Emma. De pronto, todos los murmullos se apagaron, y todos se voltearon para mirar hacia la mesa de profesores.

- Me pregunto cuál será ésta vez. - dijo Ron, con anticipación.

Todas las miradas estaban centradas en el profesor extranjero, quien miraba hacia las aves con expectación. De pronto, un periódico enrollado voló a toda velocidad hacia el joven docente, quien lo atrapó a centímetros de su rostro. Un segundo más tarde, pasó lo mismo con un segundo periódico, que también atrapó. Luego de unos segundos más, las lechuzas se retiraron y todo el mundo volvió a sus asuntos. Después del incidente ocurrido el segundo día de clases, que era el primer día en que funcionaba el correo del colegio, no había pasado un día en el que eso pasara.

Harry lo recordaba perfectamente, y tenía que reconocer que se había reído bastante al igual que los demás. Cuando las lechuzas llegaron con el correo el segundo día de clases, un periódico voló desde las alturas directamente hacia el profesor extranjero, pero éste logró atraparlo antes de que lo golpeara. El problema fue que no consiguió ver el segundo periódico, que por suerte no lo golpeó a él, ya que habría sido bastante fuerte, pero que derribó la taza de café que estaba bebiendo, la cual volcó su contenido sobre el profesor, quemándolo con el líquido caliente. No resultó en nada grave, pero desde ese día todos miraban el espectáculo.

Las lechuzas no querían acercarse lo suficiente para entregarle los periódicos y por eso se los lanzaban desde lejos y con bastante fuerza. El profesor Liedger sonrió con satisfacción; cuando le habían preguntado si estaba bien, después de ese primer incidente, había asegurado que ya estaba acostumbrado al rechazo de los animales y que una situación como aquella no volvería a pasar. El grupo observó como el joven extranjero desenrollaba el profeta y le echaba un rápida hojeada, buscando algo interesante para leer.

- ¡Oh Dios mío! - gritó una niña, sentada en la mesa de Hufflepuff, haciendo que todos los estudiantes de su mesa, como los de la de Gryffindor, que era la mesa más cercana, se voltearan a ver hacia su dirección. - ¡El profesor Liedger tenía razón!

Los estudiantes que estaban sentados junto a ella se acercaron para mirar lo que estaba señalando. Harry y los demás estiraron sus cuellos para ver de qué se trataba: estaba leyendo el profeta.

- ¿Qué pasa? ¿De qué estás hablando? - preguntó uno de los compañeros de la chica.

- ¡Fenrir Greyback fue reportado como exterminado! - contestó la chica, sonriendo de forma radiante. El grupo de Harry se quedó sin respiración unos segundos antes de voltearse a toda velocidad y desenrollar sus propios periódicos, buscando la noticia.

Les costaba creerlo, desde la batalla del año anterior, los Aurores habían estado buscando al peligroso hombre lobo por todas partes, sin ningún resultado. Todos ellos, sobre todo Ron, estaban siempre al tanto para oír de su captura, y era obvio, considerando lo que le había hecho a Hermione cuando fueron capturados y retenidos en la mansión Malfoy.

Nadie sabe como, pero el sanguinario licántropo había logrado escapar durante la batalla y no había sido vuelto a ver por nadie. Naturalmente, como nadie pudo asegurarse de que estaba muerto, fue incluido en el listado realizado por el Ministerio de Magia, que era un registro de todos los mortífagos prófugos. Según Percy Weasley, el hermano mayor de Ron, era onsiderado como uno de los prófugos más peligrosos dentro de "La Lista", como había comenzado a llamar la gente al listado. Harry localizó la noticia y comenzó a leer, con Ginny y Emma junto a él.

La más reciente eliminación de "La Lista".

En horas cercanas a las diez de la noche del 30 de Agosto, se le fue reportado al Ministro Shacklebolt acerca del paradero y actividades de uno de los Mortífagos que encabezaban el Listado de criminales prófugos anunciado por el Ministerio de Magia a principios del verano, siendo el Mortífago en cuestión ningún otro más que Fenrir Greyback, licántropo y seguidor proclamado del Que no Debe Ser Nombrado.

El hombre que realizó el reporte, un mago llamado Sieghart Liedger, informó que el hombre lobo se encontraba escondido en un bosque ubicado cerca de la frontera Noroeste entre Estados Unidos y Canadá, muy cerca de un poblado Muggle. Afortunadamente, el mismo mago que reportó acerca del paradero del Licántropo fue el que tomó la situación en sus manos y se encargó de exterminar al Mortífago, todo esto antes de reportar la situación al Ministro de Magia, cosa que ha provocado bastante controversia en las últimas horas debido a la desobediencia mostrada por el joven hechicero. Las instrucciones dadas por el Ministerio eran claras; si alguien divisaba o tenía pistas acerca del paradero de cualquiera de los Mortífagos que componían el listado, debían reportarlo a la brevedad y dejar que los Aurores se encargaran. No obstante, no se tomará ninguna medida en contra del mago que realizó la exterminación, ya que debido a la cercanía al poblado Muggle del bosque en el cual se escondía Greyback, representaba un gran peligro para los habitantes no magos de la localidad. El Ministro Shacklebolt pide, eso sí, que las acciones como las realizadas por el Sieghart Liedger, no sean imitadas, y que ningún mago que no esté capacitado para lidiar con Mortífagos debe intentar apresar a uno de éstos por su cuenta.

Volviendo al caso de Greyback, un equipo de Aurores fue enviado a la escena en cuestión para comprobar la veracidad de los hechos, y a principios de la madrugada de hoy, los reportes entregados al Ministro confirman que, efectivamente, el licántropo ha sido eliminado y, por lo tanto, tachado de la lista de Mortífagos prófugos.

Tras una investigación, se ha localizado a Sieghart Liedger en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, donde imparte clases de Defensa Contra las Artes Oscuras, convirtiéndose en el profesor más joven que haya enseñado en el colegio.


A la derecha del reportaje, una fotografía del hombre lobo en cuestión sonreía maléficamente hacia los leyentes, mostrando sus sucios y anormalmente grandes y agudos dientes.

Cuando Harry terminó de leer, se dio cuenta de que todo el gran Comedor estaba en el más completo silencio y, volteándose para mirar en derredor, vio que todo el alumnado presente miraba en dirección del joven mago sentado junto al medio gigante en la mesa de profesores. Sieghart Liedger intentaba ignorar las miradas, haciendo como que leía el otro periódico que había recibido, el "New York Times", un diario muggle que acostumbraba leer para mantenerse informado acerca de los sucesos de ese mundo.

Varias alabanzas se hicieron escuchar desde distintos puntos del Gran Comedor, cosas como: ¡Grande, profesor!, ¡Ídolo!, y cosas por el estilo. Por un segundo, la esquina derecha del labio del extranjero subió, pero luego volvió a ignorar lo que estaba sucediendo.

Varios minutos pasaron en los que prácticamente todo el alumnado comentaba lo que El Profeta decía. Harry, Ron, Hermione, Ginny y Emma no eran la excepción, sobre todo en el caso del pelirrojo, quien no cabía de felicidad al saber que el mal nacido que había torturado a su novia y le había deformado el rostro a su hermano mayor.

- Se enfrentó a uno de los Mortífagos más temidos él solo.- dijo Emma, y se mordió el labio inferior, con una media sonrisa y ligero sonrojo en las mejillas. Hermione y Ginny se miraron la una a la otra, reprimiendo una risa de complicidad. La prefecta de Gryffindor se puso de pie unos minutos después, diciendo que ya era hora de irse a clases.

Los demás se pusieron de pie para irse todos juntos a su clase con el profesor extranjero.

- Oye, Celine, el profesor Liedger ya se va. - habló un chico detrás de ellos, desde la mesa de Hufflepuff. - ¿No querías ir a darle las gracias a tu novio?

- Cállate, Danny. - se defendió la chica de cabello rubio, sonrojada. Pero en vez de seguir con él, se volteó y se encaminó rápidamente hacia la mesa de profesores, los cuales se estaban retirando por la puerta lateral para irse a sus salones de clase. Harry y su grupo siguieron a la joven bruja con sus ojos a lo largo del camino hasta que llegó junto al joven extranjero de pelo negro. - ¿Profesor Liedger?

El aludido, quien estaba hablando con el profesor Slughorn cuando Celine llegó junto a él, se volteó y miró para abajo antes de sonreír.

- Hola, Damarth. - saludó Sieghart, sonriendo. - ¿Qué puedo hacer por ti?

Hubo un jadeo general entre los alumnos cuando la pequeña de trece años se acercó rápidamente al profesor, rodeando su cintura con sus brazos y abrazándolo fuertemente.

- ¡Gracias, profesor! - gritó la chica, llena de felicidad. - ¡Muchas gracias!

Sieg se recuperó de su sorpresa inicial y sonrió, posando su mano derecha sobre la cabeza de la niña que lo abrazaba.

- No hay de qué. - dijo. Celine se apartó, mirándolo hacia arriba y sonriendo, antes de asentir una vez y voltearse para regresar con su grupo de amigos, siendo recibida por todas sus amigas, quienes procedieron a hacer las preguntas correspondientes acerca de la experiencia de abrazar al apuesto profesor de defensa Contra las Artes Oscuras.

Harry y los demás reprimieron unas cuantas risas cuando vieron como la Directora McGonagall se acercaba al profesor Liedger con una expresión severa, mientras que el joven extranjero la esperaba con un rostro que mostraba que sabía lo que le esperaba.

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- Tengo aquí una lista de algunos hechizos que les enseñaron el año pasado. - enseñó el profesor Liedger, levantando un pergamino. - Hay varios que, según tengo entendido, fueron practicados sobre los "sangre sucia".

Harry y sus amigos sonrieron ante el tono de estupidez que había usado al emplear ese término que varias personas aún utilizaban para insultar a los hijos y parientes de muggles.

- Si bien no dudo que deben habrán sufrido bastante cuando los utilizaron, ninguno de esos hechizos es considerado más allá de dañino, salvo uno además del hechizo asesino. - explicó Sieghart, dejando la lista sobre su escritorio. - Hay un maleficio que, según tengo entendido, mató a un estudiante el año pasado durante la batalla en Hogwarts, y fue un hechizo que el mismo estudiante realizó.

Harry, Ron y Hermione jadearon, con la imagen de Vincent Crabbe siendo envuelto por las llamas que él mismo había conjurado en sus mentes. El profesor Liedger fijó sus ojos en el trío, asintiendo.

- Efectivamente. - confirmó, ocasionando confusión en el resto de los alumnos. Finalmente, volvió a mirar al curso en general y prosiguió con su explicación. - Fiendfyre, es un maleficio con el cual se invocan demonios y se les brinda un cuerpo hecho de fuego, qe es imposible de apagar con agua. Es fácil de realizar, pero muy difícil de controlar y más aún de deshacer: está hecho para consumir todo a su paso, dejando solo las cenizas. Hay… dos hechizos capaces de apagar el fuego demoníaco. ¿Alguien puede decirme cuál es el más usado?

Hermione fue la única que levantó la mano.

- ¿Señorita Granger? - señaló el profesor.

- El hechizo es Fiendlocked, profesor. - respondió Hermione. - Lo que hace este contra hechizo es enviar al espíritu del demonio invocado de regreso al inframundo. El problema es que no apaga el fuego directamente, hay que hacer algún hechizo de agua para apagar el fuego que queda. Pero, nunca he oído de otro hechizo que logre apagar el fuego demoníaco.

- Muy bien respecto al fiendlocked. - felicitó el profesor, sonriendo. - Cinco puntos para Gryffindor. En cuanto al otro hechizo, es natural que no lo conozca… ya que se lo he enseñado a muy pocas personas.

Los alumnos lo miraron, incrédulos, analizando las palabras que había utilizado.

- ¿Quiere decir…?

- Ajá. Es un hechizo que yo inventé. - declaró el profesor, tomando por sorpresa a varios de los presentes. La emoción comenzó a esparcirse entre los estudiantes, que estaban esperanzados con aprender un hechizo que podía considerarse como "exclusivo". - No se emocionen, no planeo enseñarles dicho hechizo.

La decepción fue evidente en todos los alumnos.

- ¿Entonces para qué lo mencionó? - preguntó un alumno de Séptimo, en voz alta. No había pretendido que el profesor lo oyera, pero alzó demasiado la voz sin darse cuenta.

- Muy simple, señor Lyra. - dijo Sieghart, sin enojo y encogiéndose de hombros. - Porque mi trabajo es enseñarles, y si hay dos hechizos que sirven para contrarrestar al Fiendfyre, es mi deber enseñarles eso. Ahora, yo fui el que inventó el otro hechizo, estoy en todo mi derecho de decidir si enseñarlo o no. Puede sonar muy egoísta, pero en realidad me reservo el derecho de enseñarles porque el hechizo que creé puede ser tan o más peligroso de lo que el Fiendfyre es.

Los alumnos estaban en completo silencio, escuchando la explicación, y cuando ésta finalizó, todos se pusieron de pie para pasar al salón anexo.

- Antes de comenzar quiero indicarles a todos que esta clase será considerada muy importante, lo que aprendan hoy será incluido en su primera prueba. - explicó el profesor, cuando estuvieron en el interior del anexo. - También, sin importar lo que pase, quiero que estén atentos a todo lo que suceda y que no hagan nada que yo no les diga. Incluso cuando está siendo controlado, el fuego demoníaco es muy peligroso y agresivo.

Los estudiantes comenzaron a mostrarse nerviosos debido al serio tono de voz que el joven profesor estaba utilizando al hablarles, hasta ahora era un lado de él completamente desconocido para los estudiantes.

- Muy bien… - dijo el profesor, sacando su varita. - Comencemos…
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Jue Oct 13, 2011 11:13 am

VI. Fiendlocked

- ¡Fiendfyre!

De la varita del profesor Liedger salieron llamas, que se propagaron rápidamente alrededor de los estudiantes, pero a una distancia relativamente segura del grupo. El calor que se sentía era atemorizante, lo mismo que los extraños rugidos que provenían de las flamas, pero lo que más sorprendía a todos era el color azul que presentaba el fuego. Frente a ellos, las flamas se agruparon, tomando la forma de un gran dragón que les rugía de forma amenazante. Harry recordó al Colacuerno que tuvo que enfrentar en el Torneo de los Tres Magos, pero el dragón de fuego azul que estaba frente a ellos era mucho más aterrador.

El terror se esparció entre los estudiantes, quienes comenzaron a retroceder rápidamente para alejarse de la bestia de fuego. Ron y Harry se pararon frente a Hermione y Ginny, respectivamente, aunque Harry también estaba cubriendo a Emma del fuego. Por más asustados que estuvieran, el dragón no se acercó ni un milímetro a ellos, simplemente se quedó en su lugar, gruñendo de forma extraña y falsa. Los estudiantes recordaron que no era un dragón de verdad, y la criatura de fuego se hizo ligeramente a un lado, permitiendo que ellos tuvieran una mejor visión de su joven profesor. Sieghart Liedger estaba de pie detrás del fuego demoníaco, con una expresión seria en su rostro.

- Como ven, la bestia hecha de fuego puede tomar la forma de cualquier monstruo, es el mago quien invoca al Fiendfyre el que decide la forma que el fuego toma. - explicó el joven profesor, caminando hacia los estudiantes. El dragón de llamas azules rugió, asustando a los estudiantes. - El color de las llamas indica el nivel de poder del fuego demoníaco. En este caso, el color azul señala un poder intermedio, el cual creo que será suficiente para enseñarles el Fiendlocked. Mientras más poderoso y agresivo es el fuego demoníaco, más difícil es de "sellar" y solo otro Fiendfyre del mismo poder o superior puede combatirlo.

El profesor ya estaba frente al grupo de estudiantes, con el dragón a su espalda. Harry, Ron y Hermione notaron la diferencia de ésa criatura con las que había invocado Vincent Crabbe durante la batalla del año anterior. El fuego del profesor Liedger estaba completamente bajo su control, incluso aunque se mostraba amenazante y agresivo. El dragón de llamas azules no hacía nada para atacarlos, simplemente se quedaba en su lugar, quieto y sin dar indicios de querer moverse de ahí.

- Observen esto. - señaló el profesor Liedger, alzando la varita de plata. De pronto, el joven se volteó y apuntó hacia el dragón. - ¡Fiendlocked!

El dragón estiró el cuello y las alas, rugiendo hacia el techo antes de perder su forma completamente definida y esparcirse sobre el piso en forma de pequeños charcos ardientes. Sieghart blandió su varita nuevamente, y una bola de agua apareció sobre cada una de las llamas restantes, dejando al líquido caer sobre ellas, apagándolas. Luego de eso, todo rastro de la bestia ardiente había desaparecido.

El silencio se apoderó del lugar por unos segundos, hasta que el profesor se volteó y comenzó a alejarse del grupo.

- Se vio muy sencillo, pero créanme que se necesita una gran voluntad para derrotar las ansias de matar que tiene el demonio que fue invocado por otro mago. - explicó el extranjero, volteándose para mirarlos. - Ahora, ¿quién quiere intentarlo primero?

Nadie dijo nada, ni siquiera estaban respirando. El hombre de cabello negro y ojos grisáceos recorrió al grupo con la mirada, enfocándose en Harry, Ron y Hermione.

- Ustedes tres estuvieron envueltos en el incidente con este hechizo el año pasado, ¿no? - dijo, a lo que los tres asintieron. - Muy bien, entonces. Potter nos enseñó el Patronus en la primera clase, así que… ¿Señor Weasley?

Ron palideció ligeramente, tragando saliva. Se separó de Hermione y caminó hacia delante lentamente hasta que estuvo frente al grupo, mirando hacia el joven profesor.

- Los demás, háganse más para atrás. Bien, Weasley, no le ordenaré que te ataque, pero si va a mostrarse más agresivo y amenazador. - le advirtió el profesor. - Lo que debes recordar es que tienes que mostrarte decidido y concentrarte en el contra hechizo. Si dejas que el temor te nuble la mente, el Fiendlocked no funcionará.

El pelirrojo asintió, notablemente nervioso. Sieghart asintió, retomando su expresión seria.

- Vamos, Ron, ¿dónde está el valor que tenías en la batalla del año pasado? - lo tentó el profesor, haciendo que el pelirrojo dejara de temblar. Ron mostró un rostro decidido y lleno de valor, lo que hizo que el profesor sonriera por unos momentos. - ¡Fiendfyre!

Una bola de fuego azul salió de la punta de la varita de plata y comenzó a extenderse, tomando la forma de un león del tamaño de un oso. El depredador rugió, comenzando a acercarse en posición de acecho, gruñendo y aumentando de tamaño a medida que la distancia hacia el joven mago se acortaba. Ron no retrocedió ni un solo paso y, mirando a la bestia de fuego, alzó su varita.

- ¡Fiendlocked! - gritó el pelirrojo. De pronto, sintió toda la ira y el odio que le daba vida a las llamas frente a él, las cuales amenazaban con destruir su voluntad. Mientras todo su valor y decisión comenzaban a ser empujadas por el odio y la maldad, Ron recordó el incidente en la Sala Multipropósitos. Hermione, Harry y él estuvieron a punto de morir consumidos por las llamas y Ron fue atacado por unas muy reales imágenes de esa situación. La sola idea de su novia y su mejor amigo siendo convertidos en cenizas fue suficiente para que su voluntad volviera a cobrar fuerza, iniciando un ataque en contra de los sentimientos negativos que lo atacaban. Concentrándose un poco más, logró empujar esos sentimientos hacia el fondo de un abismo oscuro, donde los dejó encerrados para siempre.

Frente a todos, el león de fuego azul emitió un rugido lastimero antes de desintegrarse y convertirse en una fogata común y corriente, perdiendo el color azulado. Ron iba a utilizar un hechizo de agua, pero se dio cuenta de que estaba agotado como para reaccionar así de rápido. Aunque al final no fue necesario, ya que fue el profesor quien apagó las llamas restantes.

Harry y Hermione notaron como el pelirrojo se tambaleaba y corrieron para sostenerlo de pie en su lugar. El profesor Liedger se acercó rápidamente hacia él, sonriendo enormemente.

- ¡Eso fue fantástico! - felicitó el joven extranjero. - Debo reconocer que jamás pensé que lo lograrías en el primer intento. Veinte puntos para Gryffindor por esa muestra de valor y determinación.

Ron no cabía en su orgullo, pero se le notaba exhausto.

- Ahora ve, descansa. - le dijo el profesor. - Fue un esfuerzo realmente grande el que hiciste. El poder que usaste habría sido suficiente para acabar con cualquier fuego demoníaco, para el mío no era necesario tanto.

Ron asintió, sonriendo ante el halago, y se dirigió hacia el final del salón, donde tomó asiento en una silla que había ahí. El cansancio presente en su rostro hizo que Sieghart se preguntara si talvez no estaba presionando demasiado a los estudiantes. El joven Weasley, la señorita Granger y sobre todo Harry Potter, estaban sicológicamente preparados para enfrentar grandes peligros, lo habían hecho toda una temporada mientras buscaban los Horrocruxes de Tom Riddle. Quizás debería bajar un poco el nivel para los siguientes. Finalmente decidió que no lo haría, un mago tenebroso no dudaría en atacar con todo su poder a cualquiera que se interpusiera en su camino, sin importar la edad que tuviese.

- ¿Alguien se anima a intentarlo? - preguntó el profesor, mirando al resto de grupo de estudiantes. - Vamos, aprovechen de practicar ahora. En su examen no pueden fallar si algo como esto se presenta.

Incluso aunque dijo eso, nadie se ofreció. Eso representaba una dificultad para Sieghart, quien no quería obligar a nadie nuevamente. Lo de Weasley había sido algo especial: el profesor sabía que el joven pelirrojo contaba con el valor y la determinación para lograrlo. El resto de los alumnos era otra cosa, si lo hacían porque él se los ordenaba, lo más probable era que no lo lograran. Tenía que provenir de ellos.

Ya estaba por rendirse y escoger a alguno de ellos, cuando vio que una mano se alzaba. Sorprendiendo a todos, Emma Dujovne se adelantó y se preparó para intentarlo. Sieghart analizó a la joven, inseguro acerca de si era una buena idea que ella fuera la siguiente. Descartó la idea de ordenarle que se retirase y esperara un poco antes de intentarlo. No porque fuera una chica era menos que los demás. Recordó el Patronus que había invocado en la primera clase: un tigre. Símbolo de valor y fuerza, de elegancia y ferocidad. Luego la analizó físicamente, era una chica pequeña, de un metro sesenta, más o menos, con un cuerpo lindo y bien proporcionado y un hermoso rostro. Decidió que el valor que mostraba al estar ahí, preparada para tratar, era suficiente para que él la dejara hacerlo. El profesor Liedger sonrió hacia la chica, quien le sonrió de regreso con timidez mientras un leve sonrojo adornaba sus mejillas.

- Muy bien, señorita Dujovne. - la felicitó el profesor, preparando su varita. - Muéstreme lo que puede hacer. ¡Fiendfyre!

Una Quimera emergió de la varita del profesor, rugiendo hacia la chica y agitando su larga cola de manera amenazante. La chica no lo dejó acercarse, alzó la varita y le apuntó a la criatura azulada.

- ¡Fiendlocked! - la voluntad de la chica colisionó contra el odio inmerso en el monstruo de fuego. Emma no se dejó vencer y combatió las emociones negativas con toda su fuerza. Sabía que si ella lo lograba, varios más se animarían a intentar, y el profesor se vería con menos presión encima. Finalmente, logró empujar el odio hacia atrás, encerrándolo en un lugar oscuro.

La quimera de fuego estalló, esparciendo segmentos de su cuerpo ardiente en el suelo. Sieghart sonrió, utilizando un hechizo de agua para apagar el fuego. Notó que la chica temblaba ligeramente, parecía que también se había esforzado demasiado. El extranjero se acercó a ella rápidamente, al mismo tiempo que la hermana menor de Ron Weasley. Sieghart la sujetó suavemente por los hombros, sosteniéndola. La chica lo miró hacia arriba, sonrojándose y desviando la mirada.

- Eso estuvo muy bien. - la felicitó el profesor, sonriendo con satisfacción. La chica volvió a mirarlo y le sonrió de regreso. Con la ayuda de Ginny, la llevaron junto a Ron y los demás, el pelirrojo se levantó para cederle la silla que estaba utilizando. - Quédese aquí y descanse.

El profesor extranjero se volteó y miró a los estudiantes, quienes observaban atentamente con preocupación a la chica que acababa de lograr el Fiendlocked.

- ¿Vieron eso? Dos estudiantes acaban de lograrlo al primer intento. ¿Por qué ustedes no podrían? - preguntó el profesor, sin esperar una respuesta. - ¿Qué los hace diferentes a ellos? Varios de los de "octavo" se quedaron a pelear en la batalla para proteger el colegio, ¿qué tan diferente es esto? ¿Es más peligroso, acaso? No lo creo.

La determinación comenzó a notarse en los rostros de varios de los estudiantes.

- ¿Quién es el siguiente? - ésta vez, varias manos se alzaron. - Ésa es la actitud. Tú.

El profesor señaló a un chico de Hufflepuff de "octavo", el cual se adelantó con paso vacilante.

- ¿Listo? - preguntó Sieghart. El estudiante demoró unos segundos en asentir. - ¡Fiendfyre!

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La fila de estudiantes que habían logrado utilizar el contra hechizo fue en aumento de forma continua, con varios que habían fallado una o dos veces, pero después de acostumbrarse a la situación, lo habían conseguido casi sin esfuerzo adicional.

Y así casi terminaban las dos horas de clases, y Harry, Ron, Hermione, Ginny y Emma observaban como los pocos estudiantes que quedaban para intentar, notando también el estado del profesor Liedger.

- Debería estar exhausto. - observó Hermione. En algún momento entre un estudiante y otro, el profesor extranjero se había quitado su túnica, abierto un par de botones y subido las mangas de su camisa, aunque fuera de esas medidas para combatir el calor generado por el fuego que invocaba, se le veía bastante bien. - Ha estado utilizando un hechizo de nivel altísimo una y otra vez sin parar por la última hora. ¿Cómo es que puede seguir invocando el fuego de color azul y controlarlo a la perfección después de todo ese tiempo?

- Por algo es el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. - recordó Ron. La demostración de resistencia del joven profesor había impresionado a todos los estudiantes presentes. Sieghart miró su reloj y les sonrió a los estudiantes frente a él, los que aún faltaban por probar.

- Hay tiempo para un intento más. - anunció, y señaló a un alumno de Slytherin. - Usted.

El estudiante de "octavo" se acercó lentamente, con actitud desafiante.

- Él fue uno de los favoritos de Carrow el año pasado, junto con Grabbe y Goyle. - informó Ginny, susurrando. - Le dijeron que aplicara la maldición Cruciatus sobre un estudiante una vez, y el muy maldito escogió a Neville porque sabía lo de sus padres. Lo hizo una y otra vez, muerto de la risa.

Harry, Ron y Hermione alzaron las cejas, suprimiendo sus gemidos de sorpresa y volteándose para ver a Neville, quien estaba a su lado. Al igual que los demás de su grupo de amigos, el joven Longbottom había logrado realizar el Fiendlocked al primer intento. El hijo de dos de los más respetados y admirados Aurores de su tiempo miraba al chico de Slytherin con el ceño fruncido, haciendo todo lo que podía por ocultar su furia.

- Tú eres Berthum, ¿cierto? - preguntó el profesor, a lo que el joven Slytherin, de ojos azules y cabello castaño oscuro, asintió. - Me parece que tus notas en Artes Oscuras eran muy buenas. ¿Estoy en lo cierto?

- Así es, uno de los primeros de la clase. ¿Acaso usted va a recriminarme por eso también? - la pregunta le había salido algo subida de tono y a la defensiva, pero, aunque su intención hubiera sido provocar a Sieghart, éste no se mostró para nada molesto y simplemente se encogió de hombros.

- ¿Por qué habría de hacerlo? Tú eras un estudiante que hacías lo que tus profesores te ordenaban. Según los registros de los hermanos Carrow, cuanto les enseñaron el Fiendfyre tú fuiste uno de los pocos capaces de invocar a uno de llamas azules, ¿no? - las declaraciones que hacía el profesor eran escuchadas por todos los presentes, quienes se mostraron sorprendidos, por lo menos los de séptimo, quienes no habían presenciado esos eventos. - ¿Eras tú el que desactivaba el hechizo?

- No. El profesor Carrow fue quien utilizó el Fiendlocked en esa ocasión. Estaba orgulloso por mi trabajo ni siquiera me ordenó que volviera a intentarlo, bastó con uqe viera las llamas azules. Me eximió del resto de la clase de ese día después de eso. - explicó el Slytherin, inflando el pecho con orgullo.

- Ya veo. Entonces creo que completaré lo que Amycus Carrow te enseño. - declaró el profesor Liedger. - ¿Crees poder hacerlo?

- ¿Qué tan difícil puede ser? - preguntó Berthum, con expresión aburrida y prepotente. Todo un Slytherin, en opinión de Harry.

El extranjero de ojos grisáceos agitó su varita y una flama de color azul emergió de la punta de ésta, extendiéndose y aumentando su diámetro. Un silbido amenazante resonó en el salón a medida que la figura alargada formada de fuego comenzaba a ascender frente al estudiante y la punto bajaba de pronto, expandiéndose hacia los lados y dejando a la vista de todos su nueva forma: una cobra gigante. El reptil ardiente comenzó a acercarse al Slytherin, silbando amenazadoramente. Berthum no retrocedió y, apuntando su varita, intentó el contra hechizo.

- ¡Fiendlocked! - su voluntad chocó contra el poder negativo del demonio al servicio del profesor Liedger, y fue vencida de inmediato. Berthum pareció haber sido empujado, ya que se tambaleó hacia atrás, recuperando el equilibrio antes de caer. Su expresión era de sorpresa total, realmente había creído que el Fiendlocked sería fácil de hacer. Volvió a apuntar su varita, enojado por la humillación de haber fallado su primer intento, y lo volvió a intentar. - ¡Fiendlocked!

Nuevamente, la fuerza maligna ganó el enfrentamiento, empujando al estudiante otra vez, haciéndolo caer ésta vez.

- Concéntrate, Berthum. - le dijo el profesor, pero el Slytherin no lo oyó. Estaba mirando a la serpiente ardiente que se le acercaba lentamente con una expresión que mostraba el miedo que estaba comenzando a sentir.

- ¡Fi-Fien…! - Berthum ya no podía recitar el contra hechizo, pero cuando el profesor Liedger estaba a punto de retirar a su serpiente ardiente, el joven Slytherin alzó su varita hacia el techo, apretando sus ojos por el terror que sentía. - ¡Fiendfyre!

Una nueva ola de llamas azules apareció, subiendo en trayectoria recta hacia el techo de piedra. Una quimera nació de ese nuevo fuego, rugiendo y mirando en derredor, localizando a la presa más cercana, que era el mismo mago que lo había invocado. La bestia de fuego descendió rápidamente hacia Berthum, listo para consumir a su creador. El grupo de estudiantes estaba paralizado, ninguno de ellos se había esperado esa acción por parte del Slytherin.

- ¡Hacia atrás! - ordenó el profesor Liedger, agitando su varita hacia Berthum. Harry vio como un hechizo volaba hacia el estudiante asustado y lo golpeaba en el pecho, lanzándolo hacia atrás, junto al resto de los estudiantes que aún no habían logrado el hechizo. La quimera se estrelló con el suelo, sin hallar a su presa, y se preparó para lanzarse nuevamente hacia él, y así podría aprovechar de consumir al resto de los hechiceros que estaban junto a él ahora.

El joven extranjero se lanzó hacia delante, agitando su varita nuevamente al momento en que la quimera ardiente se alzaba y saltaba hacia el grupo de adolescentes. Frente a los ojos de todos, la cobra de fuego se atacó a la quimera, empujándola hacia un costado y evitando que la quimera consiguiera lo que deseaba y derribándola hacia el suelo. Debido a la naturaleza de sus cuerpos, las llamas se expandieron debido al golpe con la sólida piedra, extendiéndose en todas direcciones. Sieghart notó que el grupo de estudiantes estaba en peligro inmediato otra vez, ya que el fuego azul estaba muy cerca de ellos, acercándose rápidamente, y el Fiendlocked no los salvaría de recibir quemaduras graves.

Harry, Ron y Neville se adelantaron y protegieron a las chicas con sus cuerpos, con las varitas alzadas para realizar el contra hechizo. En eso, el grupo vio como el profesor Liedger agitaba su varita nuevamente, ignorando el fuego que le acariciaba el brazo izquierdo, y, casi instantáneamente, una esfera negra, del doble del tamaño de una Quaffle, apareció entre las llamas. En ese punto, el tiempo pareció disminuir su velocidad para todos los presentes debido al flujo de adrenalina, y los estudiantes que se encontraban algo más alejados del peligro notaron como las llamas azules comenzaban a deslizarse hacia la esfera oscura.

La esfera negra estaba absorbiendo las llamas con gran poder, impidiendo que éstas alcanzaran a algún estudiante. Segundos después, nadie calculó cuantos, las llamas, el humo y el calor se habían esfumado, y la esfera disminuyó su tamaño rápidamente hasta que desapareció.

Los adolescentes estaban estupefactos, nadie sabía qué acababa de suceder.

- ¿Se encuentran todos bien? - preguntó el profesor, acercándose al grupo de estudiantes que habían estado a punto de ser alcanzados por las llamas demoníacas. Ninguno de los estudiantes respondió. Harry, Ron, Hermione y el resto de los que ya habían logrado el conjuro de esa clase se acercaron rápidamente para ayudar al profesor en lo que necesitara. Los chicos parecían estar bien, excepto por el joven Burthem, quien estaba inconsciente en los brazos de un Gryffindor de séptimo año. Aún así, el extranjero se aseguró de comprobar que todos estuvieran bien. No había ningún herido, ningún estudiante, por lo menos.

- ¡Profesor, su brazo! - exclamó Emma, horrorizada.

Los estudiantes dirigieron sus miradas hacia el brazo izquierdo del profesor y jadearon, poniendo cara de horror. El miembro estaba completamente quemado desde la punta de los dedos hasta el codo. La carne viva mostraba su color rojo, con segmentos aislados de color carbón de piel chamuscada. Se veía grave, una quemadura de segundo o tercer grado. Sieghart Liedger miró su brazo, recién comprobando la seriedad de la herida.

- Debe ir a la enfermería de inmediato, profesor. - aconsejó Hermione, con preocupación. La sangre comenzaba a brotar de varios lugares del área quemada. Si hubiera sido más grave, por ejemplo si la quemadura abarcara más de su cuerpo, habrían tenido que realizar algún hechizo que evitara que los efectos de la quemadura siguieran expandiéndose antes de aplicarle alguna poción especial que curara las quemaduras.

Pero como ese no era el caso, el tiempo que tomara ir a la enfermería no influiría para nada.

- Weasley, ayúdame a llevar a Berthum a la enfermería. - ordenó el profesor, acercándose al desmayado e intentando sujetarlo con su brazo sano, cosa que demostró ser bastante difícil hasta que Ron llegó a ayudarlo. Harry se acercó al profesor.

- Yo le ayudo. - se ofreció el chico con gafas.

- No es necesario, ya lo tenemos. - contestó el profesor, sonriendo. - Terminó la clase. Los demás intentarán el hechizo la próxima vez.

Los alumnos salieron del anexo detrás del profesor y del prefecto de Gryffindor, siguiéndolos a lo largo del "salón teórico" antes de salir a los pasillos del castillo y disgregarse en todas direcciones. Harry, Hermione, Ginny, Emma y Neville, junto con los otros dos Slytherin de octavo, siguieron a los hombres que llevaban al estudiante inconsciente hacia la enfermería, entrando para asegurarse si los heridos no tenían nada grave.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Vie Oct 14, 2011 7:20 pm

VII. Sphaera Inferos

Sieghart Liedger estaba esperando en su despacho, que estaba subiendo la escalera que se encontraba en el interior de su salón de clases. Acababa de regresar de la enfermería, donde había pasado todo el día ayudando a Madam Pomfrey a atender al Slytherin a quien había aturdido horas antes. No había sido nada grave, solo una contusión. Habría sido mucho peor si su Fiendfyre lo hubiera alcanzado. De todas formas, no podía quitarse el sentimiento de culpa de encima, sin importar lo que le hubieran dicho la enfermera y los estudiantes que fueron testigos de los eventos que llevaron al adolescente a quedar en cama y en observación por el resto del día.

La sensación ardiente en su brazo se hizo presente nuevamente, recordándole acerca de sus propias lesiones. Las quemaduras del fuego demoníaco eran muy peligrosas y bastante inusuales, ya que, generalmente, cuando una persona era alcanzada por la llamas era muy tarde como para hacer algo. El sujeto moría devorado por el fuego casi en el cien por ciento de los casos. Era debido a eso que la gente que lograba salir con vida y con una quemadura del fuego diabólico tenía que ser tratadas con una poción especial. Por suerte, la quemadura que le afectaba el brazo no ponía en riesgo inmediato a ningún órgano vital, por lo que podía darse el lujo de estar esperando el tratamiento por algunas horas.

La razón por la que era necesario un tratamiento especial, sin importar el tamaño o ubicación de l quemadura, era porque el efecto del fuego seguía expandiéndose por el cuerpo del afectado. Ya habían pasado varias horas desde el accidente, y ya estaba sintiendo el efecto de la quemadura. La sensación de calor le recorría el cuerpo, obligándolo a deshacerse de su túnica y su camisa. También había abierto las ventanas, dejando que el frío viento nocturno lo ayudara a enfriarse en lo que esperaba a que la señora Pomfrey llegara con la poción especial que se le había encargado al profesor Slughorn. La poción en si no era difícil de hacer, pero requería de varias horas de preparación. Sieghart calculaba que ya debería estar lista, era solo cuestión de tiempo para que la enfermera llegara.

Incluso aunque el aire del exterior entraba libremente, el calor ya estaba comenzando a molestarle. Aunque si hubiera sido cualquier otra persona, probablemente ya estaría delirando debido a él, totalmente deshidratado y acercándose a la demencia y a la muerte.

Se alejó de las ventanas y agitó su varita. Desde el fondo de su despacho, la cubierta de una hielera se abrió y una lata de cerveza voló hacia él. Había logrado meter varios litros de esa bebida muggle que le encantaba, y la mantenía helada gracias al hechizo de hielo eterno que le había aplicado a la hielera. Abrió la lata y dio un gran sorbo al líquido que contenía, que le refrescó las entrañas. La cerveza era una de las cosas que más le gustaba del mundo muggle. También disfrutaba de un vaso ocasional de Cerveza de Manteca, pero la cerveza muggle se le hacía mucho más agradable. Volvió a pararse junto a la ventana abierta, permitiendo que la brisa se aliara con la bebida helada en la tarea de refrescarlo.

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Harry, Ron y Hermione llegaron al la sala común de Gryffindor después de terminar de cenar, encontrándose con Ginny y Emma, quienes estaban sentadas junto a un librero, leyendo.

- Hola. - saludó Harry, acercándose a su novia y dándole un rápido beso en los labios. - ¿Por qué no fuiste a cenar?

- El profesor Goldenghorm nos dejó una tarea muy larga para mañana a primera hora. - contestó la pelirroja, y negó con la cabeza. - Cincuenta centímetros acerca de las transformaciones de objetos en animales. Con historia, listado de hechizos, usos permitidos y prohibidos incluidos.

Emma suspiró.

- Honestamente, ¿cincuenta centímetros? - preguntó la chica. - ¿Para qué tantos en un tema tan simple como éste? Incluso con todo lo que pidió, con veinte habrían sido suficientes.

La chica de cabello color miel estaba algo nerviosa, todos podían notarlo. Estaba ansiosa por algo.

- ¿Qué te sucede? - preguntó Hermione, sentándose junto a ellas en la silla libre que había en su mesa. Harry y Ron fueron a buscar un par más de una de las mesitas continuas.

- No es nada. - respondió la chica, sonriendo para tranquilizar a su amiga de curso superior.

- Ha estado preocupada por el profesor Liedger todo el día. - explicó Ginny, sonriendo con malicia.

- ¡Ginny!

Hermione sonrió, esa chica sentía un gran enamoramiento por el joven profesor. Harry y Ron se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros. Una alumna a la que le gustaba un profesor. ¿Qué tenía de raro? Era una historia bastante común en las telenovelas muggle. Además, el profesor Liedger era solo cuatro años mayor que la chica, y ella ya era mayor de edad.

- Vamos, Emma. - sonrió Ginny. - Has estado planteándote la idea de ir a ver como se encuentra desde que salimos de la enfermería después de acompañarlo un rato.

La chica estaba completamente sonrojada e intentaba ocultarlo mirando en otra dirección.

- Es solo que él se lastimó intentando protegernos a todos. - dijo Emma, escribiendo en un trozo de pergamino. - Me parece adecuado que le mostremos nuestra gratitud.

Era cierto, todos los que habían logrado ver lo que había hecho estaban de acuerdo en que era la demostración de habilidad mágica más impresionante que habían visto jamás. Excepto tal vez por la batalla que Harry había tenido contra Voldemort. El profesor Liedger se había movido con rapidez, utilizando un hechizo aturdidor para quitar al estudiante del camino de las llamas antes de lanzar su propio FiendFyre para interceptar al fuego demoníaco agresor. Luego de eso, algo que nunca antes había visto había pasado. Harry estaba seguro de que el joven extranjero había blandido su varita una vez más antes de que la esfera negra apareciera entre las flamas, tragándoselas antes de desaparecer. Ninguno de los presentes había visto ese hechizo antes, ni siquiera Hermione sabía sobre el. Lo que les dejaba solo una alternativa: habían presenciado el hechizo que servía para contrarrestar al Fiendfyre que el mismo profesor Liedger había inventado y que les había dicho que no les enseñaría.

- ¿Qué habrá sido ese hechizo que utilizó? - preguntó Ron. Hasta ahora nadie había hecho esa pregunta en concreto, aunque si varias similares.

- Debió ser el hechizo del que nos habló en clases. - sugirió Hermione. - El segundo hechizo para detener el fuego demoníaco.

- Una esfera negra que absorbe fuego. - recordó Ginny.

- Impresionante. - alabó Emma, mordiéndose el labio inferior.

La curiosidad les ganó a todos. Querían saber qué era ese hechizo.

- Él dijo que podíamos ir cuando quisiéramos si teníamos alguna duda acerca de la clase. - recordó Ron.

- Eso era en caso de que quisiéramos practicar el encantamiento Patronus. - le dijo Hermione.

- Aún tengo problemas para hacerlo hablar. - dijo Ron.

- Y yo. - se apuntó Ginny. Harry asintió, lo mismo que Emma. Al final, Hermione se apuntó también, utilizando la excusa de que solo iba para ver como se encontraba.

Si bien esa era una de las razones, todos los del grupo querían saber acerca del hechizo que había utilizado. Eran las ocho de la noche, no era una hora inoportuna como para ir a darle una visita al profesor.

- ¿Estará en su despacho? - preguntó Harry.

- Debería. Madame Pomfrey le dijo que le aplicaría el tratamiento tan pronto como el profesor Slughorn tuviera la poción lista. - dijo Hermione mientras salían a través del pasadizo detrás del retrato de la dama gorda.

- ¿Cómo es que no tienen una dosis preparada para este tipo de casos? - preguntó Ron, con tono que denotaba lo obvio de la propuesta que hacía.

- Porque la poción se descompone muy rápido, Ron. - respondió Hermione. - Lo dijo el profesor Snape en quinto año.

Harry, Ginny y Emma se retiraron un poco cuando otra de las usuales discusiones entre la pareja comenzó.

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El calor se estaba haciendo cada vez mayor. Sieghart se encontraba frente a una de las ventanas abiertas, con una cuarta lata de cerveza en la mano. Había aplicado un hechizo para que el viento fuera más frío desde el momento en que pasara a través de la ventana. Pero ni con todas esas medidas, juntas con el hecho de que estaba sin camisa y descalzo, podía bajar la temperatura de su cuerpo.

Sentía como si estuviera en medio del desierto al medio día y utilizando un traje para nieve. El calor simplemente no iba a disminuir hasta que se le administrara la poción. Solo esperaba que eso fuera pronto.

El extranjero se volteó en cuanto escuchó que tocaban a la puerta de su despacho. Ya era hora.

- Adelante. - concedió, comenzando a caminar hacia la entrada. Un segundo después, la puerta se abrió, permitiendo la entrada a un grupo de cinco estudiantes. Sieghart se detuvo en seco en cuanto vio quienes eran. No se esperaba ver a Harry Potter y a sus amigos en ese momento. - Chicos, ¿qué hacen aquí?

- Vinimos porque queríamos saber como estaba, profesor. - respondió Ron, detrás de Hermione. Ninguno de ellos había entrado aún, probablemente porque las chicas iban al frente y las tres se habían quedado embobadas mirando el torso desnudo del joven profesor.

Ya habían notado que tenía un buen físico incluso antes de verlo así. Se notaba que tenia un cuerpo en buena forma incluso aunque estuviera utilizando la túnica, y Emma había sentido sus músculos cuando lo abrazó. Pero verlo directamente era otra cosa. Tenía los abdominales marcados y duros, al igual que sus pectorales bajo unos hombros anchos y poderosos desde donde se extendían unos fuertes brazos.

- He estado peor. - dijo el profesor. - Pero pasen, por favor.

Ninguna de las chicas se movió, simplemente se quedaron mirando como el profesor se volteaba y se encaminaba hacia una silla donde había dejado su camisa negra, fijándose especialmente en el tatuaje que tenía sobre su omóplato derecho: un alargado dragón chino de color esmeralda. Una vez el profesor se cubrió, Hermione, Ginny y Emma parecieron salir de un trance y finalmente entraron en el despacho, seguidas por los dos chicos.

- ¿Cómo se siente? - preguntó Emma. Sieghart se volteó mientras se abotonaba la camisa y le sonrió.

- Tengo calor. - dijo el profesor. - Lo cual es perfectamente normal, considerando mi situación. ¿Alguien quiere una?

El profesor Liedger tomó otra lata de cerveza y la abrió. Quizás no estaba bien que un profesor les ofreciera alcohol, pero su educación le obligaba a preguntar. Además, ¿cuál era el problema? Todos ellos eran mayores de edad.

- ¿Cerveza muggle? - preguntó Hermione. El profesor asintió.

- Si. Traje varias latas desde el mundo muggle conmigo. Es que realmente me gusta. - respondió Sieghart. - Si no les gusta, tengo algunas otras cosas. Brandy, bourbon, vino. Tengo cerveza de manteca o té si no les apetece nada con alcohol. Lo único que puedo beber en este momento es cerveza, me ayuda a refrescarme.

Harry se decidió por una cerveza, lo mismo que Ron, quien nunca la había probado y sentía curiosidad. Las chicas, por su parte, optaron por una taza de té para contrarrestar la baja temperatura que había en el despacho. Una vez todos tuvieron sus bebidas, se sentaron a charlar.

- ¿Cómo está la quemadura? - preguntó Ginny. El profesor se destapó el brazo izquierdo, enseñándoles que la quemadura había desaparecido por completo. Ninguna de las chicas lo había notado al entrar, ya que había mejores cosas que mirar.

- Eso fue rápido. - observó Hermione. - Se supone que esas quemaduras tardan bastante en sanar incluso con un tratamiento.

- Si, bueno, la señora Pomfrey es una gran enfermera y la lesión no era tan grave. - comentó el profesor, desviando la mirada para mirar por la ventana abierta. - Podría haber sido mucho peor.

- Estuvo increíble, profesor. - elogió Emma, con admiración en sus ojos. - Se movió sin perder un segundo. Si hubiera dependido de cualquiera de nosotros, muchos hubiéramos salido lastimados.

- Y ese chico Berthum de seguro hubiera muerto. - agregó Ginny.

- No es nada, es mi trabajo como profesor responsable de ustedes. Además, he enfrentado a las artes oscuras por bastante tiempo ya. - explicó Sieghart. - Es lo que uno hace cuando quiere ser Auror.

El profesor extranjero miró a Harry, a Ron y a Emma, los tres del grupo que habían expresado su interés en convertirse en Aurores.

- ¿Hace cuánto que quiere eso? - preguntó Harry.

- Llevo deseándolo por años ya. - respondió el profesor Liedger. - En Norteamérica hay una especie de homólogos, un servicio que se encarga de enfrentar a los magos tenebrosos. Podría haber ingresado a sus filas, pero por mucho que me haya gustado vivir en Estados Unidos, mi hogar es el Reino Unido. Lo ha sido desde que llegué a Inglaterra cuando era niño.

- Ya me preguntaba como es que su apellido se me hacía tan inusual. - comentó Hermione. - Liedger… es alemán, ¿no?

- Exacto. Toda mi familia era de Alemania. - confirmó Sieghart.

- ¿Pero entonces no debería haber ingresado a Durmstrang? - preguntó Ron.

- Así es. Pero debido a ciertas circunstancias fui transferido a Hogwarts para comenzar mi educación mágica. - los estudiantes parecían confundidos, así que el alemán decidió explicarse. - Yo no tenía idea de que era mago hasta que el director de Durmstrang fue a mi casa para decírmelo.

Eso solo podía significar una cosa.

- Usted es hijo de muggles, ¿cierto? - dijo Harry.

- Si, mis padres y mis hermanos eran todos muggles. - respondió el profesor y, por unos momentos, su mirada se apagó ligeramente. - El Instituto Durmstrang suele evitar el ingreso de los "sangre sucia", pero de todas formas tenían que informarme acerca de mi naturaleza mágica. Mi padre era muy religioso, y cuando se enteró de que era un mago no lo tomó muy bien. Siempre, él y mis hermanos mayores, consideraron que era extraño, así que cuando lo descubrieron dijeron que estaba poseído por un demonio y ese tipo de cosas.

- ¿Cómo pudieron hacer eso? - preguntó Hermione, horrorizada. Siendo la única ahí de padres muggle, solo ella podía comenzar a imaginar como se sentiría ser rechazado por sus padres debido a su condición.

- Así eran ellos. Eran sus creencias. - defendió el profesor, con rostro nostálgico. Los estudiantes notaron que estaba hablando en pasado. - La cosa es que el daño ya estaba hecho. Ahora que mi padre me negaba, solo me quedaba el mundo mágico. Mi hermana pequeña fue la única que se despidió de mí al momento de partir, ella era la única que en verdad no me temía.

- ¿Era? - preguntó Ron. Sieghart asintió lentamente.

- Mis padres, mis cinco hermanos y mi hermanita murieron hace años. - dijo el profesor, mirando hacia el exterior. - Los asesinaron.

El silencio se apoderó de los estudiantes, aunque ya sospechaban que esa era la razón del tiempo verbal utilizado por el profesor.

- Lo siento. - se disculpó Ron. El profesor sonrió y negó con la cabeza.

- No te preocupes. Fue hace mucho tiempo. Ese fue uno de los acontecimientos que hicieron que me fuera a América. - continuó el profesor y de pronto notó algo. - Señorita Dujovne, ese apellido no es de por aquí, ¿no?

- No. Mi familia es de Rusia. - respondió la joven. - Nos vinimos a vivir en el Reino Unido cuando yo tenía seis años, por el trabajo de mis padres.

- ¿Qué es lo que hacen? - preguntó Hermione.

- Son Aurores. - respondió Emma, orgullosa. - Eran parte de la defensa contra la magia negra allá en la Unión Soviética, cazadores de elite que perseguían a los magos tenebrosos. Fue por eso que el concejo de Aurores los mandó reclutar una vez que Voldemort cayó la primera vez, para que dieran caza a los Mortífagos que quedaban libres.

Sieghart asintió, impresionado.

- ¿Y es por eso que usted quiere ser Auror también? - preguntó.

- Sip.

- Bueno, sin duda entiendo de donde saca su talento contra las artes oscuras. - elogió Sieghart, haciendo sonrojar a la adolescente, quien le sonrió radiantemente. Siguieron hablando durante varios minutos, en los cuales el profesor se olvidó del calor que se deslizaba por el interior de su cuerpo. Harry, Ron y Hermione les relataron a Emma y a él algunas de las cosas que habían vivido a lo largo de su viaje en busca de los Horrocruxes. Su lucha por encontrar una forma de destruir el relicario de Slytherin, su escape de las profundidades de la tierra sobre el lomo de un dragón ciego con la Copa de Helga Hufflepuff y la posterior destrucción de ésta utilizando los colmillos del cadáver del Basilisco que se encuentra en la Cámara de los Secretos antes de llegar a un punto particular de su aventura, el momento en que fueron interceptados por Grabbe y Goyle en la sala de Menesteres luego de haber encontrado la Diadema de Rowena Ravenclaw.

- Fue ahí cuando Grabbe utilizó en Fiendfyre. Pero no pudo controlarlo y terminó por expandirse, consumiendo los objetos al interior de la sala. Realmente estuvimos cerca. - dijo Harry. - Pero fue el mismo fuego el que terminó por destruir la Diadema.

- Consumiendo también al mismo mago que lo había invocado. - recordó Ron. Sieghart asintió: sabía esa parte de la historia.

- Y eso habría vuelto a suceder si usted o hubiera reaccionado como lo hizo, profesor. - dijo Ginny. - Probablemente más de uno habría muerto sin nos ponemos a pensar bien en el asunto.

- No estoy tan seguro de eso. - opinó el profesor Liedger, volteándose hacia Harry y Ron. - Los vi moverse bastante rápido para proteger a las chicas y listos para realizar el Fiendlocked.

- De todas formas, el fuego rezagado habría herido a los de séptimo. Y no habríamos podido evitar que Berthum muriera. - dijo Ron. Sieghart no era idiota, sabía perfectamente adonde querían llegar.

- Exacto, si usted no hubiera hecho ese extraño hechizo, el fuego habría seguido expandiéndose y…

- Voy a tener que detenerlos ahora, chicos. - interrumpió Sieghart amablemente. - Sé lo que intentan, pero ya les dije que no voy a enseñarles ese hechizo.

Los estudiantes se quedaron en silencio y decepcionados.

- Pero profesor, por favor. - pidió Hermione. - Si más de nosotros conociéramos ese hechizo, usted podría haberse evitado esa quemadura.

Sieghart la miró, y luego analizó los rostros de todos. La curiosidad estaba impresa en sus rostros, sobre todo en el de Hermione. Era cierto, si alguno de ellos conociera su hechizo y lo dominara, probablemente su brazo no se habría quemado.

- Chicos, ya les expliqué el porqué no voy a enseñárselos. Es muy peligroso si no pueden controlarlo. - repitió el profesor, con calma. - Requiere una gran entrenamiento, muy duro, para siquiera poder comenzar a utilizarlo a un nivel mínimo.

- Como todos los hechizos de nivel avanzado que existen. - recordó Emma. Ginny señaló a Harry.

- Harry aprendió el Encantamiento Patronus a los trece años. ¿Alguna vez había escuchado algo así? - preguntó la pelirroja. Sieghart tenía que admitir que era cierto, que un chico de trece años pudiera invocar un Patronus con forma era algo muy pocas veces visto: él mismo solo lo había logrado a los catorce.

- Un Auror debe estar preparado para poder contrarrestar todas las fuerzas oscuras. - dijo Harry, mirando al profesor directamente a los ojos. Sieghart se le quedó viendo, ahora con una batalla en su fuero interno. Él tenía razón.

- Dijo que ya se lo ha enseñado a otras personas antes. ¿Qué nos diferencia de ellos? ¿Qué nos diferencia de usted? - preguntó Emma. Ella también deseaba aprender y convertirse en Auror de alto nivel, siguiendo el ejemplo de sus padres. Si tan solo Sieghart pudiera decirles.

- Mientras más armas poseamos, mejor podremos combatir contra los magos tenebrosos. - dijo Ron. - Podríamos evitar situaciones como las de la batalla, donde centenares murieron.

Ron y Ginny aún estaban afectados por la muerte de su hermano mayor, Fred. Pero no habían podido sufrirlo de verdad ya que debían permanecer fuertes para su madre y su hermano George, quienes eran los más afectados sin duda alguna. El comentario hizo pensar al profesor, tenían razón en todo lo que habían dicho. Incluso él veía su propio caso de esa forma, si alguien hubiera sido capaz de detener al monstruo que mutiló a los miembros de su familia…

Finalmente, el profesor suspiró.

- Tienen razón en todo lo que han dicho. Pero aún así, no es un hechizo que puedo enseñarle a cualquiera. - dijo el profesor. - Voy a pensarlo.

Los estudiantes sonrieron, al menos eso era un avance.

- ¿Puede al menos explicarnos de qué se trata? - preguntó Hermione. Sieghart la miró y rió, ella realmente era como habían dicho, siempre queriendo aprender más.

- De acuerdo, pero con la condición de que nunca intenten este hechizo si no se los autorizo. ¿Entendido? - Harry y los demás asintieron, entusiasmados. Sieghart levantó su varita de la mesa que tenía junto a él y miró hacia el fondo de la habitación, donde había dos latas de cerveza vacías sobre otra mesa. El profesor agitó su varita ligeramente y, tal como lo recordaban, una esfera negra apareció en el lugar donde estaban las latas por unos instantes, antes de desaparecer.

Los estudiantes jadearon al notar que las latas ya no estaban, o por lo menos una de ellas. De las dos latas, una había desaparecido por completo, mientras que de la otra, que no había sido rodeada totalmente por la esfera, solo quedaba la parte inferior. Analizando la nueva imagen, se dieron cuenta de que solo lo que había estado en el interior de la esfera negra había desaparecido, lo que explicaba el extraño corte curvo que tenía la media lata que quedaba.

- Sphaera Inferos. - habló el profesor, haciendo que los estudiantes lo miraran. - Es un hechizo que invoca una esfera que lo absorbe todo. Como deben haber notado, con el fuego el efecto fue distinto debido a la naturaleza de éste. Con los líquidos es lo mismo: debido a su estado físico, se filtra dentro de la esfera completamente, lo mismo ocurre con los gases. Con los sólidos es diferente, con el poder que usé recién, solo lo que estaba dentro de la esfera desapareció. Es por eso que este hechizo puede ser tan peligroso, si se aplica más poder del debido, la esfera se saldrá de control y comenzará a absorber todo lo que la rodea, sin importar la naturaleza de su estado.

Harry, Ron, Hermione, Ginny y Emma volvieron a mirar lo que quedaba de la lata.

- Se me ocurrió la idea pensando en que en un enfrentamiento real contra un fuego demoníaco poderoso y que ha tenido el tiempo de expandirse, uno no tiene tiempo para apagar el fuego que queda, sobre todo si se está herido. - explicó el profesor. - Por eso me decidí a crear un hechizo que se encargara de sellar al espíritu demoníaco y de eliminar el fuego de una sola vez.

- Pero… para sellar al demonio del fuego es necesario enviarlo de regreso al inframundo. - recordó Hermione, haciendo que el profesor le mirara y asintiera.

- Entonces ya saben hacia donde se dirige lo que está en el interior de la esfera al momento en que ésta desaparece. - dijo el profesor. Los alumnos se quedaron en silencio, pensando en lo que significaban esas palabras. Un hechizo que formaba una conexión directa entre ese mundo y el infierno: eso era magia negra.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Sáb Oct 15, 2011 2:41 pm

VIII. Extrañas Situaciones

Una refrescante noche recibía a Sieghart en el exterior del castillo. Había pasado un día desde que había recibido el tratamiento contra la quemadura del fuego demoníaco y aún sentía que estaba un poco agotado. Luego de ingerir la poción especial, un gran dolor se había apoderado de toda la sección superior de su cuerpo, que era la más afectada por el efecto secundario del contacto con el fuego. El dolor había sido tal, que había tenido que recostarse y permanecer quieto durante casi toda la noche. Había sentido como si le estuvieran aplicando el maleficio cruciatus durante horas, lo que lo había dejado bastante debilitado después de que el efecto pasó.

Aunque, después de un par de horas de sueño y de servirse un trago de una de sus botellas de vino antes de bajar a desayunar, estaba lo suficientemente repuesto como asistir a las clases que debía impartir al día siguiente.

El joven profesor, quien había estado realizando sus rondas nocturnas por los pasillos del castillo, salió a los terrenos para mirar la luna y las estrellas, y a ver si podía encontrar a su nuevo amigo. Nuevamente, percibió como las criaturas cercanas se alejaban al momento en que ponía un pie en los terrenos. No le importó, estaba acostumbrado ya a esa actitud por parte de los animales, y simplemente siguió caminando sobre el césped, atento a sus alrededores. Era una noche agradable, con una temperatura apropiada para ir desabrigado y bastante tranquila como para concentrarse en sus asuntos.

Volvió a recordar el incidente ocurrido en su clase y en lo que había conversado con Harry Potter y su grupo de amigos. Tenían razón, muchos de los estudiantes podrían haber resultado heridos a causa del fuego si él no hubiera reaccionado como lo hizo, y sin duda Berthum habría muerto, junto con varios más si él no hubiera utilizado el Sphaera Inferos para absorber las llamas. Ese pensamiento lo llevó de regreso a su discusión con Potter y los demás, cuando ellos habían ido a visitarlo a su despacho mientras esperaba a que la señora Pomfrey llegara con la poción para tratar el efecto de la quemadura que había recibido.

Le habían dicho que querían aprender ese hechizo, ya que podía resultar muy útil en contra de las fuerzas oscuras. Efectivamente, su hechizo había sido diseñado para combatir las Artes Oscuras, incluso aunque Sphaera Inferos era magia negra también. De los pocos a los que les había enseñado el hechizo, Dumbledore había sido el último, y el poderoso hechicero había decidido nunca utilizarlo debido a su naturaleza oscura y al gran sacrificio que imponía el perfeccionarlo. Aparte de requerir un gran poder y control para poder utilizarlo, el maleficio de la esfera oscura requería también otra cosa… algo que no toda la gente podía proveer.

Lo que lo llevaba a preguntarse: ¿debía enseñarles el hechizo a los estudiantes? Se había estado replanteando esa pregunta desde la noche anterior, mientras el doloroso tratamiento contra la quemadura de Fiendfyre comenzaba su efecto. Para esas horas de la noche, después de más de veinticuatro horas desde el incidente con el estudiante de Slytherin, todo el colegio sabía lo del extraño hechizo que había utilizado para deshacerse de las lenguas ardientes que habían amenazado con consumir a los estudiantes de su clase. Lo de su brazo también era muy conocido ya.

Esa mañana, luego de que le administraran el tratamiento, varios alumnos de séptimo que habían estado presentes durante el accidente se habían acercado a la mesa de profesores durante el desayuno para preguntarle por su salud, aunque ya habían averiguado que su brazo estaba totalmente curado. Luego del desayuno, había ido a su primera clase de ese día, donde los estudiantes de primero lo habían bombardeado con preguntas acerca del incidente. Y así siguieron las siguientes clases, comenzando con preguntas acerca de su intervención contra el fuego incontrolable que se había formado en su salón de clases y sobre las lesiones que había sufrido, hasta que el día había terminado.

Un ligero maullido lo hizo sonreír, y se volteó para encontrar a Crookshanks, quien se acercaba hacia él con la cola en alto para saludarlo.

- Hola. - saludó Sieg, agachándose para acariciar al gato. El felino ronroneó mientras el extranjero le rascaba la cabeza. - ¿Cómo estás?

El gato lo miró, ladeando la cabeza con curiosidad, antes de maullar otra vez. Si bien los Kneazle eran criaturas muy inteligentes, no estaban a la altura de una criatura mágica que no puede ser clasificada como bestia ya que no tenían la capacidad de hablar o siquiera de entender el lenguaje más allá de simples órdenes que cualquier mascota ligeramente evolucionada podía acatar. Fue por eso que a Sieghart le sorprendió tanto el hecho de que Crookshanks hubiera maullado como si le estuviera preguntando qué le pasaba.

No habiendo nadie más con quien hablar y estando casi seguro de que realmente el gato quería saber lo que le estaba molestando, Sieghart suspiró y recorrió su camino de regreso a las escaleras de la entrada del castillo, con Crookshanks junto a él, y se sentó en ellas para disfrutar del fresco aire nocturno junto a su pequeño amigo.

- La verdad es que estoy algo confundido. - comenzó a explicar el joven profesor, con el gato rojizo sentado junto a él. Al igual que a mucha gente, le servía hablar de sus problemas en voz alta para poder encontrar una solución. En ese caso, era una situación algo diferente, ya que realmente no estaba hablando consigo mismo sino con el felino que tenía junto a él, que por cierto parecía estar escuchando atentamente a lo que él estaba diciendo, casi como si le entendiera. - Quizás debería por lo menos intentar enseñarles, ¿no crees? Y cuando vean lo difícil que es, varios de ellos se darán por vencidos. Pero eso no estaría bien, si eso sucede tendría que borrarles la memoria para que nunca se sientan tentados a utilizar el hechizo si haberlo perfeccionado y sin mi aprobación.

Además de todo el peligro que representaba el intentar aprender el Sphaera Inferos, resultaba que ese hechizo era considerado como "ilegal". El proceso cuando un mago desarrollaba un nuevo hechizo implicaba su registro en el listado oficial de los Ministerios de Magia de todo el mundo, pero debido a su pasado, Sieghart nunca había realizado dicho proceso, ni planeaba hacerlo nunca en un futuro cercano debido a eso mismo. No se vería nada bien que él, alguien quien había transitado por el camino de las sombras, hubiera inventado un maleficio que implicaba una conexión directa con el infierno.

Crookshanks ladeó la cabeza y maulló de nuevo, como indicándole que entendía el problema. Sieghart sonrió y le acarició la cabeza.

- Si, supongo que tienes razón. En primer lugar, si fuera a enseñarles el hechizo, no podría hacerlo aquí en el colegio. Hay mucha gente y sería muy arriesgado En segundo lugar, me vería en grandes problemas si me descubren enseñándole magia negra a los alumnos. - enumeró el profesor, sin importarle que le estuviera hablando a un animal. - Tercero, el nivel es muy alto como para que se les enseñe a todos. Cuarto, hay personas que nunca necesitarán utilizar un hechizo así.

Crookshanks volvió a maullar, reclamando más caricias. El profesor se volvió al gato y le rascó detrás de la orejas, haciendo que el felino ronroneara.

- ¿Sabes? Realmente desearía que los demás animales fueran como tú. - confesó Sieghart, pasando su mano por el lomo del gato. - O por lo menos las lechuzas.

El felino rojizo se frotó contra su rodilla un par de veces ante de volver a sentarse para mirarlo fijamente, maullando.

- Tienes razón. Aún tengo bastante tiempo para pensar en eso. - decidió Sieg, sonriendo. - Utilizaré las clases para decidir si los estudiantes tienen el potencial necesario.

Crookshanks maulló una última vez, pidiendo otra caricia antes de comenzar a alejarse hacia los terrenos.

- Adiós, y gracias por escuchar. - se despidió el mago. - Oh. ¿Por qué no te pasas por mi despacho mañana? Creo que tengo algo que podría gustarte a modo de agradecimiento.

El felino se detuvo y miró hacia atrás, maullando alegremente antes de salir corriendo a través del césped. Sieghart lo miró alejarse, sonriendo, y volvió a mirar hacia el cielo nocturno, contando las estrellas de forma inconsciente mientras pensaba en la decisión que tendría que tomar. La imagen de Potter y sus amigos apareció en su mente.

Harry y los demás habían estado en su despacho, preguntándole por su hechizo. ¿Qué debía hacer?

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En la sala común de Gryffindor, Harry, Ron, Hermione, Ginny y Emma estaban sentados en los sillones centrales de la habitación, conversando de variados temas que iban apareciendo a medida que el tiempo transcurría. Harry, Ron y Hermione le habían relatado a Emma, con lujo de detalles, todo lo ocurrido durante su viaje, que había comenzado el año anterior, puesto que la adolescente había quedado con varias dudas luego de escuchar el resumen que le habían hecho al profesor Liedger.

Le contaron también acerca de las Reliquias de la Muerte y de todo lo que Dumbledore había planeado. La joven estaba maravillada con sus aventuras. Las batallas que habían tenido y todos lo peligros que habían pasado hacían que la adrenalina fluyera por su cuerpo, provocando que sus ojos brillaran con entusiasmo.

Finalmente, le había tocado a ella compartir algo sobre sí.

- Bueno, mi nombre completo es Emma Irina Dujovne Richi, tengo 17 años y nací el 12 de Julio. Veamos, nací en Moscú y crecí allí hasta los seis años, que fue cuando mis padres fueron reclutados por los Aurores. Nos mudamos a Birmingham, donde estuvimos viviendo tres años mientras mis padres formaban parte de los grupos de caza de Mortífagos. - relató Emma. - Luego, nos mudamos a Londres, que es donde vivimos ahora.

- Richi es italiano, ¿no? - preguntó Ginny. La joven de cabello color miel asintió.

- Sip. Toda mi familia materna es proveniente de Italia. - confirmó la chica.

- Una mezcla bastante inusual. - opinó Ron. Emma sonrió y asintió.

- Muchos dicen lo mismo, pero el mundo es pequeño y esos encuentros pasan. Mi papá estaba en una misión en Teramo, cuando era un poco mayor que nosotros. Estaba tras la pista de un sujeto que era conocido en toda Rusia como el Mortífago más peligroso y sanguinario al servicio de Voldemort en ese territorio, cuando se encontró con mi madre, quien estaba tras el mismo hombre. - relató la chica. - Trabajaron juntos para encontrar y reducir a ese sujeto por varios días, y se enamoraron. Mi mamá dejó Italia para irse con él a Rusia.

- Que romántico. - elogió Hermione, recordando como el enfrentarse al peligro juntos la había acercado a Ron.

- Si. Aunque el hecho de que hayamos vivido en Rusia por tantos años me ha dejado algo aislada de la familia de mi mamá. Hay algo extraño acerca de ese lado de la familia. - reconoció Emma. - El apellido Richi no es común en Italia, menos aún en el mundo mágico, y se supone que es muy antiguo, pero toda información acerca de la familia antes del siglo XVI fue eliminada. Ni siquiera los registros en el Ministerio de Magia Italiano cuentan con información acerca de los Richi de antes de esa época.

Los amigos asintieron, extrañados por todo eso. Era bien sabido que los Ministerios de Magia tenían toda la información sobre el linaje de las familias mágicas, como medida de registro de la población de magos y brujas.

- Hay familias muy antiguas que cuentan con una historia de más de mil años, y toda esa historia está registrada en el Ministerio de Magia de cada país. - explicó Hermione. - Hay salones especiales en los que se guardan los árboles familiares de cada familia mágica que existe o halla existido.

- Exacto. Pero en el Ministerio de Magia Italiano no hay registro anterior al siglo XVI sobre la familia Richi. - repitió Emma. - Y no hay dudas acerca de que el linaje viene desde mucho antes de eso, es por eso que la situación es tan extraña según mi punto de vista: incluso incluyen en dichos registros los historiales familiares de las familias Muggle que se unen a los linajes de magos.

Familias Muggle, eso les trajo la historia del profesor Liedger a la mente. Ninguno de ellos tenía nada en contra de los magos nacidos de muggles, muy por el contrario, Hermione era una de esos magos. Pero les resultaba curioso que, siendo el segundo mago hijo de muggles que conocían de forma cercana, resultara ser un hechicero poderoso y habilidoso, como Hermione. Lo mismo se hablaba de la madre de Harry, quien había sido una alumna destacada y una hechicera muy poderosa.

- Es difícil de creer que una familia haga a un lado a uno de sus hijos solo porque es diferente. - habló Emma, juntando las cejas. Harry suspiró.

- Eran sus creencias. - dijo Harry, repitiendo lo mismo que había dicho el profesor al respecto. - Los Dursley también creían que yo era un monstruo. Mi tía Petunia se apartó de mi madre cuando supo que ella era una bruja, por temor, por celos… la cosa es que esos sentimientos se transformaron en una especie de odio.

- Y el profesor Liedger nos indicó que su familia era muy apegada a la religión. - recordó Hermione. - Es una reacción que data desde La Antigüedad, sobre todo por parte de los cristianos.

- Y aún así, es un mago de un nivel excepcional. - concedió Ginny. Era verdad, Sieghart Liedger había mostrado un nivel de control sobre la magia bastante superior a lo que se podría esperar para alguien de su edad. Aunque no solo era eso, una cosa era saber la teoría y dominar la práctica, pero otra muy distinta era saber como comportarse en determinadas situaciones. Cuando Berthum había invocado su propio Fiendfyre, el profesor se había puesto en acción de inmediato, analizando la situación con cuidado. Si no lo hubiera hecho así, el alumno de Slytherin no se hubiera salvado.

- ¿Creen que acceda a enseñarnos ese hechizo que utilizó? - preguntó Ron. - ¿Cómo era que se llamaba?

- Sphaera Inferos. - respondió Hermione. - Parece provenir del latín Sphera Inferni, que significa bola infernal.

Varios de los presentes estuvieron tentados a preguntarle como sabía eso, pero ya conocían muy bien a su amiga, y si ella decía que era eso, entonces era eso.

- Dijo que iba a pensarlo. - recordó Ginny.

- Cuando los adultos dicen eso normalmente solo pretenden escaparse de la situación. - opinó Ron, mirando a su hermana. Su padre era de esos adultos, ya que su madre simplemente les decía que no y ninguno de los hermanos se atrevía a discutir.

- Pero el profesor Liedger solo tiene 21 años. - dijo Emma. - No creo que se pueda contar como un adulto adulto.

Una ligera discusión se formó en torno a ese tema en particular, con algunos de ellos apostando porque el profesor se mantendría firme en su decisión y no les enseñaría el hechizo, y con otros que opinaban todo lo contrario. Harry, por su parte, prefería creer que les enseñaría. Por alguna razón, sentía que cada vez que el profesor lo miraba a los ojos estaba viendo más allá de su persona. Era como si mirara lo que él representaba o algo así, como si mirara el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo.

Las horas pasaron y decidieron irse a dormir, tendrían Defensa Contra las Artes Oscuras al día siguiente, después de la hora de almuerzo, la cual sería la última clase antes de su primera prueba. También, el día subsiguiente, que era fin de semana, Harry, Ron y Ginny se presentarían a las pruebas para entrar en el equipo de Quidditch de Gryffindor, que serían dirigidas por el profesor Goldenghorm, quien elegiría a un nuevo capitán para el equipo de ese año.

Emma decidió adelantarse para dejarles algo de tiempo a solas a ambas parejas, las cuales agradecieron el gesto en silencio y utilizaron el tiempo para darse las buenas noches de la forma adecuada para los que eran novios.

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Un nuevo intento de homicidio por parte de las lechuzas atrajo la atención de los estudiantes y el profesorado a la mañana siguiente, durante el desayuno. Primero, una edición de El Profeta voló en dirección del profesor Liedger, quien pareció no haberse dado cuenta. Harry notó que parecía estar pensando en algo con bastante concentración. Un jadeo general resonó a lo largo del Gran Comedor al momento en que el impacto parecía inminente, pero para la sorpresa de todos los que observaban, el joven profesor simplemente levanto su mano derecha y atrapó el periódico a centímetros de su rostro, sin siquiera alzar la vista. Con el segundo periódico sucedió lo mismo, haciendo que los estudiantes jadearan otra vez.

El silencio se apoderó del comedor, y todos los presentes enfocaban al profesor, que simplemente dejó el periódico sobre la mesa, sin inmutarse por estar siendo observado. Hasta los otros profesores estaban viéndolo atentamente.

- Miren a McGonagall. - indicó Hermione, en voz baja. Harry y Ron hicieron lo que se les había dicho, y palidecieron. El rostro de la directora estaba sonrojado por el enojo, y miraba con furia a tal grado, que logró sacar al profesor Liedger de su trance. Sieghart volteó y se encontró con el rostro de la directora, y palideció también. Luego, miró los dos periódicos que había dejado en la mesa, dándose cuenta de lo que había hecho y poniendo cara de sorpresa.

Finalmente, volvió a mirar a McGonagall y se encogió de hombros, con expresión de disculpas. Una acción bastante extraña, en opinión del trío de amigos. Había algo bastante extraño en la actitud de la directora, pero a ninguno de los tres se le ocurría qué.

Ninguno de los tres tuvo tiempo como para seguir pensando en eso, ya que la hora de irse a sus primeras clases llegó. Harry y Ron tenían Adivinación, mientras que Hermione tendría que dirigirse hacia el salón de Aritmancia. Terminando su desayuno a toda prisa, los tres se pusieron de pie y se dirigieron hacia la salida, volteándose antes de salir para volver a mirar al profesor Liedger una vez más, pero descubriendo que, tanto él como la directora McGonagall ya se habían retirado.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Dom Oct 16, 2011 2:37 pm

IX. Decisión

- ¿¡Cómo es que se atrevió a comportarse así!? - le preguntó la directora McGonagall en el interior de su oficina. Sieghart se encogió ante la severidad en su voz.

- Lo siento. - se disculpó el profesor, sonriendo tímidamente. Dios, se había enfrentado a montones de magos tenebrosos y criaturas oscuras, pero ni todo eso junto podía provocarle el temor que estaba sintiendo en ese momento. - Realmente estaba concentrado en otra cosa, así que no me di cuenta de lo que estaba pasando y mis reflejos simplemente actuaron por su cuenta.

La directora se quedó mirándolo, analizando su respuesta. Parecía estar siendo sincero, así que finalmente, la severidad desapareció de sus ojos al tiempo en que la bruja suspiraba y se sentaba detrás de su escritorio.

- Tiene que entender, señor Liedger, que su presencia en el colegio es un asunto muy delicado. No podemos darnos el lujo de que se descubra quien es realmente. - habló la directora. Sieghart asintió lentamente; no podía permitir que eso pasara, no tendría otra oportunidad si se llegaba a descubrir algo acerca de su pasado. - Espero que la situación no se repita.

- No lo hará. - dijo el profesor.

- Si me permiten intervenir, quisiera saber algo. - habló el retrato de Dumbledore. Los dos magos voltearon a ver el cuadro. - ¿Exactamente qué era lo que te tenía tan concentrado?

Sieghart suspiró, decidiendo que era mejor contarles la situación.

- Durante el incidente en mi clase con los de séptimo de Gryffindor, me vi forzado a utilizar el Sphaera Inferos. - contó Sieghart, mirando al retrato.

- ¿Qué es eso? - preguntó la directora. El joven extranjero comenzó a explicar las bases del maleficio que había inventado y los riesgos que presentaba si un mago inexperto intentaba utilizarlo.

- Si no lo hubiera utilizado, varios de los estudiantes habrían salido severamente heridos. - finalizó Sieghart. - El caso es que ciertos estudiantes han mostrado interés en aprenderlo.

- ¿Ciertos estudiantes? - preguntó McGonagall.

- Harry Potter, los hermanos Weasley, la señorita Granger y la señorita Dujovne. - respondió el joven profesor. - Al principio les dije que no, pero dieron bastantes buenos puntos a favor de que les enseñe. Pero, es sólo que ese hechizo es muy peligroso y el sacrificio en caso de fallar no vale lo que se gana si se logra dominar bien.

La imagen del antiguo director y la directora McGonagall se quedaron en silencio por unos segundos antes de que el retrato volviera a hablar.

- Ciertamente, ese hechizo es extremadamente poderoso y muy difícil de aprender y controlar, pero que constituye un arma muy útil en contra de las fuerzas malignas. - convino Dumbledore, a lo que Sieghart alzó las cejas, aceptando su concordancia. - Pero debo añadir que, tanto Harry como los señores Weasley y Granger, han mostrado una superioridad y destreza que sobrepasan con creces a muchos magos de su edad.

Sieghart Liedger miró el retrato de golpe, juntando las cejas.

- ¿No estará sugiriendo que les enseñe? - preguntó el profesor, serio. La imagen de Dumbledore sonrió amablemente y se encogió de hombros.

- No. Solo estoy resaltando hechos importantes. - respondió el anciano, como quien no quiere la cosa. - En esta situación, el único que puede decidir eres tú, Sieghart.

- No lo sé. - dijo el profesor, y suspiró. - Es muy peligroso… hasta usted opinó los mismo y nunca fue capaz de dominarlo a la perfección.

- Exacto. - opinó McGonagall, volteándose hacia el retrato. - Albus, no puedes esperar que unos estudiantes sean capaces de hacer algo tan peligroso.

Dumbledore sonrió y les recordó acerca de los sucesos de años anteriores. Era verdad, Harry Potter había vencido al mago tenebroso más poderoso en la historia de la magia, y Ron y Hermione habían viajado junto a él en una misión que mantendría al Auror más experimentado despierto durante todas las noches que durara el viaje, incluso varias noches más después de eso.

- Piénsalo, Sieghart. Esos chicos han logrado hazañas increíbles desde que llegaron a estudiar a Hogwarts. - continuó el retrato. - Estoy seguro de que hasta tú piensas que ellos podrían lograrlo si de verdad se lo propusieran. Y quien mejor para enseñarles que tú, su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Realmente estarías protegiéndolos de esa forma, sobre todo a los que desean convertirse en Aurores.

El joven profesor se quedó mirando al anciano, pero en su mente solo veía un par de ojos verdes. Volvió a suspirar y se levantó.

- Tendré que pensarlo. - dijo, e inclinó la cabeza en forma de despedida. - De verdad siento lo de esta mañana, no volverá a ocurrir.

- Eso espero. - dijo la directora, y observó como se marchaba de su oficina.

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Los días siguieron pasando y, antes de que los alumnos se dieran cuenta, Septiembre terminó. Harry, Ron, Hermione, Ginny y Emma, quien ya era parte oficial del grupo, estaban en la Biblioteca, buscando información acerca de los Licrinis, un extraño reptil que ponía huevos que eran capaces de moverse para escapar de los depredadores y que otorgaban extraños poderes a quienes los ingerían. Dichos poderes variaban desde la capacidad para leer la mente sin importar que el otro fuera experto en Oclumancia hasta la habilidad para ver a través de los objetos y personas, pero que causaban la muerte cuando éstos se agotaban. La clara de dicho huevo era utilizada para preparar la poción Potenciadora, que aumentaba los poderes mágicos del mago que la bebía. Prepararla en sí no era complicado, lo difícil era encontrar los ingredientes y que éstos estuvieran en buen estado para la poción. Por ejemplo, los Licrinis solo desovaban una vez cada tres años, todos juntos. Es decir, todos los Licrinis del mundo se agrupaban en un lugar para poner sus huevos, y siempre escogían un lugar diferente para cada temporada de desove. Luego, todos los huevos emprendían un camino diferente para buscar refugio hasta que llegara la hora de nacer para los bebés Licrini. Y solo los huevos que tuvieran entre dos y cuatro semanas desde su puesta podían ser utilizados para la poción Potenciadora.

Harry terminó de redactar su informe acerca de los huevos de esos extraños y escurridizos reptiles y se recostó sobre su silla para estirar la espalda. Hermione, como siempre, había sido la primera en terminar, y estaba inmersa en una de sus lecturas por placer. Emma también parecía haber terminado, ya que estaba distraída mirando a través de una de las ventanas de la biblioteca, observando el calmado lago negro. El muchacho de gafas se volteó hacia su costado, posando sus ojos sobre Ginny al tiempo en que ella terminaba de escribir su informe. Más allá, junto a la pelirroja, su hermano mayor cabeceaba sobre su pergamino, que solo tenía la mitad de los que debían entregar. Harry le hizo señas a Ginny y ella le golpeó las costillas al pelirrojo para despertarlo.

- ¡Hey! - gritó Ron, provocando que los demás en la biblioteca lo hicieran callar. - ¿Para qué hiciste eso?

- De nada, Ron, por despertarte para que puedas terminar tú trabajo a tiempo antes de que las rondas de los prefectos comiencen. - dijo Ginny. Su hermano gruñó algo ininteligible y se puso a escribir, ganándose unas risas en voz baja por parte del resto del grupo. Cada vez que tenían que hacer un ensayo o algo similar, siempre pasaba lo mismo con su amigo pelirrojo.

Les tocaba nuevamente a los prefectos de Gryffindor hacer las rondas nocturnas durante esa semana, lo que explicaba más o menos, en esa ocasión, la falta de concentración y el cansancio por parte del Guardián del equipo de Quidditch de Gryffindor. Harry, Ron y Ginny habían asistido a las pruebas de selección para el equipo, en las cuales el profesor Goldenghorm había designado a Harry como el Capitán y Buscador. Luego de eso, fue Harry quien había tomado las pruebas. Ron superó al otro chico que postulaba a Guardián por mucho, ganándose un lugar en el equipo de inmediato. Ginny, por su parte, había tenido que esforzarse más para competir contra los otros que intentaban convertirse en Cazadores titulares del equipo, pero gracias a su destreza en el juego y su habilidad para trabajar y dirigir al equipo de los que manejaban la Quaffle había quedado como cazadora principal.

El primer partido sería dentro de un par de semanas, siendo el clásico de Gryffindor contra Slytherin, y los tres jugadores apenas podían esperar. Las pruebas habían sido más que una sorpresa, sobre todo al encontrarse con el profesor Liedger en el campo de juego. Según parecía, el joven profesor era un gran fanático del deporte y habían pasado años desde que había visto un juego decente. Les había dicho que, como todos sabían, había Quidditch en Estados Unidos, pero que sus equipos "apestaban". Esas habían sido sus palabras. Así que se había quedado a ver las pruebas y disfrutar un poco del cálido sol que calentaba los terrenos del colegio, desapareciendo una vez que las pruebas habían finalizado.

Ahora que el joven extranjero le venía a la mente, Harry recordó algo.

- Mañana nos entregan los resultados de la segunda prueba. - dijo el pelinegro. Ya habían tenido dos pruebas en Defensa Contra las Artes Oscuras. La primera había sido una combinación entre una interrogación oral y una parte práctica de lo que el profesor les había enseñado en las primeras clases. Al grupo de Harry, en general, le había ido bastante bien en esa prueba. Todos obtuvieron calificaciones desde Supera las Expectativas hacia arriba.

La segunda prueba, sin embargo, había sido un examen escrito común y corriente que abarcaba todo lo aprendido desde el inicio de las clases de ese año y, al igual que en la primera prueba, se habían aplicado las variaciones correspondientes para los alumnos que deseaban convertirse en Aurores. Antes de cada una de las pruebas, el profesor había preguntado quien deseaba aún llegar a ser parte de ese grupo de elite, recordándoles que los que así lo hacían, tendrían que enfrentarse a una prueba con preguntas de un nivel mayor al del resto. Varios de los que había dicho que querían ser Aurores en la primera clase desistieron después de la primera prueba, pero Harry, Ron y Emma no lo hicieron, y volvieron a manifestar su intención antes de comenzar la segunda prueba. Hermione, quien no estaba interesada en convertirse en Auror, le pidió al profesor si podía realizar las pruebas de nivel superior al igual que Harry y Ron, solo por el reto que representaba, lo que el profesor Liedger aceptó encantado.

En tres semanas más, tendrían la tercera prueba, la cual sería solamente del área práctica. Aún no sabían lo que entraría en dicha prueba, pero el profesor había dicho que sería importante, sobre todo para los que querían ser Aurores.

Finalmente, Ron terminó con su redacción y pudieron retirarse a la Sala Común de Gryffindor para descansar un poco antes de que los dos prefectos tuvieran que iniciar con sus rondas nocturnas.

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El profesor extranjero puso un pie en los terrenos del castillo, ahuyentando a todos los animales que había en los alrededores, o a casi todos. Como era ya costumbre, Crookshanks saltó de entre las hierbas y corrió a saludar a su amigo, con quien se reunía un rato todas las noches. El profesor se agachó y saludó al felino con una caricia, antes de buscar en su bolsillo y sacar un bocadillo especial que había encargado precisamente para él. El animalito ronroneó y se frotó contra sus piernas, alentándolo a darle el bocadillo. Sieghart rió y le dio lo que quería.

- Ahí tienes, pequeño adulador. - dijo, extendiendo su mano para que el gato tomara el bocadillo. Crookshanks devoró el dulce de un bocado. Era un dulce mágico especial para felinos, el cual tomaba el sabor de lo que se le antojaba al animal que lo consumía. Se sentó junto al felino en la escalera de piedra frente a la gran puerta doble. - ¿Estaba bueno?

Crookshanks se lamió los bigotes y Sieghart percibió el olor a pavo, tal vez pollo, del bocadillo que acababa de darle. Luego de unas caricias más, el joven extranjero comenzó a contarle acerca de su día. Estando en la situación en la que estaba, no podía hacerse de rogar acerca a quien tenía a su lado para contarle ese tipo de cosas. No podía hacerlo con los estudiantes debido a su posición de maestro, tampoco se sentiría cómodo hablando con los otros profesores. Además, sabía perfectamente que Crookshanks no le diría a nadie lo que le dijera.

Cerca de la entrada, por el pasillo principal, Hermione Granger hacía su ronda nocturna cuando escuchó el sonido de una voz masculina. Apresuró el paso, creyendo que podía haber estudiantes fuera de su cama a esas horas, lo que estaba prohibido, pero se detuvo frente a la gran puerta doble en cuanto estuvo lo suficientemente cerca para reconocer al dueño de la voz. Impulsada por la curiosidad que sentía por saber con quien estaba hablando, se quedó ahí escuchando. Por desgracia para ella, el profesor Liedger se quedó callado y, al cabo de unos segundos, volvió a hablar, dirigiéndose a ella.

- ¿Quiere acompañarnos, señorita Granger? - preguntó el profesor. A la chica se le paralizó el cuerpo y una vergüenza inmedible se apoderó de ella por haber sido descubierta. El daño ya estaba hecho, así que decidió que retirarse así nada más de nada le ayudaría.

Respiró para calmarse y abrió las puertas, localizando el rostro sonriente del profesor extranjero, quien estaba sentado en las escaleras junto a un gato.

- ¡Crookshanks! - exclamó Hermione, sorprendida. El profesor pareció sorprendido también.

- ¿Lo conoce? - preguntó Sieghart. La chica asintió, acercándose y levantando al gato, que se había acercado para saludar a su dueña.

- Es mi gato. - Respondió Hermione.

- Ya veo. Pues, déjeme decirle que tiene un gato muy inteligente. - felicitó el profesor. - Y bastante amable. Es el primer animal que no me ataca desde hace mucho tiempo. ¿Espero que no le importe que le de algunos bocadillos de vez en cuando?

- No. Está bien, profesor. - la chica se sentó junto al profesor.

- Estoy seguro de que ya sabe esto, señorita Granger. Pero se necesita una licencia especial para tener a un Kneazle o a un híbrido de éstos como mascota. - dijo Sieghart, y Hermione desvió la mirada. Por supuesto que lo sabía, pero no había hecho los trámites pertinentes en el Ministerio para obtener el permiso. Primero, se necesitaba ser mayor de edad para obtener el permiso, y ella solo tenía trece años cuando compró a Crookshanks en esa tienda de mascotas en el Callejón Diagon. Ahora ya tenía la edad necesaria, pero podría meterse en problemas si se enteraban de que había tenido al gato mitad Kneazle por más de cinco años ya. - Yo puedo conseguírsela, si quiere.

Hermione abrió los ojos como platos y se volteó para mirar al profesor.

- ¿Lo dice en serio? - preguntó la adolescente, esperanzada.

- Por supuesto. Solo tengo que recomendarla para el permiso ya que, siendo su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, mi opinión tendrá un gran peso en el proceso. - explicó el profesor. - Y si puede conseguir que el profesor Hagrid le dé su recomendación, tendrá el permiso en un dos por tres.

- ¿De verdad haría eso por mi?

- Claro. No me gustaría que una de mis mejores estudiantes se viera perjudicada por un simple papeleo. Además me he encariñado mucho con este amiguito. - dijo Sieghart, acariciando la cabeza del felino. - No me gustaría que se lo llevaran.

Hermione se quedó mirando el rostro del profesor, hipnotizada por el brillo de sus ojos. Había algo distinto en él: un contraste con la luz de la luna que hacía que se volviera aún más atractivo.

- ¿Algo interesante que reportarle a un profesor? - preguntó el extranjero, mirando a Hermione a los ojos, haciendo que se ruborizara ligeramente.

- Nada. Todo en orden. - respondió la chica, negando con la cabeza. - Mañana nos entregará las calificaciones de las pruebas, ¿no?

- Así es. Ya tengo todas las pruebas corregidas. - contestó el profesor, mirándola con una media sonrisa. - ¿Cómo cree que le fue?

- Bien. No sé qué tan difícil estaba en comparación con la de los otros estudiantes, pero de todas formas no era nada del otro mundo. - le dijo Hermione, confiada. Sieghart asintió lentamente. La idea de preguntarle acerca de su decisión con respecto a una posible instrucción en el Phaera Inferos se le pasó por la mente a la chica, pero se contuvo de hacerlo.

- Las calificaciones en general estuvieron bastante bien. - le comentó el profesor. - Hubo algunos que flaquearon en algunos puntos, pero de todas formas no hubo reprobados. Los que tuvieron la prueba de nivel más alto también lo hicieron bien. Casi tengo el grupo armado para…

El profesor se dio cuenta de que estaba hablando de más y se calló a la mitad de la frase. Hermione sintió que esa curiosidad natural en ella se apoderaba de su ser nuevamente, y no pudo contenerse de preguntar.

- ¿El grupo para qué? - presionó la adolescente. Sieghart la miró, intentando pensar en algo para distraerla de ese tema. Finalmente suspiró, había sido él el que había hablado de más, no estaría bien mentirle ya.

- Tomé una decisión. Voy a enseñar el Sphaera Inferos. - declaró, sonriendo. Hermione alzó las cejas y sonrió también. - Pero solo a un grupo selecto de estudiantes. Con la excepción de usted, solo los que están en séptimo año, o superior, y hayan manifestado su interés en convertirse en Aurores podrán optar a esa posibilidad. También me basaré en las calificaciones para escoger quien se integrará a las prácticas.

- Wow, eso es genial. - concedió la muchacha. - Gracias por dejarme participar.

- Señorita Granger, usted es bastante famosa en el mundo mágico debido a sus acciones. Hay varios magos tenebrosos que seguramente estarán detrás de usted para vengar a su líder caído o a varios de sus compañeros. - le explicó Sieghart. Hermione estaba consciente de eso. - Es por eso que la estoy incluyendo en esto. Aunque de todas formas aún no es seguro. Ese hechizo no puedo enseñarlo aquí en Hogwarts, así que le presenté un proyecto a la Directora McGonagall.

- ¿Qué clase de proyecto?

Sieghart sonrió, se le notaba la emoción en los ojos.

- Un viaje de capacitación. - respondió el profesor. - Similar a los que programé para los estudiantes de segundo a mi cargo en Wizhigh, pero me dedicaré a enseñarles el Sphaera Inferos y algunas otras cosas que necesitan saber para cuando estén en misiones Auror.

Hermione asintió, emocionada también con la idea.

- La Directora aún está evaluando la posibilidad de darme el permiso para realizar la capacitación, y tiene que obtener el permiso del Ministerio para eso. Probablemente eso sea lo más difícil. - dijo el profesor, poniendo los ojos en blanco. - Lamentablemente, de poder hacerse, tendrá que ser en vacaciones de navidad, ya que no puedo dejar mi puesto de profesor de lado en pleno trimestre y lo que me obliga a imponer un carácter de voluntario al proyecto. Solo espero que el hecho de tener que hacer el viaje en pleno invierno y en vacaciones no disminuya mucho el número de participantes.

- Si eso sucede, entonces puede estar seguro de que los que si vayan son a los que vale la pena enseñar. - opinó Hermione. - Yo, personalmente, estaré encantada de asistir.

Sieghart sonrió y asintió.

- No esperaría menos de usted. - elogió, y luego miró al cielo. La luna estaba casi completamente llena. Se puso de pie y se sacudió los pantalones, fue cuando Hermione se dio cuenta de que no estaba usando una túnica. El profesor extranjero le tendió una mano y la ayudó a levantarse, poniéndola de pie de una forma delicada pero que dejaba entrever que para él ella no pesaba nada. - Será mejor que entremos ya.

Hermione asintió, sonriendo.

- Oh, y señorita Granger. - habló Sieghart, atrayendo la atención de la prefecta otra vez. - No me gustaría que la noticia acerca del proyecto se propagaran demasiado, ¿si?

La castaña asintió, entendiendo perfectamente. Le estaba dando permiso de contarlo si quería, pero no a demasiada gente y solo a los que fueran de confianza.

- Buenas noches, señorita. - se despidió el profesor, alejándose en dirección de su despacho.

- Buenas noches, profesor. - Hermione se fue por el camino opuesto, ansiosa por contarle a Ron y a Harry lo que sabía.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Mar Oct 18, 2011 1:36 am

X. Pequeña Complicación

Todo el alumnado se encontraba en el interior del Gran Comedor, desayunando y esperando para que sus clases de ese día comenzaran. Harry y los demás se hallaban sentados en la mesa de Gryffindor, junto a sus compañeros de casa, comiendo y repasando para su clase de Pociones a primera hora. El correo de ese día ya había llegado, por lo que el espectáculo de las lechuzas intentando asesinar al profesor Liedger ya había pasado, nuevamente sin éxito, y los estudiantes ya estaban de regreso en sus propios asuntos.

La hora de irse a clases ya casi llegaba, y fue un poco antes de ponerse de pie que Harry y su grupo escucharon los comentarios de unos alumnos de primero.

- Ya es hora. Vamos al salón. - dijo una estudiante de Gryffindor de primer o segundo año. - El profesor Liedger debe estar por levantarse de la mesa.

- Démonos prisa, hoy va a darnos lecciones de duelo. - recordó un chico, entusiasmado.

Harry y los demás juntaron las cejas, se suponía que ese tipo de enseñanzas no se impartían en Hogwarts. La idea de un club de duelos sugerida por el profesor Lockhart cuando ellos iban en segundo había sido un caso particular debido a los acontecimientos que se dieron en ese año, pero en Hogwarts no se les enseñaba a los estudiantes a pelear con todo el sentido de la palabra.

- Me encanta él. - dijo otra chica, ruborizándose. - Es genial.

Y esa parecía ser la opinión general. Era cierto, en el mes que llevaba de profesor, Sieghart Liedger había demostrado que no sólo era un tutor calificado y eficiente, sino también una gran persona, confiable, atento y dispuesto a hacer lo que fuera con tal de ayudar a sus estudiantes a progresar. Se había ganado el respeto y la admiración de todo el alumnado, y era ya considerado como el mejor profesor por la mayoría de los estudiantes. No podía caminar por los pasillos sin que alguien se le acercara para preguntarle algo acerca de cualquier materia, pedirle algún consejo o simplemente para saludarlo y conversar. Con la sola excepción de las mascotas, todos en el castillo respetaban al joven profesor, incluso Peeves, quien no había intentado ninguna de sus jugarretas y se apartaba del camino del profesor cuando éste se acercaba. Eso era probablemente una de las cosas más impresionantes de él.

Harry y los demás, al igual que muchos de lo estudiantes, sobre todo los que habían sido salvados por el profesor extranjero de una de las crueles bromas del Poltergeist, también se habían preguntado la razón de porqué el travieso espíritu parecía temerle al joven maestro, pero nadie estaba seguro acerca de la respuesta a esa pregunta. Aunque el grupo de Harry tenía la sospecha de que se debía al hechizo especial del profesor extranjero.

- ¿Creen que McGonagall le dé el permiso para realizar ese viaje? - preguntó Ron, haciendo que los demás se voltearan hacia la directora, quien conversaba con la profesora Sprout. Hermione les había contado todo lo que había conversado con el profesor Liedger la noche anterior y, al igual que ella, todo el grupo estaba emocionado con la idea de pasar un tiempo de viaje, aprendiendo el Sphaera Inferos y varios hechizos y tácticas más. Sobre todo el trío de héroes que se había acostumbrado a moverse libremente durante su búsqueda del año anterior, y cuyos miembros ahora no podían evitar sentirse enjaulados.

- Eso espero. - dijo Harry.

- No tendría porqué negarse. Todos los que iríamos seríamos mayores de edad, el profesor iría con nosotros, sería en vacaciones, por lo que no perderíamos clases. - opinó Hermione.

- ¿Le habrá dicho a la directora McGonagall acerca de lo que pretende enseñarnos? - preguntó Emma, en voz baja, pero lo suficientemente alto para que los demás la escucharan. - Dependiendo de cómo lo vea ella, que nos vaya a enseñar magia negra puede ser un motivo para negarse a su petición.

- Dejaban que Carrow nos hiciera aplicarle el maleficio cruciatus a otros estudiantes. - recordó Ginny. - Sé que eso era cuando los Mortífagos tenían el control sobre Hogwarts, pero si comparamos ambas situaciones, el que nos enseñen un maleficio, el cual podríamos utilizar en contra de magos tenebrosos y otras criaturas perversas, en un ambiente de enseñanza seguro y orientado por un buen profesor sin malas intenciones, no hay donde perderse, ¿no?

Viéndolo desde ese ángulo, no había ninguna otra razón con suficiente poder para que le negaran el permiso al profesor.

- Oigan, miren eso. - señaló Ron. Harry y las chicas se voltearon para mirar como la directora se acercaba al joven extranjero que ocupaba un lugar junto a Hagrid en la mesa de profesores. McGonagall saludó a Sieghart, quien se puso de pie en cuanto ella llegó a su lado. Luego le dijo algo en voz baja, haciendo que el joven asintiera antes de seguirla hacia la salida lateral para abandonar el Gran Comedor.

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Sieghart Liedger siguió a la directora a través de los pasillos que conducían hacia la entrada de su despacho, que era custodiada por la estatua del águila gigante. Cuando la mujer se detuvo a dos pasos del ave de piedra, ésta comenzó a girar y a subir tras haber detectado la presencia de la dueña de la habitación y ofreciendo acceso a la escalera, que subía también.

Una vez estuvieron en el despacho de la mujer, ésta fue a sentarse detrás de su escritorio.

- Lo he traído para informarle acerca de dos cosas, profesor Liedger. - informó McGonagall. - Dejaré lo más desagradable para el final. Primero, le informo que he consultado acerca de su solicitud con el resto del profesorado y he decidido aceptar su petición y encargarme del papeleo necesario para solicitar el permiso por parte del Ministro.

Sieghart abrió los ojos como platos y sonrió.

- Genial. - celebró, estaba harto de pasarse los días encerrado dentro del castillo.

- Espero que la alegría le dure, porque lo que tengo que informarle ahora es algo serio. - el tono de la directora no le gustó para nada. - Habría querido dejar esto en secreto y no molestarlo, pero la situación ha probado ser bastante más "grave" de lo pensado en un principio.

- ¿De qué está hablando, profesora?

- Al día siguiente del accidente ocurrido en su clase a principios del trimestre, el padre del señor Joshua Berthum, Albert Berthum, se presentó en la oficina del Ministro Shacklebolt, alegando acerca de la contusión sufrida por su hijo gracias al hechizo aturdidor que usted utilizó sobre él.

Sieghart juntó las cejas.

- Tiene que ser una broma.

- Lamentablemente, no lo es. - aseguró McGonagall.

- Pero si el chico solo sufrió un leve golpe en la cabeza. Si no hubiera utilizado el Expelliarmus, habría sido alcanzado por las llamas. - se defendió el joven profesor, sabía que esa situación no era culpa de la directora, por eso se esforzó por ocultar su molestia.

- Eso fue lo que le expliqué al Ministro, y él estuvo de acuerdo en que si usted no hubiera actuado como lo hizo, las consecuencias habrían sido mucho mayores. Y tengo entendido que el Ministro le dijo lo mismo al señor Berthum. - continuó la directora. - Pero aún así, él ha continuado con sus acusaciones hasta el punto de amenazar con revelar todo acerca de usted al mundo mágico.

Sieghart se paralizó.

- ¿Él lo sabe? - fue lo único que pudo preguntar. La directora asintió. - ¿Cómo?

- Albert Berthum es Auror.

Eso significaba que ese hombre tenía acceso a todo su historial. Sieghart se desplomó sobre una de las sillas frente al escritorio de la directora.

- ¿Qué es lo que está exigiendo? - preguntó el profesor. - ¿Mi despido? ¿Expulsión del grupo de aplicantes a un puesto dentro de los Auror? ¿Reclusión?

- Nada de eso. De hecho, no creo que ni él mismo sepa que es lo que quiere en realidad. - dijo la directora. - El asunto es que sus demandas han llegado al punto que ya le mencioné, y el Ministro se ha visto obligado a programar una Audiencia para el próximo fin de semana.

El joven profesor asintió lentamente, comprendiendo la situación.

- El chico… ¿sabe sobre todo esto? - preguntó.

- No, eso es lo que nos ha asegurado su padre. - respondió la mujer.

- Entiendo. - Sieghart sonrió, algo desanimado. - ¿Puedo retirarme ya?

McGonagall asintió.

- No se preocupe, señor Liedger. - dijo la mujer. - Este tipo de situaciones eran de esperarse, considerando su situación.

- Lo sé, pero no pensaba que comenzaran a aparecer tan rápido. De hecho, esperaba que nunca se presentaran. - Sieghart se encogió de hombros. McGonagall sonrió, triste también.

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- Ginebra Weasley. - llamó el profesor Liedger. La pelirroja se levantó de su asiento y se encaminó hacia el escritorio del joven de cabello negro, quien estaba entregando los resultados de las pruebas. Ginny recibió el trozo de pergamino, donde las preguntas y las respuestas estaban escritas, y sus ojos se dirigieron inmediatamente a la calificación escrita en el borde superior derecho. Una sonrisa se formó en sus labios cuando encontró la letra E, de Extraordinario, la calificación más alta. - Muy buen trabajo, señorita Weasley.

- Gracias, profesor. - agradeció la pelirroja, antes de voltearse y caminar de regreso a su lugar. Les enseñó su calificación a los demás, quienes sonrieron. Todo el grupo había aprobado con la calificación máxima, incluso Ron, lo que había sorprendido a todos, aunque ninguno había hecho comentarios al respecto. Pensaron que, después de haber vivido todo lo que pasaron el año anterior, realmente había aprendido algo. No era que Ron fuera malo para esa clase para empezar, pero el combatir las fuerzas oscuras de primera mano lo había ayudado a madurar bastante.

El profesor terminó de entregar las pruebas y se paró en frente de la clase.

- Debo decirles que estoy bastante orgulloso de ustedes. - alabó el profesor, sonriendo. - Todos aprobaron la segunda prueba. Si siguen estudiando como lo están haciendo, les garantizo que les irá muy bien en sus EXTASIS. Por lo menos en esta materia. Muy bien, ahora quiero ver que tanto han avanzado con sus prácticas. Ya deberían poder realizar el Encantamiento Patronus en todo tipo de situaciones, ¿qué les parece si probamos eso en esta clase?

Hubo comentarios afirmativos a lo largo del salón de clases, y luego los estudiantes se levantaron para seguir al profesor al interior de la sala anexa. Todos los adolescentes miraron extrañados el interior de la sala de prácticas, la cual estaba completamente a oscuras. Sin embargo, y sin importar lo que sus instintos les decían, entraron en el anexo. Todos sentían que había algo peligroso ahí adentro.

- ¿Por qué está tan oscuro aquí adentro? - preguntó uno de los de Gryffindor de séptimo.

- Porque el ambiente tiene que asemejar la atmósfera nocturna. - respondió el profesor, cerrando la puerta de entrada y bloqueando la poca luz que entraba en el cuarto. - Aunque aún me falta algo.

Los dueños de los ojos que ya se habían adaptado a la oscuridad notaron como el extranjero agitaba su varita. De pronto, las cubiertas de las ventanas proyectaron la imagen del exterior, pero el cielo estaba oscurecido, resaltando el fulgor de las estrella y de la luna llena. El profesor Liedger había utilizado su varita para crear esa ilusión, y ahora la luz plateada de la luna llena iluminaba levemente el salón anexo.

Un coro de gemidos femeninos rebotó contra las paredes de piedra. Sieghart estaba siendo bañado por los rayos plateados del satélite falso, lo que le daba el aspecto de un ángel. La luz clara combinaba con su cabello negro y lo hacía brillar, también provocaba que sus ojos se volvieran ligeramente más oscuros e interactuaran con las sombras que proyectaba la luz sobre él. Su piel se aclaró, y se veía aún más tersa y suave que siempre.

- Wow. - susurraron Ginny y Emma.

- Se los dije. - susurró Hermione.

Harry y Ron se voltearon a mirar a las chicas, las que observaban al profesor Liedger quitándose la túnica con bobas sonrisas en sus rostros. A Harry no le importaba que Ginny hiciera eso, era su novia y mirar no era nada malo, pero a Ron le provocaba algo de celos. Incluso todos los hombres que estaban presentes tenían que admitir que el profesor extranjero poseía un magnetismo exótico, casi sobrenatural, que parecía haber aumentado ahora que la luz de la luna lo bañaba. No era solo que fuera apuesto, lo cual era, había algo más. Una genialidad que no podían explicar, pero que, ahora que lo pensaba bien, Harry había visto antes. Por lo menos algo similar. Había presenciado un efecto parecido, aunque bastante más reducido, en el joven Tom Riddle, a quien había visto a través del diario del mismo y los recuerdos de Dumbledore. El joven de gafas entornó sus ojos.

- Muy bien, comencemos. Necesito que todos guarden silencio y se concentren. - comenzó el profesor. Los alumnos dejaron de hablar y solo se escuchaba el eco de sus respiraciones. - Miren.

El susurro del joven maestro fue acompañado por una seña. Las cabezas de los estudiantes se voltearon hacia donde había señalado, y varios jadeos fueron emitidos. Al otro lado del salón, y moviéndose con el más absoluto silencio, una sombra se deslizaba lentamente hacia ellos. Era completamente negra y del tamaño de una sábana tamaño King, delgada como una hoja de papel. Avanzaba flotando lentamente.

- ¿Quién puede decirme qué es eso? - preguntó el profesor, susurrando. - Hablen bajo. Tú.

- Es un Lethifold. - susurró Hermione.

- Correcto. Cinco puntos para Gryffindor. - susurró Sieghart. - Probablemente ninguno de ustedes haya visto uno de estos antes. Estas criaturas son muy escasas, lo que es una suerte porque son extremadamente peligrosas.

La manta negra se elevó unos cuantos centímetros y volvió a bajar a ras de piso, sin hacer el menor sonido.

- Generalmente habitan en áreas tropicales, pero encontré a ésta hace un par de días rondando los terrenos del castillo. Ahora, éste ser es tan letal porque sólo ataca a las personas que están durmiendo. Las envuelve con su cuerpo y las digiere lentamente, que es cuando presentan un espesor mayor al que estamos viendo. - continuó el profesor, hablando en voz baja. - No se preocupen, aunque haya estado rondando en el exterior, no habría sido capaz de entrar en el castillo gracias a los encantamientos protectores.

El Lethifold se acercó más a ellos, zigzagueando.

- Éste espécimen en particular parece no haberse alimentado en días, ya que el espesor normal es de un centímetro. Y es por eso que se está comportando de esta manera tan agresiva, jamás se habría acercado tanto a un grupo de personas despiertas si no estuviera desesperado por alimentarse. - los estudiantes no sabían si ese comportamiento podía ser considerado como agresivo. Analítico, precavido tal vez, pero no agresivo. La sombra seguía acercándose a ellos, cada vez más lento a medida que la distancia entre él y la presa más cercana, el profesor Liedger, se acortaba. - La única forma de ahuyentar a un Lethifold es con un Patronus, pero recuerden que ésta criatura no es un Dementor y, aunque no sea tan terrible como uno, es más resistente. Lo que actúa en realidad es el animal que invocan, no la energía, así que solo servirá un Patronus con forma. Esto es lo que haremos, voy a dejar que me ataque e intente envolverme, los que salgan adelante deben repelerlo antes de que lo logre utilizando el encantamiento patronus.

La incredulidad se formó en los rostros de los estudiantes.

- Recuerden, mi vida estará en riesgo y dependeré de ustedes para salvarme. - dijo el profesor, acercándose lentamente hacia el Lethifold y volteándose para darle la espalda. - ¿Quién quiere ir primero?

Ninguno de los estudiantes alzó la mano. Era algo de esperarse, ya que seguramente ninguno quería cargar con la muerte de alguien si podían evitarlo. Si fallaban, el profesor moriría devorado por esa aparentemente inofensiva criatura. El Lethifold se estaba acercando al profesor, ansioso.

- Mejor se apresuran, no creo que pueda esperar más para… - el profesor fue interrumpido por la negra manta, que se abalanzó sobre él y lo envolvió con su cuerpo.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Las puertas del salón anexo se abrieron, dejando que los estudiantes salieran de regreso al salón de clases principal. Los adolescentes hablaban y reían entre ellos, demostrando el buen humor en el que estaban. Tras el susto inicial, habían descubierto que esa clase realmente había sido muy útil. Al final, luego de que el Lethifold envolviera al profesor Liedger, habían sido Harry, Hermione y Emma los que se habían liberado de la sorpresa y habían realizado sus encantamientos para salvar al joven extranjero. El ciervo, la nutria y el tigre se habían abalanzado sobre la figura negra al mismo tiempo, repeliéndolo y liberando a Sieghart de su letal abrazo.

El profesor apareció sonriendo cuando el Lethifold lo liberó, y les dio diez puntos a cada uno por haber actuado correctamente. Luego, él mismo seleccionó un par de estudiantes antes de volver a acercarse a la figura negra, ordenando que nadie interfiriera más que los elegidos.

Y así había continuado, eligiendo él mismo a un equipo de estudiantes y dejándose envolver por la criatura para que éstos se encargaran de salvarlo. Había demostrado una confianza en sus estudiantes a tal nivel, que el respeto que éstos sentían por él había crecido aún más.

Sieghart salió detrás de los estudiantes, cerrando la puerta de la sala anexa.

- Bien, chicos, ya pueden retirarse. - informó el profesor. - Oh, esperen. Los que han realizado las dos últimas pruebas con el nivel más alto quédense, necesito hablar con ustedes.

Harry, Ron, Hermione, Ginny, Emma y otros dos estudiantes, un Ravenclaw de octavo y un Gryffindor de séptimo, esperaron en el interior del salón mientras los demás salían.

-¿Sucede algo, profesor? - preguntó Emma. El profesor sonrió, aunque, como habían notado desde el inicio de la clase, parecía algo "apagado".

- Nada malo, al contrario. Como algunos de ustedes saben, he estado planeando un proyecto especial para los estudiantes como ustedes. Les explicaré, tengo la intención de realizar un viaje de capacitación similar a los que hice en Wizhigh. Un campamento en el que practicaremos Defensa Contra las Artes Oscuras y que se realizará durante las vacaciones de Navidad si es que se aprueba. - explicó el profesor, más que nada a los otros dos estudiantes, los que no eran del grupo de Harry. - Y hoy en la mañana, la directora McGonagall me ha informado que ha decidido aceptar mi petición y realizar los trámites para obtener el permiso del Ministerio.

A Harry y los demás se les iluminó el rostro.

- ¡Genial! - celebraron los adolescentes.

- Aún no se emocionen demasiado. Todavía falta el permiso del Ministro. - recordó el profesor. - Solo se los hago saber ya para que se organicen. De hacerse, será toda la primera semana de las vacaciones en la que estaremos fuera. Ir conmigo es completamente opcional, pero solo aceptaré a los que tengan un promedio superior o igual a Supera las Expectativas en las cuatro pruebas que habrá antes del inicio de las vacaciones y que hayan realizado todas las pruebas con el nivel superior.

Los estudiantes asintieron.

- Muy bien, pueden irse. Y crucemos los dedos para que el Ministro autorice el viaje. - los despidió el profesor. El estudiante de Ravenclaw y el Gryffindor de séptimo se voltearon, al igual que Harry, Ron, Hermione y Ginny, pero Emma no se movió de su lugar. - ¿Si, señorita Dujovne?

Harry y los demás se voltearon para ver que entretenía a su amiga.

- ¿Se encuentra bien? - preguntó la chica, sorprendiendo al profesor. La verdad era que todo el grupo había querido hacer esa misma pregunta, pero la chic de cabello color miel fue la única que reunió el valor suficiente como para preguntar.

- ¿A qué se refiere? - preguntó Sieghart.

- Se le ve algo decaído. - le explicó Emma. El resto del grupo se acercó a la chica, queriendo saber también. El profesor miró a cada uno y suspiró.

- No es nada. - aseguró. - Solo una pequeña complicación en un asunto. Nada grave.

El grupo asintió. Parecía ser cierto, pero se notaba que al profesor realmente le importaba esa "pequeña complicación". Escucharon un ligero golpe contra la puerta de la sala anexa.

- ¿Qué va a hacer con el Lethifold? - preguntó Harry.

- Le daré algo de comer y lo liberaré. - respondió el profesor. - Me ha sido de mucha utilidad hoy. Creo que será mejor que se vayan ya, la siguiente clase va a llegar.

Harry y sus amigos se despidieron y salieron del salón, dejando a un pensativo profesor sentado en su escritorio. Sieghart analizó la situación por unos minutos antes de levantarse. Agitó su varita, abriendo la puerta de su despacho en el piso superior. Un jabalí de gran tamaño, completamente dormido, flotó hacia su lado y junto a él mientras el profesor se acercaba a la puerta de la sala anexa. Agitó su varita otra vez y la puerta se abrió, enseñándole el ambiente nocturno que aún dominaba en dicha habitación. Detectó que el Lethifold se alejaba del exceso de luz, escondiéndose en las sombras de la habitación oscura. Sieghart guió al jabalí dormido y lo depositó sobre el suelo del anexo, viendo como la capa negra se acercaba lentamente al dormido animal antes de cerrar la puerta. Su siguiente clase sería completamente teórica, así que le daría a la criatura suficiente tiempo para que se alimentara. Y al anochecer lo dejaría salir hacia el bosque.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Mar Oct 18, 2011 1:53 pm

XI. Consejo

Era viernes por la noche, pasadas las once y media, y los pasillos del castillo estaban casi totalmente vacíos. Un profesor y uno de los prefectos de Gryffindor patrullaban en completo silencio, intentando atrapar a algún estudiante que estuviera infringiendo las reglas. Estaban en sectores opuestos del colegio, caminando hacia el mismo punto, por lo que un encuentro era inminente. Ron Weasley caminaba junto a su mejor amigo, sabiendo que éste no podía ser visto. Era una práctica recurrente que habían tomado desde que el nuevo turno nocturno de los prefectos de Gryffindor había comenzado. Harry acompañaba al pelirrojo en sus patrullajes, utilizando su capa de invisibilidad para que los profesores de turno no lo vieran. Incluso si acompañaba a un prefecto, él no tenía autorización para estar rondando los pasillos a esa hora, lo que podría traerle problemas a Ron si los descubrían.

El muchacho de cabello oscuro sabía que Ron y Hermione estaban disgustados entre sí. Llevaban días sin hablarse, y todo había comenzado con una "pequeña" discusión. Según Ginny le había comentado, parecía que el pelirrojo no aprobaba el comportamiento de su novia frente al profesor extranjero durante su clase contra el Lethifold. No era que a Ron no le agradara el profesor, muy por el contrario, pero tenía que admitir que sentía celos de las miradas que había recibido de Hermione durante esa clase a oscuras, y ahora que no tenía los suspiros de las estudiantes distrayéndolo, estaba bastante cerca de decidir que dichos celos eran fundados. Hermione, por su lado, había alegado que no era para tanto y que él simplemente estaba siendo un inmaduro. Harry, Ginny y Emma, quienes habían estado presentes en el momento en que se desató la discusión, habían optado por lo sano y se habían retirado para darles privacidad, pero aún así habían escuchado los gritos.

Harry sabía que él necesitaba hablar acerca de eso, y era una de las muchas razones que tenía para acompañarlo. Le había prometido a Ginny que intentaría hablar con él pero no se atrevía a sacar el tema a relucir. Era mejor que Ron abriera el diálogo cuando él estuviera listo para hacerlo, y él, como buen amigo, estaría ahí para escucharlo. Aunque aún estaba algo preocupado acerca de qué iba a decirle. Como alguien que veía las cosas desde afuera de la relación, en este caso, concordaba con lo que había dicho Hermione, no era para tanto. Admitía que él también sintió algo de celos, pero también se había divertido al presenciar la situación. En ese aspecto, él era como el profesor Liedger. Debido a su fama, el enamorar a las adolescentes aunque no lo quisiera así era muy común. Ahí en Hogwarts, podía sentir las miradas de las estudiantes sobre él por cada pasillo en el que estuviera. Seguramente, lo que estaba viviendo Ron, era lo mismo que le pasaba a Ginny a diario.

Los dos se pararon en seco cuando vieron al profesor Liedger aparecer desde una esquina.

- Buenas noches, señor Weasley. - saludó el extranjero, sonriendo.

- Buenas noches, profesor. - respondió Ron, observándolo de cerca. Era la primera vez que se lo encontraba durante sus recorridos de vigilancia. El profesor Liedger se acercó a él, siendo bañado por el fulgor de la luna llena. Incluso Ron se vio forzado a admitir que las chicas tenían razón al suspirar por ese hombre. Detuvo los pensamientos en el acto, empujándolos al fondo de su mente.

- ¿Sucede algo? - preguntó Sieghart, al llegar frente al adolescente.

- No, no es nada, profesor. - aseguró Ron. El profesor se encogió de hombros y luego posó sus ojos en un determinado punto junto al hombro del pelirrojo. - ¿Profesor?

- Iba a sentarme un rato afuera, para tomar aire fresco. ¿Me acompaña? - preguntó el joven profesor, señalando la puerta doble con el pulgar. Ron alzó las cejas, sorprendido, pero finalmente asintió.

Los dos se encaminaron hacia el exterior, donde reinaba el más profundo silencio. El cielo estaba despejado, ofreciéndoles las estrellas y la luna para iluminar los terrenos. Los dos jóvenes se sentaron en las escaleras de piedra y miraron hacia arriba. Durante varios minutos, ninguno de los dos dijo una palabra. Ron estaba comenzando a sentirse incómodo, y estaba a punto de decir algo cuando el profesor Liedger habló.

- ¿Planea decirme lo que le molesta? - preguntó el profesor, volteándose a mirarlo.

- ¿De qué habla? - Ron estaba sorprendido por la repentina pregunta.

- Bueno… no soy un experto en Legeremancia, pero puedo detectar cuando alguien está estresado por algo, especialmente si ese algo soy yo. - explicó Sieghart. - ¿Hice algo que le ofendiera?

Ron volvió a alzar las cejas. ¿Tan obvio había sido su actitud de los últimos días?

- No, profesor, usted no ha hecho nada. - respondió Ron, nervioso.

- ¿Entonces? - preguntó Sieghart, animándolo a compartir. El pelirrojo miró al profesor con detenimiento, su preocupación parecía auténtica pero no estaba seguro de querer hablarle acerca de su relación con Hermione y de los problemas que estaban teniendo. Finalmente, decidió que necesitaba consejos, y como no podía hablar con Harry en ese momento, comenzó a contarle lo sucedido al profesor. Sieghart escuchó atentamente, sin interrumpir, y cuando el pelirrojo finalizó su explicación, suspiró.

- Entiendo. - dijo, algo cabizbajo.

- No me malentienda, profesor. - se apresuró a agregar el prefecto. - No le estoy reclamando nada.

- Lo sé, solo estaba pensando en lo que debería decirte. Mira, Weasley, yo no soy ciego, sé perfectamente como me miran las mujeres, pero eso es solo por mi apariencia. La señorita Granger no me conoce en realidad, al igual que todas las otras estudiantes. Para ellas soy solo el profesor nuevo, joven y algo apuesto, que las apoya y les enseña de una forma que parece gustarle a todo el alumnado. - explicó el profesor. - No voy a negar que la señorita Granger es una chica hermosa, pero las reacciones que ella pudo haber mostrado debido a mi presencia, son sólo eso. Reacciones de la carne.

- Eso sí que me hace sentir mejor. - comentó Ron, sarcástico. Sieghart rió.

- A lo que me refiero es que no hay sentimientos involucrados. Y la carne no puede ganarle al corazón. Créame, lo sé. - profundizó Sieghart. Ron lo miró con las cejas alzadas y, lentamente, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro mientras una mirada llena de ternura tomaba sus ojos al pensar en su novia. - No creo que tenga dudas pero, ¿hay alguna clase de comportamiento o costumbre que le llame la atención? Algo que ella haga sobre ella misma.

El pelirrojo lo pensó unos momentos. Ella parecía seguir siendo la misma de siempre. La chica inteligente y atenta que él recordaba, con una belleza natural y un corazón tan grande como su inteligencia. No parecía que nada hubiera cambiado en ella. Pero entonces, Ron dio con un detalle.

- Su cabello. Desde hace algunos meses, ella ha estado usando una variante de la Poción Alisadora. Le baja el volumen a su melena y define los rizos, o algo así. Le deja el cabello con ondulaciones formadas. - explicó el pelirrojo.

- ¿Y desde cuando la utiliza?

- Desde… un poco después que nos volvimos novios. - contestó Ron.

- ¿Y por qué haría eso ella si ya es su novia? - presionó Sieghart.

- ¿Porque quiere verse bien? - el profesor alzó una ceja, indicándole que lo pensara con un poco más de cuidado. - Porque quiere verse bien para mí.

- Ahí lo tiene. Ahora, para estar seguros, usted conoce a la señorita Granger mucho mejor que yo, ¿es ella una clase de chica que haría algo así por un hombre por el cual no sienta amor de verdad? - Ron no necesitó pensarlo, y negó con la cabeza inmediatamente. - Entonces ahí lo tiene.

- ¡Pero eso es ridículo! - exclamó Ron. - Ella es hermosa, no necesita ningún tratamiento para verse bien.

- Bueno, personalmente me encanta el cabello ondulado. Usted dice que lo que ella hace es ridículo y que ella se vería bien como fuera. Aparentemente ella no piensa lo mismo. - opinó Sieghart. - Quizás debería decírselo más seguido. El corazón de una mujer es… complicado y difícil de entender. Por eso, lo más fácil de hacer mientras uno intenta comprenderlas es amarlas y protegerlas. A veces, eso es lo único que desean, sentirse seguras y amadas.

Ron, al igual que Harry, lo pensó un segundo y asintió, sonriendo.

Los dos se quedaron en silencio, volviendo a concentrarse en el cielo nocturno. Harry no podía estar más sorprendido, llevaba tan solo un mes de conocerlos y ya era capaz de darles consejos como aquellos. Ciertamente, el profesor Liedger parecía ser un hombre bastante maduro para su, relativamente, corta edad. "Créame, lo sé," ese comentario en particular le había llamado la atención. ¿Había hablado por experiencia propia?

- Gracias, profesor. - dijo Ron, mirando al joven extranjero. Sieghart sonrió y asintió, antes de apoyar sus manos sobre el piso detrás él para inclinar su cabeza hacia atrás.

- ¿Tiene algo que agregar, señor Potter? - preguntó, congelando a los dos adolescentes en sus sitios. ¿Cómo era posible…? - Ya puede volver a aparecer, estoy al tanto de su compañía desde hace rato ya.

Harry tragó saliva, ahora si estaba en problemas. Ya nada podía hacer para ocultarlo, así que se quitó la capa de encima, haciéndose visible para los otros dos.

- Buenas noches, profesor. - saludó Harry, sonriendo algo penado.

- Buenas. ¿No debería estar en la Sala Común de Gryffindor a estas horas? - preguntó el profesor, con expresión divertida. Harry iba a decir algo en su defensa, pero Ron se le adelantó.

- Es mi culpa, profesor. Yo le pedí que viniera. - confesó el pelirrojo. - Es que con todo lo que ha pasado con Hermione, pues…

- Hey, calma. Entiendo. - aseguró el profesor, y se volteó hacia Harry. - Creo que puedo dejarlo pasar esta vez, por la lealtad que estás mostrando. Pero reglas son reglas, que no se repita.

Harry y Ron asintieron, y entonces el profesor se puso de pie y se quitó e polvo de los pantalones negros.

- Ya hemos estado bastante acá afuera, creo que es hora de entrar. - dijo, relajado. El pelirrojo se puso de pie y se sacudió el polvo también antes de bostezar, ya tenía sueño y quería irse a la cama, y habiendo terminado con sus rondas, ya no había nada que se lo impidiera. Harry también estaba cansado, esa semana había sido bastante pesada, pero en un par de minutos comenzaría el fin de semana, por lo que podría dormir hasta más tarde. Sieghart le hizo una seña a Harry, indicándole que se cubriera con su capa. El muchacho obedeció, volviéndose invisible para los ojos de los demás, y caminó junto a los otros dos hacia la entrada. Fue justo cuando estaba por abrir la gran puerta doble que la dirección del viento cambió, llevándoles la frescura de la noche y el aroma de la naturaleza. Y algo más.

Sieghart se volteó rápidamente, sobresaltando a los dos estudiantes. Si bien no vio como Harry saltaba unos centímetros, pudo percibirlo, pero eso no era lo que le interesaba en ese momento. Los dos estudiantes pudieron ver la total sorpresa en el rostro de su profesor, tenía los ojos como platos y las cejas alzadas, así como los labios ligeramente separados. Luego de un instante, Sieghart entornó sus ojos. Harry y el pelirrojo voltearon, el joven extranjero tenía la mirada puesta en el bosque prohibido, una mirada seria y, aunque ninguno de los dos adolescentes pudo asegurarlo, levemente atemorizada.

- ¿Profesor? - preguntaron Harry y Ron, al unísono, mientras se volteaban para mirar al extranjero. Sieghart salió de su estupefacción y miró a los dos chicos.

- No es nada, recordé que hay algo que debo preparar para mañana. - dijo, abriendo las puertas. - Vamos.

Los tres entraron en el castillo y recorrieron su camino en silencio. Los adolescentes miraban de reojo al joven cada cierto tiempo, notando que la seria expresión continuaba en su rostro. Pero ninguno de los dos se atrevió a preguntar la razón del repentino cambio de actitud. Era la primera vez que veían al joven tan… preocupado por algo.

En un tiempo que pareció una eternidad, los tres llegaron a la puerta del salón de clases de Defensa Contra las Artes Oscuras, que estaba a medio camino hacia la Torre Gryffindor.

- Muy bien, señor Weasley, vaya a dormir un poco, se lo ha ganado. - dijo el profesor, abriendo la puerta hacia el salón y mirando desde el pelirrojo hacia el lugar donde Harry estaba de pie, sonriendo levemente. - Buenas noches.

- Buenas noches, profesor. - se despidió Ron, y entonces el extranjero cerró la puerta. Ron y Harry no perdieron tiempo i dijeron una palabra, solo emprendieron su camino hacia su Sala Común.

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En el séptimo piso de la Torre Gryffindor, pasando el pasadizo custodiado por el retrato de la Dama Gorda, una chica intentaba leer un libro sentada sobre uno de los sillones en el centro de la Sala Común, con Crookshanks sobre su regazo. Hermione miró el reloj de pie que había junto a las escaleras de las habitaciones, era ya casi la una de la madrugada. Ron debería haber regresado hacía ya treinta minutos.

Ya habían pasado tres días desde su discusión, y no se habían dirigido ni una palabra desde entonces. Claro, no era la primera vez que peleaban, podía recordar discusiones entre ellos desde mucho antes de ser novios, pero ese era el problema. Ya eran novios, no deberían irse dejar de hablarse por el simple hecho de que tenían una diferencia de opiniones. Aunque en ese caso no era el motivo de su pelea.

Todavía estaba un poco molesta con él y su actitud y celos infantiles, pero ya tenía la cabeza más fría y había pensado las cosas con calma, descubriendo así lo mucho que lo echaba de menos, lo que era bastante doloroso considerando que se veían a diario y que ninguno de los dos se acercaba al otro para hablar. Fue gracias a eso que había decidido ponerle fin a todo ese asunto. En cuanto el pelirrojo volviera de sus rondas, se sentaría con él a hablar.

Escuchó pasos provenientes de las escaleras y se volteó a tiempo para ver como Ginny y Emma aparecían, envueltas en sus batas y con expresiones preocupadas en sus rostros.

- ¿Te encuentras bien, Hermione? - preguntó Ginny, caminando hacia ella junto con Emma. Ambas estaban preocupadas por su salud, desde que había discutido con Ron, comía muy poco y siempre estaba medio distraída, ya fuera en clases o en cualquier otro lugar.

- Si, solo no podía dormir. - respondió la castaña.

- ¿Ron aún no regresa? - preguntó Emma, sentándose junto a Hermione. Sabían perfectamente la razón por la que ella estaba despierta a esa hora, y francamente ya era hora de que intentara algo para solucionar ese problema. Según ella, ambos tenían la culpa de que esa pelea llegara tan lejos. En primer lugar, Ron no debería haberle dado tanta importancia a la reacción de Hermione frente al profesor extranjero. Todas las chicas presentes habían reaccionado de la misma forma. Y, como bien recordaba ella, la impresión había sido mayor en la ocasión en que habían ido a verlo a su despacho y lo habían encontrado sólo con los pantalones puestos. La chica del cabello color miel se sonrojó de solo pensarlo.

En segundo lugar, Hermione tal vez no debería haberse alterado de la forma en que lo hizo. Ron no había implicado nada, simplemente había dejado claro que sentía celos del joven profesor cuando ella actuaba así frente a él.

- No, aún no vuelve. - respondió las castaña, cerrando el libro que intentaba leer sin resultados. - Hace media hora que debería haber regresado.

- Cálmate, ya volverá. Quizás esté dando algunas vueltas adicionales para pensar un poco. - opinó Ginny. Sabía que su hermano mayor estaba tan afectado como ella, y que solo era cuestión de tiempo para que él quisiera hablar también.

- Eso espero. - dijo Hermione, preocupada.

- Todo estará bien. Solo necesitan una pequeña charla y aclarar las cosas. - aseguró Emma, sonriendo con confianza. - Ustedes dos se quieren mucho como para dejar que esta pequeña pelea se interponga en su relación.

Hermione lo pensó unos momentos, asintiendo. Emma tenía razón, Hermione estaba completamente enamorada de Ron, y no iba a permitir que algo tan trivial como una discusión terminara lo que ellos tenían.

Un ligero maullido las hizo mirar hacia abajo y pudieron ver como Crookshanks se levantaba del regazo de su dueña y miraba para afuera por la ventana. El felino había sentido el estrés de su ama y había decidido quedarse junto a ella en lugar de ir a ver a su amigo, el profesor Liedger. Las chicas miraron para afuera, notando una figura oscura que avanzaba hacia el Bosque Prohibido. No podían distinguir muy bien quien era, por lo que no podían asegurar nada, pero a las tres les pareció que era el joven extranjero.

- ¿El profesor Liedger? - preguntó Emma.

- ¿Por qué irá al Bosque Prohibido a estas horas? - preguntó Ginny, alarmada. Eso era extremadamente peligroso, sobre todo considerando que era una noche de luna llena, y los licántropos que rondaban entre los árboles toaban su forma lobuna.

Ninguna pudo darle muchas vueltas al asunto porque, en ese momento, Ron entró a través del pasadizo, quedándose como estatua al ver que Hermione estaba ahí, esperándolo. Las otras dos chicas se miraron entre si y asintieron y, dando un último vistazo a través de la ventana, notando que la figura había desaparecido ya, se levantaron y se dirigieron hacia las escaleras, con una figura invisible siguiéndolas. Ginny y Emma casi llegaban a la división de las escaleras, cuando optaron por irse en la otra dirección, hacia la habitación de los chicos, donde se detuvieron en al segundo piso. Harry se sacó la capa de encima y les sonrió, asintiendo. Las chicas sonrieron también.

- ¿Hablaste con él? - preguntó Ginny, esperanzada, pero juntó las cejas cuando Harry negó con la cabeza.

- No fui yo. - dijo el chico, y comenzó a relatarles lo ocurrido.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Sieghart caminaba entre los grandes y negros árboles, sumido en una total oscuridad. Las copas frondosas cubrían todo el cielo, impidiendo que la luz de las estrellas y la luna llegaran hacia el suelo del bosque. No importaba, sus ojos ya estaban acostumbrados a la ausencia de luz, por ahora lo único que le importaba era corroborar sus sospechas.

Al momento de entrar al castillo, en cuanto abrió las puertas dobles, una corriente de viento helado le había llevado una esencia que él conocía muy bien. Una mezcla exótica entre lirios y miel. Esperaba que estuviera equivocado, pero tenía que asegurarse. Si ella estaba de regreso en ese territorio, sólo podía significar problemas. Podía detectar la esencia flotando por el camino que estaba siguiendo, pero era débil y ligera, si no la conociera tan bien como lo hacía jamás se habría percatado de su presencia. Sabía que al día siguiente tenía que presentarse junto a la Directora McGonagall a esa Audiencia que el Ministerio tenía programada para resolver el asunto con el padre del alumno Berthum, y no debería arriesgarse a no aparecer. Pero simplemente tenía que saber…

Un brillo plateado se coló entre los troncos que tenía en frente, haciéndole entornar sus ojos. Siguió avanzando sin detenerse, atento a cualquier sonido que le alertara acerca de la presencia de algún enemigo. Pasando los últimos árboles, ya sabía que era lo que le esperaba en ese pequeño claro. Una imagen, de las más hermosas de las que hubiera visto en su vida, apareció frente a él. Una mujer, de cabello largo hasta más debajo de la cintura, rubio y brillante que se ondeaba a pesar de la falta de viento, se encontraba frente a él, provista de una belleza sobrenatural. Era hermosa, más que cualquier humana, de rasgos finos y delicados, y que estaba vestida con un vestido largo y blanco. Era una Veela.

La mujer le sonrió un momento, antes de morderse el labio inferior delicadamente. Sieghart podía sentir los efectos de su belleza encantada comenzando a actuar sobre él, pero no permitió que le nublara el juicio.

- Te estaba esperando. - dijo la Veela, seductoramente.

- Tú. - fue la respuesta de Sieghart.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Jue Oct 20, 2011 11:11 am

XII. La Veela

Sieghart miraba atentamente a la belleza que estaba de pie frente a él, a una distancia de más o menos cuatro metros, lo suficiente para tener tiempo de eludir cualquier agresión por parte de la fémina. Bastó con que ella le sonriera para que él comenzara a sentir los efectos de su encanto, y cuando se mordió el labio inferior, el efecto fue mucho peor. Sabía lo que la Veela tenía en mente, quería someterlo a su encanto para ganar control sobre él, como había intentado hacerlo el la noche en que se conocieron.

- Te estaba esperando. - le informó. Su voz era seductora por naturaleza, pero Sieghart no se dejó engañar.

- Tú. - dijo Sieghart, entornando sus ojos. - ¿Qué estás haciendo aquí, Ciara?

La mujer resplandeciente ladeó la cabeza ligeramente, sonriendo radiantemente.

- Yo vivo aquí, ¿recuerdas? - contestó Ciara, y comenzó a acercarse. Incluso aunque estaba haciendo todo lo que podía por no caer en el juego de la mujer, no pudo evitar pensar en lo sexy que era su caminar. - La verdadera pregunta es: ¿por qué estás tú aquí?

El hombre de cabello negro juntó las cejas, pero no dijo nada. La Veela estaba directamente frente a él, y Sieghart era capaz de oler su dulce e intoxicante aroma. Un enorme deseo de apoderó de su cuerpo y se vio forzado a dejar de respirar para poder concentrarse. Ciara rió suavemente, conociendo perfectamente el efecto que estaba causando en el hombre frente a ella y divertida por sus esfuerzos por evitar caer bajo sus encantos místicos, y también porque sabía perfectamente la razón de su presencia en ese lugar. Pero, de todas formas, decidió jugar un poco con él.

- ¿Sabes? La noticia acerca de tu presencia en el castillo se ha esparcido a través del bosque. - dijo Ciara, frotando el pecho de él mientras comenzaba a caminar lentamente a su alrededor, sintiendo como sus músculos se contraían bajo la palma de su mano. Volvió a morderse el labio inferior, ansiosa por sentir más de él. Ella misma estaba comenzando a sentirse algo acalorada. Sieghart no solo era atractivo, lo suficiente como para que ella se interesara en él, sino que también era muy poderoso. El peligro de que él reaccionara de un momento a otro, ya fuera por haber caído en su juego o para enfrentarla, la incitaba a seguir con sus intentos. - Pero aunque seas un profesor, ese no es motivo para estar aquí.

Luego de haber dado una vuelta alrededor del hombre, la Veela volvía a estar frente a él, sonriéndole pícaramente. El hombre era más alto que ella por cuello y cabeza, por lo que sentía su cálido aliento contra su cuello cuando ella hablaba.

- ¿Acaso viniste a verme? - preguntó ella, jugando. Sieghart tragó saliva, controlándose. Para esas alturas, un hombre común ya habría saltado sobre ella.

- Déjate de bromas. - ordenó Sieghart, alejándose de ella y volteándose para retirarse y volver al castillo. - Tú no me interesas.

- Oh. Entiendo, quizás tú también oíste los rumores. - habló Ciara, como quien no quiere la cosa. El profesor extranjero se detuvo.

- ¿Rumores?

- Ajá, se han oído mucho últimamente aquí en el bosque. - informó la mujer, pasando sus dedos por su largo cabello brillante, exponiendo su cuello para él en una maniobra de seducción muy común entre las Veelas.

- ¿Qué clase de rumores? - el extranjero volvió a voltearse hacia ella, intentando con todas sus fuerzas no prestarle atención mientras frotaba su propio cuello y hombros con sus hermosos y delicados dedos.

- Rumores acerca de ella. - por primera vez desde que la conversación había comenzado, la Veela había dejado de lado su tono seductor. Para su especie en general, cualquier mujer que fuera aunque sea algo bonita era blanco de su odio. Eran como la típica adolescente hermosa, popular y envidiosa que a veces aparecía en las películas muggle. Y era por eso que esa última frase la había dicho con odio y malicia. Sieghart se puso tenso ante la idea de que esa mujer pudiera estar rondando el área. Ciertamente, la esencia había percibido era similar a la de ella, por no decir idéntica, pero era imposible que ella estuviera ahí.

- ¿Mikhaila está aquí? - preguntó Sieghart, juntando las cejas.

- Eso dicen algunos de los que viven por aquí. - dijo Ciara, volviendo a su tono seductor. - Pero no he tenido el placer de poder intentar arrancarle la cabeza personalmente.

- Sabes muy bien que no lo lograrías. - le recordó el profesor extranjero, sin mirarla. Estaba completamente inmerso en sus pensamientos, recordando el rostro de esa mujer. - Bastaría un movimiento de su muñeca para sacarte del juego.

- Moriría por intentar. - replicó la Veela, enojada con ella. Luego, volvió a su tono seductor. - Y supongo que a ti también te gustaría, ¿no? ¿Qué tal si la buscamos juntos? Es lo mismo contigo, un movimiento de tu muñeca y yo seria historia

Sieghart se vio tentado a decir que si en respuesta a su pregunta, pero sabía que Ciara no tenía la menor intención de formar un equipo con él para la actividad que ella misma estaba proponiendo.

- Si ella no quiere ser encontrada, entonces no podremos hacerlo. - le dijo Sieghart, pensando en que ya debería volver al castillo, tenía esa Audiencia al día siguiente y debía levantarse temprano. Pero, si Mikhaila realmente estaba por ahí, él tenía que saberlo, los estudiantes e incluso los profesores podrían estar en peligro.

- Entiendo. De todas formas con tu nuevo trabajo no tendrías mucho tiempo para asegurarte de que los rumores son solo eso, rumores. - la Veela había vuelto a caminar a su alrededor, frotando sus manos contra su espalda y pecho, y Sieghart estuvo a punto de caer esa vez, pero logró contenerse en el último segundo, lo que había sido muy difícil. Habían pasado semanas desde la última vez que había estado con una mujer, desde antes de que matara a Fenrir Greyback, por lo que resistirse a los encantos sobrenaturales de Ciara estaba resultando tan duro como había sido hacerlo la primera vez que la vio. - Pero eso no significa que no pueda ayudarte en esto.

- ¿Qué quieres decir?

- Bueno, yo podría estar atenta a lo que pasa aquí en el bosque, e informarte acerca de las irregularidades. - explicó Ciara, abrazándolo desde atrás. - Por un pequeño precio, claro está.

Por supuesto, nada venía gratis con la Veelas.

- ¿Qué tienes en mente?

- Mmmm… muchas cosas, pero ya escogeré alguna. - el tibio aliento de Ciara le hacía cosquillas en el oído y, literalmente, la visión de Sieghart se distorsionó por unos instantes. Justo en el momento en el que el profesor creía que no sería capaz de seguir resistiendo, la mujer lo liberó de su abrazo y caminó para estar frente a él. - ¿Hacemos el trato?

El joven extranjero lo pensó. No era muy inteligente relacionarse con Veelas en ese tipo de situaciones. Eran criaturas caprichosas y manipuladoras, sobre todo Ciara, quien era la líder del grupo de Veelas que habitaba en el Bosque Prohibido y tenía varios enemigos. Sin embargo, ella tenía razón, si quería averiguar acerca de dichos rumores, necesitaría de su ayuda. Le preocupaba lo que ella fuera a pedirle a cambio de su ayuda, eso sí. Supuso que tal vez fuera algo relacionado con alguna de las otras criaturas que habitaban entre los árboles, quizás alguna disputa por territorio o algo así, de la que él debería encargarse.

Aún así, no sabía que hacer. Una vez que se llegaba a un acuerdo con la Veelas, éste tenía que respetarse, o las consecuencias podían ser catastróficas. Eso era algunas de las pocas cualidades buenas que tenían, siempre cumplían las promesas, ya que eran seres orgullosos. Las tribus que habitaban los terrenos de Hogwarts habían mantenido su palabra de nunca acercarse a los estudiantes desde que habían llegado a vivir en el bosque. Finalmente, y luego de haber analizado la situación, dio su respuesta.

- De acuerdo. - dijo Sieghart, y vio como la sonrisa seductora de Ciara aumentaba de tamaño a medida que ella alzaba su mano, ofreciéndosela para sellar el trato. El hombre de cabello negro la aceptó delicadamente y la acercó a sus labios, besando el dorso de ésta con un contacto rápido. El trato ya estaba hecho. Soltó su mano y retrocedió unos pasos antes de voltearse. - Ya debo irme.

- ¿Cuál es el apuro? - preguntó Ciara, acercándose a él nuevamente.

- Hay algunas cosas que debo hacer en la mañana. - Sieghart evitó voltearse, sabiendo que su resistencia estaba al límite, y que no podría resistirse a ella si volvía a mirarla. Podía percibirla caminando detrás de él.

- ¿Qué puede ser tan importante?

Sieghart, solo para ganar tiempo y distraerse de la presencia de Ciara, comenzó a relatarle lo del incidente en su clase con el estudiante de Slytherin y de los problemas que se estaban presentando gracias a su padre y sus reclamos en el Ministerio. Si Ciara estaba escuchando o no, no lo sabía, pero al menos los efectos de su encanto parecían haberse diezmado un poco. Cuando finalizó el relato, ya habían llegado al borde del bosque, y el castillo se veía más allá, con la mayoría de las luces apagadas, salvo las de algunas de las salas comunes y las de los despachos de algunos de los profesores, incluido el suyo.

- Bien, supongo que es hora de despedirnos. - dijo Ciara, y Sieghart se tensó cuando sintió su mano tocar su brazo izquierdo en un último intento por hacerlo caer en sus redes. La Veela tiró de su brazo y lo hizo voltear para mirarla. - Te informaré apenas consiga algo.

El joven profesor tensó su mandíbula al verla acercar su rostro al de él, pero se permitió relajarse cuando ella solo le dio un beso en la mejilla, antes de alejarse un par de pasos y voltearse elegantemente, internándose en el bosque nuevamente. Una vez el fulgor que se desprendía de ella ya no fue visible a través de los árboles, Sieghart jadeó, llevándose la mano a la frente y respirando agitadamente. Ahora que ella ya no estaba presente, podía pensar con más claridad. El rostro de Mikhaila volvió a aparecer en su mente, su cabello castaño y ondulado, su sonrisa perfecta, sus rasgos delicados y bellos y sus ojos, sus hermosos ojos cafés. Sieghart entornó sus ojos, preguntándose, como hacía desde varios años, como alguien tan hermosa podía haber causado tanto dolor a tanta gente solo por diversión. Rió por lo bajo, sabiendo perfectamente la respuesta a esa pregunta. Él mismo sabía como… él había hecho lo mismo.

Empujando el rostro hacia el fondo de su memoria, se volteó y comenzó a caminar hacia el colegio.



A la mañana siguiente, Sieghart aún continuaba despierto. Ni siquiera había intentado dormir, sabía que sería inútil. En cuanto había llegado a su despacho, se había dirigido inmediatamente al baño para tomar una ducha fría, lo que le había enfriado la cabeza y quitado el efecto de su encuentro con Ciara. Luego se había quedado toda lo noche frente a la ventana, vigilando el bosque por si lograba verla. Aún tenía la copa en la mano, la misma que había utilizado a los largo de la noche para vaciar dos de sus botellas de vino. Miró el reloj, ya era casi la hora en la que había acordado con McGonagall para encontrarse e ir juntos a su Audiencia en el Ministerio.

Sabía que contaba con el apoyo de la directora, y para ser honestos, estaba casi seguro de que el Ministro Shacklebolt estaba de su lado también, y que todo el asunto de la audiencia no era más que una formalidad para que el padre de Berthum dejara de molestarlo. Lo que en realidad le preocupaba era que iba a suceder luego de la audiencia. ¿Qué impediría que Albert Berthum divulgara la verdad acerca de él? Eso, en caso de que en la Audiencia se decidiera que él era inocente.

Decidió que ya era hora de ir a arreglarse para ir al despacho de McGonagall, por lo que volvió a meterse al baño para darse otra ducha, dejando la copa recién rellenada sobre una mesita.

Ya refrescado y listo, volvió a tomar la copa, agitando el espeso líquido con delicadeza antes de beber un gran sorbo. Se quedó mirando el exterior, aún haciendo guardia, tan concentrado que no se dio cuenta en que la hora de irse había llegado. El reloj de pie comenzó a dar campanadas, alertándolo. Sieghart se sobre saltó y se apresuró para salir de su despacho, cerrando con llave la puerta. Bajó las escaleras y, antes de comenzar su camino hacia la salida del salón de clases, se dio cuenta de que aún tenía la copa en la mano. Maldiciendo, dejó el objeto de cristal sobre su escritorio, ignorando las pocas gotas que aún quedaban en el fondo de éste, y se apresuró hacia el despacho de McGonagall.

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Harry y Ginny sonrieron al voltearse para ver como Ron y Hermione, ahora reconciliados, entraban de la mano en el Gran Comedor. Según había calculado Harry, ellos dos se habían quedado cerca de dos horas hablando en la sala común la noche anterior antes de que Ron llegara a la habitación, donde Harry lo esperaba. No habían hablado mucho, pero el pelirrojo le había asegurado que las cosas estaban bien entre él y su novia ya, y después se habían ido a dormir. Estaba feliz de que las cosas estuvieran como antes.

Ginny también sabía como les había ido, pero era porque ella y Emma se habían quedado esperando a Hermione en caso de que el asunto no hubiera ido bien. Ya cuando escucharon que la chica subía las escaleras, se dieron cuenta de que en ningún momento habían oído gritos, por lo que supusieron lo mejor. Fue luego de eso, cuando la castaña entró en la habitación y les contó lo que habían hablado, que habían podido comprobar que ellas habían tenido razón. Todo estaba bien entre la pareja.

Y ahí estaban ahora, los cuatro amigos, desayunando juntos. Lo que les hizo preguntarse acerca de la locación de la chica faltante.

- ¿Y Emma? - preguntó Harry. Hermione y Ginny se miraron entre ella y sonrieron.

- Bajará en unos minutos. - respondió la castaña, mirando a su amigo, y luego se volteó hacia la pelirroja. - Aún estaba algo ocupada.

Ginny sonrió más, al igual que Hermione, ella sabía lo que estaba haciendo Emma. Luego de unos minutos, vieron como la chica del cabello color miel entraba en el comedor, llamando la atención de los dos muchachos. Seguía siendo la misma chica de siempre, salvo por una cosa: su cabello. Hasta ese momento, siempre la habían visto con su estilo natural, el cual era liso. Pero ahora lo llevaba ondulado. La chica les sonrió tímidamente al llegar junto a ellos, sentándose entre Ginny y Hermione.

- ¿Qué tal? - preguntó, mirando a sus cuatro amigos con nerviosismo.

- Te queda muy bien. - felicitó Ginny.

- ¿De verdad? - preguntó al Emma, aún sin estar segura, pero sonriendo esperanzada.

- Por supuesto. - asintió Hermione, sonriendo también. Luego miró a Ron, dándole un codazo para sacarlo de su estupor. - ¿Verdad, Ron?

- Si, si. Te queda muy bien. - respondió Ron, rápidamente. Desvió la mirada, algo sonrojado. Emma era muy bella, lo habían notado al conocerla, pero ahora que se presentaba un cambio en su apariencia habitual, lo que daba pie para analizarla de verdad, los dos chicos se daban cuenta de que en verdad era muy hermosa. No sabían porqué no lo habían notado hasta ese nivel antes, quizás fuera porque los dos estaban enamorados de otras chicas, y por eso no se fijaban tanto en esas cosas como los chicos solteros. - ¿Cierto, compañero?

- Si, te ves muy bien. - opinó Harry, intentando pensar en cual era el motivo del cambio. Finalmente se le ocurrió.

La noche anterior, cuando les había contado la conversación de Ron con el profesor Liedger, le parecía haber mencionado un comentario hecho por el joven extranjero. "Personalmente me encanta el cabello ondulado," había dicho el profesor. ¿Era ese el motivo del cambio de Emma? Le preguntó a Ginny en un susurro, recibiendo un guiño y una sonrisa pícara por parte de la pelirroja. Harry reprimió una risa, bebiendo jugo de calabaza para que ninguno viera su sonrisa.

Lo que Harry no sabía era lo que pensaba hacer junto a Hermione en unos minutos. La castaña tenía planeado ir a darle las gracias al profesor Liedger por los consejos que le había dado a Ron para ayudarlo a superar sus celos, y la chica del cabello color miel, ahora ondulado suavemente, planeaba ir con ella para mostrarle su nuevo peinado.

Pensando en la posible sorpresa que recibiría el profesor extranjero, aunque no sabía que las chicas pretendían hacerlo tan pronto, Harry miró hacia la mesa de profesores, encontrando que el lugar habitual que ocupaba el joven estaba vacío. Eso era raro. Eran casi las nueve de la mañana, pero aunque fuera fin de semana, el desayuno dejaba de servirse a las nueve y media, por lo que los estudiantes tenían que levantarse relativamente temprano. Y Harry no recordaba haber visto al joven profesor llegar más allá de las ocho y media. De hecho, el profesor Liedger siempre estaba ahí cuando él y sus amigos llegaban a desayunar.

- El profesor Liedger no ha bajado a desayunar. - informó, haciendo que las tres chicas y el pelirrojo se voltearan hacia la mesa de profesores. Una expresión decepcionada apareció en el rostro de Emma, pero luego Hermione le susurró algo al oído, animándola ligeramente. Todos estaban extrañados por la ausencia del extranjero que les enseñaba Defensa Contra las Artes Oscuras, pero lo dejaron de lado y siguieron con su desayuno. Luego de un cuarto de hora, Hermione y Emma se levantaron.

- Tenemos cosas que hacer, nos vemos luego. - dijo Hermione.

- Te acompaño. - se ofreció Ron, comenzando a levantarse, pero su novia le puso una mano en el hombro y lo devolvió al asiento.

- No es necesario. - le dijo Hermione, inclinándose para darle un rápido beso en los labios. - Son cosas de chicas.

Ron alzó las cejas y asintió, comprendiendo lo que ella quería decirle, aunque fuera mentira. Luego de que las chicas salieron del Gran Comedor, Harry, Ron y Ginny volvieron a enfrascarse en una discusión acerca de la ausencia del joven extranjero, sobre todo después de que las lechuzas del correo arrojaron su correspondencia sobre la mesa. Había faltado el intento de homicidio de ese día. Notaron como Hagrid recogía los periódicos y se los metía en el bolsillo, seguramente para guardárselos al joven, lo que llamó la atención de los estudiantes, porque les indicaba que el profesor no aparecería en un tiempo definido. Al menos no para desayunar. Harry les dijo a Ron y a Ginny que podrían ir a preguntarle a su amigo medio gigante por el profesor extranjero, y ellos estuvieron de acuerdo. Los tres se levantaron y se dirigieron a la mesa de profesores.

- Hola, Hagrid. - saludaron. El gran hombre les sonrió entre su espesa barba.

- Hola Harry, Ron, Ginny. - les respondió Hagrid. - ¿Qué puedo hacer por ustedes?

- Verás, nos estábamos preguntando por el profesor Liedger. - explicó Harry. - ¿Sabes por qué no ha bajado hoy? Tenemos que preguntarle algunas cosas.

- Oh, Sieghart no está en el castillo. - les informó Hagrid, haciendo que los estudiantes se extrañaran. - Tuvo que ir a hacer unos trámites.

- ¿Qué clase de trámites? - preguntó Ron.

- Eso es entre la profesora McGonagall y Sieghart. - les dijo el semi gigante, arrepintiéndose de inmediato. El trío se volteó, notando por primera vez que la directora tampoco estaba en su lugar.

- Es cierto, la profesora tampoco está. - dijo Ginny. Los tres comenzaron a inquietarse un poco, haciendo preguntas acerca de la importancia del susodicho trámite. Estaban preocupados, y hacían conjeturas variadas. Al final, Hagrid se incorporó en la discusión.

- No estoy seguro de eso. Pero no creo que sea nada grave. - intentó calmarlos el profesor. - Cualquier profesor que tenga una Audiencia Extraordinaria programada en el Ministerio debe asistir junto al Director de Hogwarts.

- ¿Audiencia? - repitió Harry.

- No debería haber dicho eso. - dijo Hagrid, levantándose de golpe y sacudiendo la mesa. - No es nada de lo que deberían preocuparse. Mientras el profesor cuente con el apoyo de la directora, no creo que pierda el empleo.

- ¿Perder el empleo? - preguntó Ron, cada vez más alarmado.

- ¿Por qué habría de perder su puesto de profesor? - preguntó Ginny. - Es el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que hemos tenido desde que el profesor Lupin dejó el cargo.

Hagrid estaba alterado, no debería haber revelado tanta información.

- Escuchen; todo este asunto es un absoluto secreto. - dijo el semi gigante. - Así que olvídense de lo que he dicho.

Con eso, el gigantesco hombre se puso en marcha hacia la salida. Dejando al trío con un centenar de preguntas.

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Hermione y Emma llegaron a la puerta del salón de clases de Defensa Contra las Artes Oscuras.

- No estoy segura de esto. - dijo Emma.

- ¿De qué hablas? - preguntó Hermione. - Te ves hermosa.

Las tres chicas habían estado analizando la situación de Emma desde hacía varios días, haciéndole preguntas que finalmente la empujaron a admitir sus sentimientos verdaderos. Había comenzado como todas, atraída por él. Luego, al conocerlo en clases, se había dado cuenta de lo hábil, amable e inteligente que era. Después del incidente con el Fiendfyre de Berthum, Harry, Ron, Hermione, Ginny y ella habían ido a verlo a su despacho, donde lo había conocido aún más, en varios sentidos, donde descubrió que era divertido, maduro y sensible.

Y así, había terminado enamorándose completamente de él.

- No sé. Él es un profesor y yo una estudiante. - recordó Emma, apartando la mirada. - No creo que sea correcto que… bueno, tú sabes.

- Ya te lo dijimos, él solo será tu profesor hasta que termines este año. - recordó Hermione. - Además, solo es cuatro años mayor que tú, no es una gran diferencia. Tienes que marcar tu presencia ahora, para que te tenga en cuenta cuando deje de ser profesor y tú dejes de ser estudiante.

Emma estaba algo nerviosa. Habían hablado de eso justamente la noche anterior, luego de que Harry les comentara lo que el joven profesor había dicho acerca de su preferencia por el cabello ondulado en las mujeres. Y, tanto Ginny como Hermione, habían planeado todo eso para que el profesor se fijara en ella, justamente para lo que la castaña le acababa de repetir.

Finalmente, la chica asintió, sonriendo tímidamente. Hermione sonrió también, volteándose para tocar la puerta del salón de clases. No hubo respuesta, por lo que la castaña llamó de nuevo. Otra vez nada.

Las chicas se miraron entre ellas y asintieron, abriendo la puerta y entrando lentamente.

- ¿Profesor? - llamó Hermione. Una vez adentro, se percataron de que no estaba ahí en el salón de clases. - No está aquí.

- Quizás esté en su despacho. - dijo Emma, señalando la puerta sobre las escaleras al fondo del salón. Las dos se dirigieron hacia allá y llamaron a la puerta, sin obtener respuesta.

- Tampoco está ahí. - dijo Hermione, extrañada. - Quizás en el salón anexo.

Bajaron las escaleras, y Hermione fue a comprobar si el profesor estaba en la sala de las actividades prácticas mientras Emma la esperaba junto al escritorio del profesor. Ya sabía que tampoco estaba ahí. Notó el reflejo de la luz del sol en la copa de cristal que reposaba sobre el escritorio, la cual alzó, notando la pequeña cantidad de líquido carmesí que había en su interior. Suspirando con desilusión por no haber podido encontrar al profesor Liedger, se llevó la copa a los labios y vació su contenido.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Sáb Oct 22, 2011 6:42 pm

XIII. Día Duro

El profesor Liedger apareció en el despacho de la directora McGonagall, sosteniendo el brazo de la bruja. Ambos estaban felices, ya que, como habían supuesto, la Audiencia había fallado a favor del joven extranjero. Sieghart tenia que admitir que si había estado nervioso al comienzo de todo el procedimiento, sobre todo porque en esa ocasión había habido muchas más personas que en la Audiencia a la que fue citado antes del inicio del año escolar, antes de que el Ministro lo designara como profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Todo el asunto había iniciado al igual que el anterior. Se había presentado a Sieghart a todos los presentes, que eran más de cincuenta personas, antes de dar los nombres de todos ellos para que él también los conociera. Reconoció varios rostros antes de eso. Nuevamente, el Jefe del Departamento de Seguridad Mágica, el Jefe de los Aurores, el Jefe del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, el Jefe del Comité de Regulación de Criaturas Mágicas, además de la Directora de Hogwarts y el Director de Azkaban, estaban ahí al igual que la última vez. También, a medida que avanzaban con las presentaciones, se dio cuenta de que varios miembros de todos esos departamentos estaban presentes también.

Hubo varios nombres que llamaron su atención, entre ellos, los de una pareja de Aurores. Edik Dujovne y su esposa, Dahna Dujovne, estaban ahí como parte del jurado. Ya había fijado sus ojos en la pareja antes de que los nombraran, sobre todo en la mujer. Emma era la viva imagen de su madre. El mismo cabello color miel, la misma nariz delicada y fina, y la misma forma de los ojos, el color, si mal no recordaba, eran distintos. Dahna tenía ojos azules, mientras que Emma había heredado el color de los de su padre, cafés. La pareja también había fijado sus ojos en él, seguramente habrían oído de él a través de su hija.

Después de que las presentaciones hubieran terminado, se había decretado que todo lo que se hablara en el interior de esa sala se quedaría ahí bajo el carácter de súper confidencial. Nadie de los presentes podría hablar acerca de los discutido en esa Audiencia con nadie que no hubiera participado en ella, o una condena en Azkaban de por vida le esperaría al que rompiera esa regla. Finalmente, y antes de que Albert Berthum presentara el caso, se habían presentado los antecedentes de Sieghart Liedger para que todos los presentes estuvieran en igualdad de condiciones en cuanto a conocimientos antes de decidir. Sieghart había visto las caras de horror de los presentes cuando supieron la verdad acerca de él, y había temido que eso fuera suficiente para que el fallo fuera en su contra.

El señor Berthum presentó su caso después de las breves explicaciones acerca del "acusado", alegando por la "grave lesión" que su hijo había sufrido durante una de sus clases y que alguien como él no tenía lo necesario para ser un profesor, que era un peligro para todos los estudiantes, que todo era parte de un supuesto posible plan para acabar con Hogwarts desde adentro y puras sandeces por el estilo. Luego había sido turno de Sieghart para explicar lo que había sucedido realmente en esa clase. Les habló acerca de lo que les estaba enseñando a los estudiantes tras haberse basado en lo que sabía que los Mortífagos les habían enseñado a los estudiantes el año anterior. Les relató los progresos que hubo en la clase y del pequeño arrebato de miedo que había impulsado al joven Berthum a lanzar la maldición que había provocado todo el accidente, poniendo énfasis en que si él no hubiera utilizado el hechizo aturdidor para quitar al joven del camino del fuego, éste lo hubiera consumido.

Al final, la directora McGonagall tuvo su oportunidad de hablar, exponiendo al caso las excelentes notas que los alumnos de todos los cursos estaban obteniendo desde el inicio del año escolar y del respeto que se había ganado por parte del resto del profesorado y de los estudiantes, además de la popularidad que gozaba en el colegio.

Hasta el Ministro Shacklebolt había hablado en su favor, dando a conocer sus motivos para incluirlo en el profesorado de Hogwarts. Sieghart era un hechicero poderoso, capaz y lleno de conocimientos que compartir con los estudiantes. También, al igual que en la última Audiencia, había aludido a las palabras que el mismo Albus Dumbledore había dicho acerca de él.

La discusión con Albert Berthum había seguido por horas, y el hombre siguió con los mismos argumentos que había dado anteriormente. Que era un peligro, que la maldad intrínseca en él seguía ahí, que los niños estaban en peligro y que si por él fuera, lo mandaría a Azkaban en ese mismo instante. Comenzó a sacar cosas acerca de su pasado, actos y actitudes que habían hecho temblar a varios de los presentes. Sieghart se había visto forzado a defenderse con bastante ímpetu, diciendo que todo eso era parte del pasado y que, debido al acontecimiento que todos conocían ya, era imposible que volviera a hacer todo lo que había hecho, incluso aunque quisiera.

Finalmente, el momento de votar había llegado. El Ministro había llamado a levantar la mano a todos los que consideraran que Sieghart Liedger había sido culpable de una agresión y que, por ende, había fallado su período de prueba, por lo que debían suspenderle el permiso para tomar los exámenes Auror y comenzar un procedimiento para dictarle una condena por todos sus actos pasados, como se había acordado que se haría si fallaba al asignarle la tarea de ser profesor por un año completo. Un poco menos de la mitad de los presentes había levantado la mano, por lo que Sieghart al fin pudo relajarse. Luego, el resto de los presentes había levantado la mano, Sieghart se fijó en que los padres de la señorita Dujovne pertenecían a ese grupo, y los cargos en su contra habían sido retirados.

De hecho, lo único negativo que había salido de todo ese asunto había sido la pérdida de tiempo, que ahora más personas estaban al tanto de su situación, y, probablemente lo que más le molestaba a Sieghart, que debido a todo el embrollo con Albert Berthum, el Ministro había tenido que negarle el permiso para realizar la excursión de entrenamiento con los estudiantes mayores de edad de Hogwarts. Eso había sido un golpe, pero supuso que Kingsley tenía razón. El viaje no podría realizarse, y eso lo hacía sentirse algo molesto con el señor Berthum.

- ¿Puedes creer las cosas que dijo? - preguntó Sieghart. - ¿Cómo podría dejar el Ministro que alguien "sospechoso" tomara un puesto de profesor?

- Debo admitir que los argumentos presentados por el señor Berthum eran bastante débiles. - coincidió la directora, sentándose.

- ¿Débiles? Eran puras suposiciones infundadas. - corrigió el joven. - Realmente no había nada lo suficientemente contundente como para haber programado una Audiencia.

- Lo mismo había dicho el Ministro Shacklebolt al respecto. - informó McGonagall. - Pero el señor Berthum insistió tanto en que las "lesiones" sufridas por su hijo habían sido provocadas debido a una negligencia de su parte, que no hubo otra alternativa para que el asunto no se saliera de las paredes del Ministerio.

Sieghart suspiró, pasando una mano por su cabello.

- Y gracias a todo esto, se me ha negado el permiso para realizar el viaje de capacitación. - informó el profesor. - Los chicos se van a desilusionar. Varios de ellos estaban realmente ansiosos por ir.

- Lamento escuchar eso. - apoyó McGonagall, sonriendo con simpatía. - Pero lamentablemente no hay nada más que hacer respecto a eso.

- Lo sé. - dijo Sieghart. - Pero de todas formas, estoy seguro de que me habrían otorgado el permiso si esta situación no se hubiera presentado.

- Posiblemente. - la mujer asintió. - Pero basta ya con eso. Lo que importa es que este asunto quedó atrás y su deseo de convertirse en Auror aún podría realizarse.

- Si, supongo que eso es lo más importante.

- Exacto. ¿Quiere algo de beber? - ofreció la hechicera. Sieg sonrió y negó con la cabeza.

- No, gracias. - dijo. - Creo que voy a ir a acostarme. No dormí nada anoche y el sueño ya me ha regresado. Buenas noches, profesora. Y gracias por su ayuda.

La directora asintió, sonriendo. El joven de cabello negro salió del despacho de la mujer. Descendió por la escalera de caracol y salió a los pasillos. Ya eran pasadas las nueve, por lo que ya todos los estudiantes deberían estar en sus dormitorios, salvo los prefectos en turno. El castillo estaba en silencio y a oscuras, pero él no tenía problema en encontrar el camino en la oscuridad. Recorrió los pasillos hasta que llegó a la puerta de su salón de clases. Entró y se dirigió directamente a su despacho, buscando la llave para abrir la puerta. Un ligero resplandor llamó su atención, y notó la copa de cristal que había dejado sobre su escritorio antes de salir hacia el despacho de la directora. Movió su varita y el objeto voló a su mano, y entonces abrió la puerta de su despacho y entró, ignorando el dulce aroma que se desprendía del delicado objeto que llevaba en la mano y que le motivaba a servirse un trago después de un duro y largo día. Todo estaba exactamente como lo había dejado. Había unas pruebas de cuarto año que tenía que corregir sobre su escritorio, pero en ese momento estaba muy cansado como para hacerlo. Decidió que lo mejor sería irse a dormir de una vez, por lo que pasó junto al escritorio, dejando la copa ahí, y se dirigió a su habitación, desabotonando su camisa mientras caminaba.

Dejó la prenda sobre el respaldo de una silla antes de quitarse los zapatos y los calcetines. Luego se desabotonó los pantalones negros y los dejó caer a sus pies para hacerlos a un lado. Recogió su varita de la cama, donde la había dejado al comenzar a desvestirse, y la agitó, haciendo desaparecer la ropa que se había quitado, enviándola hacia la lavandería, donde los elfos domésticos del castillo la lavarían. Caminó en ropa interior hacia su baño, donde se lavó la cara y los dientes antes de regresar a su habitación y desplomarse sobre su cama.

Realmente había sido un día muy largo. Con todo lo que había hablado con Ciara la noche anterior y todo lo sucedido en la Audiencia, Sieghart encontró muy difícil el poder conciliar el sueño, pero finalmente lo logró después de algunas horas de darse vueltas en la cama.

Se durmió, con el rostro de Mikhaila en su mente.

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Harry, Ron, Hermione y Ginny conversaban en la Sala Común de Gryffindor, aún con el tema que había ocupado sus mentes desde la mañana: la Audiencia del profesor Liedger. Habían estado intentando averiguar acerca de eso todo el día, pero ninguno de los otros profesores les había dicho nada. Así que, no les había quedado otra más que formular hipótesis propias. Varias opciones habían salido de sus intentos, entre ellas cosas como la posibilidad de que Sieghart hubiera sido un Mortífago. Pero descartaron la idea de inmediato. Era imposible, habían visto al profesor sin camisa y no habían encontrado la Marca Tenebrosa en ninguno de sus brazos, la única marca visible que habían visto había sido el tatuaje con forma de dragón en el lado derecho de su espalda. Además, simplemente no veían al profesor Liedger como a alguien malvado.

Otra de las teorías era que se habían presentado problemas con respecto a lo sucedido con Fenrir Greyback durante las vacaciones de verano. Técnicamente, el profesor había ignorado las órdenes directas del Ministro de reportar al licántropo y se había encargado de él personalmente. Si bien eso era más probable que la idea anterior, tampoco estaban muy seguros de que eso fuera lo que hubiera pasado.

- Por cierto, ¿dónde está Emma? - preguntó Harry. No habían visto a la chica desde el desayuno, cuando se había marchado junto a Hermione. Pero más tarde, la castaña había regresado sola y no habían tenido tiempo para preguntarse por la otra joven porque le habían dicho lo que Hagrid les había dicho respecto a la ausencia del joven extranjero.

- Oh, dijo que tenía que ir a la biblioteca. - informó Hermione, recordando que ella se había ofrecido a acompañarla pero que la chica le había dicho que no era necesario, que había algo sin importancia que tenía que buscar. Aunque la castaña había pensado que la chica estaba algo alterada al irse, pero supuso que eran los efectos del nerviosismo y la desilusión al no haber encontrado al profesor en su despacho y porque accidentalmente había roto la copa de cristal que había sobre el escritorio del salón de clases. Al parecer, era muy delicada y Emma no había medido su fuerza al tomarla, por lo que se había roto entre sus dedos. No había sido nada grave, la chica solo sufrió un pequeño corte en su dedo anular y el encantamiento Reparo había compuesto el objeto de cristal, dejándolo como si nada hubiera pasado.

Se voltearon en ese momento, escuchando como alguien abría el acceso al pasadizo, y vieron como Emma entraba en la Sala Común. Parecía exhausta. Se le notaba el agotamiento en el rostro y la postura. Su cabello había perdido algo de la definición de las ondas, pero aún continuaba con el peinado que habían visto en la mañana. Estaba algo pálida y medios círculos adornaban la parte inferior de sus ojos.

- ¿Qué te sucedió? - preguntó Ginny, alarmada. La pelirroja se levantó y caminó hacia su amiga, al igual que el resto del grupo.

- No es nada. Creo que me dio algo de fiebre y estoy cansada. Ya he ido a ver a la señora Pomfrey, me dio una poción que me ayudará a dormir. - explicó la chica, desviando la mirada.

- De verdad no te ves nada bien. - le dijo Ron, ganándose unas miradas desaprobadoras por parte de los otros tres. - ¿Qué? Digo, no es que deje de ser hermosa, solo se le nota que está enferma.

Eso hizo reír a Emma ligeramente.

- Ya chicos, aunque me vea enferma seguimos siendo el trío de bellezas de Gryffindor. - bromeó la chica de cabello color miel.

- ¿Cómo te ha ido en la biblioteca? - preguntó Hermione, cambiando de tema mientras acompañaban a Emma a sentarse frente a la chimenea.

Emma lo pensó un momento antes de responder.

- No lo sé. He encontrado algunas cosas que necesitaba, pero aún me falta algo de información. - respondió la chica.

- ¿Qué estabas buscando? - preguntó Ginny.

- Nosotros podríamos ayudarte. - ofreció Hermione.

- No. No es nada, en serio.

- ¿No es nada? - preguntó Harry. - Estuviste todo el día en la biblioteca.

- De seguro te esforzaste demasiado y por eso te enfermaste. - opinó Ron. Emma sonrió amablemente ante la preocupación de todos.

- No es nada. Y no estuve todo el día en la biblioteca, más tarde fui a la Lechucería para enviarles una carta a mis padres. - dijo Emma. - Luego fui a dar una vuelta alrededor del lago, ya saben, a disfrutar un poco del sol y del aire fresco… necesitaba distraerme un poco.

Loes demás asintieron lentamente, entendiendo que había algo que le molestaba y que prefería no decirles. Hermione sospechó que tenía que ver con el profesor Liedger.

- Por cierto, ¿alguno ha visto al profesor Liedger hoy? - preguntó finalmente la chica.

- Cierto, tú no sabes lo que averiguamos. - dijo Ginny. Emma levantó la vista hacia la pelirroja.

- ¿De qué hablas? - preguntó Emma, nerviosa.

- Hoy en la mañana fuimos a hablar con Hagrid para preguntarle por la ausencia del profesor. - informó Harry. - Fue después de que tú y Hermione se fueran. Hagrid nos dijo que el profesor Liedger había sido citado a una Audiencia en el Ministerio de Magia.

Emma abrió los ojos como platos, mirando a Harry fijamente.

- Pero no hemos podido averiguar la razón. - se apresuró a decir Hermione, para calmarla. - De seguro no es nada grave.

La chica de ascendencia rusa asintió lentamente, cabizbaja, para luego levantarse.

- Creo que me iré a la cama ya. - anunció, sonriendo agotada. - Buenas noches.

Emma se dirigió hacia las escaleras y subió hasta la habitación que compartía con Hermione, Ginny y otras estudiantes. Sin hacer ruido para no despertar a las chicas que ya estaban dormidas, se encaminó hacia su cama y sacó su pijama de verano color rosa de debajo de su almohada antes de dirigirse al baño para cambiarse. Se quitó sus converse, para luego sacarse la playera blanca y de mangas cortas y el sujetador. Se deslizó la parte superior del pijama por sobre la cabeza antes de quitarse los jeans oscuros y los calcetines. Finalmente se puso los shorts del pijama y se miró al espejo. Era verdad que se le notaba el malestar.

Decidió no prestarle atención a eso y, después de lavarse los dientes, recogió su ropa y se fue a la cama. Había sido un día muy largo y cansado. La imagen del profesor Liedger apareció en su mente, sonriendo. El corazón se le aceleró, pero ella borró la imagen de su mente lo más pronto posible. Necesitaba dormir, estaba cansada y no se sentía muy bien. Pero había tantas preguntas en su mente, y ahora acababa de enterarse de que el joven extranjero había asistido a una Audiencia en el Ministerio de Magia.

Suspiró, decidiendo que era mejor olvidarse de todo ese día y descansar. Tenía que reponerse para estar bien al día siguiente. Seguramente las chicas le ayudarían a peinarse nuevamente, y Hermione aún quería ir a agradecerle por su intervención en su discusión con Ron. Por el momento, ella simplemente se dejaría ayudar por ellas, hasta que el momento de hablar con el profesor Liedger llegara. Y tuvo el presentimiento de que tendría que hacerlo pronto.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Dom Oct 23, 2011 4:13 pm

A petición de alguien que te lleva siempre en su corazón, y no deja de pensar en tí ni en tu felicidad, y que te extraña más que a nada:

Mari, porque eres una gran amiga y persona, que llegó al corazón de mucha gente que tuvo la enorme fortuna de haberte conocido, entre las que me incluyo, te dedico no sólo éste capítulo, sino que este fic completo, y prometo seguir escribiendo con la esperanza de entretener a más personas tan maravillosas como tú, sabiendo que si logro llegar aunque sea a una sola, seré el hombre más afortunado del mundo.

Por toda la felicidad y los buenos recuerdos que creaste junto a tus amigos y seres querido.

Vive bien, largamente, y sobre todo, feliz.

XIV. La Primera

Emma Dujovne abrió los ojos lentamente, cerrándolos de golpe cuando la luz del sol le golpeó directamente en la cara. Rehuyó de la luz, volteándose y gruñendo suavemente mientras se cubría el rostro con las manos. No tenía muchas ganas de levantarse aún, por lo que se sintió feliz de que fuera domingo. Había olvidado completamente que aún le quedaba un día del fin de semana. Juntó las cejas, extrañada. Generalmente se iba a dormir pensando en si tenía que levantarse temprano al día siguiente, y extrañamente su cuerpo le respondía despertándose a tiempo. Y entonces recordó la razón de su cansancio: todo lo que había hecho el día anterior.

La angustia y el malestar físico volvieron a ella cuando recordó el incidente en el salón de clases del profesor Liedger. Ella había bebido los restos del líquido en la copa de cristal que había encontrado sobre el escritorio del joven extranjero, y luego había roto el objeto. Por supuesto, ella y Hermione la habían reparado fácilmente y dejado donde estaba, pero el líquido ya no estaba ahí, el profesor Liedger se daría cuenta de que algo había pasado. Había quedado tan confundida y estaba tan asustada, que se había ido a la biblioteca, donde leyó un montón de libros antes de salir y enviarles una carta a sus padres. Y para colmo, otra cosa se agregaba a sus preocupaciones. Al regresar a la Sala Común de Gryffindor la noche previa, se había enterado de la razón de la ausencia del profesor Liedger el día anterior. Harry y los demás le habían informado que el joven extranjero había ido al Ministerio de Magia junto a la directora McGonagall porque se había programado una Audiencia para él.

Emma suspiró, no sabía que hacer. Escuchó que otra de las chicas comenzaba a despertar, y la chica del cabello color miel se acomodó sobre su cama para mirar hacia su derecha, donde estaba la cama de Ginny. La pelirroja le sonrió, saludándola con la mano.

- Buenos días. - susurró Emma, sonriendo también.

- ¿Cómo te sientes? - preguntó Ginny. Emma estaba comenzando a sentirse algo mal nuevamente, pero decidió guardárselo por ahora.

- Mejor. - mintió.

Hermione, quien dormía en la otra cama junto a Ginny, se sentó lentamente y se estiró, volteándose para saludar a sus amigas.

- Buenos días. ¿Te sientes bien? - preguntó la castaña. Emma asintió, sentándose también. Ellas tres eran las últimas que quedaban en el interior de la habitación, por lo que ya no tenían la necesidad de susurrar. Hermione tenía su cabello en forma de melena otra vez, como siempre cuando acababa de despertar, por lo que tendría que aplicarse nuevamente su poción especial. - Son casi las nueve, será mejor que nos apresuremos si queremos desayunar.

El trío se levantó y comenzaron a escoger su ropa. Ya que era domingo, podían dejar de lado su uniforme y usar lo que quisieran, siempre que fuera apropiado. Ginny escogió un par de blue jeans y una playera color blanca. Hermione también optó por blue jeans, pero con un tank top negro y una delgada chaqueta color rosa. Emma, por su parte, escogió un par de calzas negras para usar con sus converse y una blusa larga y floreada de fondo blanco.

Después de que Hermione se aplicara la poción, y de que se la aplicara a Emma también, las tres salieron a toda prisa hacia el Gran Comedor, donde Harry y Ron las esperaban. Tras unos saludos afectuosos por parte de los novios, se sentaron a desayunar.

- Te ves mucho mejor hoy, Emma. - elogió Ron.

- Gracias. Me siento mejor. - dijo la chica.

- Y te arreglaste el cabello hoy también. - notó Harry, sonriendo. Pero luego se volteó hacia la mesa de profesores, notando que el profesor extranjero volvía a estar ausente, cuando la directora se encontraba allí, desayunando junto al resto del profesorado. - De nuevo no está, me refiero al profesor Liedger.

- Ah, si. - dijo Emma, desviando la mirada hacia sus tostadas. El grupo se sorprendió, era un gran cambio de actitud respecto al profesor. Parecía como si estuviera preocupada de otra cosa que le pareciera más importante…

- Me pregunto donde estará. - dijo Ginny, intentando avivar el interés de Emma. - ¿Le habrá ido mal en su Audiencia?

Aparte de juntar las cejas, la chica no mostró ninguna otra reacción. La conversación siguió así, con poca participación por parte de Emma. Hasta que la hora del desayuno terminó, y el profesor Liedger no apareció.

- Si algo malo hubiera pasado, McGonagall nos lo hubiera informado ya. ¿No creen? - preguntó Ron, cuando la posibilidad de que la Audiencia no hubiera salido bien volvió a salir.

- ¿Tú crees? - preguntó Harry.

- Claro, si el profesor Liedger no fuera a venir más a Hogwarts definitivamente ya lo habría dicho.

- No seas extremista, Ron. - dijo Hermione. - Puede que simplemente esté haciendo otras cosas. Ni siquiera sabemos si está en Hogwarts o no.

Harry tuvo una idea en ese momento.

- Hay una forma de averiguarlo. - recordó, mirando a Ron y a Hermione. Por supuesto, el Mapa del Merodeador. El grupo de amigos salió del Gran Comedor, dirigiéndose hacia la torre de Gryffindor, sin darse cuenta de que la directora McGonagall salía al mismo tiempo que ellos.

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Sieghart leyó las últimas respuestas escritas en la prueba que tenía en las manos. Estaba correcta, como las anteriores. Todas las pruebas de los de cuarto que acababa de revisar habían sido aprobadas, la mayoría con calificaciones superiores o iguales a Supera las Expectativas.

El joven se echó hacia atrás en su silla, por fin había terminado de calificar todas las pruebas que le faltaban. Miró el reloj de pie, eran las nueve treinta y cinco de la mañana, la hora del desayuno había terminado. No le importaba mucho, no tenía hambre. Había abierto una de sus botellas de vino y tenía su copa llena con el líquido, y eso era lo único que había ingerido desde el día anterior. Solo tendría que esperar hasta la hora de almuerzo para ingerir algo sólido, aunque no tuviera hambre.

Todavía estaba algo molesto porque el Ministro no le había concedido el permiso para realizar el viaje de capacitación con los estudiantes. Y la verdad era, que recién se daba cuenta de que él también había estado entusiasmado con la idea. Salir, viajar con compañía y no solo como estaba acostumbrado a hacerlo. Realmente era una pena que le hubieran dicho que no.

Además de ese detalle, el otro "problema" aún le daba vueltas en su cabeza: el hecho de que Mikhaila podría estar rondando por ahí. No la había visto en varios meses, desde la Segunda Guerra acontecida el año anterior, ahí mismo en Hogwarts. Antes de eso, había llevado años sin saber de ella. Debió suponer que el hecho de habérsela encontrado nuevamente no iba a traer nada bueno. El año escolar anterior, unas horas antes de que Tom Riddle y su ejército invadieran Hogwarts, se había estado preparando para participar de la batalla, reuniendo aliados y motivándolos para ser parte de la guerra a favor de los buenos. Al parecer, dicha noticia había llegado a oídos de la mujer, quien había llegado al colegio con el propósito de unirse a las fuerzas del bien. Al principio, Sieghart no le había creído. Alguien como Mikhaila, a quien él conocía muy bien, nunca hacía nada que no le favoreciese solo a ella. ¿Qué ganaba ella con participar en una batalla en la que podía morir? No había nada bueno para ella en eso. Ningún beneficio. Pero luego recordó que el hecho de que Voldemort se alzara al poder también afectaría a la mujer, después de todo, el mago tenebroso era conocido por odiar a la clase a la que Mikhaila y él pertenecían.

Aún así, no podía negar que, por mucho que odiara a esa mujer, aún sentía otras cosas por ella. Cosas que había recordado al verla nuevamente. Recordó el día en que la había visto por primera vez, utilizando el uniforme de Beauxatons. La atracción había sido mutua de inmediato. Las primeras impresiones acerca de ella no podían haber sido más erróneas. Actuaba con fineza y suavidad, nadie se habría detenido a pensar acerca de su verdadera naturaleza. Ella era hermosa, pequeñita en comparación con él, de apariencia inofensiva, nadie se habría imaginado el demonio que era realmente. Y lo había cautivado en pocos días, manteniendo la distancia al principio, pero acercándose cada vez más a él. Sieghart, por su parte, se había mantenido alejado, fingiendo que ella no le interesaba, con lo que la había atraído aún más rápido. Ella estuvo ahí para escucharlo, escuchar acerca de su vida y los problemas que tuvo con su familia cuando ésta se enteró acerca de su condición mágica… y Mikhaila había aprovechado esa tristeza para arrastrarlo hacia la oscuridad. Desde el primer momento en que posó sus ojos cafés en él, había visto su potencial para convertirse en un ser malvado, fue por eso que siguió insistiendo con él… pero había terminado enamorada de él, al igual que él de ella.

Borró el rostro de la chica de su mente, así como el sonido de su voz, el aroma de su piel y la sensación de su cuerpo desnudo contra él.

Se levantó de su escritorio y se encaminó hacia la ventana que daba hacia el bosque. Los rumores, según le había contado Ciara, decían que se le había visto por ahí. Pero la Veela no había podido confirmar nada. Sieghart se preguntó si de verdad Mikhaila estaría por ahí. No podía estar seguro. Esa mujer, por mucho que hubiera llegado a amarla, era vil escoria. Era una mujer malvada al mismo nivel que Lord Voldemort, pero con la diferencia de que ella no veía diferencia entre muggles y magos, ya fueran nacidos de muggles o no. Ella mataba a quien quisiera, sin importarle el origen de la víctima. Era un ser que transitaba por las sombras desde el momento de su nacimiento, pasando por sobre quien fuera que se interpusiera en su camino y arrastrando a la oscuridad a quien considerara como a un igual. Él había sido un igual. Sin embargo, aunque hubieran sido muy similares (prácticamente iguales) cuando estuvieron juntos, luego de que ella lo llevara a las sombras, él ahora se diferenciaba de ella en el más relevante de los aspectos: Sieghart había vuelto al camino de la luz, había sufrido por todos los males que había cometido, y existía ahora haciendo todo lo posible por enmendar todas las atrocidades que había hecho.

En el momento en que él había dejado de ser como ella, Mikhaila se había machado, dejándolo solo y pudriéndose en la culpa y el arrepentimiento. Sieghart aún maldecía ese día.

Escuchó como alguien entraba en el salón de clases y se dirigía directamente hacia las escaleras que conducían a su despacho. En pocos segundos, alguien tocó a su puerta.

- Adelante. - concedió Sieghart, volteándose para mirar al visitante.

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- Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas. - dijo Harry, tocando el pergamino que tenía en la mano con la punta de su varita. De inmediato, y frente a los ojos de todos, líneas de color negro comenzaron a trazarse en el papel, desviándose en varias direcciones, formando patrones y figuras.

Emma, quien era la única que veía eso por primera vez, quedó sorprendida al leer las palabras que aparecían en el pergamino antes vacío. "Lunático, Canuto, Colagusano y Cornamenta se enorgullecen de presentar el Mapa del Merodeador", leyó la joven. Luego, Harry desdobló algunos de los pliegues del pergamino, mostrándole a Emma un diagrama perfecto de los pasillos de Hogwarts. La chica notó también las casillas que se movían a los largo del dibujo, las cuales mostraban varios nombres. Hubo una sección del mapa que le llamó la atención, una que mostraba la Sala Común de Gryffindor, donde había varias casillas, de las cuales destacaban cinco, las que tenían sus nombres en ellas.

- Wow, impresionante. - dijo Emma, y miró a Harry. - ¿Qué es esto?

- Es el Mapa del Merodeador. Te muestra los planos del castillo, Hogsmeade, y los terrenos del colegio, además de todas las personas que están en ellos. - explicó Harry, mientras comenzaba a buscar entre los pliegues. - Fue hecho por mi padre y unos amigos cuando ellos venían al colegio. Y aquí está el pasillo del salón del profesor Liedger.

Los chicos se inclinaron sobre el pergamino, leyendo las casillas presentes en esa sección del mapa. Mientras sus ojos registraban el mapa, buscando el despacho del joven profesor, notaron que una de las casillas se movía a través del pasillo frente a la entrada de salón que ellos buscaban. El nombre de Minerva McGonagall se alejaba del despacho del profesor extranjero, que encerraba dos casillas con otros nombres, uno que conocían y otro perteneciente a un extraño. Efectivamente, Sieghart Liedger estaba en su despacho, quieto junto a otra persona.

- Sieglieg Von Einzbern, ¿quién es ese? - preguntó Ron. El nombre les sonaba alemán, al igual que el del joven profesor, pero nadie conocía a aquel sujeto que acompañaba a Sieghart en su despacho. O eso creía la mayoría de ellos.

- Déjame ver eso. - pidió Emma, tomando el pergamino de las manos de Harry con cuidado y dándole una mirada más de cerca.

- ¿Conoces a ese hombre? - preguntó Ginny. Emma se quedó inmersa en el pergamino, con las cejas juntas y una expresión de concentración absoluta. Harry, Ron, Hermione y Ginny notaron el ligero movimiento de negación que la chica hizo con la cabeza, y supieron que ese gesto había sido para ella misma, como si se negara a creer lo que leía. - ¿Emma?

- No. - respondió la chica, sin mirar a nadie y devolviéndole el pergamino a Harry. No había engañado a ninguno de ellos.

- ¿Estás segura? - preguntó Hermione. Emma le miró antes de suspirar.

- No estoy segura. - respondió finalmente. - Estoy confundida…

La chica miró a Harry.

- ¿Cómo es exactamente que funciona ese mapa? - preguntó. Harry pestañeó un par de veces antes de responder.

- Pareciera ser que está coordinado con el registro de todos los estudiantes y profesores que han pasado por Hogwarts. Por eso es capaz de mostrar los nombres de antiguos estudiantes que ya no pertenezcan al alumnado. - explicó Harry, recordando como había sido capaz de detectar a Peter Petigrew. Emma asintió lentamente, haciendo conexiones que nadie más comprendía. ¿Qué sabía ella que ellos no? - ¿Qué estás pensando?

Emma se quedó en silencio unos segundos.

- No lo sé.

La chica de cabello color miel se veía notablemente contrariada, envuelta en una lucha interna que la tenía al borde de un colapso.

- ¿Estás bien? - preguntó Ron, sujetándole un hombro. Emma se volteó y miró al pelirrojo. - Si hay algo que te preocupa, puedes decirnos. Somos tus amigos.

- Lo sé. Pero… no estoy segura de… - Emma chasqueó la lengua, harta con la situación. Tenía pensado en esperar a que sus padres respondieran la carta que les había enviado, pero ese día era domingo y el correo no llegaría hasta el día siguiente, y ella no podía esperar tanto. Tenía todos esos sentimientos en su interior y tenía que sacarlos ya antes de que la volvieran loca. - Chicos, no puedo decirles aún, de verdad lo siento. Pero les prometo que lo haré en cuanto lo resuelva.

- ¿Es algo malo? ¿Te sucedió algo? - preguntaron los demás. Emma negó.

- No, no me ha pasado nada. - dijo la chica, y se volteo hacia Harry. - ¿Crees que podrías prestarme el mapa, Harry? Realmente me sería muy útil para resolver esto.

Harry Potter no era alguien egoísta, muy por el contrario. De todas formas, lo pensó dos veces antes de decidir. Parecía que Emma estaba pasando por un momento pesado, pero estaba decidida a resolverlo ella misma. Tanto él, como Ron, como Hermione, como Ginny, sabían que el lío involucraba al profesor Liedger y los sentimientos que ella tenía por él.

- De acuerdo, pero solo si prometes que si necesitas ayuda, nos la pedirás. - pidió Harry, ofreciéndole el pergamino. Emma sonrió y asintió, aceptando la condición.

- Lo haré. - prometió la chica, tomando el mapa de las manos de unos de sus mejores amigos. Se sentía mal por ocultarles lo que le sucedía, pero antes de revelar nada tenía que comprobar algunas cosas. - Gracias, chicos.

Los demás asintieron y Emma se encaminó deprisa hacia la salida de la sala común.

- Emma. - llamó Harry, haciendo que la chica se volteara antes de entrar en el pasadizo. - Para hacer desaparecer el mapa, tócalo con la punta de la varita y di "travesura realizada".

- Entiendo. - dijo Emma, asintiendo, y se marchó.

Salió a los pasillos de la torre Gryffindor y bajó las escaleras a toda prisa hasta llegar al primer piso, desde donde comenzó su camino hacia el despacho del profesor Liedger, revisando el mapa de vez en cuando. Ese otro tipo, Sieglieg Von Einzbern, aún estaba con él. Incluso aunque sabía quien era ese sujeto, no lo conocía personalmente pero si conocía algunas cosas, una pequeña esperanza comenzó a crecer en su interior. Ese tipo… era peligroso.

Llegó a la puerta del salón de clases y volvió a mirar el mapa, localizando las dos casillas aún en el interior del despacho del profesor. Sin tocar, entró silenciosamente en el salón de clases y caminó hasta el centro de éste, deteniéndose para volver a mirar el mapa. Las dudas asaltaron su mente. Estaba a punto de hacer algo muy arriesgado, pero tenía que averiguar algo importante antes de seguir y… sacudió los pensamientos de su cabeza, no necesitaba distraerse por eso en ese momento. Respiró profundo, sacó su varita y se encaminó hacia la puerta del despacho que estaba arriba de las escaleras. Volvió a revisar el mapa una última vez antes de llamar a la puerta de madera, el profesor y su acompañante estaban en frente de las ventanas, probablemente mirando hacia el exterior.

- Pase. - llamó la voz del profesor, desde el interior del despacho.

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El profesor Liedger se encontraba mirando los terrenos a través de las ventanas de su despacho, pensando en lo que la profesora McGonagall acababa de venir a decirle. La bruja había llegado a su despacho para decirle que algo había pasado y que se lo explicaría a la hora de almuerzo en su estudio. Sieghart había estado pensando en las posibilidades de dicho suceso desde que la directora de Hogwarts se había marchado. ¿Habría pasado algo malo? Sin duda alguna, si fuera algo grave, la mujer se lo habría dicho en ese preciso instante, por lo que descartó toda posibilidad de carácter mortal y, por ende, sacando a Mikhaila de la lista de posibilidades. Muchas cosas habían pasado últimamente, y ya estaba comenzando a sentirse presionado. Lo otro que había pensado era que el padre del joven Berthum había seguido con sus reclamos y acusaciones, y que un nuevo procedimiento tendría que llevarse a cabo. Realmente, ya estaba harto de ese sujeto. Escuchó como llamaban a la puerta. Sieghart suspiró. ¿Qué era ahora?

- Pase. - indicó, y pasados unos segundos, la puerta se abrió. Emma Dujovne entró en el despacho, con un pergamino en la mano y la varita en la otra. Estaba leyendo el trozo de papel con atención, antes de fijar sus ojos en él, o más bien en lo que lo rodeaba. Por supuesto que él no le prestó atención a ese extraño comportamiento, estaba perdido en su rostro, en el nuevo aire que presentaba. Había un cambio en la estudiante… su cabello, estaba distinto, esta seguro de eso. Recordó las veces en que la había visto anteriormente, durante sus clases, y notó que su cabello, normalmente lizo, ahora estaba ondeado elegantemente. Por primera vez desde que la conocía, se dedicó a observarla de cerca. Era una chica hermosa… con rostro de modelo de pasarela. Ojos brillantes e inteligentes, rasgos suaves, delicados y bellos, y un cabello delgado y hermoso. Su cuerpo, ahora que la veía sin uniforme, combinaba armónicamente con su rostro, resaltando su belleza. Delgado y tonificado, sus piernas estaban bien formadas y eran muy atractivas para la vista, su abdomen era plano, por lo que podía distinguir con esa larga blusa y un núbil par de senos adornaban su pecho, sobresaliendo hacia él y brindándole armonía a toda la figura de la chica. El profesor Liedger se forzó a si mismo a detenerse allí mismo, notando que había pensado en la chica como en alguien más allá de una estudiante. - ¿Se hizo algo en el cabello? Wow, se ve muy bien.

Emma le miró y se sonrojó ligeramente. Había notado las miradas que le había dado y sabía que el comentario de su peinado era solo para cubrir dichas imprudencias.

- Si, gracias. - contestó Emma. Sieghart sonrió y asintió, acercándose. Notó que el cuerpo de la chica se tensaba a medida que se aproximaba a ella, y supo el motivo de su cambio de apariencia.

- Aunque, de todas formas, me gusta aún más su estilo normal. - dijo el profesor. - No cabe duda de que el cabello ondulado le queda bien, pero lo suyo es el cabello lizo.

Emma se sonrojó aún más, alagada porque él hubiera preferido como ella se veía normalmente. Sacudió esas ideas de su mente, tenía que concentrarse en lo que estaba haciendo allí.

- Profesor, me gustaría hablarle de algo. - dijo la chica. Los ojos del extranjero se posaron en el pergamino que tenía en la mano.

- ¿Necesita ayuda con algún trabajo? - preguntó el profesor, amablemente. Emma volvió a mirar el mapa y recorrió la habitación con la mira. Ya solo había una alternativa.

- No, no es eso. - dijo Emma, nerviosa. No quería creerlo, era imposible que alguien como el profesor Liedger fuera… - Profesor… yo sé…

Fue todo lo que dijo en un principio, pero lo había dicho con tanta seriedad, que Sieghart comprendió inmediatamente de los que estaba hablando.

Emma Dujovne había descubierto la verdad acerca de él.

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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Mar Oct 25, 2011 4:01 pm

XV. La Verdad

Sieghart fijó sus ojos en los de la estudiante que tenía frente a él. Ella no había dicho nada aún, pero él sabía que había sido descubierto. Aún así, y de acuerdo con lo planeado para ese tipo de casos, tenía que fingir que todo lo que ella hubiera descubierto era mentira, por lo que se esforzó al máximo para parecer como si no supiera nada.

- Yo sé… acerca de usted. - finalizó Emma, nerviosa. El profesor Liedger juntó las cejas en una expresión de curiosidad.

- ¿Qué sabe acerca de mí? - preguntó, fingiendo que no sabía de lo que estaba hablando. Emma lo miró, registrando cualquier posible indicio que le indicara que estaba mintiendo.

- La verdad. - dijo Emma. No hubo ninguna reacción por parte del hombre, al menos por fuera.

- ¿Verdad?

Emma asintió y volvió a mirar el mapa. Según el pergamino, frente a ella se encontraban tanto el profesor Liedger, como Sieglieg Von Einzbern. Pero ella solo veía al joven extranjero. Claro, cabía la posibilidad de que ese otro sujeto estuviera utilizando algún hechizo o capa de invisibilidad.

- Antes que nada, necesito saber si hay alguien más aquí. - dijo Emma. El profesor pareció extrañado. - ¿Puede percibir a alguien más aquí?

- Ummm… no. - respondió Sieghart, mirando en derredor. - No hay nadie más aquí. ¿Qué sucede, señorita Dujovne?

El tono del profesor no demostraba conocimiento alguno acerca de lo que ella estaba hablando, aunque si lo hiciera. La última pregunta que le había hecho Emma lo había dejado algo curioso. ¿Qué si había alguien más con ellos?

- ¿Está seguro? ¿No podría haber alguien oculto bajo un encantamiento o capa de invisibilidad? - preguntó la chica, dejando ver un poco de su esperanza. Esperanza dirigida a una respuesta positiva a esa pregunta.

- Bueno, eso sería imposible. - respondió el profesor extranjero. - Hogwarts está protegido con varios encantamientos y uno de ellos impide y desactiva cualquier tipo de artefacto o hechizo de invisibilidad. (La capa de Harry no cuenta puesto que es una de las Reliquias de la Muerte, la capa de invisibilidad más poderosa que existe)

- Entonces, solo hay una respuesta. - susurró Emma.

- ¿Disculpe? - preguntó Sieghart, incluso aunque había escuchado bastante bien.

Emma puso una expresión seria en su rostro, con las cejas juntas y la mandíbula apretada, con los labios rectos.

- Yo sé que usted es Sieglieg Von Eizbern. - dijo la chica, ya completamente segura. Sieghart, incluso aunque no lo demostró, sintió que el alma se le destruía. Hacía ya años que nadie lo llamaba por ese nombre, además de Mikhaila. El nombre con el que lo habían bautizado al nacer, y con el que se hizo conocido en el mundo mágico, sembrando el terror y dejando un rastro de muerte.

Ese nombre había sido reconocido tanto en su época, que se había visto obligado a cambiarlo para pasar desapercibido luego de haber regresado al mundo de la luz, con los buenos. Muy pocos en el mundo conocían su verdadera identidad, además de los miembros que habían asistido a sus Audiencias Extraordinarias, el profesorado de Hogwarts y algunas otras personas aisladas, vivas y muertas, incluida Mikhaila.

- ¿Sabe que esa es una acusación bastante seria, señorita? - preguntó Sieghart. Por supuesto, siendo un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, debía saber acerca de Sieglieg, por eso no intentó ocultarlo. - ¿Tiene alguna prueba?

Emma, quien no apartaba su mirada de sus ojos, sufría por tener que revelarlo. Aún se negaba a creer que el hombre que tenía frente a ella, un hombre que siempre había demostrado ser dulce, amable y atento, un hombre que se había ganado el respeto y corazón de todos los estudiantes, un hombre que la había enamorado sin siquiera proponérselo, hubiera hecho todo lo que ella había averiguado acerca de Sieglieg Von Einzbern. De todas formas, el mapa lo señalaba. Ese sanguinario sujeto estaba de pie, frente a ella en ese momento. Emma sintió que el corazón se le destrozaba, pero no permitió que se demostrara en su rostro. Pero Sieghart notó su incomodidad, y la forma en que su cuerpo temblaba.

La chica tenía la varita en la mano, lo que indicaba que había ido hasta ese lugar para combatir contra él si era necesario. Sieghart pensó que jamás podría hacerle daño, ni a ella ni a ninguno de los otros estudiantes, pero se sintió orgulloso de que una de sus alumnas estuviera dispuesta a enfrentarse a alguien tan malvado y poderoso como Sieglieg.

Emma suspiró y comenzó a relatarle varias cosas. Lo que había encontrado en los libros, las conjeturas que había hecho, algunas dudas que tenía e incluso el detalle de las cosas que no encajaban en sus deducciones, todo a partir de un acontecimiento en particular. Sieghart estaba maravillado con el trabajo que había realizado la chica, tanto que deseó poder felicitarla y recompensarla como se lo merecía. Una vez que Emma finalizó con su explicación, se quedó esperando que él hablara… que le demostrara que estaba equivocada. Rogaba por eso en silencio.

Sieghart la miró profundamente, casi a punto de concederle la razón. Pero no, él, McGonagall y el resto del profesorado habían planeado el curso de acciones a tomar en caso de que eso pasara.

- Veo que realmente hay una investigación bastante profunda detrás de todo esto. - dijo el profesor. - Pero lamento decirle que está equivocada. En primer lugar, de todas las posibilidades, ¿por qué Sieglieg Von Einzbern?

Emma se negó a darle una respuesta en concreto, solo dijo que lo sabía. Sieghart suspiró, tenía que atenerse al plan.

- ¿Qué le parece si seguimos esta conversación afuera? - ofreció el profesor. Emma pareció renuente a aceptar. - Vamos, si yo fuera quien usted afirma, no haría nada allá afuera, donde hay testigos, además de que usted podría comprobar los argumentos que le daré para refutar su teoría.

Aún así, Emma no estaba segura, pero al final, había caído bajo la hermosa mirada del profesor y terminó por aceptar, diciendo que si él realmente podía demostrarle que ella estaba equivocada, nada la haría más feliz.

- Está bien. - dijo ella, y lo siguió hacia el exterior de su despacho.

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Emma regresó a la Sala Común de Gryffindor, algo más calmada, pero no demasiado. Había estado en los terrenos con el profesor Liedger, donde él le había demostrado mediante evidencias casi concluyentes que él no era Sieglieg Von Einzbern. Habían caminado bajo el sol de la mañana alrededor del colegio, mientras él le hablaba acerca del sanguinario personaje.

Habían ido al Campo de Quidditch, donde los de Ravenclaw estaban practicando. Habían observado los entrenamientos, con la chica tomando nota acerca de las jugadas para comentárselas a Harry, Ron y Ginny cuando tuviera tiempo. Luego habían dado una vuelta alrededor del lago, donde conversaron sobre todo el trabajo que se había dado Emma al hacer la investigación para averiguar la "verdad" acerca del profesor.

La chica de cabello claro estaba maravillada con la tranquilidad y comprensión que el joven extranjero había mostrado al demostrarle que estaba equivocada. Nunca alzó la voz, ni la ridiculizó, ni nada. Se había tomado el asunto con la misma madurez que había mostrado para todo lo demás. Emma ya había analizado todos los argumentos que el profesor había utilizado en su contra, que eran los que se oponían a su teoría en un principio, por lo que se había animado a encarar la situación de frente una vez que confirmó lo que sospechaba al ver el mapa. Ahora, aunque bastante más feliz, estaba más confundida que antes. Sieghart Liedger le había demostrado que él no podía ser quien ella decía que era… lo que solo dejaba dos opciones. La primera: Sieglieg Von Einzbern estaba en el despacho del profesor cuando ella había ido a ver, escondido de alguna forma. La segunda: el mapa de Harry estaba equivocado. Cualquiera de esas dos opciones era suficiente para ella, pero la verdad es que la tercera alternativa, en la que el profesor había encontrado la forma de engañarla, aún daba vueltas por su mente.

Al final del paseo, el profesor Liedger los había conducido hacia la entrada del estudio de la directora, donde se había separado ya que él tenía un asunto que atender con la jefa del colegio. Aunque, antes de subir, el joven extranjero le había vuelto a preguntar acerca de esa suposición suya, que no era solo una simple suposición, y la razón que la había empujado a creer en ella. Al final, y considerando que él se había tomado el tiempo para explicarle con calma todos los detalles que hacían de su teoría una falacia, Emma se había visto impulsada a responderle con la verdad, y le había enseñado y explicado el Mapa del Merodeador, el cual había borrado previamente antes de iniciar su paseo junto a él. La chica no estaba segura, pero le pareció que, al ver el pergamino, el profesor se había quedado paralizado, sumido en algo que ella no sabía. Se había alejado tanto de la realidad, que Emma se había visto forzada a darle unas palmaditas en el hombro para hacerlo reaccionar. Luego, el profesor se había disculpado con ella, diciendo que se encontraba intrigado por el objeto tan peculiar que le acababa de presentar, lo que Emma terminó por aceptar. Él era profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, después de todo, seguramente sentía genuino interés por ese tipo de cosas.

Luego de eso, el joven extranjero se había retirado hacia el despacho de McGonagall, y ella se había devuelto sobre sus pasos

Emma sabía que su corazón le estaba nublando la mente. Sus cuatro amigos estaban ahí y se voltearon a verla en cuanto notaron su presencia. Harry y Ginny ocupaban un pequeño sillón, con la pelirroja sentada sobre las piernas del chico. Ron y Hermione compartían un pequeño sofá, con la castaña acurrucada contra el pelirrojo.

- Hey, ¿cómo te fue? - preguntó Ginny, a modo de saludo. Emma sonrió y se acercó. Notaba que habían estado preocupados y no se habían movido de ahí, esperando a que regresara.

- Bastante bien. - comentó Emma, deteniéndose frente a las parejas y ofreciéndole el mapa a Harry.

- ¿Te sirvió para lo que necesitabas? - preguntó Harry, recibiendo el pergamino.

- Un poco. Aunque si hay algo que quisiera saber. - respondió Emma. - ¿Alguna vez te ha mostrado a alguien que no haya estado ahí en realidad?

Harry no tuvo que pensarlo ni siquiera un segundo.

- No. - respondió. La chica sintió que el corazón se le detenía. - Una vez creí que lo había hecho, pero resultó que la persona que había mostrado estaba transformado en una rata y por eso no fui capaz de verlo.

La chica de cabello color miel asintió lentamente, con la mirada fija en un punto cualquiera.

- ¿Te encuentras bien, Emma? - preguntó Ron. Emma asintió nuevamente, sin mirarlo.

- Has estado muy rara últimamente. - dijo Hermione, levantándose y sujetando a la chica por el brazo, dirigiéndola hacia uno de los sillones. - Venga ya, cuéntanos que sucede.

Harry, Ron y Ginny los siguieron, acercándose a las dos chicas. Sabían que era un asunto privado y, muy probablemente, relacionado con el profesor Liedger, pero de todas formas querían saber de que se trataba. Aunque no pondrían reparos en retirarse si la chica así se los pedía.

Emma miró los rostros de sus amigos. La preocupación se les notaba a kilómetros. Una ola de gratitud y un sentimiento cálido le llenaron el pecho al hallarse rodeada de tan buenos amigos, y se dijo a si misma que no debería seguir ocultándoles el asunto ahora que ya había decidido creer en las palabras del profesor.

- De acuerdo, se los diré. - dijo Emma, sonriendo. - Pero no le digan a nadie. Ayer, cuando Hermione y yo fuimos al despacho del profesor Liedger para agradecerle su ayuda…

- ¿Qué fueron a qué? - preguntó Ron. Emma apretó la mandíbula y miró a Hermione, pidiendo disculpas con la mirada.

- La otra noche estuve conversando con el profesor acerca de Crookshanks. - explicó Hermione, rápidamente. - Él se ofreció a ayudarme a conseguir el permiso especial para tenerlo como mascota. Por eso fui a verlo para agradecerle su ayuda, y Emma se ofreció a acompañarme.

El pelirrojo asintió, tragándose la mentira.

- En fin, como iba diciendo… - continuó Emma, aliviada de que su amiga hubiera pensado tan rápido. - En el salón de clases me…

En ese momento, alguien entró en la Sala Común. Los estudiantes se voltearon para ver como la Directora McGonagall emergía del pasadizo. Rápidamente, los ojos de la mujer registraron la sala antes de posarse sobre el grupo de adolescentes que estaban charlando al fondo de la estancia, sentados en un trío de sillones.

- Señorita Dujovne. - llamó a bruja. - Quiero verla en mi despacho enseguida.

No había habido muestra alguna de severidad en su voz, pero la orden había sido firme. La susodicha fue tomada por sorpresa y un mal presentimiento se apoderó de ella.

- Enseguida. - repitió la directora. Emma reaccionó gracias al ligero codazo que le dio Ginny en las costillas, y se levantó para seguir a la directora. Dando una mirada hacia atrás, vio que sus amigos la seguían con miradas tan extrañadas como la de ella misma. ¿Qué había sucedido?

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Sieghart terminó de leer la carta, por cuarta vez, y suspiró, antes de voltearse y mirar a la pareja que se encontraba con él en el interior del estudio de la directora.

- De verdad, lamento todo esto. - se disculpó el joven profesor. Edik y Dahna Dujovne tenían sus ojos fijos en él, y asintieron ligeramente ante sus disculpas. - Aunque debo admitir que no me sorprende, su hija es una estudiante brillante.

La mujer, de cabello color miel y ojos azules, dio un paso adelante, acercándose al profesor.

- ¿Qué es lo que vamos a hacer? - preguntó, con un acento que demostraba su procedencia extranjera. Sieghart lo pensó un segundo y suspiró nuevamente La directora le había dicho que era decisión de él, y que lo pensara mientras ella iba a buscar a la joven.

- Como ya les he explicado, antes de venir aquí tuve una charla con la señorita Dujovne acerca de esto. Ella misma se acercó a mí… - repitió el profesor. - Le he dicho, como teníamos planeado junto a la directora y el resto del profesorado, que estaba equivocada, mostrándole algunas cosas que están a mi favor. Pero ahora que leo esto…

La carta que Emma les había escrito a sus padres decía todo, con lujo de detalles, lo que había ocurrido el día anterior. Realmente, con todo lo que estaba escrito ahí, se preguntaba hasta que punto había logrado convencerla de que él no era Sieglieg Von Einzbern. Con solo el Mapa del Merodeador era suficiente para que todo lo que él le había dicho fuera descartado. ¿Pero cómo iba él a imaginarse que el condenado Mapa que mostraba a todos los que habitaban Hogwarts iba a estar en manos de aquella joven? Ese era el punto crucial en esa situación… gracias a ese mapa, muchas personas más podrían vincularlo a su pasado.

- Creo… que lo mejor será decirle la verdad. - dijo Sieghart. Los padres de la joven abrieron los ojos de par en par, alzando las cejas.

- No podemos hacer eso. - opinó Edik. - Será muy riesgoso tanto para mi hija como para usted.

A Sieghart le sorprendió que el señor Dujovne estuviera pensando. Aunque fuera un poco, en su seguridad. De hecho, ahora que lo pensaba, desde que los había presentado formalmente la directora, no, incluso desde su audiencia, la pareja de Aurores se había comportado bastante bien con él, considerando su pasado, el cual ellos conocían.

- Será aún más peligroso que la dejemos como está, sin ciencia cierta acerca de lo que de verdad está ocurriendo. Ella ya lo sabe, me descubrió, y aunque haya logrado convencerla de lo contrario, los rumores podrían esparcirse, lo que la perjudicará a ella y pondrá más miradas sospechosas en mí. - explicó Sieghart. La pareja se miró el uno al otro, preocupados. Había algo que ellos sabían que él no. - Escuchen, no es necesario que le digamos toda la verdad. Solo hay que decirle lo más importante. Quien soy, la razón por la que se me permite estar aquí, y que después de que termine el año no tendrá motivos para volver a verme… salvo los dos nos convirtamos en Aurores el próximo verano. El resto, o al menos lo que está escrito en libros, ella ya lo sabe. Pero lo más importante, lo que me convierte en lo que soy ahora, o está registrado en ninguna parte, y eso es lo que ella debe saber.

Aún así, Edik y Dahna no parecían convencidos.

- No es necesario que confíe en mí, solo que sepa lo que está pasando y que sepa como debe actuar de ahora en adelante. - dijo Sieghart. Los padres de Emma no parecieron relajarse. Parecían estar preocupados por algo más además de la seguridad de su hija. Además de su seguridad física.

- ¿Estás seguro de esto? - preguntó Dahna. Sieghart asintió, al tiempo en que la puerta del estudio se abría y dos mujeres ingresaban en la habitación.

Emma se sorprendió de ver al profesor Liedger en ese lugar, no podía comenzar a imaginar de qué se trataba todo eso hasta que vio a sus padres ahí presentes también. Fue entonces cuando conectó todos los cables. El profesor Liedger le había dicho a la directora acerca de la acusación que ella había hecho en su contra.

Nada más lejos de la verdad. Los padres de Emma Dujovne le habían informado a la directora acerca de la carta que habían recibido de su hija, en las cuales comentaba, o más bien relataba, sus sospechas acerca del joven profesor. Era por eso que McGonagall había citado a Sieghart en su estudio al mediodía, para reunirse con los padres de la chica de cabello color miel y discutir el problema y las sospechas que la joven presentaba.

Antes de que la adolescente pudiera decir nada, la directora habló.

- ¿Ha tomado una decisión, profesor? - preguntó la mujer. Emma le miró, antes de voltearse hacia el joven extranjero, quien asintió. ¿Decisión? ¿Qué decisión? ¿Acaso iban a castigarla por la acusación que había hecho? ¿Le expulsarían? ¿Por qué más estarían allí sus padres? Fue entonces cuando notó el pergamino en las manos del profesor… y el corazón se le hizo trizas.

- Señorita Dujovne. - comenzó Sieghart, acercándose a la chica. Ella ya lo veía venir, pero no quería escucharlo. - Antes que nada, le pido disculpas por todo lo que le dije hoy en la mañana.

"No…" pensó la adolescente.

- Quiero decirle… que todo lo que usted me dijo en mi despacho es verdad. - Emma no quería seguir escuchando… se negaba a creerlo. Él le había dado pruebas, pruebas que ella comenzaba a creer verdaderamente porque ella lo deseaba así. Porque no quería que la imagen que tenía de él se corrompiera. Pero ahora él se o estaba confesando todo… y ella nunca deseó haberse equivocado tanto como en ese momento. Sin darse cuenta, se llevó una mano a los labios, mientras las lágrimas le inundaban los ojos. - Yo soy Sieglieg Von Einzbern. Soy un vampiro.


Última edición por Sieglieg Liedger el Vie Oct 28, 2011 10:10 pm, editado 1 vez
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Vie Oct 28, 2011 10:08 pm

XVI. Explicaciones

Emma podría jurar que sintió que el tiempo se detenía, silenciando las voces de todos los presentes. Poco a poco, las sombras cubrieron las formas de los objetos que había en el interior del estudio de la directora, luego se extendieron sobre las personas. McGonagall y sus padres desaparecieron, dejándola sola con el hombre alto y de ojos grisáceos que había frente a ella.

Aún no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. El profesor Liedger acababa de decir… pero era imposible. ¿O no? ¿Era verdad? No sabía qué creer. No supo absolutamente nada acerca de las dudas que estaba sintiendo. Hacía unas pocas horas, ella misma lo había acusado de lo mismo que él estaba confesando… pero fue él mismo quien había dado varios argumentos y demostraciones para derribar su teoría, haciéndola dudar acerca de lo que había visto en el Mapa del Merodeador, de todo el trabajo que se había dado para investigar todo lo posible antes de concluir nada. Había hecho que preocupara a sus amigos… que se atormentara por horas debido a todas las dudas que la habían asaltado desde que probó la sangre que había en la copa de cristal sobre su escritorio.

Habían sido horas de sufrimiento, vomitando en reiteradas ocasiones al recordar lo que había ingerido, buscando información acerca de cualquier costumbre o ritual que involucrara el consumo de sangre, y en algún punto se encontró con los vampiros. Había descartado esa idea en un principio, como la mayoría de los seres en el mundo, mágico y muggle, conocía muy bien a los vampiros. Debilidad contra la luz del sol, que resultaba mortal para ellos, necesidad de beber sangre para sobrevivir, longevidad infinita. Había visto al profesor bajo el sol varias veces; era imposible que fuera un vampiro.

Y así había seguido investigando, sin resultados convincentes. Había encontrado información acerca de varias prácticas oscuras que requerían la ingesta de sangre humana, mayormente para fortalecer algunos aspectos mágicos, como la habilidad para realizar maldiciones y ese tipo de cosas, pero se requería beberla inmediatamente después de realizar un ritual de sacrificio. Magia negra muy avanzada como para llevarse a cabo en Hogwarts sin ser detectado.

Al final, casi al término de las horas de visita permitidas en la Biblioteca, había regresado a lo de los vampiros. Tras realizar una lectura profunda con respecto a esos seres, se había topado con información que ella desconocía, como varios aspectos teóricos acerca de su transformación y características. Los vampiros eran criaturas, antes humanas, temidas en todo el mundo, con un atractivo sobrenatural que resultaba ser letal. Tan peligrosos que el Concejo Mundial de Magia los había apartado de la categoría de criaturas nocturnas, que eran enseñadas en tercer año en Hogwarts, y les había concedido un estatuto propio, y que era enseñado en el último año de educación mágica sin excepción.

Humanos, magos o muggles, que habían muerto con la sangre de un vampiro dentro de ellos y que eran revividos por la misma. Los vampiros perdían el alma humana en ese proceso, lo que hacía que los que una vez habían sido magos perdieran la capacidad de realizar magia, pero también anulaba cualquier tipo de inhibiciones, permitiendo que los vampiros hicieran lo que quisieran sin sentir nada de culpa, remordimiento ni nada parecido. La sangre del vampiro que llevaban dentro los convertía, les proporcionaba habilidades sobrehumanas y una capacidad de regeneración superior a cualquier otra. La luz del sol era letal para ellos, los incineraba en segundos. Y necesitaban ingerir sangre para mantenerse fuertes. Algunos nombres de vampiros famosos eran muy recordados en todo el mundo. Nosferatu, Drácula, ambos conocidos también por lo Muggles, aunque fuera solo como personajes de ficción y leyendas.

Pero había otros personajes que permanecían en el anonimato para los seres no mágicos. Hubo un vampiro, hace mil años, conocido simplemente como "El Terrible", que acostumbraba raptar mujeres jóvenes a lo largo de Europa para alimentarse de ellas reiteradamente. Para hacer eso, bebía la cantidad justa de sangre para dejar a la víctima con vida, luego dejaba que la chica se recuperara y volvía a beber de ella. Y así hasta que la mujer moría por anemia. Habían dejado de apreciarse sus acciones a comienzos del siglo XI. En el siglo XV, un vampiro llamado Gilles de Rais, fue conocido por participar en la batalla Muggle conocida como la Guerra de los Cien Años, junto a una mujer llamada Juana de Arco, muy conocida por los no magos. Gilles, en realidad, no le interesaba en lo más mínimo que esa mujer asegurara ser la enviada de Dios, solo fingía participar en las batallas para poder alimentarse de la sangre de los soldados mientras buscaba la Piedra Filosofal. Una coordinación especial entre los Ministerios de Magia Francés e Inglés fue necesaria para alterar la memoria de todos los muggles que conocieron al vampiro luego de que la Guerra terminó.

Entre los siglos XVI y XVII, una vampiresa llamada Erzsébet Báthory vivió en Eslovaquia y se hizo famosa tanto por su belleza, que era descrita como la de una deidad, como por el hecho de que solía engatusar y secuestrar a jóvenes, de ambos sexos, de los cuales se alimentaba. Un movimiento, impulsado por el gobernante Muggle de la época, y que secretamente fue apoyado por un equipo de magos entrenados, logró la captura y eliminación de dicha mujer antes de que las memorias de los muggles fueran alteradas. Ahora, a Erzsébet se le recuerda como una vieja loca que secuestraba jóvenes para darse baños con su sangre porque creía que conservaba la belleza.

Fue llegando a los vampiros registrados en el siglo XVIII cuando se encontró con el vampiro más famoso de origen inglés. Sieglieg Von Einzbern. Se conocía casi todo con respecto a él gracias a su origen. Un joven mago que asistía a Hogwarts y fue convertido en vampiro el año 1788. Había sido un estudiante prodigio, que mostraba un dominio de la magia superior desde muy joven, y que le ganó el derecho a participar en el Torneo de los Tres Magos que comenzó en 1787 en Beauxbatons, lugar donde fue convertido. Alcanzó la fama de inmediato, ya que asesinó a los Campeones de los otros dos colegios durante la última prueba del Torneo antes de escapar. Ese fue el único Torneo de los Tres Magos en donde los tres Campeones habían muerto, un hecho que era bastante conocido, aunque los conocimientos de las circunstancias en que ocurrieron las muertes se habían perdido a los largo de los años. Fue perseguido por los Aurores durante décadas, y muchos de los magos que se lo toparon fueron asesinados, pero nunca fue capturado. Causó el caos tanto en el mundo mágico como en el mundo muggle durante más de un siglo, y finalmente fue reconocido como el vampiro más sanguinario que haya pasado por Europa, y por el resto del mundo.

Fue hasta los inicios del siglo XX que dejaron de detectarse sus actividades, y Sieglieg Von Einzbern desapareció del mapa. Hasta ese momento.

El legendario monstruo asesino estaba de pie frente a ella, y aunque ya lo había sospechado, no había sentido el verdadero terror que debería hasta que él mismo confesó su identidad. De pronto, Emma percibió las lágrimas que caían de sus ojos, lágrimas provocadas por el inmenso dolor que estaba sintiendo en ese momento. Toda la imagen que tenía del joven profesor se había destruido. No era el hombre que ella había conocido durante ese tiempo. Era un vampiro de más de doscientos años. Sin perder un segundo, aunque sabiendo que ya la habían visto, se secó las lágrimas para ocultar su dolor.

- Pero… usted mismo me demostró que… - intentó decir la adolescente, pero la angustia le ganó y le bloqueó la voz.

- Lo sé, y de verdad lo siento, señorita Dujovne. - se disculpó el profesor. - Pero la verdad es la verdad, soy un vampiro. Uno bastante peculiar.

La chica de cabello color miel miró en derredor. Sus padres la miraban con ojos apenados. Se sentía tan tonta. Les había escrito varias cartas, contándoles acerca del maravilloso, apuesto y encantador profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Ellos sabían perfectamente los sentimientos de su hija… y también sabían lo que él era realmente.

- ¿Ustedes lo sabían? - preguntó Emma, comenzando a enojarse. ¿Cómo habían permitido que ella…?

- Ellos se enteraron ayer. - habló la directora. La Audiencia que había sido realizada seguía siendo un secreto, y necesitaba mantenerlo así. Emma se volteó hacia la profesora.

- ¿Cómo es que han estado ocultando algo como esto? - exigió la joven, antes de mirar a Sieghart, casi con odio. - Él ha cometido actos atroces a los largo de los años. Los libros dicen que se ha comprobado que él es el culpable del asesinato de cientos de magos y miles de muggles.

EL profesor cerró los ojos, tensando la mandíbula. Si Emma no hubiera estado tan triste y enojada, habría podido ver el dolor y arrepentimiento en esa expresión.

- Estamos al tanto de eso, señorita. - dijo la Directora. Sieghart recobró la compostura. - Son órdenes del Ministro. Nadie, además de la gente autorizada, puede enterarse de la condición del profesor Liedger. Que usted lo sepa es una situación extremadamente complicada para todos.

- Esto solo sucedió por mi culpa. - dijo el profesor Liedger, atrayendo la atención de todos. - Nadie más es responsable.

Emma analizó su expresión. Ya estaba algo recuperada de la impresión tras la confesión. Sus palabras le sonaron sinceras, y las habría creído si no fuera por todo lo que había averiguado acerca de ese vampiro.

- Aún tengo que explicarle algunas cosas. ¿Cómo puedo pararme bajo el sol sin estallar en llamas? - recordó el profesor. - ¿Cómo es que hago magia?

La chica tenía que admitir que sentía curiosidad. También se preguntaba las razones por las que el mismo Ministro de Magia le permitiría a un asesino como Sieglieg Von Einzbern estar enseñando en Hogwarts. Incluso aunque la misma directora del colegio estaba confirmando lo que el "joven" estaba diciendo, debido a sus sentimientos por él, una pizca de duda estaba comenzando a crecer en ella, al igual que una pequeña esperanza de que todo eso fuera una broma o un sueño.

- Muy bien. - asintió Emma. - Pero primero me gustaría que me probara que es cierto.

Sieghart pareció extrañado ante la petición. No era normal que la gente fingiera ser un vampiro, por lo menos en el mundo mágico, por lo que nadie mentiría acerca de ser una de esas criaturas.

- ¿No me cree? - preguntó el profesor.

- Ha estado fingiendo ser un humano por todo este tiempo, y cuando lo descubrí intentó convencerme de lo contrario. - recordó Emma. - ¿Usted me creería si estuviera en mi lugar y yo en el suyo?

La franqueza de la respuesta no pudo más que sacarle una risa al vampiro.

- No, supongo que no. - dijo, sonriendo. La chica sintió que sus rodillas se debilitaban. Incluso aunque supiera lo que él era, aún sentía un ligero enamoramiento por él, o por lo menos por su apariencia. El profesor dio un suspiro y, antes de que Emma se diera cuenta, sus colmillos crecieron mientras retiraba sus labios hacia atrás. La chica jadeó, alejándose unos cuantos pasos. Era una visión que atemorizaba ligeramente, pero no era lo que esperaba del vampiro conocido como el más sanguinario de toda Europa. Analizando bien el rostro del extranjero, se dio cuenta que no había malicia alguna en su expresión. De hecho, lo único diferente en la cara que ella adoraba eran los grandes colmillos que sobresalían por debajo de los labios. Unos cuantos segundos después, los filosos y puntiagudos dientes se retrajeron, volviendo a un tamaño completamente natural para una persona y dejando nuevamente una sonrisa perfecta. - ¿Y bien?

- De acuerdo, le creo. - dijo Emma, sin mucho ánimo, pero recordando algo de pronto. - ¿Lo que estaba en la copa era…?

- No, claro que no. No he bebido sangre humana desde… hace varios años. - respondió Sieghart. - Lo que bebió era sangre de cerdo, se puede comprar en cualquier carnicería.

Emma tragó saliva, asqueada. Al menos no había sido humana.

- Menos mal. Muy bien, ¿cómo es que puede estar bajo el sol sin que le pase nada? - preguntó la chica. El profesor sonrió, antes de llevarse las manos al pecho. Para sorpresa de la joven, sacó de debajo de su camisa un extraño medallón que llevaba colgado al cuello. Era un gran círculo de metal con extraños diseños grabados alrededor de una joya roja incrustada en él. Un rubí. Emma no reconocía las extrañas escrituras, pero estuvo segura de que el medallón estaba hecho de oro blanco.

- Esta joya es especial. Está hechizada y absorbe los rayos solares. - explicó el extranjero. Emma asintió, entendiendo la idea. - Quien sea que utilice esta joya, no tendrá que preocuparse por las quemadas solares y ese tipo de cosas. Es un escudo completo contra los rayos UV.

- ¿De adónde salió esa joya? - preguntó Edik.

- Me la dio una amiga hace mucho tiempo. Pero solo era un amuleto en ese entonces. - respondió Sieghart, mirando al hombre. - Yo mismo hice el encantamiento qua la transformó en lo que es.

Luego, Sieghart dejó el medallón sobre el escritorio de McGonagall y se acercó a una de las ventanas, desde donde los rayos del sol se colaban al interior del despacho. Con mucho cuidado, el profesor Liedger extendió la mano hacia la luz, dejando que el sol le bañara los dedos. Emma alzó las cejas al ver el humo que emanaba de la piel blanca del profesor, al igual que el sonido de carne chamuscándose. Luego de unos segundos, Sieghart retiró la mano, agitándola para calmar la quemazón. El olor a carne carbonizada se extendió en el interior del estudio, forzando a los presentes a agitas sus manos frente a sus narices.

- Oh, lo siento. - se disculpó el vampiro, sacando su varita y agitándola. El desagradable aroma desapareció. Luego, Sieghart volvió a coger su medallón y se pasó la cadena de oro blanco por sobre la cabeza, ocultando la joya debajo de su camisa. Olvidando lo que él era, Emma se acercó, sorprendiendo al vampiro y a todos los presentes, y examinó la mano herida de cerca. La piel de los dedos estaba llena de ampollas, con segmentos recogidos y ennegrecidos. Se veía muy doloroso. Para sorpresa de la chica, en frente de sus ojos, las lesiones sanaron en pocos segundos, dejando la palma tersa y perfecta como antes. Fue ahí cuando Emma comprendió la rápida recuperación de la quemada que había sufrido en su brazo.

Recordando la situación en la que estaban, la chica retrocedió rápidamente, poniendo una distancia segura entre ella y el vampiro.

- Ya entiendo. ¿Y cómo es que puede hacer magia? - preguntó la chica, fingiendo que nada había pasado. Sieghart suspiró, eso era lo más complicado de explicar. No esperaba que la joven le creyera a la primera, pero esperaba que confiara en su palabra, no quería tener que utilizar el Pensadero para mostrarle sus recuerdos y demostrarle que era verdad.

- Bueno, para resumir el asunto debo explicarle algunas cosas. Usted me contó que averiguó acerca de los vampiros. Hay un punto en particular que tiene que ver con su pregunta. Algo que sucede durante la transformación. - dijo el vampiro. - Al momento de morir, el alma abandona el cuerpo, pero luego la sangre del vampiro en el sistema de la víctima lo revive. En el fondo, es como si se tratara de una vasija vacía. Y es precisamente la falta de alma la que le impide al vampiro que antes era un mago el seguir realizando magia.

Emma juntó las cejas.

- Pero… si usted hace magia… eso significa que…

- Tengo alma. - confirmó el vampiro. La chica de cabello color miel alzó las cejas. Eso si que era difícil de creer. Una vez que el alma viajaba al otro mundo, no había forma conocida de hacerla volver al mundo de los vivos.

- ¿Cómo…? - decidió preguntar, para comenzar a llenar los vacíos. Sieghart volvió a suspirar.

- Sucedió en 1902… - comenzó a explicar, con Emma y sus padres escuchando atentamente.

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Emma volvió a la Sala Común de Gryffindor, que estaba vacía. Era la hora de almuerzo, y los estudiantes seguramente estaban en el Gran Comedor. Ella, por su parte, no tenía hambre. Sus padres ya habían regresado al Ministerio, y el profesor Liedger se dirigió hacia su despacho, tampoco le apetecía comer, nada sólido al menos.

Sus explicaciones seguían haciendo eco en su mente. Tenía razón, él era un vampiro muy peculiar. Tenía alma, podía hacer magia, no le temía al sol, no bebía sangre humana. Todo lo que le había relatado la había dejado exhausta. No sabía si podía creer todo lo que había dicho. ¿Cómo era posible que un vampiro hubiera recuperado su alma? El profesor Liedger le había hablado acerca del incidente que le había devuelto esa parte de él, regresándole la capacidad de sentir remordimiento y la habilidad de hacer magia con una varita. Realmente era difícil de creer, y al principio no lo había comprado para nada, hasta que el retrato de Dumbledore lo había confirmado. La pintura del antiguo director de Hogwarts había decidido participar en la conversación, ya que, al parecer, había conocido a Sieghart en los 70's, y había utilizado Legeremancia para comprobar los rumores acerca del vampiro con alma. En esos años, Sieghart Liedger estaba detrás de Voldemort, al igual que todos los magos buenos del mundo.

Emma, y sus padres también, se habían impresionado por completo al enterarse de que el vampiro se había enfrentado con el mago tenebroso en dos ocasiones. Batallas que habían terminado con Voldemort retirándose. Eso demostraba lo capacitado que estaba el vampiro para ser Auror.

Finalmente, le habían solicitado que mantuviera el secreto acerca de su condición. No había sido una orden, fue el mismo profesor Liedger quien se lo había pedido de favor. La chica de cabello color miel había tenido que pensarlo uno minutos. ¿Podría hacer eso? ¿Mantener en secreto la presencia en Hogwarts del vampiro más cruel que haya existido? ¿Qué pasaba si de pronto él volvía a ser el monstruo que había aterrorizado al mundo mágico por casi dos siglos? Él era Sieglieg Von Einzbern, después de todo.

Emma suspiró antes de que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro. No, él no era ese monstruo. Lo había sido, pero ya no más. Ahora era alguien, casi una persona. Mientras escuchaba las palabras de Dumbledore, la directora y de sus padres, palabras acerca de todo lo que el "joven" extranjero había hecho por el bien desde que su alma había sido restaurada, acciones realizadas en busca del perdón, de la redención por todas las atrocidades que había cometido en esa época oscura de su existencia, la imagen que tenía de él antes de saber la verdad había vuelto a formarse. Incluso aunque quería, no podía seguir enojada con él, menos pensando en todo el sufrimiento que debía haber pasado tras recuperar su alma, atormentado por todos los sentimientos de culpa tras haber cometido esas horrorosas acciones.

No había podido negarse, había aceptado proteger su secreto, pero con una condición. Pensando en la seguridad de sus amigos y de todas las personas en Hogwarts, le había dicho al profesor Liedger que guardaría su secreto con la condición de que él le enseñara a combatir con vampiros. La petición había alterado tanto a sus padres como a la directora, quienes alegaban que era magia muy avanzada para alguien de su edad, que no debía preocuparse por él, que Sieghart nunca haría nada en contra de ningún estudiante o profesor. El único quien no había sobre reaccionado había sido el vampiro, quien parecía mirarla con curiosidad. Al final, el profesor extranjero había sonreído, mostrando el orgullo que sentía por la precavida joven, y finalmente había aceptado enseñarle.

Emma había tenido que convencer a sus padres para que le permitieran hacerlo, diciéndoles que si quería convertirse en Auror, tendría que aprender todo eso tarde o temprano. ¿Y quién mejor para enseñarle a combatir vampiros que uno de ellos? No habían podido discutir tal lógica.

Luego se habían despedido del matrimonio y el profesor y la alumna habían salido del estudio de la directora. El vampiro le había dicho que comenzarían el entrenamiento tan pronto como ordenara algunas cosas, y que le avisaría lo que harían y cuando en cuanto tuviera todo listo. Después se había ido a su despacho, y Emma se había dirigido a la Torre de Gryffindor.

Había sido un día de largas explicaciones, estaba agotada. Se dirigió a los dormitorios y se recostó en su cama, y sin darse cuenta, se quedó dormida.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Dom Oct 30, 2011 6:13 pm

XVII. Exterminación

En el despacho del profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Sieghart Liedger se paseaba de un lado a otro. Cualquiera que lo viera diría que estaba nervioso o preocupado por algo, pero no. Muy por el contrario, en vez de estar nervioso, estaba emocionado.

La señorita Dujovne se había tomado el asunto de su naturaleza vampírica bastante bien. Lo había escuchado mientras relataba parte de su historia con suma atención, sin interrumpir ni hacer preguntas adicionales. Justo como si supiera que estaba limitado a contestar lo que le había ofrecido en un principio. Claro que si no hubiera sido por la interferencia del retrato de Dumbledore, probablemente hubiera tenido que demostrarle algunas cosas mostrándole sus recuerdos, lo que quería evitar a toda costa. Había cosas muy… oscuras en su mente como para que las viera una estudiante, y menos una cuya confianza necesitaba ganarse sin importar qué. Y luego, cuando le había solicitado que guardara el secreto, la adolescente había aceptado con la condición de que se le enseñara a enfrentarse a los vampiros.

Sieghart había estado algo reacio al principio, aunque no podía ocultar el orgullo que sentía por su estudiante. Sabía que había pedido eso porque le preocupaba que la seguridad del alumnado fuera amenazada por él. Esa actitud protectora, y el hecho de que Mikhaila pudiera encontrarse rondando el colegio, lo habían impulsado a aceptar su condición. Iba a enseñarle a combatir vampiros.

Y eso lo dejaba en su despacho en ese momento, planeando alguna forma de enseñarle fuera del horario de clases, para que ningún otro estudiante se enterara. Quería mantener la enseñanza acerca de los vampiros al mínimo, incluso aunque estaba incluida en el programa de clases de los de séptimo, ya que conocía a ciertos estudiantes a los que les gustaba profundizar todo lo que él y los otros profesores les enseñaban, lo que podría descubrir su relación con el mundo de los vampiros. Ni siquiera planeaba poner a esas criaturas en las pruebas o los exámenes.

Ciertamente, la chica de cabello de color miel lo había impresionado. No solo con su apariencia, desde que la había visto con el cabello ondulado, la había analizado de cerca. Era una chica hermosa, más que muchas de las que había conocido en su larga existencia. Aún se mantenía firme en su opinión, su estilo natural le quedaba aún mejor, pero había sido el estilo ondeado el que había llamado su atención, dadas sus preferencias, y lo que había hecho que la observara de cerca. Ahora que la había visto con ojos diferentes a los de un profesor, con ojos de hombre, estaba pensando en replantearse sus preferencias.

Agitó la cabeza, había vuelto a hacerlo. No podía pensar de esa forma de ninguna chica que fuera estudiante, él era un profesor. Mejor volvía a concentrarse en encontrar un lugar para entrenar a la señorita Dujovne. Podría hacerlo en su salón anexo, pero el ruido podía atraer a los curiosos, y si alguien los sorprendía juntos a esa hora de la noche se vería sospechoso. No tanto si era algún profesor, ¿pero y si lo hacía uno de los prefectos? Claro, podría simplemente ordenarle que se olvidara de lo que vio, que era solo una sesión de práctica y todo eso, pero eso conllevaría la posible propagación de rumores, buenos y malos.

No, definitivamente no podría hacerse en el interior del castillo. Pero tampoco podían entrenar en el exterior, y el viaje de capacitación había sido negado. Realmente se encontraba en una situación ahí. Su despacho no era lo suficientemente amplio como para proporcionarle un espacio decente como para practicar. ¿El Bosque Prohibido? Ni pensarlo. Incluso con él ahí con ella, era una estupidez llevarla a ese lugar. Ciara estaba ahí, y sin duda se aparecería si detectaba que él andaba por esos lugares, y conociendo a la Veela, haría lo imposible por agredirla de alguna forma. Y si a eso le agregaba la posibilidad de que su antigua compañera de andanzas estuviera en los terrenos del Hogwarts… bueno, no era una imagen bonita.

Sieghart suspiró, no sabía que hacer. Se llevó los dedos a los párpados. Tenía que pensar en algo. No podía simplemente ser imposible. Incluso él encontró una forma de practicar cuando era un estudiante en…

Sieghart juntó las cejas. ¿La Sala de Menesteres? Según le habían contado Harry Potter y sus amigos, ahí fue donde el chico de Slytherin había invocado al fuego demoníaco durante la Segunda Guerra y fue consumido por él. Luego, la puerta de la sala se había cerrado cuando lograron escapar, y nadie había intentado invocar la entrada a ese lugar desde entonces. Hablando desde la teoría, esa habitación debería seguir existiendo. El Fiendfyre probablemente ya había consumido todo en su interior, y se había multiplicado decenas de veces, pero era imposible que destruyera una dimensión completa, ni el fuego demoníaco era tan poderoso.

¿Quizás debería ir a revisar? Sin duda alguna, si la Sala Multipropósito aún aparecía ante quien la invocara, el Fiendfyre estaría en su interior, siendo más agresivo e intenso que nunca tras haber consumido todo lo que había en el interior del gran salón oculto. ¿Qué tenía que perder? Era mejor salir de la duda de inmediato, ya que si esa idea no funcionaba, tendría que seguir buscando otro lugar para practicar con Emma.

Decidiéndose a hacerlo, salió de su despacho y se dirigió hacia el pasillo del séptimo piso en la que se encontraba el muro en el que se manifestaba la puerta de entrada a la Sala de Menesteres. Se encaminó a través de los pasillos hacia las escaleras más cercanas, saludando y deteniéndose brevemente a los estudiantes que se encontraba.

- Profesor Liedger. - lo llamó un estudiante cuando estaba ya llegando al muro en cuestión. El extranjero se volteó y sonrió.

- Buenas tardes, señor Longbottom. - saludó el profesor. El joven sonrió y lo saludó también.

- Buenas tardes. - dijo el joven. - Profesor, me estaba preguntando. La próxima prueba viene pronto y me gustaría practicar el Fiendlocked, aún tengo el presentimiento de que puedo mejorar. ¿Cree que pueda ayudarme?

El profesor Liedger sonrió.

- Por supuesto que puedes mejorar. - concedió. - Claro que te ayudaré. ¿Tienes tiempo hoy en la tarde?

Neville asintió, sonriendo.

- Bien, ve a mi salón de clases a las siete y tendremos una sesión de práctica. - indicó Sieghart.

Neville le agradeció y se retiró estaba emocionado por esas prácticas, así podría lucirse frente a… ¡Diablos! Había olvidado preguntarle si Hannah Habbott podía unirse a ellos. El adolescente se detuvo en el acto y se volteó, retrocediendo sobre sus pasos para alcanzar al profesor Liedger nuevamente. Cuando volteó en la esquina para ingresar en el pasillo donde lo había dejado, se detuvo en seco ante lo que vio. El joven extranjero estaba de pie frente a una gran puerta de madera, una puerta que él conocía muy bien. Vio como el profesor abría la puerta y entraba en la Sala Multipropósito, cerrando detrás de él. La puerta se desvaneció, dejando al adolescente completamente paralizado.

Harry le había contado lo que había sucedido en esa sala… el profesor Liedger podía estar en peligro. Tenía que ayudarlo. Pero, esa sala debía ser una trampa mortal ya, repleta de seres constituidos por llamas demoníacas. No podía ayudarlo solo. Neville se volteó y comenzó a correr, buscando a alguien que pudiera ayudarlo. ¿Cuál era el lugar más cercano para encontrar a alguien que pudiera ayudarlo? La Sala Común de Gryffindor, Harry Ron, Hermione y los demás seguramente estarían allí, y ellos dominaban el Fiendlocked también. Sin perder tiempo, corrió a toda velocidad hacia la Torre de Gryffindor.

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Harry estaba en la Sala Común, reposando después de haber almorzado y planeando lo que iba a hacer en la tarde junto a sus amigos. Habían pensado en hacerle una visita a Hagrid, tal vez acompañarlo a ver a su hermano Grawp, a quien no veían desde la batalla, y estaban a punto de dirigirse hacia la casa del semi-gigante cuando alguien entró corriendo en la sala. El grupo de amigos dirigió su vista hacia Neville, quien acababa de entrar a través del pasadizo. Se le veía agitado y sudoroso, como si acabara de correr a toda prisa. El joven los localizó con los ojos y se dirigió hacia ellos a toda velocidad.

- ¡Harry! ¡El profesor Liedger…! - Neville estaba jadeando, por lo que era difícil entenderlo. Todos los presentes se habían girado en su dirección, sobre todo luego de que mencionó al profesor extranjero. - ¡Él… la Sala…!

Pasaron unos segundos intentando calmarlo lo suficiente para que pudiera explicarse.

- ¿Qué está pasando? - preguntó una chica, desde las escaleras que conducían a las habitaciones. El grupo se volteó hacia Emma, quien bajaba, arreglándose el cabello. Había escuchado todo el alboroto y se había despertado, bajando de inmediato para ver si no había problemas.

- Neville está intentando decirnos algo acerca del profesor Liedger. - informó Ginny. Emma observó Neville, quien estaba agitado y sudoroso, e intentando decirles algo acerca del profesor Liedger, y el corazón le dio un vuelco al imaginarse lo peor. De hecho, en ese corto segundo, se imaginó una serie de eventos que merecieran ese comportamiento por parte del adolescente, pero no supo cual era peor. Dos de ellos destacaban entre todos, el primero, en el que Neville había descubierto la verdad acerca del profesor, y el segundo, en el que el profesor había caído frente a sus instintos vampíricos y había atacado a alguien.

- Cálmate, Neville. Respira. - le indicó Hermione. - ¿Qué sucedió?

- El profesor… Liedger entró… en la Sala… - comenzó Neville. - En la… Sala de Menesteres…

Harry, Ron y Hermione abrieron los ojos de par en par. Jamás se les habría ocurrido que esa Sala aún pudiera invocarse. De hecho, jamás habían intentado volver a hacerlo desde que habían salido de ella durante la Segunda Guerra.

- Pero… eso es imposible… - dijo Ron, sin creerlo.

- Vimos como el fuego de Crabbe se extendía en el interior de la Sala, consumiendo todo lo que había. - recordó Harry.

- ¡El fuego debe seguir allá adentro! - dijo Hermione, poniéndose de pie. - ¡A estas alturas, ya debe haberse multiplicado más de veinte veces!

Sabían que el joven extranjero tenía de su lado el Sphaera Inferos pero, ¿le sería útil contra más de veinte fuegos demoníacos? Sin mencionar que dichos demonios debían estar fortalecidos luego de haber consumido todo lo que había en el interior de la sala. Los demás se pusieron de pie y salieron de la Sala Común, Emma también los acompañó, algo más tranquila al averiguar cual era el motivo del barullo. Aún así, la preocupación hacía que la adrenalina fluyera por todo su cuerpo. Los vampiros eran vulnerables ante el fuego, era una de las cosas que podía matarlos.

Recorrieron el camino corriendo, olvidando la fatiga que les provocaba el haber almorzado hacía unos minutos, hasta que llegaron al muro que abría la entrada a la Habitación Desvanecente. Se quedaron de pie frente a la pared, pidiendo entrar al lugar en donde se encontraba el profesor Liedger, y retrocediendo en cuanto una puerta comenzaba a aparecer frente a ellos. Harry, quien iba al frente, se acercó a la puerta lentamente, con los demás pegados a su espalda. Antes de abrir, el joven con gafas registró los alrededores, comprobando que no había nadie más por ahí cerca que pudiera salir lastimado.

Harry tragó saliva, sacó su varita y sujetó las manillas de la gran puerta doble, abriéndola. El interior de la sala estaba totalmente oscuro, no se veía nada del interior. Nada de fuego, ninguna señal del profesor Liedger… nada. Uno a uno, fueron ingresando en la Sala de Menesteres, tampoco se sentía ninguna presencia maligna ni calor emitido por el fuego demoníaco, de hecho, estaba bastante fresco ahí adentro, y no se percibió nada en absoluto hasta que Neville y Ron entraron al final, y la puerta se cerró detrás de ellos. La transformación fue inmediata.

Una vez la conexión con el exterior estuvo cortada, todo cambió. La oscuridad, antes absoluta, fue iluminada rápidamente y la fresca atmósfera dio un giro de ciento ochenta grados, dejándolos sumidos en el interior de un infierno ardiente cien veces peor que el que Harry, Ron y Hermione experimentaron el año anterior. Las llamas estaban por todas partes, rodeándolos, y el hecho de que no las hubieran visto antes había sido por el puro hecho de que la misma Habitación Desvanecerte procuraba cerrar la vía de salida antes de hacer aparecer la sala, para que así el fuego no pudiera salir al exterior.

Las criaturas de fuego más cercanas los detectaron, lanzándose de inmediato hacia ellos. El grupo reaccionó de inmediato, haciendo un arco y apuntando hacia las criaturas infernales.

- ¡Fiendlocked! - gritaron Harry, Ron, Hermione y Emma, mientras que Ginny y Neville lanzaban chorros de agua para apagar el fuego que permanecía luego de haber sellado a los demonios. Los cuatro amigos notaron la diferencia entre esas criaturas y las que el profesor Liedger había invocado para sus prácticas en clases.

Las bestias flameantes que acababan de enfrentar estaban conformadas por pura maldad. La intención de Crabbe al invocarlas realmente había sido eliminarlos por completo, y esos sentimientos malvados habían fortalecido las llamas de la bestia original, lo que hacía que las que habían nacido de ésta fueran aún más poderosas. Nuevos monstruos ardientes se abalanzaron sobre ellos, y esta vez Ginny y Neville se adelantaron para apoyar a los demás, realizando el hechizo para sellar a los demonios y cambiando a los de invocación de agua para apagar el fuego que quedaba.

EL calor era tan intenso que, literalmente, les impedía respirar. Si intentaban inhalar demasiado, sus pulmones hervían, provocándoles dolores en el pecho que eran inimaginables.

- ¿¡Alguno ve al profesor!? - preguntó Ginny, lanzando un chorro de agua hacia unas lenguas de fuego exorcizado que se extendía sobre ellos.

- ¡Con suerte puedo ver el fuego que se acerca a nosotros! - dijo Ron. Los ojos les escocían debido al calor. El muro de fuego frente a ellos era tan denso, que no veían nada del otro lado.

Más de los monstruos intentaron ir contra ellos, agrupándose para atacar en equipo. Una bestia para cada estudiante. De todas formas, aunque fueran uno contra uno, pronto se verían sobrepasados por la intensidad de las llamas. Apenas podían respirar ya, mucho menos concentrarse en las flamas que los atacaban ferozmente. Y aún no había rastro alguno del profesor extranjero.

Fue cuando ya percibían que su derrota era inevitable, y que deberían salir de ese lugar ellos solos para sobrevivir, que vieron una silueta oscura desplazándose rápidamente entre las llamas.

- ¡Ahí! - apuntó Hermione. El grupo enfocó sus ojos en un punto a su derecha, donde el profesor extranjero aterrizó, siendo seguido de lejos por varias lenguas de fuego. Sieghart Liedger tenía su varita en la mano, y la agitó fuertemente hacia las llamas. Una esfera negra del tamaño de una pelota de playa inflable voló en contra del fuego, absorbiendo las llamas y provocando rugidos desesperados de las bestias afectadas por el poder del hechizo.

- ¡Profesor! - llamó Harry, haciendo que el vampiro los mirara. Con todo el caos, no se había percatado de su presencia. Fue una suerte que escuchara su llamado sobre todos los rugidos de las bestias ardientes. El rostro del extranjero cambió de inmediato, pasando de una expresión seria y concentrada, con dejos de emoción, a una alarmada a más no poder.

- ¿¡Qué hacen aquí!? - preguntó el profesor. Su esfera negra aún estaba absorbiendo el fuego en el centro del mar de llamas, por lo que las bestias estaban algo atareadas para no dejarse vencer.

- ¿¡Qué parece!? - preguntó Ron, alterado. - ¡Evitando que una manada de monstruos flameantes lo consuma hasta hacerlo cenizas!

Sieghart alzó las cejas, ellos habían ido a ayudarlo. No pudo evitar sentirse alcanzado por el acto de los adolescentes. La esfera desapareció en ese momento, y aún faltaban varios monstruos por eliminar, que aprovecharon ese pequeño momento de distracción para rodear a los jóvenes, impidiendo que el profesor pudiera volver a utilizar el Sphaera Inferos. El vampiro gruñó, no pensaba que se hubieran vuelto tan inteligentes en tan poco tiempo. Vio como los estudiantes hacían todo lo que podían para repeler a las criaturas demoníacas que se les acercaban, pero estaban agotados. Incluso lego de años de entrenamiento, enfrentarse a esa cantidad de Fiendfyres resultaba fatal en la mayoría de los casos. Tenía que terminar eso antes de que alguno de ellos resultara lastimado.

- ¡Al suelo! - ordenó, gritando a toda voz. Los estudiantes, por raro que pareciera en esa situación, obedecieron. Allí él era el experto. Harry y los demás se lanzaron al piso rápidamente al tiempo en que el joven extranjero agitaba su varita hacia arriba. Harry, quien estaba mirando el piso de piedra, divisó la gran sombra redonda que se proyectó sobre la suya propia antes de que una fuerza descomunal comenzara halarlo hacia arriba. Siguiendo sus instintos, utilizó toda su fuerza para intentar mantenerse pegado al suelo, sabiendo que encontraría su final si abandonaba esa posición. Con cuidado, registró como lo estaban haciendo los demás. Ron y Neville, más robustos que él, parecían estar manteniéndose bien. Hermione estaba bajo uno de los brazos del pelirrojo, y éste la mantenía contra el suelo con todas sus fuerzas. Harry se arrastró como pudo e hizo lo mismo con Ginny. La única que parecía tener problemas auténticos era Emma, quien además de ser la más pequeña de las chicas, no tenía a nadie cerca para ayudarle a mantenerse abajo.

Pronto, la fuerza que los halaba logró separarla del piso. Harry, al igual que los demás, intentó alcanzarla y sujetarla, pero ninguno lo consiguió. Solo pudieron seguir la figura de la chica mientras ésta ascendía hacia el objeto más impresionante que habían visto. Una enorme esfera negra se expandía sobre ellos, atrayendo las llamas y a la adolescente hacia su interior. Sin embargo, antes de que la chica tocara el enorme abismo redondo, el profesor Liedger apareció sobre ella y agitó su varita.

Harry sintió como si un gigante lo estuviera aplastando con un pie. La gravedad parecía haber aumentado al triple, pegándolo al piso de piedra dolorosamente. Haciendo uso de toda su fuerza, Harry volteó la cabeza y vio como Emma aterrizaba con bastante suavidad y de pecho contra el piso, con el profesor Liedger pegado a su espalda. Escucharon que la piedra se fracturaba en varios puntos de la sala, pero ninguno se aventuró a investigar. Estaban inmersos en soportar las dos fuerzas que estaban siendo aplicadas sobre ellos. La que halaba hacia arriba, y la que los empujaba hacia abajo. Pronto, todos los rugidos dejaron de escucharse y el calor que los rodeaba desapareció, y, segundos después, las dos fuerzas se desvanecieron también, dejando al grupo tendido sobre la tibia piedra.

Los jadeos generales de los adolescentes cortaban el silencio reinante. Emma podía sentir el peso del vampiro sobre ella, aprisionándola contra el piso. Habría pensado más en lo excitante que era sentirlo así si no hubiera estado a punto de morir. La gran esfera negra, que tenía un diámetro que iba casi de pared a pared, había estado a punto de absorberla a ella junto con las llamas, hasta que el profesor había aparecido sobre ella y había utilizado el Reverso Ascendio para empujarlos a todos hacia abajo. Gracias a que las dos fuerzas eran contrarias, su descenso había sido bastante suave, y el profesor Liedger no había dejado que su peso cayera totalmente sobre ella para no aplastarla, hasta que la esfera había desaparecido. Ahora estaba algo más apoyado sobre ella, y la chica se sonrojó sin darse cuenta.

Ciertamente, todos recordarían esa "exterminación" por el resto de sus vidas, sobre todo la chica de cabello color miel, quien tenía al profesor más popular, guapo, fuerte y encantador, y ahora también era su salvador, sobre ella.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Jue Nov 03, 2011 9:42 pm

XVIII. Después del peligro

Emma se mordió el labio inferior, acallando el gemido que amenazaba con escapar de su garganta. El masculino aroma del hombre que tenía sobre ella la estaba embriagando, interfiriendo con sus sentidos y desorientándola. Sabía que ese sensacional aroma no era ninguna loción o perfume, era su propia esencia. Su olor propio. No cabía duda de porqué Sieglieg Von Einzbern había sido considerado como un depredador peligroso (cuando mataba para alimentarse y no por diversión), ¿y es que qué mujer podría resistirse a él? Su cuerpo, su rostro, su mirada, su voz, su sonrisa… y ahora incluso su aroma, todo era un imán para atraer mujeres y, supuso que también podría pasar, hombres. Volvió a recordarse lo que él era, o lo que había sido, en realidad. Un sanguinario vampiro, famoso por su crueldad y violencia. También recordó lo que le había dicho en el estudio de la directora McGonagall… y también como acababa de salvarla, de salvarlos a todos. Quizás fuera la posición en la que se encontraba, apresada bajo el cuerpo más ardiente que hubiera visto, pero se dijo a si misma que le creía. Él tenía un alma. Y aunque fuera difícil de creer, ella la había visto en sus ojos. En esos hermosos ojos grisáceos. Y también podía sentirla ahora que lo tenía apegado a ella.

Sintió sus fuertes músculos contra su espalda, contrayéndose mientras el extranjero se levantaba, apartándose de ella. Se sintió decepcionada, no pudo evitarlo, y lanzó un silencioso suspiro. Le habría gustado quedarse así un poco más. Se sonrojó con su propio pensamiento.

- ¿Se encuentran bien? - preguntó el profesor. Emma pudo volver a moverse, mirando en todas direcciones para comprobar que sus amigos estaban bien. Todos estaban sanos y salvos. La chica de cabello color miel se acomodó, sentándose sobre sus piernas. Un jadeo escapó de su boca.

Los rostros de los otros estudiantes estaban tan perplejos como el de ella. Todos miraban en derredor, registrando el desastre que había quedado en la sala. Enormes trozos de pared, techo y piso habían desaparecido, arrancados por el gran poder de absorción de la esfera negra gigante, y dejando inmensos cráteres en la estructura de piedra. Emma se concentró en la mano que apareció frente a su rostro. Sieghart Liedger le estaba ofreciendo ayuda para ponerse de pie. La chica alzó la mirada y se encontró con el rostro neutral del vampiro, y luego volvió a mirar la mano que le estaba ofreciendo, tomándola para ayudarse a levantarse.

La suya era tan pequeña en comparación, pero no dejó que esos pensamientos siguieran su curso. Simplemente dejó que el profesor la ayudara a ponerse de pie.

- Pregunté si están bien. - repitió el profesor, serio. Harry se puso de pie al mismo tiempo que los otros dos chicos, y después ayudó a Ginny a levantarse, lo mismo que hizo Ron con Hermione. Se registraron unos a otros, comprobando que estaban bien.

- Parece que todos estamos bien. - anunció Hermione. Sieghart asintió con seriedad.

- Bien. Ahora… - ninguno de los estudiantes estaba preparado para lo que sucedió. - ¿¡En qué demonios estaban pensando!? ¿¡Cómo se les ocurrió siquiera cometer la estupidez de venir aquí si sabían lo que podía estar pasando!?

Era la primera vez que lo veían tan exaltado, la primera vez que escuchaban como alzaba la voz de esa forma. Hasta el mismo Voldemort daba menos miedo que él cuando se enojaba.

- Profesor… - comenzó Harry, pero el profesor lo hizo callar con un gesto. Sieghart necesitó unos segundos para tranquilizarse, durante los cuales respiró profunda y pausadamente.

- Pudieron haber muerto… si hubiera sido cualquier otro, no yo… ustedes habrían muerto. - dijo el profesor, mirando al grupo de estudiantes. - ¿En qué estaban pensando?

Los adolescentes se mantuvieron en silencio por unos momentos.

- Vinimos a ayudarlo. - dijo Harry, finalmente. - No sabíamos si usted podría contra todo esto solo.

Los ojos verdes de Harry lo devolvieron al pasado por unos segundos, y todo el enojo que sentía se esfumó de inmediato. Ellos solo habían querido ayudarlo. El profesor extranjero suspiró.

- Lo siento, exageré. No debería haberles gritado. - se disculpó el vampiro. - Pero, ustedes sabían acerca del Sphaera Inferos, ¿por qué pensaron que podría tener problemas?

- Bueno… nosotros no sabíamos acerca de su… efecto a gran escala. - defendió Hermione. - Y por supuesto que sabíamos lo que estaba pasando aquí adentro.

- ¿Y aún así decidieron venir? - preguntó el profesor, con un dejo de sarcasmo. - Realmente creería que para estas alturas me tendrían algo más de fe.

Era cierto, pero incluso aunque les había mostrado un gran dominio sobre las técnicas defensivas en contra de las Artes Oscuras, no habían podido evitar preocuparse. Sobre todo cierta chica de cabello color miel.

- El fuego lo consume todo, no mira razas, ni edades ni habilidades. - habló Emma, mirando al profesor a los ojos. Ya se le hacía extraño al extranjero que ella se hubiera unido a ellos sabiendo lo que él era en realidad, pero fue gracias a sus palabras que comprendió la razón. Los vampiros eran débiles contra el fuego, al igual que los humanos, era algo que podía matarlos. En especial ese fuego maligno en particular. De hecho, esa debilidad natural frente a las llamas fue uno de los motivos que lo impulsó a crear un método para deshacerse de él rápidamente.

Fue así que creó al hechizo precursor del Sphaera Inferos, que era uno de los primeros pasos que tomar si es que quería enseñarle el hechizo a alguien. Lo que le recordó algo que no les había informado.

- Bueno, ya olvidemos todo esto. Debido a sus intenciones, me saltaré el quitarle puntos a Gryffindor. Y… gracias por preocuparse. - dijo Sieghart, sonriendo ligeramente. Tenía que admitir que estaba impresionado con sus acciones, sobre todo las de Emma; nadie se había preocupado a ese nivel por él jamás, y mucho menos después de descubrir su verdadera identidad. Ni siquiera Mikhaila, quien había sido su compañera por más de un siglo, se había mostrado así. En cuanto recuperó el alma y comenzó a ser atormentado por el arrepentimiento y la culpa, ella simplemente se había marchado, dejándolo solo con sus aterradores recuerdos. - Hay otra cosa de la que quería hablarles. El Ministerio me negó el permiso para realizar el viaje de capacitación.

La decepción se extendió a los largo de los rostros de los estudiantes.

- ¿Por qué? - preguntó Harry. Ahora que ya estaban algo menos alterados y confundidos, habían podido analizar lo que había pasado con más seriedad. El profesor Liedger había utilizado una versión del Sphaera Inferos mucho más poderosa que las que habían visto hasta ese entonces. Y ahora todos, excepto Neville, estaban más interesados que nunca en aprender dicho hechizo.

- Verán… hubo un asunto al que tuve a acudir en el Ministerio y el Ministro me lo informó ahí mismo. - explicó el profesor.

- ¿Se refiere a su Audiencia? - preguntó Ron. Sieghart lo miró, sorprendido.

- ¿Cómo sabe acerca de eso, señor Weasley? - preguntó el vampiro.

Los adolescentes le explicaron acerca del desliz que había tenido Hagrid cuando habían ido a preguntarle acerca de su ausencia durante el desayuno unos días antes. Sieghart no podía molestarse con el medio-gigante, era uno de los pocos amigos de verdad que tenía. Supuso que el ser mitad gigante lo hacía capaz de comprender su condición y la soledad que acarreaba.

- ¿De qué se trató dicha audiencia? - preguntó Hermione. El profesor extranjero sabía que se suponía que no debía decir nada al respecto, pero en ese momento se sentía bastante en deuda con la intención de los jóvenes de ayudarlo al pensar que estaba en peligro.

- Hubo una pequeña complicación con el incidente ocurrido en mi clase hace un tiempo. La noticia de las "lesiones" del señor Berthum se esparció en el interior del Ministerio y querían replantearse su decisión de ponerme en el cargo de profesor. - explicó el profesor. - Pero no se preocupen, no pasó a nada más grave. Fue solo que el hecho de haber sido citado bajo ciertos títulos utilizados en mi contra no le permitirían al Ministro concederme el permiso sin que la gente comenzara a cuestionar su capacidad para dirigir el Ministerio.

Sieghart se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.

- ¿No habrá ninguna otra manera de conseguir el permiso? - preguntó Ginny.

- No lo creo posible. - respondió el profesor, muy a su pesar. - De verdad lo siento, chicos. Pero simplemente no podrá ser.

No había nada que hacerle. Ninguno de los estudiantes estaba muy contento.

- Pero de todas formas podría enseñarnos aquí, ¿no? - preguntó Harry, esperanzado. La viva imagen de la enorme esfera oscura estaba viva en su mente, al igual que los efectos que había sentido.

- No, señor Potter. - respondió el profesor. - Ya experimentaron el poder del hechizo cuando se realiza con algo más de potencia. Imagínense lo que podría pasar si alguien inexperto utiliza demasiado poder.

Les indicó los enormes cráteres en el piso, techo y paredes.

- Los efectos y las consecuencias podrían ser cien veces peores, dependiendo del mago que utilice el hechizo. - prosiguió el extranjero. - La idea de irse de viaje no era solo para enseñarles, era también para proteger al resto de los habitantes del castillo. Lo siento, pero no les enseñaré el hechizo. Morirá conmigo cuando llegue el momento.

De los presentes, Emma fue la única que entendió sus palabras, y alzó una de sus cejas hacia el vampiro.

- De todas formas, ¿qué era lo que pretendía al venir aquí? - preguntó la chica. El profesor la miró unos segundos antes de responder.

- Bueno, desde que oí lo que había pasado en esta sala quise venir a ver las condiciones en las que estaba. Supuse que la sala debía seguir activa, ya que el Fiendfyre no podría destruir la dimensión en la que fue encerrada. - respondió Sieghart, y luego miró hacia arriba con una mirada nostálgica que hizo que todos lo adolescentes se preguntaran que sería lo que estaba recordando. - Esta sala es una parte muy importante de Hogwarts, forma parte de lo que es este colegio. Además de que es muy especial para mí, aquí era donde venía a practicar en secreto cuando era un niño.

La revelación los había sorprendido a todos.

- ¿Usted venía a practicar aquí? - preguntó Neville, como si no lo hubiera escuchado.

- Si. Al igual que ustedes, los miembros fundadores del Ejército de Dumbledore. - confirmó el profesor. - Descubrí la entrada a esta sala en mi segundo año en Hogwarts, y fueron los elfos domésticos los que me explicaron lo que era este lugar y como invocarlo.

Emma alzó las cejas, siendo la única que sabía la edad exacta del profesor. Aunque aparentaba estar cerca de los veinte, un poco más o un poco menos dependiendo de quien observara, Sieghart Liedger tenía 229 años de edad. Por lo que, según calculaba la chica, él había asistido a su segundo año en Hogwarts en 1782. Ahora que lo pensaba bien, no era raro que el profesor extranjero fuera tan diestro en el uso de la magia, ya que, considerando lo que sabía de él, tenía un período cercano a los 100 años de estar practicando la magia de los magos.

La chica pensó acerca de eso. Más de 200 años de vida, más del doble de lo que vivía la mayoría de la gente. Era algo atemorizante... y excitante. No pudo evitar preguntarse cuanta experiencia tendría en otros aspectos. Se sonrojó al plantearse la idea, por lo que desvió la mirada hasta que sintió que ya no le ardían las mejillas.

- En fin, será mejor que salgamos para que la sala pueda repararse. - indicó el extranjero, mirando alrededor. Frente a todos ellos, una puerta se manifestó. Sieghart fue el primero en ir hasta ella sujetando el pomo y haciéndolo girar para abrirla. Los adolescentes se encaminaron hacia la salida, descubriendo que el pasillo del castillo que ellos habían recorrido antes de entrar estaba en el exterior de la sala. El profesor Liedger se hizo a un lado para dejar que los estudiantes pasaran primero. Las chicas fueron las primeras en salir, seguidas por los chicos y, al final, el profesor extranjero, quien cerró la puerta detrás de él. Todo el grupo se quedó observando como la puerta se desvanecía, dejando un muro vacío frente a ellos. - Bien, no creo que sea necesaria esa sesión de práctica, ¿verdad, señor Longbottom?

Neville ahogó una risa antes de asentir. Ciertamente ya había practicado lo suficiente ya. Ya que el peligro había pasado, el flojo de adrenalina en sus venas se había detenido, lo que hacía que los estudiantes comenzaran a sentir los efectos del enfrentamiento con las llamas demoníacas. Se notaron cansados, con los músculos adoloridos y la presión baja. El Fiendlocked era un hechizo muy duro de realizar, como ellos ya sabían, pero haberlo hecho tantas veces en una sola sentada era demasiado. El profesor notó la palidez en los rostros de los adolescentes.

- Vengan, están comenzando a sufrir los efectos secundarios de todo lo que hicieron allá adentro. Los conduciré a su Sala Común. - dijo Sieghart, caminando entre ellos. Realmente se habían esforzado más allá de sus límites, temía que alguno se desmayara en su camino hacia la Torre de Gryffindor.

Harry fue el primero en trastabillar, pero el profesor lo sujetó firmemente por el hombro, ayudándolo a mantener el equilibrio. Por como lucían, destacaba a simple vista que los chicos habían realizado el hechizo más veces que las chicas, lo que los dejaba en un estado más vulnerable, tanto física como sicológicamente, sobre todo al pelinegro con gafas, quien sin duda había sido el más atrevido a la hora de lanzar el contrahechizo. Ginny ayudó a sostener a su novio justo a tiempo para que el joven extranjero atrapara a Neville, quien comenzaba a caer bajo su propio peso. Era completamente natural que estuvieran así. Era como si, de un solo golpe, todos ellos sufrieran de una anemia severa. Neville volvió a erguirse, y Sieghart, sin perder de vista a ninguno de los estudiantes, siguió junto a ellos.

Muchos otros alumnos los miraban mientras recorrían su camino. Mostraban expresiones curiosas, extrañadas y, varias de ellas, preocupadas. Ver al legendario Harry Potter en ese estado no debía ser muy agradable. Sieghart se volvió al sentir que una de las chicas resbalaba, y la sostuvo justo antes de que se golpeara contra el piso.

- ¡Emma! - Hermione se dirigió rápidamente hacia su amiga. Quizás demasiado rápido.

- Cuidado. - dijo el profesor, ayudando a Ron a sujetar a Hermione antes de que cayera también, sin soltar a Emma. El pelirrojo la ayudó a enderezarse, mientras el profesor guiaba a la joven de cabello color miel. - Realmente están peor de lo que pensé. Menos mal que no hay que subir escaleras.

- ¿No deberíamos ir a la enfermería? - preguntó Hermione.

- No es tan grave, solo necesitan algo de descanso. - aseguró el extranjero. - Además, creo que se verían bastante más afectados que favorecidos si este incidente llegara a conocerse por más personas. Probablemente les darían el castigo y la reducción de puntos que yo les perdoné, si es que no más.

Llegaron frente al retrato de la Dama Gorda sin más incidentes. Harry dijo la contraseña y la pintura les abrió el paso, permitiendo que todos entraran en la Sala Común. Los estudiantes que estaban en el interior voltearon para verlos salir del pasadizo, y algunos jadeos se produjeron al ver que el grupo de adolescentes iba acompañado por el profesor favorito de la mayoría. Muchos se acercaron para ver que era lo que había pasado, pero el profesor Liedger les pidió que se mantuvieran a distancia, ya que Harry y los demás necesitaban descansar. Emma notó las miradas que varias de las chicas le lanzaban, la mayoría transmitiendo sentimientos asesinos hacia ella. No le importó, estaba cómoda con el brazo del vampiro alrededor de sus hombros, mientras ella se sostenía de él con un brazo alrededor de su cintura. Sonrió ligeramente al recordar como lo había tenido sobre ella, y sin darse cuenta se sintió superior a las otras chicas que aspiraban a ganarse el corazón del apuesto y alto profesor extranjero. No solo eso, ella era la única de las estudiantes que sabía la verdad acerca de él.

Ese pensamiento la llevó a preguntarse cuantas de todas esas chicas seguirían con esa devoción hacia él si supieran la verdad. Si supieran todo lo que había hecho… pero a ella no le importaba. Después de enterarse de toda la verdad, había analizado la situación y decidido que él y Sieglieg Von Einzbern podían ser catalogadas como personas diferentes. Sieghart tenía un alma, sentimientos, y un corazón tan grande como su poder. Lo había comprobado incluso antes de saber acerca de su naturaleza. Ayudaba a cualquiera que lo necesitase, ya fuera estudiante o no. Más de una vez lo había visto ayudar a otros profesores con algunos problemas menores. Y además, acababa de salvarla a ella y a sus amigos.

Sieghart la condujo hacia uno de los grandes sofás en el centro de la sala, donde la ayudó a sentarse junto a las otras chicas del grupo. Luego, sacó su varita y la agitó, atrayendo tres sillones para los chicos.

- Bien, ahora… ¡Winky! - llamó el profesor. Con un crujido, la elfina doméstica apareció frente al vampiro.

- ¿Llamó, señor Liedger? - preguntó con su aguda voz. El profesor sonrió amablemente.

- Si. Gracias por venir tan rápido. - respondió el vampiro. - Verás, éstos chicos están algo debilitados y necesitan algo de comer. ¿Hay algo preparado en las cocinas?

La elfina miró al grupo de decaídos con sus grandes ojos, abriendo estos como platos a reconocerlos.

- ¡Por supuesto que si! ¡Les traeré algo en seguida! - aseguró Winky, El profesor la interrumpió antes de que pudiera desaparecer.

- Espera, Winky. ¿Podrías traer también unos vasos pequeños y una botella del "elixir especial" que hay en el pequeño gabinete en mi despacho? La que está abierta.

Winky asintió y desapareció, antes de que Sieghart se volteara para mirar a los chicos.

- Con algo de comer se sentirán mejor. - aseguró.

- ¿Qué es ese "elixir especial"? - preguntó Emma, desconfiada. Sieghart sonrió y le lanzó un guiño.

- Es una sorpresa. - dijo, divertido. A la chica se le pasó la desconfianza con eso, por supuesto que no traería "ese" elixir. Luego, el extranjero se dedicó a examinar la sala, mientras una sonrisa melancólica se formaba en su rostro. Encontró que todo estaba bastante cambiado desde la última vez que había estado ahí, cuando era un estudiante.

La decoración había sido completamente modificada. Si bien los colores predominantes seguían siendo el rojo y el dorado, muchas cosas más modernas que las que había en su época se había agregado. Los muebles, sin importar el toque de antaño que tuvieran, eran nuevos. También los libreros, las cortinas y los adornos. Ciertamente, había muy pocas cosas que él reconociera de su antigua vida en ese lugar. Muy pocos objetos y la estructura del lugar era lo único que permanecía igual.

- Si que ha cambiado. - dijo, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

- ¿En serio? - preguntó Hermione. Para ese grupo, todo seguía estando igual que cuando la primera vez que entraron ahí. Sieghart la miró, percatándose de que se había dejado llevar por la nostalgia.

- Si. Por ejemplo, ese reloj de ahí… - el profesor Liedger apuntó al reloj de pie junto a la entrada del pasadizo. - No estaba cuando yo asistía a Hogwarts. La decoración también es distinta.

El profesor se volteó hacia la esquina donde estaba el panel de los anuncios.

- Ahí solía haber un piano de cola que a mi me gustaba tocar de vez en cuando. - explicó.

- ¿Toca el piano? - preguntó Emma, sonriendo débilmente. Sieghart asintió.

- Mi padre nos enseñó a mis hermanos y a mí cuando cada uno de nosotros éramos muy pequeños. - respondió. Por supuesto que sabía tocar el piano. En la época en que vivió con sus padres el piano no contaba ni con cien años de existencia, y era el instrumento de moda en toda Europa. Siendo heredero de una familia aristocrática, era obvio que debía destacarse en el campo de la música. - También quería que aprendiera a tocar el violín y estaba buscando un maestro para que me enseñara cuando el director de Durmstrang llegó a mi casa.

Lo último lo dijo encogiéndose de hombros. Una serie de crujidos les alertó acerca de la presencia de los elfos domésticos. Había cinco, cuatro de ellos sostenía bandejas de plata con diversos tipos de alimento. Winky, quien iba al frente del grupo de sirvientes, tenía una botella de cristal en una mano y una bandeja con seis vasos pequeños.

- Aquí esta la comida, señor Liedger. - anunció la elfina.

- Gracias, chicos. - Sin perder tiempo, los elfos se dirigieron hacia los estudiantes debilitados y les ofrecieron la comida. Ninguno de ellos se sentía con ánimos de alimentarse. - Vamos, muchachos. Se sentirán mejor.

Lentamente, comenzaron a comer, descubriendo que el profesor tenía razón. Los mareos pasaban a medida que ingerían el alimento. Mientras ellos comían lentamente, el profesor le pidió la botella a Winky y comenzó a servir su contenido en los pequeños vasos que tenía sobre la bandeja. No cabía más que la cantidad suficiente para un pequeño sorbo, pero con eso bastaría. Una vez terminó de servir las bebidas, se acercó a los adolescentes junto a la elfina.

- Tengan, beban esto. - dijo, entregándole un vaso a cada uno. El líquido tenía un color caramelo y un olor a alcohol bastante fuerte, lo que hizo que los estudiantes miraran al profesor con cara de confusión. - Es Whisky Escocés, ayudará a subirles la presión un poco.

Los chicos bebieron los suyos de un solo trago, y Sieghart reprimió una sonrisa divertida al verlos hacer muecas ante la sensación ardiente en sus gargantas. Las chicas, algo más inseguras, esperaron a comer un poco más antes de beber los suyos, cerrando los ojos fuertemente hasta que la quemazón pasó. Era cierto, apenas pasaron unos minutos y el calor les regresó al cuerpo. Ya estaban bien como para ponerse de pie y caminar sin problemas, estarían perfectamente después de una buena noche de sueño.

- Gracias, Winky, chicos. - les dijo el profesor a los elfos. La elfina hizo una reverencia.

- Lo que sea por el señor Potter y sus amigos. - dijo, y luego ella y los demás sirvientes desaparecieron. No solo era por ser amigos de Harry Potter, Neville, Ginny y Emma habían sido de los pocos que intentaban impedir abusos en contra de los elfos domésticos del castillo cuando los mortífagos daban vueltas por Hogwarts.

- Muy bien, muchachos, los dejo descansar. - anunció el vampiro, volteándose para salir de la sala común. - Mañana deberían estar como nuevos. Nos vemos en el desayuno.

Justo antes de salir, se detuvo y regresó con el grupo, que ya comenzaba a ser rodeado por los estudiantes curiosos y deseosos por saber lo que había pasado.

- Por cierto, señorita Granger, ya tengo listo eso que le prometí. - dijo el extranjero, en voz baja para que los externos al grupo de amigos no lo escucharan. Hermione alzó las cejas y asintió, sonriendo. Sieghart le dio un guiño. - Se lo daré mañana después de clases. Nos vemos.

Dicho eso, Harry y los demás vieron como se marchaba, saliendo a través del pasadizo con vivas imágenes de su vida en el colegio regresando a su mente.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 12, 2011 9:46 pm

XIX. Recuerdos

Sieghart caminaba lentamente hacia su despacho luego de haber dejado a Harry y su grupo en la Sala Común de Gryffindor, recordando su infancia. Su niñez, o más bien su primera vida completa, había estado marcada siempre por sucesos fantásticos y maravilloso, que solo había podido confirmar como magia cuando cumplió los once años. Un hombre de apariencia severa y tenebrosa se había aparecido en la entrada de la propiedad Von Einzbern, diciendo que iba a ver al joven Sieglieg por un asunto oficial.

Sieglieg, como se llamaba en ese entonces, estaba en el patio trasero de la mansión junto a su hermana menor, Adalia, a quien entretenía en secreto haciendo que las flores cambiaran de color cuando lo llamaron los criados. Fue en el salón principal de su hogar donde se enteró de que era un mago. Su padre, un hombre muy religioso, intentó negar todos los acontecimientos extraños que lo rodeaban, pero sin importar lo que dijera, no podía cambiar lo que era su hijo menor. Fue todo un caos.

Para finales de los 1700s, la caza de brujas aún era bastante común en Europa, sobre todo por parte de los religiosos más fanáticos, como Siegrain Von Einzbern. El hombre le dio la espalda a su propio hijo, negándolo como tal, y comenzó a verlo como a un monstruo. Fue tanto el revuelo en la ciudad, que los Ministerios de Magia inglés y alemán se vieron actuando juntos para resolver ese caso. Se borraron las memorias de todos los habitantes de la ciudad, no sin antes obtener el dinero necesario para financiar los estudios de Sieglieg, y se transfirió a Sieglieg a Hogwarts para comenzar su educación mágica y nunca más tuviera contacto con su familia, para quienes él había muerto en un accidente.

Sieghart sonrió al recordar la primera vez que entró en el castillo.

217 años antes.

Por los cielos de Gran Bretaña, un centenar de carruajes volaba en dirección de un grupo de montañas. Sieglieg, un chico de cabello negro y delgado y unos vibrantes ojos grisáceos, ya había superado su emoción inicial de ir viajando en medio del aire y estaba sentado junto a una de las ventanillas, mirando las nubes que dejaban atrás a medida que se acercaban a los que sería su nuevo hogar, el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Había trabajado muy duro en perfeccionar su inglés, el cual ya manejaba un poco al momento de su traslado, y ahora lo hablaba con total fluidez, aunque el acento fuerte de su idioma materno aún seguía presente. Ya se iría desvaneciendo con los años.

Se metió la mano en la túnica y sacó su varita. Ébano y pluma de fénix, veintiséis centímetros, si no le había entendido mal al señor Ollivander. Muy buena para encantamientos. Aún encontraba increíble que pudiera hacer magia con un pedazo de madera que tenía una pluma en su interior, y no era que la hubiera necesitado antes para hacer cosas que sorprendían a los demás. La primera vez que había notado algo extraño fue a los siete años, mientras leía en el estudio junto a su hermano Siegfried, que era un año mayor que él. Ellos dos siempre estaban peleando y discutiendo, e incluso cuando estudiaban y debían estar en silencio, comenzaban a discutir por cualquier cosa sin importancia. En uno de esos encuentros, derramaron un frasco de tinta sobre uno de los libros de su padre, dejándolo inservible. Sieghart no había sabido que hacer, su padre iba a darles la paliza de su vida por eso.

El menor de los hermanos se había quedado paralizado por el miedo, cosa que su hermano aprovechó para salir corriendo del estudio e intentar echarle toda la culpa. El miedo se transformó en terror, los castigos de su padre eran mucho peores si sufría un arranque de ira. Logró salir de su estupor a tiempo para recoger el libro, pero no para cambiarlo por otro, ya que su padre entró en el estudio en ese momento.

Al final, su hermano Siegfried se había llevado el castigo, ya que cuando su padre había ido a revisar el libro que estaba en las manos de su hijo menor, no había encontrado mancha alguna. Nadie había estado tan sorprendido como Sieghart en ese momento.

El chico suspiró tristemente y guardó la varita en el interior de su túnica. Esos días ya habían terminado. Jamás volvería a ver a su familia, él estaba muerto para ellos. Sin importar que siempre lo vieran como a un extraño, su padre seguía siendo su padre y sus hermanos aún eran sus hermanos. Los amaba y los extrañaría por siempre, sobre todo a su hermanita, pero aún así, no podía evitar sentirse algo traicionado por ellos. Sus hermanos mayores, sobre todo los más grandes, se habían puesto del lado de su padre al negar su conexión sanguínea con él, y todo para intentar adueñarse de lo que le correspondía de la herencia de la fortuna Von Einzbern.

Sieglieg se volteó hacia el interior del carruaje en cuanto escuchó que le llamaban. Había otros cinco chicos en el interior del vehículo, y el que le había hablado era el que estaba sentado frente a él. Algo mayor que él, con el cabello castaño oscuro y ojos azules, estaba sentado junto a una chica de su edad, también de cabello castaño y ojos claros, seguramente era su hermana menor.

- ¿Disculpa? - preguntó Sieglieg. No había escuchado lo que le había dicho.

- Te pregunté que a cual de las cuatro casas te gustaría entrar. - repitió el joven. Sieglieg notó el emblema de Ravenclaw cosido en el pecho de su túnica. Había estado estudiando algo acerca del Hogwarts durante su estadía en el Callejón Diagon, y sabía acerca de las cuatro casas en las que eran sorteados los estudiantes nuevos. Fijándose bien, tres de los presentes tenían emblemas cosidos en sus túnicas. Un Ravenclaw y dos Slytherin. Los otros dos eran estudiantes nuevos como él.

- No lo sé. Cualquiera está bien, supongo. - respondió el alemán. Los demás notaron su acento.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó uno de los Slytherin, un chico de cabello negro y ojos oscuros.

- Sieglieg Von Einzbern. - respondió el extranjero, ofreciendo su mano. Estrechó las manos de todos los chicos y le besó el dorso de la mano a la chica a través del guante que llevaba. Los demás se presentaron, y fue cuando corroboró sus sospechas acerca del parentesco de la chica con el Ravenclaw.

- ¿Von Einzbern? - preguntó el otro Slytherin, interesado. - Tú no eres de Inglaterra, ¿no?

- ¿Eres de la Aristocracia Alemana? - preguntó uno de los estudiantes de primero. Sieglieg asintió.

- ¿En serio? - preguntó el primer Slytherin. - Mi familia tiene tratos comerciales con las familias más importantes de toda Europa, pero nunca había oído hablar de ese apellido. ¿Qué clase de negocios realizan? ¿Exportación? ¿Importación? Estoy seguro de que debería haber oído de ellos aunque tuvieran una mínima relación, incluso indirecta, con Gringotts.

El banco de los magos también era conocido por él. Lo primero que hizo al llegar al Callejón Diagon, fue ir a ese banco a cambiar el dinero que se había extraído de las riquezas familiares para financiar sus estudios mágicos por dinero de los magos. Luego, se había guardado todo ese dinero en una de las cámaras subterráneas para mantenerlo a salvo. Llevaba la llave para abrir la cámara en otro de los bolsillos de su túnica. Y ya que estaba familiarizado con Gringotts, sabía perfectamente que los Von Einzbern no podían tener relación alguna con dicha institución antes de que él llegara y se le asignara una cámara de seguridad.

- No es extraño que no hayas oído de nosotros antes, ya que yo soy el primer mago de la familia. - explicó el extranjero. La reacción fue inmediata. Lo primero que notó fue que el chico de Ravenclaw alzaba las cejas con sorpresa antes de voltearse hacia los Slytherin, los cuales miraban a Sieglieg con los entrecejos fruncidos. Los otros dos chicos, de primer año, miraban incómodamente a los Slytherin.

- Así que eres un Sangre Sucia. - dijo uno, sonriendo con malicia. Sieglieg ladeó la cabeza con curiosidad, nunca había escuchado ese término. ¿Cómo podía ser un "Sangre Sucia" si pertenecía a una de las familias más ricas del país germano?

- No solo eso. Si en verdad eres alemán, entonces significa que deberías haber ido a Durmstrang. - agregó el otro estudiante de la casa de la serpiente. - Eres un "exiliado". Espera a que los demás se enteren.

No sabía la razón, pero a Sieglieg no le gustó nada el tono que habían usado. El chico de Ravenclaw, llamado Levin Driphouse, miró hacia fuera a través de la ventanilla y, intentando crear una distracción, señaló hacia abajo.

- Miren, ya llegamos. - anunció. Sieglieg se olvidó de los dos Slytherin por un momento y miró hacia fuera. No pudo evitar que un jadeo se escapara de su boca.

Un enorme valle entre las montañas aparecía entre las nubes a medida que el carruaje descendía. Era una vista espectacular. Un extenso bosque, repleto de árboles de copas oscuras tan densas que ni siquiera era capaz de ver el suelo a través de ellas, cubría gran parte del terreno del valle. También divisó un gran lago, tan profundo que parecía como si sus aguas fuera completamente negras. Pero lo que más lo conmocionó, fue el enorme castillo que se elevaba sobre todo eso. Jamás había visto nada parecido, y eso que había crecido en una mansión. Centenares de ventanas iluminadas desde el interior, una enorme torre que ascendía casi por sobre las montañas. Sieglieg se quedó maravillado con la idea de que ese magnífico lugar fuera a ser su nuevo hogar, en cuando se lo contara a Adalia…

Sieglieg sonrió tristemente al recordar que él estaba muerto para ella, y para el resto de su familia.

El carruaje aterrizó frente a la orilla del lago, opuesta a la del castillo.

- Los de primero deben bajar aquí. - explicó Levin. Su hermana, llamada Rosalie, lo miró con temor en los ojos. - Vamos, Rosalie. Ya te expliqué. Los de primero deben ingresar al castillo atravesando el lago negro antes de que se les asigne una casa.

Sieglieg y los otros dos chicos de primero ya habían descendido del carruaje, con los últimos dirigiéndose rápidamente hacia el resto del alumnado nuevo. El extranjero, por otro lado, se quedó esperando a que la señorita Driphouse se decidiera a salir para acompañarla hacia el resto del grupo. Habiendo nacido en una familia acomodada, se había criado bajo los más altos rigores de la educación y la etiqueta.

- Permítame, señorita Driphouse. - ofreció el extranjero, extendiendo su mano para ayudar a la chica a bajar.

- Gracias, señor Von Einzbern. - le dijo ella, sonriendo levemente mientras sus pies tocaban el suelo.

Luego, el joven la guió hacia el resto de los estudiantes, quienes estaban agrupados a la orilla del río.

- Espero que no le moleste mi pregunta, señorita Driphouse. - habló Sieglieg, mirando a la linda joven que caminaba junto a él. - ¿Podría explicarme ese asunto de "Sangre Sucia" y "exiliado"?

El asunto aún seguía dándole vueltas por la cabeza. La chica le miró a los ojos, sonrojándose levemente bajo su mirada, antes de voltearse y responder.

- Sangre Sucia es un título con el que se denomina a todos los magos nacidos de padres Muggles. Significa impuro. - explicó la chica. - No es algo muy agradable de oír. Es un término degradante e insultante adoptado sobre todo por los que piensan que el mundo debería ser exclusivamente para los seres mágicos.

- Entiendo. - dijo Sieglieg, asintiendo lentamente con el entrecejo fruncido.

- En cuanto a lo de exiliado, se refieren a que usted es un mago hijo de padres muggles que fue forzado a trasladarse a otro país debido al rechazo por parte de su familia. - dijo Rosalie. El joven alemán alzó las cejas. ¿Cómo era posible que se refirieran de esa forma tan cruel a alguien que había sufrido el rechazo de su familia? - Si me permite una sugerencia, señor Von Einzbern, le recomiendo que se mantenga alejado de los estudiantes de Slytherin, ya que es muy sabido que los estudiantes de dicha casa son conocidos por su repulsión con los hijos de muggles. Mi hermano me ha dicho que algunas de sus bromas en contra de algunos de ellos son muy crueles.

Sieglieg la miró, notando la preocupación en su mirada.

- Lo tendré en cuenta. - dijo, sonriendo. No estaba asustado, había sufrido bromas pesadas a lo argo de su vida entera de mano de sus hermanos mayores. Sabía defenderse. - ¿Y qué hay de usted, señorita Driphouse? ¿Qué piensa acerca de nosotros los sangre sucia?

Rosalie pareció más que sorprendida con la pregunta. Normalmente, a las mujeres no se les preguntara la opinión en temas tan importantes a menos que éstas hubieran demostrado grandes habilidades previamente. Ningún hombre, tuviera la edad que tuviera, creía necesitar el punto de vista de una mujer para nada. Sieglieg, por otro lado, al haber sido tan unido a su hermana menor, no tenía reparo alguno en hacer ese tipo de preguntas a una mujer.

- Yo, creo que la importancia de la pureza de sangre está sobrevaluada. - contestó la chica, sonriendo tímidamente y desviando la mirada para ocultar su sonrojo. Pronto llegaron al gran grupo de alumnos, los cuales estaban siendo separados en chicos y chicas. - Muchas gracias por acompañarme, señor Von Einzbern. Ha sido muy agradable disfrutar de su compañía.

- Lo mismo digo, señorita Driphouse. - se despidió Sieglieg, y luego la vio marcharse hacia las demás chicas.

Fue solo hasta que la vio llegar con ellas que se volteó y notó lo que estaba sucediendo. Todos estaban mirando hacia el centro del lago, donde figuras redondeadas se acercaban lentamente hacia ellos. En lo alto, los carruajes se dirigían hacia el castillo. ¿Por qué no iban directamente los de primero con el resto de los estudiantes? Sieglieg se acercó más a la orilla del lago, identificando las figuras flotantes como botes. Una vez que el transporte llegó a la orilla, tanto chicos como chicas se apresuraron a abordar los botes. Cabían cuatro por cada uno. Sieglieg se preguntó si tendrían que remar hacia la otra orilla, pero descartó la idea al percatarse de que el botecito no contaba con remos y, tal y como había llegado a ese lugar, comenzó a moverse por su cuenta en dirección del castillo. La luz se hacía cada vez más escasa a medida que se acercaban a la enorme construcción de piedra, y cuando iban ya a la mitad del lago, unas linternas adosadas a los frentes de los botes se encendieron por si mismas, iluminando la superficie del agua. Sieglieg miró por sobre el borde de la pequeña embarcación hacia el fondo del lago, notando las figuras oscuras que se movían en las profundidades. Poco a poco, las luces que salían a través de las ventanas del castillo comenzaron a iluminarlos desde arriba, y finalmente llegaron al pequeño puerto que los conducía al interior del colegio.

Los dos celadores, un hombre y una mujer, ambos de avanzada edad, los guiaron a través de los pasillos, indicándoles algunas cosas útiles y reglas para la convivencia, hasta que llegaron al frente de una enorme puerta doble de madera, donde un hombre de cabello cano los esperaba.

- Bienvenidos a Hogwarts. - saludó el mago, serio. - Soy el profesor Charles Brighton, subdirector de esta institución. Antes de entrar, les pido que se formen ordenadamente. Una fila de señoritas y otra se varones.

Los estudiantes hicieron lo que se les indicó lo más rápido posible. Sieglieg miró a su lado y se encontró con Rosalie Driphouse, de pie junto a él detrás de una chica de cabello rubio.

- Muy bien. Ahora, todos entrarán de forma ordenada y se detendrán frente al taburete que hay frente a la mesa de los profesores. - ordenó el profesor Charles. - Ahí, los iré llamando uno por uno y ustedes se sentarán en el taburete, les pondré el Sombrero Seleccionador sobre la cabeza y su casa será elegida.

El subdirector se volteó y las grandes puertas se abrieron, dándoles paso a un salón enorme iluminado por velas flotantes. Cuatro largas mesas se extendían a través de lo que parecía ser un comedor, acercando unos de sus extremos a una mesa ubicaba a mayor altitud, detrás de un elegante podio dorado, tras la cual se sentaban varios adultos, a quienes Sieglieg reconoció como los profesores. En las largas mesas, equipadas con todos los instrumentos necesarios para un banquete, loa alumnos mayores observaban a los de nuevo ingreso atentamente. Sieglieg, algo intimidado por tanta atención, decidió no prestarles atención y alzó la vista hacia el techo, donde pudo ver el cielo estrellado del exterior a través de la piedra. También notó las banderas colgadas sobre las mesas de los estudiantes, cada mesa pertenecía a una de las cuatro casas de Hogwarts. Si bien había dicho que no le importaba a qué casa fuera asignado, luego de haber escuchado la explicación de Rosalie Driphouse acerca de los comentarios hechos por los dos estudiantes de Slytherin, realmente estaba deseando que no fuera elegido para pertenecer a la casa de la serpiente. El profesor Brighton se detuvo, haciendo que los de primero lo imitaran. Todos los chicos miraron al frente, encontrando el tan mencionado taburete, que tenía encima un viejo sombrero rasgado y remendado. Por alguna razón, Sieglieg supo que ese no era un sombrero ordinario. Lo sintió así. Y lo confirmó cuando una voz profunda y solemne salió del sombrero. El joven extranjero abrió los ojos de par en par al escuchar cantar al sombrero, utilizando una rasgadura como boca.

Tan impresionado estaba por el acto, que apenas prestó atención a lo que el objeto mágico estaba cantando, pero le pareció escuchar algo acerca de las cuatro casas y de los orígenes y fundadores de Hogwarts, y solo salió de su estupefacción cuando el canto finalizó y el Gran Comedor estalló en aplausos. Sin perder tiempo, Sieglieg se unió a la ovación, hasta que el subdirector llamó al silencio. El hombre de cabello cano desenrolló un pergamino y comenzó con la selección.

- Abbert, Julius. - llamó, mirando a la fila de chicos. Sieglieg se inclinó hacia un lado para mirar como un chico de cabello castaño se adelantaba, nervioso, hacia el taburete, donde se sentó luego de que el profesor Brighton levantara el sombrero parlante.

El chico miraba, atemorizado, a la multitud que lo observaba de forma expectante, y encogió su cuello al sentir que el sombrero era posado sobre su cabeza. El joven alemán frunció el entrecejo al ver la expresión de Julios. El chico en el taburete miraba hacia arriba solo con los ojos, con una expresión curiosa en el rostro. Parecía como si estuviera escuchando algo que nadie más podía oír, en intentando averiguar desde donde provenía el sonido exactamente.

- ¡SLYTHERIN! - gritó el sombrero, repentinamente, sobresaltando a varios. La mesa de la serpiente plateada estalló en aplausos, y el nuevo estudiante de Slytherin fue caminando a sentarse junto a sus compañeros, quienes lo recibieron con apretones de manos y saludos cordiales.

El resto de los estudiantes de primero siguieron pasando, sentándose en el taburete e integrándose a una casa. Aunque las filas estaban separadas en varones y damas, el llamado al frente era completamente alfabético, sin importar el género. Sieglieg notó que cada uno de los estudiantes que se sentaban con el sombrero en la cabeza ponía la misma expresión de curiosidad e incertidumbre, algunos incluso mostraban temor. Poco a poco, el grupo de estudiantes sin casa fue reduciéndose, hasta que Sieglieg quedó solo entre las mesas de Gryffindor y Hufflepuff.

- Von Einzbern, Sieglieg. - llamó el subdirector, simplemente para que el resto del alumnado y profesorado supiera su nombre. Sieglieg tragó y comenzó a caminar, sintiendo los ojos de todos los presentes sobre él. También escuchó los cuchicheos por parte de los estudiantes cercanos. Preguntas acerca de su nombre y procedencia, comentarios acerca de su apariencia aristocrática y, cosa que no le agradó mucho, algunas risitas por parte de los de Slytherin. Escuchó nuevamente las palabras "sangre sucia" y "exiliado". Seguramente, la información acerca de su ascendencia ya se estaba propagando entre esos intolerantes.

El chico de ojos verdosos se sentó en el taburete y sostuvo la mirada de todos los que lo observaban. Dadas las circunstancias, no podía permitirse demostrar debilidad o temor, solo le haría las cosas más fáciles a los que quisieran meterse con él en el futuro. Percibió el peso del sombrero sobre su cabeza, y frunció el entrecejo.

- Ah. ¿Qué tenemos aquí? - preguntó una voz, en su cabeza. Era el sombrero que le estaba hablando. - Hummm. Veo valor. Si, mucho valor, y un gran deseo de demostrar lo que vales. No te doblegarás ante nadie que crea que vales menos. Oh si.

- ¿Puedes leer mi mente? - pensó Sieglieg. Escuchó una risa ahogada en su mente.

- No solo eso. Puedo saber todo sobre ti. Veo, también, un rencor que está comenzando a crecer. Estás adolorido debido a todo lo que te ha sucedido recientemente. - continuó el sombrero. - Tienes una gran inteligencia y unos grandes deseos de aprender. De desenvolverte en este nuevo mundo para ti. Tienes un enorme potencial. Podría enviarte a Ravenclaw, ahí se aprecia una inteligencia como la tuya. O podría ser Gryffindor, donde tu valor se verá respaldado por el de los demás. O Slytherin, donde te verás forzado a probarte a ti mismo y a los demás que eres tan bueno como cualquiera, y así alcanzarás lo que deseas.

Sieglieg pensó en los comentarios que había escuchado en el carruaje y lo que significaban.

- No me interesa estar rodeado por gente así. - decidió el chico, sin hablar en voz alta.

- Oh. ¿Estás seguro? Posees cualidades que el mismo Salazar Slytherin aprecia. Si simplemente hubieras ignorado tu procedencia, no tendrías problemas con ninguno de ellos. - explicó el sombrero.

- Si tengo que negar mi origen, entonces solo me convenzo más de que ese lugar no es para mí. Yo soy un hijo de muggles y les demostraré a todos que eso no tiene nada que ver con mi calidad de mago. - respondió Sieglieg, seguro de si mismo.

- Jejeje. Con esas palabras, ya sé donde es tu lugar. - decidió el sombrero. - ¡GRYFFINDOR!

El comedor se quedó en silencio por unos instantes, en los que el sombrero fue retirado de la cabeza del chico, permitiendo que éste se pusiera de pie, y después los estudiantes de Gryffindor aplaudieron, aceptando la decisión del sombrero. En cuanto llegó a la mesa, estrechó varias manos que lo saludaban y se sentó en un lugar libre. Luego de algunos minutos de conversación, se escuchó un par de aplausos provenientes desde la mesa de profesores. Los estudiantes se voltearon y vieron como el hombre sentado en el centro de la mesa de profesores se ponía de pie. Era un hombre viejo, mayor que cualquiera de los otros profesores, que usaba una elegante túnica de seda color escarlata.

- Bienvenidos a un nuevo año escolar en Hogwarts. - recibió el director. Sieglieg ya lo había conocido con anterioridad. Su nombre era Edmund Gorrett, y había sido él quien lo había recibido al llegar a Inglaterra, explicándole acerca de los motivos de su traslado y el comienzo de su nueva vida en el país británico.

Mientras escuchaba las palabras del director, Sieglieg pensaba en todo lo que le deparaba en el futuro. Se volteó hacia la mesa de Slytherin, donde descubrió a varios de los estudiantes mayores mirándolo con malicia en sus ojos. Estaba preparado para enfrentar cualquier treta, y ya con el tiempo ganaría poder y habilidades y les demostraría que podía llegar a ser el mejor sin importar la clase de mago que fuera. Esa determinación y los deseos de mostrar lo que valía, que era tan bueno o mejor que los demás, era algo que había sido inculcado en él desde pequeño por parte de su orgulloso padre.

En ese momento, Sieglieg no se percató de lo parecido que era con los estudiantes de Slytherin.

217 años después.

Sieghart Liedger fue sacado de sus pensamientos por un grupo de estudiantes que se le acercaba para pedirle indicaciones para unos informes que les había mandado a hacer. En cuanto estuvo solo nuevamente, retomando su camino hacia su despacho, volvió a recordar su primer año en Hogwarts. Realmente había sido duro. Se vio enfrentado a la discriminación por parte de varios estudiantes prácticamente a diario, pero no pasó mucho tiempo antes de que comenzara a hacerse notar entre ellos no solo por ser un sangre sucia. En cuestión de meses demostró su potencial, obteniendo calificaciones que se contaban entre las más altas de todas las de su curso, ganándose el respeto de sus profesores y compañeros, y algo de odio por parte de los de Slytherin.

Con el pasar de los años, estando siempre entre los primeros de su curso, se hizo cada vez más fuerte y hábil, encontrando inspiración en la amistad que sostenía con varios chicos y chicas, y en la envidia y odio que mostraban los alumnos de la casa de la serpiente. Ya con más edad, cuando estaba cursando su quinto curso, eran muy pocos los que se atrevían a intentar hacerle algo malo, y por fin pudo gozar de algo más de tranquilidad y concentrarse al 100% en sus estudios y entrenamientos.

Recordó su tercer año en el colegio, en el que se había realizado un evento que incluía a otros dos colegios de magia de Europa: el Torneo de los Tres Magos. Sieghart sabía muy bien que, tras finalizado ese evento y debido a la decisión que había tomado, había sido en ese momento que su destino había quedado marcado de una forma que no podría borrarse.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Miér Nov 23, 2011 12:19 pm

XX. Antes del Entrenamiento


Tres días habían pasado ya desde que Harry y los demás habían presenciado el verdadero poder del profesor Liedger, cuando éste los había salvado en el interior de la Sala de Menesteres, y, como el joven extranjero les había indicado, ninguno de ellos se había acercado al pasillo del séptimo piso en el cual se manifestaba la entrada al salón multifacético. Todos estaban ansiosos por conocer los resultados de la intervención del profesor. ¿Habría vuelto la Sala a la normalidad?

- Lo más probable es que todo lo que contenía esa habitación haya sido consumido por las llamas demoníacas. - dijo Hermione, mientras esperaban a que el profesor Goldenghorm apareciera en el salón para su clase de Transformaciones.

- O sea que tendrá que ser equipada nuevamente una vez que comience a ser utilizada otra vez. - dijo Ron.

- Eso si es que vuelve a funcionar. - recordó Harry. No sólo había estado conteniendo el fuego demoníaco por muchos meses, sino que también había sido bastante dañada por el Sphaera Inferos del profesor Liedger. - No podemos descartar la posibilidad de que nunca vuelva a abrirse.

- Sería una lástima que eso sucediera. - opinó Neville, nostálgico. - La Sala de Menesteres era realmente útil para nosotros.

No sólo era útil, también había sido un lugar muy especial para ellos. Había unido al Ejército de Dumbledore para alcanzar un ideal en concreto, permitiéndoles entrenar en secreto y estar listos para defenderse de las fuerzas de Voldemort. Y también, para Harry, Ron y Hermione era un lugar muy especial, pues a los tres les traía recuerdos románticos. Harry había dado su primer beso en el interior de esa sala, y también había besado a Ginny ahí. Para Ron y Hermione, por su parte, ese sitio había sido el lugar en donde su relación de pareja había comenzado. Ciertamente, era un lugar importante tanto para ellos como para Hogwarts, y ninguno quería que se perdiera.

Pero ese no era el único tema que ocupaba sus mentes por esos días, el tema acerca del viaje de capacitación planeado por el profesor Liedger, y el rechazo de su realización por parte del Ministro de Magia aún molestaba a los interesados. El profesor extranjero les había informado acerca de eso a todos los que habían demostrado interés en realizar esa actividad después de su última clase.

Al igual que para informarles acerca de su plan inicial de realizar el viaje, para decirles acerca de la decisión del Ministerio les había pedido a los que planeaban convertirse en Aurores que se quedaran un tiempo extra luego de que la campana sonara para explicarles bien la situación. Luego, tras haber marcado que la decisión era inapelable y absoluta, les había pedido que se retiraran, con la excepción de Hermione y Emma.

Harry, Ron y Ginny se habían quedado esperando a que las dos chicas salieran, y se sorprendieron ligeramente cuando Hermione fue quien salió primero, sola. Un rostro emocionado les había indicado que, lo que fuera que el profesor le hubiera dicho, había sido algo positivo, por lo que no se preocuparon. La castaña les mostró la carta de recomendación que el profesor había escrito para que ella obtuviera el permiso para tener a Crookshanks, su gato mitad Kneazle, sin problema alguno. Luego le había dicho que se retirara, pues tenía que hablar con Emma a solas.

Unos minutos después, la chica de cabello color miel, quien había decidido llevarlo liso nuevamente, salió del salón de clases, sorprendiéndose de verlos ahí. Cuando le habían preguntado acerca de su conversación con el profesor Liedger, ella les había dicho que simplemente había querido asegurarse de que estuviera bien ya que, después de todo, había estado a punto de ser absorbida por la gran esfera negra invocada por el extranjero. Harry miró a través de una de las ventanas, sabiendo que pronto el profesor llegaría para iniciar las clases, y recordó lo sucedido en la Sala de Menesteres. Realmente era una lástima que no fueran a aprender ese hechizo y que el viaje no pudiera realizarse. En ese momento, la puerta del salón se abrió y el profesor Goldenghorm entró en el lugar, caminando entre los pupitres hacia su escritorio. Harry y sus amigos dejaron el tema de lado y decidieron concentrarse en la clase.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Sieghart Liedger les explicaba a los estudiantes de primero de Gryffindor y Hufflepuff todo acerca de cómo enfrentarse a un zombie. No era nada tan difícil, en realidad.

- Lo primero, es reconocerlo. - indicó el profesor. - Como son seres vivos que murieron que, debido a la acción de magia negra, pueden seguir moviéndose, el proceso de descomposición de la carne continúa. Luego de algunas semanas, es fácil reconocer a un zombie gracias a que su carne está podrida y cayéndose a pedazos, despidiendo el desagradable hedor que seguramente todos aquí conocemos.

Los estudiantes prestaban atención, tomando notas rápidas es sus pergaminos.

- El problema es, por ejemplo, algún zombie que haya muerto gracias a alguna lesión no visible. ¿Cómo reconocen a un zombie que acaba de morir de un ataque al corazón? Bien, pues al estar muertos, los zombies son criaturas bastante básicas. No pueden hablar ni moverse muy rápido, así que una buena forma para reconocer si alguien es un zombie es intentando hacer que hablen o den señal de inteligencia, que hagan alguna seña o algo así. Cosa que no pasará si efectivamente es un muerto andante. - continuó el profesor. - Siempre manteniendo una distancia apropiada, por supuesto. No son muy fuertes, en realidad, y bastante estúpidos. Ni siquiera son capaces de subir escaleras sin tropezarse en cada peldaño.

Un estudiante de Gryffindor levantó la mano, y Sieghart le indicó que podía hablar.

- ¿Ha enfrentado a uno? - preguntó el chico.

- De hecho, si. No son difíciles de vencer. Un simple embrujo paralizante hará el trabajo de inmovilizarlo. Está establecido por ley que debe reportarse cualquier avistamiento de un zombie, puesto que siempre hay un mago tenebroso u otros zombies detrás de ellos. Esto es ya que, al igual que con los hombres lobo, si un zombie te muerde te conviertes en uno si no recibes un tratamiento adecuado a tiempo. - respondió el profesor. - Los encantamientos aturdidores no surten efecto en ellos, se levantan de inmediato. Las mejores formas de "matar" a un zombie son utilizando fuego o simplemente destruyendo o cortando las conexiones neurales. Ahora, los zombies, a diferencia de los Inferi, tienen "voluntad propia", es decir, que se guían por los instintos más primitivos que se activan cuando el cuerpo regresa a "la vida". ¿Quién puede decirme cuáles son esos instintos?

Una chica de Hufflepuff levantó la mano.

- Alimentarse. - respondió la niña, a lo que el profesor extranjero asintió.

- Exacto. Los zombies son criaturas que viven simplemente para comer, lo que es bastante malo ya que se alimentan de carne. - agregó el profesor Liedger. - Pero no se preocupen, es muy raro que hoy en día haya zombies dando vueltas por ahí. El Ministerio tiene muy controlada su presencia en el mundo y, como son muy fáciles de vencer, se exterminan de inmediato.

La clase terminó en ese momento.

- Muy bien, muchachos, para el miércoles de la próxima semana quiero quince centímetros acerca del tratamiento contra la mordedura de un zombie y como ha ido desapareciendo la presencia de los mismos a través de los años. - ordenó el profesor. No era una tarea difícil, en cualquier libro de Defensa Contra las Artes Oscuras encontrarían esa información. - Pueden irse.

Los estudiantes se pusieron de pie y se retiraron del salón de clases, algunos riendo, otros refunfuñando por la tarea que les habían mandado. Sieghart sonrió y negó con la cabeza. Era hora del almuerzo, por lo que, como acostumbraba, Sieghart iría a su despacho a beber una copa de sangre antes de ir al Gran Comedor. Ya sólo tenía tres clases más antes de que el día terminara, cosa que esperaba con ansias, luego iría a cenar con el resto de los profesores y, pasadas las diez de la noche, se reuniría con Emma Dujovne en la Sala de Menesteres para su primera sesión de combate contra vampiros.

Sieghart ya lo había comprobado esa misma mañana, la sala Multipropósitos estaba como nueva, respondiendo a quien la invocara y complaciendo las peticiones como lo había hecho desde que él la encontrara. Había ensayado invocando, primero, un baño, y la Sala había respondido a su petición. Luego había vuelto a salir, esperando a que la puerta desapareciera, y había intentado invocar una habitación en donde pudiera entrenar el combate contra vampiros sin riesgo para la señorita Dujovne ni para él mismo. La respuesta de la mística habitación había sido asombrosa. Un gran salón había aparecido, con un amplio espacio para poder practicar sin problemas y, al fondo del cuarto, un estante completo con distintas armas que servían para la caza de vampiros, pero que en verdad no matarían a uno.

El profesor Liedger había quedado maravillado con las estacas de cobre, con apariencia de madera, y las espadas plateadas, que en realidad eran de acero, y que no tenían el filo suficiente como para decapitar a alguien. Seguramente, el Fiendfyre solo había logrado consumir los objetos que estaban en la sala en la que fue invocado que, según tenía entendido el vampiro, era una bodega en donde los estudiantes habían guardado objetos por generaciones. Una gran pérdida para el legado del colegio, pero pudo haber sido mucho peor.

Dejando ese tema de lado, Sieghart subió a su despacho y se quitó la túnica, dejándola tendida sobre su cama. Luego fue hacia su hielera mágica, la cual mantenía helado todo en su interior sin necesidad de realmente introducir hielo en ella, y sacó una botella de vino. Luego agitó su varita y su copa especial apareció en la mesita frente a él. Aunque parecía una copa común y corriente, en realidad el objeto de cristal también era mágico, puesto que, sin importar el líquido que vertiera en él, éste cambiaba su temperatura a la del ambiente. Claro que había tenido que hechizarla de nuevo después de que Emma la rompiera. Si bien Sieghart opinaba que la sangre que bebía era mucho mejor cuando su temperatura era cercana a la temperatura corporal humana, parte de sus esfuerzos para alejarse de su antiguo ser era cambiar sus hábitos alimenticios. Pero, aún así, odiaba la sangre fría, simplemente la mantenía en la hielera para reducir su velocidad de descomposición.

Sieghart se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo del líquido carmesí, arrugando la nariz levemente. Ya iba a ser hora de cambiar el contenido de las botellas, por lo que se recordó a si mismo que tendría que pedir la autorización de McGonagall para realizar un viaje al mundo muggle y reabastecerse de sangre. Quizás podría aprovechar la oportunidad para finalizar los trámites que había dejado pendientes en Estados Unidos. A lo largo de los años, había logrado acumular varios vienes materiales, mayormente distribuidos en propiedades a los largo del país gringo y Canadá, y que se alzaban a varios millones de dólares. En vista de que sus posibilidades de regresar a Europa eran bastante altas, había decidido comenzar a vender algunas de esas casas, departamentos y terrenos, dejándose algunos para cuando quisiera vacaciones en el mundo muggle o algo parecido, o en caso de que, por alguna eventualidad, sus planes de reintegrarse a la sociedad mágica británica no funcionaran. Tendría que recoger todo ese dinero e ir a Gringotts para cambiarlo por dinero mágico y depositarlo en su antigua cámara en el banco de los magos. Su casa en la playa, en Malibú, decididamente se quedaría con él, lo mismo que su departamento en New York, el cual se lo rentaba a una agradable pareja que había conocido en un viaje a esa ciudad. Ahora que lo recordaba, ellos dos estaban pensando en casarse, lo habían discutido hace mucho tiempo, así que Sieghart decidió que definitivamente conservaría ese departamento para regalárselos cuando se casaran.

Tras haber vivido en el mundo muggle por tantas décadas, se había hecho de importantes amistades en ese mundo. Aunque claro que ninguno de sus amigos muggles sabía que él era un vampiro y que podía hacer magia. La mirada de Sieghart se entristeció al recordar que, además de todo lo que había conseguido desde que había recuperado su alma, había una propiedad más que, técnicamente, le pertenecía.

La propiedad Von Einzbern, al ser él el último del linaje, le pertenecía también. Claro que, tras la muerte de toda su familia y, dado que técnicamente él había muerto en un accidente mucho antes de la extinción de su línea sanguínea, esa propiedad había ido a parar a manos del gobierno alemán muggle, pero él la había recuperado luego de que su alma volviera al su cuerpo. Era lo menos que le debía a su difunto padre, quien seguramente seria capaz de regresar de la tumba si se enteraba de que su mansión se la había quedado el gobierno.

Dando un sorbo final, el vampiro terminó de vaciar la copa de cristal. Se quedó mirando el objeto transparente, pensando en que, increíblemente, ya había alguien más que sabía acerca de su verdadera identidad.

- Realmente fue un descuido muy estúpido de mi parte. - se dijo Sieghart a si mismo. Había pensado en borrarle la memoria la señorita Dujovne varias veces, ni siquiera necesitaría utilizar una varita para eso, pero descartó esa idea cada vez que se le presentó en la mente. Todo eso estaba pasando gracias a sus descuidos, la chica no tenía la culpa de nada. De hecho, él le debía mucho a ella. Haber descubierto su verdadera identidad y no haber dicho nada a ningún otro estudiante; o era demasiado amable o muy confiada. No solo había descubierto que él era un vampiro, sino que también cual vampiro, y aún así no había dicho nada a nadie y prefirió ir a averiguarlo ella sola. ¿Valentía o ingenuidad? Ambas, características muy peligrosas si de vampiros se trataba la situación.

Sieghart sonrió y negó con la cabeza. Si hubiera sido él el que hubiera estado en la posición de la señorita Dujovne, habría abierto la boca de inmediato. Guardó la copa de cristal en un anaquel y salió de su despacho, llevando su túnica en una mano, poniéndosela antes de salir de su salón de clases. Si bien no sabía las verdaderas intenciones de Emma al pedirle que le enseñara a combatir vampiros, aunque sospechaba que era por desconfianza en él, le debía un gran favor por no haberlo delatado y se aseguraría de que ningún vampiro pudiera contra ella.

Sonriendo nuevamente, saludó a los estudiantes de segundo y tercero que se acercaron para acompañarlo al Gran Comedor.

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Emma y Ginny, junto a varios más Gryffindors de séptimo, entraron en la Sala Común de su casa. Ya no tenían clases por el resto de ese día, lo que les daba dos horas antes de la cena para hacer lo que quisieran. Las dos amigas subieron a su habitación para dejar sus cosas, no tenían ningún trabajo o tarea que hacer, por lo que habían quedado con Harry y los demás de encontrarse en la entrada principal del castillo para ir juntos al Gran Comedor. El verano poco a poco estaba llegando a su fin, y querían aprovechar los últimos días largos antes de que el frío y el anochecer prematuro se los impidieran.

Mientras bajaban las escaleras de regreso hacia la Sala Común, tras haberse refrescado un poco, Emma esperaba con ansias su primera clase de defensa contra vampiros. Aunque, como bien lo sabía ella, no era la clase misma la que la emocionaba, sino el hecho de poder estar a solas con el sexy vampiro que iba a ser su mentor. Solo ellos dos, ya que nadie más sabría de esas prácticas. Emma ya había pensado en eso, ella y el profesor Liedger compartían un secreto que ningún otro estudiante conocía y, por muy egoísta que sonara, eso la hacía sentirse especial. Al igual que todo el mundo, estaba muy al tanto de la atracción que el vampiro ejercía sobre las adolescentes de ese colegio, y saber la verdad acerca de él le daba cierta ventaja sobre ellas.

- Parece que alguien está pensando en cierto extranjero guapo otra vez. - canturreó Ginny, en voz baja. Emma salió de sus pensamientos y miró a la pelirroja, sintiendo que le ardían las mejillas. Ya ni siquiera intentaba negar sus sentimientos. - En serio, Emma. Sé que es normal para una chica de tu edad, pero hoy si que te has pasado. Has estado distraída todo el día.

La chica de cabello color miel sonrió a modo de disculpa.

- Lo siento. - dijo, pero no agregó nada más. La pelirroja estaba segura de que estaba ocultando algo. No solo era que hubiese estado algo rara ese día, sino que desde le había pedido prestado el Mapa del Merodeador a Harry. Todos los del grupo estaban seguros de que había algo que ella les estaba ocultando pero, sin importar cuanto preguntaran, Emma siempre encontraba la forma de cambiar de tema y evitar dar una respuesta concreta.

Ginny lo dejó pasar esa vez, pero tanto ella como el resto del grupo estaban determinados a descubrir que era lo que le estaba sucediendo a su amiga. Y todos sospechaban que, fuera lo que fuera, estaba vinculado con el profesor Liedger. Simplemente era demasiado obvio. Varias teorías habían surgido entre las especulaciones hechas por el grupo cuando Emma no estaba; habían incluso llegado a pensar que la chica y el extranjero mantenían una relación amorosa a espaldas de los demás que vivían en el castillo. La primera, como siempre, en descartar esa posibilidad había sido Hermione, quien alegó que era inaceptable y que ninguno de los dos, ni Emma ni el profesor Liedger, harían algo que violara las reglas del colegio de esa forma. Quizás tenía razón, pero ella también apoyaba a Emma con la idea de que ella solo sería una estudiante hasta que ese año terminara.

Las dos chicas salieron a los terrenos del colegio y caminaron al solitario sauce que había en la orilla del lago. Había una banca colocada debajo del árbol y tuvieron la suerte de encontrarla desocupada. Se sentaron sobre ella a disfrutar de la fresca brisa y de la sombra. Ginny decidió probar suerte una vez más.

- ¿En serio está todo bien, Emma? - preguntó la pelirroja. La adolescente la miró, sabiendo que era cuestión de tiempo para que volvieran a preguntarle.

- Si. ¿Por qué todo el mundo me pregunta eso a cada momento? - preguntó Emma, haciéndose la desentendida. Ginny alzó una ceja, incrédula. Emma suspiró. - Lo digo en serio, estoy bien.

- Es solo que realmente has estado extraña estos días. - dijo Ginny. - Te quedas perdida en tus pensamientos, y de un momento a otro te ves emocionada por algo que nadie entiende.

La verdad era que Emma no había podido dejar de pensar en el profesor Liedger desde que había descubierto la verdad acerca de él, y esos tres últimos días había sido mucho peor. Ya ni siquiera le interesaba que Sieghart Liedger fuera un profesor, tampoco le importaba que fuera un vampiro, simplemente quería estar con él en la realidad, tal y como lo hacía en su imaginación. Sabía muy bien las horribles cosas que había hecho durante su "período oscuro", pero ya se había convencido de que todo en él había cambiado el día en que recuperó su alma, justo y como él le había dicho. Para ella, Sieghart era el apuesto profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que le había salvado la vida en la Sala de Menesteres, que a había ayudado, al igual que a muchos, a perfeccionar su Encantamiento Patronus, y que había confiado en ella lo suficiente como para decirle toda la verdad. Claro, ella ya lo había descubierto todo, pero después de una muy convincente charla con el extranjero, había comenzado a dudar tanto de ella misma como de todas las pruebas que había juntado.

- ¿Lo ves? - le dijo Ginny, agitándola por los hombros. - Has vuelto a hacerlo. ¿Qué te tiene tan distraída?

- Oh, no es nada. En serio. - respondió Emma. Ginny suspiró, frustrada, por lo que Emma decidió darle algo más convincente, algo que había planeado junto al profesor Liedger para casos como esos. - Bueno, la verdad es que estoy un poco molesta. ¿Recuerdas que Hermione y yo nos quedamos después de clases el lunes porque el profesor Liedger nos pidió?

- Si. Nos dijiste que quería asegurarse de que estuvieras bien. - dijo Ginny, y frunció el entrecejo. - ¿Pasó algo más?

Emma asintió, pero antes de que pudiera explicar qué, Ginny formó una sonrisa de oreja a oreja.

- ¡Lo sabía! ¿Ves? Te dije que algo saldría entre ustedes eventualmente. - celebró Ginny, haciendo que Emma alzara las cejas de golpe. No podía creer que la pelirroja estuviera diciendo eso, y menos alzando tanto la voz. - ¡Cuéntame lo que sucedió! ¿Te dijo algo? ¿Planean esperar a que termine el año? ¿Ya se besaron? ¡Por Dios, cuéntame!

- Ginny, baja la voz. - le pidió Emma a la pelirroja. Los pocos estudiantes que estaban cerca del lago estaban mirando en su dirección, con expresiones curiosas. Emma Dujovne, al igual que sus mejores amigos, Harry Potter, Ron Weasley, Hermione Granger, Ginny Weasley y Neville Longbottom, era muy conocida y popular en Hogwarts. No solo por haber formado parte del Ejército de Dumbledore y ser amiga cercana del trío de héroes, sino que también por sus altas calificaciones y por ser una de las chicas más hermosas del colegio. Justo como les sucedía a Hermione y a Ginny, tenía admiradores pertenecientes a todas las casas, con la única diferencia de que ella era soltera. Por eso llamaba tanto la atención la posibilidad de que estuviera saliendo con alguien. - No es eso.

El rostro de Ginny demostró toda su decepción.

- ¿Qué? - preguntó, desanimada.

- Sabes muy bien que el profesor Liedger no haría algo así. - recordó Emma, algo decepcionada también. - Lo que sucedió fue que me dio un castigo.

La nueva revelación sorprendió a la pelirroja casi tanto como sus primeras ideas.

- ¿Por qué? - preguntó Ginny.

- Por un incidente que tuvimos con Hermione cuando fuimos a agradecerle por su charla con Ron, la mañana en que fue a su Audiencia en el Ministerio. - le dijo a Ginny. - Como no estaba, no lo encontramos. Pero mientras lo buscábamos, en el salón de clases encontré una copa de cristal y la rompí. La cosa es que la reparamos y nos fuimos de ahí, pero nunca le dije nada al profesor Liedger acerca de eso. De todas formas se dio cuenta y me preguntó acerca de eso, y me castigó por no haber dicho la verdad.

- ¿No es demasiado un castigo por algo así? - preguntó Ginny, extrañada. Emma se encogió de hombros.

- Recuerda que es bastante disciplinado dentro de todo. Quiere ser un Auror, ¿o no? - dijo Emma, y sonrió levemente. - De todas formas no me molesta.

La pelirroja sonrió, divertida.

- Te dará más tiempo para estar con él, ¿cierto? - dijo Ginny, como quien no quiere la cosa. Emma se sonrojó. - Deberías aprovechar la oportunidad para, por lo menos, quedar grabado en su mente. Lo del cambio de peinado fue una gran idea, pero no puedes quedarte con eso nada más.

- Pero funcionó. - Emma no le había contado a nadie acerca de la reacción que había tenido el vampiro al verla con el cabello ondulado. Había visto la pasión en su mirada, en esos ojos increíblemente hermosos y provocativos. Ginny juntó las cejas ante las palabras de Emma, pero luego sonrió y se acercó a su amiga, en una clara señal de que quería saber los detalles. - Cuando por fin lo encontré, notó de inmediato el cambio. Me dijo que me quedaba muy bien, pero que me veía incluso mejor con el cabello lizo.

- Es por eso que insististe en no utilizar más la poción de Hermione. - recordó Ginny, sonriendo. - Que bueno es saber que está dando resultado. Ahora que tienes la oportunidad de estar a solas con él, tienes que marcar tu camino a su corazón. Sabemos que el no hará nada porque tú eres una estudiante y él un profesor, por lo que conquistarlo queda en tus manos hasta que dejes de ser una alumna. ¿De qué se trata el castigo, de todas formas?

- Bueno, hoy en la noche lo ayudaré con la corrección de unas pruebas de segundo. - contestó Emma.

- ¿Ésta noche? ¿Por qué no nos habías dicho nada? - preguntó la pelirroja. Emma se encogió de hombros.

- No lo consideré importante. - respondió la chica de cabello color miel, sonriendo. Ginny frunció el ceño, extrañada.

Las dos amigas siguieron hablando, principalmente acerca del profesor extranjero, hasta que la hora de salida de sus amigos las hizo levantarse y dirigirse hacia la puerta del castillo, donde esperaron unos minutos antes de que Harry, Ron y Hermione aparecieran.

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El hombre alto, de cabello negro y ojos verde-grisáceos esperaba pacientemente en el interior de su despacho, donde había quedado con Emma para encontrarse antes de ir hacia la Sala de Menesteres. Si la adolescente había tenido que contar lo que él le había dicho para justificar su salida a esas horas de la Sala Común de Gryffindor, entonces era necesario que se dirigiera hacia su salón de clases por si alguno de los prefectos se la encontraba en los pasillos. Estaba inmerso en su plan de acción. Primero le explicaría algunas cosas básicas, con demostraciones, sobre los vampiros.

Tendría que demostrarle su velocidad y su fuerza antes de comenzar, por si cambiaba de idea luego de la demostración. Después le demostraría algo más avanzado, como las habilidades especiales de los vampiros. Su habilidad de desvanecerse en la oscuridad y de compeler a las personas. Si realmente la chica se mostraba interesada en aprender después de eso, entonces comenzaría a enseñarle a defenderse del ataque de un vampiro.

Sieghart escuchó que tocaban a la puerta de su despacho. Dada la hora que era, supuso que se trataba de la señorita Dujovne.

- Adelante. - concedió el vampiro. La puerta se abrió y Emma entró en el despacho. La chica le sonrió.

- Buenas noches. - saludó Emma. Sieghart sonrió y asintió una vez.

- Buenas noches. - el vampiro se acercó a ella, sin desviar su mirada de sus ojos color chocolate. La chica se tensó ligeramente, y un sonrojo apareció en sus mejillas, pero la sonrisa nunca despareció de su rostro. - ¿Lista para combatir contra monstruos?

Si bien no le agradó mucho que se refiriese a si mismo como monstruo, la chica asintió, sonriendo aún.

- Lista. - respondió, segura de si misma. Sieghart caminó hacia la puerta y le indicó que saliera primero.

- Entonces, vamos. - dijo el vampiro, sonriendo.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 26, 2011 1:00 am

XXI. Session One

El profesor Liedger caminaba junto a la estudiante, dirigiéndose hacia las escaleras para subir al séptimo piso. Emma avanzaba en silencio, al igual que el profesor, desviando la mirada para por cortos momentos para dedicarle miradas furtivas al vampiro. Nuevamente, los efectos que tenía la falta de luz hicieron que se sonrojara. Iluminado nada más que por la luz de la luna que entraba a través de las ventanas, el profesor extranjero mostraba parte de sus virtudes de vampiro. Su piel se suavizaba bajo la luz plateada, sus movimientos parecían más elegantes, y sus ojos se tornaban oscuros, pero siempre conservando el brillo que había en ellos. Emma, fijándose en el rostro de aquel apuesto vampiro, pensó que no le importaría encontrarse con él en medio de la noche y que acercara esos perfectos labios a su cuello. La chica se preguntó si todos los vampiros eran así de atractivos.

- ¿Sucede algo? - preguntó el profesor, mirándola con una ceja alzada y una leve sonrisa. Emma había estado mirándolo de cerca, y se sonrojó aún más al verse descubierta.

- Me preguntaba acerca de lo que vamos a hacer esta noche. - se apresuró a decir la chica. Sieghart reprimió una risa, sabía perfectamente que eso no era lo que le sucedía. Pero para no avergonzarla más, decidió seguirle el juego.

- De hecho, ya hemos comenzado. - respondió Sieghart. Emma juntó las cejas, curiosa, lo que hizo que el profesor riera suavemente. - Escuche atentamente.

La adolescente volvió a mirar hacia el frente, concentrándose en los sonidos que los rodeaban. No lograba escuchar mucho. A esas horas de la noche ya todos los estudiantes estaban en el interior de sus Salas Comunes y, generalmente, los profesores se quedaban en el interior de sus despachos hasta la hora de sus rondas nocturnas. Solo escuchaba el suave murmullo de los personajes de los cuadros de las paredes, con uno o dos ronquidos ocasionales, y el sonido de sus pasos y su respiración. Emma alzó las cejas de golpe al darse cuenta de lo que el profesor estaba hablando. Solo podía escuchar un par de pasos. La joven bajó la mirada y la enfocó en los pies del vampiro, pensando que tal vez estuviera descalzo, pero no. Llevaba zapatos puestos. Pero aún así no podía escuchar sus pasos. ¿Cómo podía moverse en el más absoluto silencio a través de un pasillo que crearía eco con el menor de los sonidos?

- Sus pasos. - susurró la chica, alzando la mirada para verlo a los ojos. - No puedo escucharlos.

Sieghart asintió, sonriendo y divertido por la expresión de absoluta sorpresa que le mostraba Emma.

- Moverse sin hacer el menor ruido en medio de la oscuridad es parte de lo que soy. - explicó el profesor. - Es una de las cosas que hace tan letales a los vampiros; en muchas ocasiones, ni siquiera los ves acercarse.

Emma anotó eso en su mente.

- Impresionante. - dijo, volviendo a mirar al frente. - ¿Algo más que debería saber?

- Ya le enseñaré. - aseguró Sieghart, llegando a las escaleras.

La torre no tenía muchas ventanas, por lo que a Emma le era muy difícil ver el camino en varias secciones de las escaleras. Al bajar para ir hacia el despacho del profesor, casi tropezó en varias ocasiones, puesto que no podía usar el hechizo Lumos para guiarse, ya que se suponía que nadie debía descubrirla fuera de la Sala Común para no agregar más personas al grupo que sabía acerca de que estaría con el profesor extranjero durante algunas noches.

Sieghart percibió sus problemas para subir las escaleras en las partes oscuras y le ofreció su brazo para guiarla en cuanto estuvieron frente a una de las escasas ventanas. La chica miró el brazo que le ofrecían con sorpresa antes de sonreír y sujetarlo con una de sus manos, sintiendo el poderoso músculo a través de la ropa.

- Gracias, señor Liedger - dijo Emma, coqueta, sonriendo radiantemente. Sieghart sonrió, estaba imitando los modos que se usaban cuando él aún era humano.

- Un placer, señorita Dujovne. - dijo el profesor, guiándola delicadamente a lo largo de las escaleras. Emma no cabía de felicidad, caminando silenciosamente junto a ese maravilloso hombre, sintiendo su fuerte brazo con sus dedos.

Subieron los pisos que les quedaban hasta que llegaron al séptimo, donde utilizaron la puerta más cercana para acceder al pasillo principal, en donde encontrarían la entrada a la Sala de Menesteres. El pasillo estaba iluminado por grandes lámparas de piso hechas de piedra blanca, y que mantenían una llama continua en su parte superior. Emma esperaba que el vampiro retirara su brazo en cualquier momento, puesto que ya era capaz de ver el camino sin ningún problema, pero no lo hizo. Siguieron caminando el uno al lado del otro, unidos por sus brazos, hasta que llegaron al pasillo que estaban buscando. Al final del largo corredor, se podía distinguir la pared de piedra en la que se manifestaba la entrada al lugar en donde la entrenaría.

- Muy bien. - dijo el profesor, una vez que estuvieron frente a la pared. Ahí si, Emma liberó el brazo del profesor cuando éste comenzaba a acercarse al muro. Sieghart se quedó mirando la pared atentamente, pidiendo por una habitación que pudieran utilizar para entrenar en el combate contra vampiros, que poseyera los artefactos y artículos adecuados para realizar prácticas seguras para ambos , algo que decidió añadir en ese momento, que fuera una habitación a la que ninguna persona que representara un peligro para él pudiera entrar. Así, se aseguraría de que nadie más descubriera su secreto mientras entrenaba con Emma.

Frente a los dos, una puerta de madera se materializó. Sieghart la abrió y le ofreció el paso a la adolescente. Emma ya estaba comenzando a ponerse algo nerviosa. Los vampiros eran criaturas entre las más peligrosas del mundo, y ella iba a estar encerrada con uno de ellos, sola, aprendiendo a pelear con esas criaturas. Aunque, no estaba segura si estaba nerviosa por eso, o por el hecho de que estaría sola con el hmbre del que estaba enamorada. Se dijo a si misma que tendría que demostrar lo que valía en esos entrenamientos. La chica entró en la sala, jadeando al ver que estaba completamente restaurada, justo como le habían dicho.

Recordaba sus reuniones con el Ejército de Dumbledore, y la sala en la que se encontraba en ese momento no era muy diferente a la que recordaba. Con dimensiones redondas, contaba con varios anaqueles y estantes con diferentes tipos de instrumentos, que Emma reconoció como armas. Ballestas, estacas, espadas y varios tipos más de armas corto-punzantes estaban cuidadosamente colocados sobre los estantes de las paredes. También vio un pizarrón colgado en la pared más lejana a la puerta de entrada, y, volteándose en la otra dirección, encontró varios cestos con flores y un perchero. La sala estaba perfectamente iluminada con un gran candelabro en el centro del techo, el cual colgaba sobre una especie de círculo hundido y tapizado con una alfombra en el centro de la habitación. Emma escuchó como la puerta de entrada se cerraba detrás de ella, y se volteó y sonrió hacia el profesor Liedger.

El vampiro miró alrededor, sonriendo con el resultado de su petición. La sala era exactamente igual a la que había aparecido cuando fue a probar si la Sala de Menesteres volvería a aparecer luego de haber eliminado al Fiendfyre que contuvo por tantos meses. Algo en el ambiente era distinto, eso sí. Había un olor familiar en ese lugar, y cuando Sieghart se volteó hacia su izquierda, encontró la fuente del aroma. Verbena officinalis. Cestos llenos de aquellas plantas. No habían aparecido la vez anterior. ¿Era acaso una medida de seguridad extra adoptada por la Sala para proteger a la estudiante que estaba ahora con él? Sieghart sonrió, negando con la cabeza.

El vampiro se sacó la túnica y la colgó en el perchero, con Emma siguiendo sus movimientos, luego se volteó hacia la chica.

- ¿Quiere quitarse eso? - preguntó el extranjero, ofreciendo su mano para colgar la túnica de la adolescente. Emma asintió, algo sonrojada, y después de sacar su varita de la prenda, se quitó la larga túnica negra, entregándosela al vampiro. Sieghart colgó la prenda y se dirigió hacia el centro de la sala, con Emma detrás de él. - Muy bien, entonces, ¿qué tal si comenzamos?

Emma asintió, nerviosa y emocionada al mismo tiempo.

- Bien. Lo primero que haré es explicarle algunas cosas básicas acerca de los vampiros. Ya sabe acerca de nuestra creación y algunos hechos históricos que se relaciona con nosotros. - habló el profesor, incluyéndose entre las criaturas de las que hablaba. - Enfrentarse a un vampiro no es tarea fácil y menos cuando el vampiro cuenta con algunos ciento de años de existencia. Mientras más viejo, más poderoso. Observe esto.

Sieghart se acercó a uno de los anaqueles, que era medio metro más alto que él y estaba hecho de gruesa madera. Al principio Emma no entendía lo que quería hacer, ya que lo vio doblando las mangas de su camisa negra hasta la altura del codo en un comienzo. Fue cuando se agachó para sujetar el anaquel desde su base que comprendió sus intenciones. Las cejas de Emma se alzaron de golpe cuando las patas del anaquel se despegaron del suelo y Sieghart levantó el mueble como si éste no pesara nada.

- Dios mío… esa cosa debe pesar por lo menos trescientos kilos. - observó Emma. Notó que el profesor no mostraba ningún signo de estar realizando esfuerzo alguno, como si realmente no pasara más que una pluma. La joven no pudo evitar sentirse algo intimidada por eso, alguien que podía levantar un objeto de ese tamaño sin ningún problema, podría herir seriamente a alguien como ella por accidente. Quizás estar ahí con él no fuera tan buena idea. Pero luego recordó varios escenarios: cuando le ayudó con el Encantamiento Patronus, sujetando su mano con delicadeza. Cuando habían paseado juntos por los terrenos del castillo, mientras él le explicaba algunas cosas acerca de los vampiros, en un intento por encubrir su verdadera naturaleza, la cual ella había descubierto. Tenía que admitir que, incluso aunque había estado aterrada al descubrir que él era un vampiro, realmente había disfrutado de la caminata. También recordó, algo más reciente, como la había salvado de ser absorbida por el Sphaera Inferos. Había sido una caída desde bastante alto, pero ella no había sentido nada. Incluso en esa circunstancia extrema, el profesor Liedger se había asegurado de que llegara al piso suavemente, y había utilizado su propio cuerpo como escudo para protegerla.

De pronto, estar con él a solas ya no se le antojó peligroso, muy por el contrario. Tras recodar todo eso, se sintió muy agradecida de poder tenerlo para ella sola por algunas horas. Sieghart bajó el anaquel en ese momento y se volteó para mirarla, encontrándose con el rostro sonrojado de la chica. Emma analizó al vampiro, esperando ver al menos algo de sudor en su frente, pero no encontró nada.

- Sin ningún esfuerzo… - susurró la chica, en un suspiro. Sieghart sonrió.

- Ligero como una pluma. - aseguró. - La fuerza física también forma parte de lo que somos, y va aumentando mientras envejecemos. Lo mismo que nuestra velocidad.

En un parpadeo, el profesor Liedger ya no estaba junto al anaquel. Emma alzó las cejas, el vampiro acababa de desaparecer frente a ella. Sin resultados, intentó localizarlo en los alrededores.

- Aquí atrás. - indicó Sieghart, apoyando una mano sobre el hombro de la chica. Emma dio un saltito y se volteó de inmediato, encontrándose con el profesor extranjero, sonriéndole.

- Wow… impresionante. - dijo Emma, recuperándose de su sorpresa inicial y sonriendo. ¿Qué tan rápido podía moverse como para que ella no hubiera notado que había recorrido media habitación en un parpadeo? Sieghart se encogió de hombros, sonriendo con tristeza.

- Sé que parece cosa de superhéroes, pero no debe olvidar, señorita Dujovne, que los vampiros somos depredadores. - aclaró el extranjero. La chica del cabello color miel juntó las cejas. La expresión en el rostro del hombre frente a ella, el tono que había usado y el modo en que lo había dicho le decían que él deseaba que eso no fuera verdad, pero que había aceptado esa aclaración simplemente porque sabía que no podía negarla.

El profesor se transformó en una mancha oscura que se movió rápidamente, un borrón, que llegó junto al anaquel en un instante.

- De hecho, ni siquiera necesitaría toda esta fuerza y velocidad. - dijo, y se volteó para mirarla. Emma sintió algo en ese momento, una atracción increíblemente fuerte que intentaba obligarla a acercarse a él. Era casi insoportable, tenía que caminar hacia él, tenía que acercarse. Iba ya a mitad de camino cuando se dio cuenta de que estaba caminando. Sus ojos, esos ojos verdes, la estaban llamando a ir hacia él. - Alto.

Emma se detuvo, parpadeando repetidamente, como si acabara de salir de un trance. ¿Qué acababa de suceder?

- No tenga miedo. Yo hice eso. - explicó el profesor, acercándose con cuidado. El vampiro pensaba que, después de haberla controlado de esa forma, la chica podría comenzar a temerle, pero se sorprendió cuando ella ni siquiera intentó hacerse para atrás. - Es otra de las habilidades especiales de los vampiros, aunque esta es exclusiva de aquellos que fuimos magos cuando estábamos vivos. Se llama "Compeler" y básicamente es una habilidad para hacer que las personas hagan, piensen o crean lo que nosotros queramos. Lo que hice recién fue algo así, en menor grado. Piense que es como la maldición Imperius.

- ¿Cómo es eso de que, además de controlar a las personas, puede hacer que las personas crean lo que usted quiera? - preguntó la muchacha. No podía entender el concepto.

- Bueno, puedo hacer que las personas piensen lo que yo quiero "escribiendo" mis propias ideas en sus mentes. - explicó el vampiro. - Es algo más difícil que simplemente controlar sus acciones, ya que requiere que me adentre directamente en sus mentes para hacerlo. Haciendo eso, por ejemplo, podría cambiarle la identidad a alguien, haciéndole creer que es una persona completamente diferente, o borrar o reestablecer la memoria de alguien.

Emma asintió, sorprendida.

- Eso quiere decir… que ni siquiera tendría que preocuparse por que alguien lo descubriera. - dijo Emma, frunciendo el entrecejo. Sieghart alzó las cejas. - Pero… no lo entiendo.

- ¿Qué cosa? - preguntó el profesor.

- Cuando descubrí la verdad, usted podría haber utilizado este poder para hacerme olvidar. Podría incluso… beber la sangre de los estudiantes sin que ellos se dieran cuenta. ¿O no? - dijo la chica, mirándolo con curiosidad. Sieghart ladeó la cabeza, curioso también. - ¿Por qué no me borró la memoria? Estoy segura de que sería mucho más fácil que todo esto.

- Sin duda lo sería. - respondió el profesor, fingiendo que de verdad consideraba la opción. Emma llegó a creer que lo haría, pero luego el vampiro sonrió y negó con la cabeza. - No podría hacerle eso. Que usted haya descubierto la verdad fue solo culpa mía. Además, que usted se haya enterado y que me acepte como soy realmente me hace feliz.

La chica de cabello color miel sonrió tiernamente, sonrojándose un poco tras la oleada de felicidad que la inundó al escuchar esas palabras.

- La mayor parte de estos cien últimos años, me he encontrado solo. Desde que recuperé el alma, he tenido muy pocos amigos de verdad, que me acepten por lo que soy, y la mayoría de ellos ya están muertos. - dijo el profesor. - Usted cree que estoy aquí simplemente porque es la condición que usted pidió para aceptar mantener mi secreto, pero no. Lo hago porque es lo que usted quiere y yo también, y punto.

- Gracias. - dijo Emma, encantada. Sieghart sonrió y asintió.

- Muy bien, es hora de comenzar. - dijo el profesor, retrocediendo un par de pasos para poner distancia entre él y la estudiante, quien tomó la misma seriedad que mostraba en clases. - La primera regla que hay al encontrarse a un vampiro es: siempre intentar evitar una confrontación. Si puede escapar, hágalo. La segunda regla, en caso de no poder cumplir con la primera, es: nunca dejes que te ponga las manos encima. Una vez que te alcanza, normalmente, el juego se acaba. Por eso, en el caso de lo magos, lo mejor que se puede hacer es mantener un enfrentamiento a distancia.

Emma prestaba atención, como siempre, a todo lo que él decía.

- Para un mago la mejor forma de matar a un vampiro es utilizar hechizos de fuego. Aunque no es bueno confiarse, ya que le acabo de mostrar lo rápido que podemos movernos. - explicó Sieghart. - También, que la balanza se incline a su lado en el momento del enfrentamiento depende mucho del entorno. En un espacio cerrado es mucho más fácil incinerar a un vampiro, por ejemplo, y te da muchas más oportunidades para cubrirte la espalda.

La chica pensó que eso tenía sentido.

- ¿Y qué hay de utilizar el Lumos Solem? - preguntó la adolescente.

- Ese es un buen punto. Si bien el Lumos Solem emite luz de sol, el hechizo no resulta fatal para los vampiros como la luz del verdadero sol, pero nos debilita bastante. Lo otro, los hechizos paralizantes no funcionan en nosotros, al menos no con varitas normales. Por eso no intente detener los movimientos de un vampiro; solo estará perdiendo el tiempo. La maldición asesina tampoco funciona, puesto que ya estamos muertos. - contestó el profesor extranjero. - Otras formas, algo más complicadas, son decapitándonos o clavando una estaca de madera en nuestros corazones. Aunque claro, considerando las diferentes circunstancias en las que es posible encontrarse con un vampiro, sin contarme a mí, lo más seguro es que lo mejor sea utilizar fuego o estacas de madera, salvo vaya por ahí cargando una espada o un hacha y que sepa manejarlas con propiedad.

- Entiendo. - dijo Emma, asintiendo. - Fuego y estacas de madera, entonces.

- De hecho, lo de las estacas de madera al corazón es solo para matar, cualquier proyectil hecho de madera debilita a los vampiros. - agregó el vampiro.

Emma asintió, comprendiendo la presencia de todas esas armas en el interior de la sala en la que estaban, incluso en el interior de los cestos a un lado del perchero.

- ¿La verbena es realmente tan efectiva como dicen en los libros? - preguntó la chica. Sieghart asintió.

- Sí, pero solo un tipo de verbena, que es la que está en los cestos. - respondió el profesor. - Verbena officinalis. La mitología dice que fue utilizada para cerrar las heridas de Jesús después de su crucifixión, lo que podría darle su carácter sagrado y brindarle las propiedades anti-demoníacas. El contacto con esa planta es muy peligroso para nosotros, nos hiere tanto como la luz del sol. Lo que hace a la planta, sobre todo a las flores, una defensa muy efectiva en contra de nosotros.

La adolescente volvió a asentir, anotando eso en su mente.

- Okay. ¿Qué le parece si comenzamos con algo práctico ya? - preguntó Sieghart, sonriendo y formando una expresión que Emma solo pudo identificar como emoción. - Creo que lo mejor será comenzar con lo más efectivo; el fuego.

Emma puso cara de terror.

- Pero, profesor… eso sería… - Sieghart interrumpió a la chica de cabello color miel.

- Increíblemente peligroso e irresponsable. Lo sé. - dijo el vampiro, alzando las manos. - Es por eso que en vez de utilizar fuego, lo haremos con agua. ¿Le parece?

- Muy bien. - dijo Emma, sonriendo. Con eso se quedaba más tranquila. Sieghart retrocedió otro par de pasos, poniendo aún más distancia entre ellos.

- Hoy quiero que se concentre en seguir mis movimientos e intente mojarme con el Aquaeructo. No utilizaré toda mi velocidad. Iremos de a poco para que se acostumbre a seguirme y a los repentinos cambios de posición. - indicó el profesor. Emma asintió, preparando su varita. - Bien. Uno, dos… tres.

La adolescente alzó la varita, apuntándole al profesor, pero éste ya había cambiado de posición. Estaba un metro más a la derecha y un paso más cerca de ella, mirándola fijamente con una media sonrisa dibujada en el rostro. Emma volvió a apuntar, con el hechizo a medio recitar.

- ¡Aquaeructo! - un potente chorro de agua salió disparado en dirección al profesor, quien apareció súbitamente nuevamente donde había estado en un principio, pero un paso más cerca de ella. La chica detectó su nueva posición tras un segundo y cambió la trayectoria del chorro de agua, solo para descubrir que el profesor ya había cambiado su posición hacia más a la izquierda, tras haberse acercado otro paso más hacia ella. Concentrarse en mantener el chorro y en los movimientos del vampiro era extremadamente complicado, tanto que le impedía ver como éste se movía de un lado a otro. Solo acababa de ver hacia donde se había movido cuando el profesor se detenía para indicarle su nueva posición. Combatir vampiros era mucho más difícil de lo que había pensado en un principio.

- No pierda la concentración, señorita Dujovne. - le indicó el profesor, tras haber desaparecido y reaparecido en una nueva locación. Emma volvió a redirigir el chorro de agua, pero el profesor simplemente volvió a aparecer en otro lugar, siempre acercándose de a un paso. La chica decidió que no podía seguir así, en ese momento, lo más importante era concentrarse en el vampiro, no en su hechizo, así que enfocó su vista en el profesor. Al darle un nuevo enfoque a s concentración, la fuerza del flujo de agua disminuyó, apenas conservando la potencia necesaria para recorrer la distancia que la separaban del extranjero. Sin dejar de mirar al vampiro, la muchacha apuntó de nuevo, viendo claramente el borrón negro que se desplazaba desde donde había estado el profesor hacia más a la derecha, alejándose del agua y acercándose hacia ella. Emma siguió sus movimientos y comenzó a mover la varita, siguiendo el borrón, intentando alcanzarlo con el agua. Estaba casi segura que lo lograría esa vez, ya que la punta de la varita ya estaba a medio camino cuando el profesor volvió a detenerse, pero aún así no fue lo suficientemente rápida ya que, realizando un movimiento muy en contra a lo que ella hubiera imaginado, el borrón oscuro comenzó a desplazarse hacia el chorro de agua, pasando por sobre éste y aterrizando al otro lado, ya casi sobre Emma. La chica intentó cambiar la dirección del chorro otra vez, pero una de las manos del vampiro, que sujetó suavemente la suya, se lo impidió. - Y ahí habría acabado. Nada mal para su primer intento, señorita Dujovne.

Emma notó en ese momento que estaba cansada. No habían pasado ni siquiera dos minutos, pero el profesor Liedger la había hecho concentrarse al máximo. Comenzó a respirar agitadamente, como si hubiera contenido el aliento durante todo ese tiempo, y que la mano del vampiro sobre la suya no ayudaba mucho. El chorro de agua se detuvo, permitiendo que la energía que la chica había gastado comenzara a recuperarse más deprisa. Emma no comprendía la razón de su agitación.

- ¿Se encuentra bien, señorita Dujovne? - preguntó el profesor, preocupado. Si bien no había sido un ejercicio demasiado pesado, la mera presencia de un vampiro utilizando sus habilidades para la caza activaba algo de los instintos más primitivos de los seres humanos. El instinto de supervivencia tomaba el mando, preparando el cuerpo para escapar de la amenaza. Emma estaba sintiendo los efectos de una sobrecarga de adrenalina. La chica de cabello color miel lo miró a los ojos, comprobando que la preocupación que había escuchado en la voz del profesor era auténtica, y sonrió, asintiendo y sonrojándose por tenerlo tan cerca.

-Emma. - dijo la chica, haciendo que el profesor la mirara con curiosidad. - Puede llamarme Emma, profesor. Al menos cuando estemos aquí, si quiere.

Sieghart se sorprendió, pero sonrió de inmediato y asintió.

- Emma, ¿te encuentras bien? - preguntó. La chica sintió como su corazón se detenía al escucharlo llamarla de esa forma tan natural, como dejando de lado el hecho de que ella era una alumna y él un profesor, y en ese momento decidió que, como le habían dicho Ginny y Hermione varias veces, se aseguraría de quedar marcada en el corazón del vampiro, para que pensara en ella como algo más una vez que ella se graduara.

- Si. - respondió la chica, en un suspiro.

En un efecto contrario, Sieghart sintió que su corazón volvía a latir al percibir la felicidad que inundaba a la chica por el simple hecho de que él la llamara por su nombre. Se quedó viendo esos ojos color chocolate, brillantes e inteligentes, y contemplando la armonía de ese hermoso rostro. Hacía años que no se sentía así. Reaccionando de pronto, y sabiendo que no llegarían a nada "correcto" si se quedaban así, el profesor soltó la mano de la chica y se alejó un par de pasos. Emma hizo un esfuerzo descomunal para no mostrar el puchero que amenazaba con formarse en su rostro.

- Bien, eso estuvo muy bien para empezar. Creo que será todo por esta noche. - anunció el profesor. La adolescente juntó las cejas.

- Espere, profesor. - dijo. - Aún es temprano y creo que puedo aguantar un par de intentos más.

Sieghart la vio decidida, por lo que simplemente no pudo negarse de inmediato y se encontró contemplando nuevamente su rostro. Finalmente, derrotado por la imagen de la chica, suspiró.

- De acuerdo. - concedió. La chica sonrió radiantemente, lo que hizo que Sieghart agradeciera haber tomado esa decisión. - Un par de intentos más.

Sieghart se volteó y volvió a alejarse, dándole una buena vista de su parte posterior a Emma y poniendo distancia entre ellos antes de volverse nuevamente hacia ella.

- Esta vez podría atacar desde atrás también, así que esté atenta. - indicó Sieghart, preparándose para comenzar. La chica asintió, preparando su varita. - Bien… adelante.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Dom Nov 27, 2011 6:16 pm

XXII. Predicción

Era casi medianoche cuando Emma Dujovne regresó a la Sala Común de Gryffindor. Estaba exhausta y lo único que quería era irse a la cama, pero estaba más feliz que nunca. Haber pasado esas dos horas a solas con el profesor Liedger había sido una maravilla. Si bien solo habían estado practicando la lucha contra vampiros, para ella había sido mucho más que eso. Gracias a esa sesión de entrenamiento, había logrado conocerlo mejor y ahora sabía mucho más acerca de él que cualquier otro estudiante. Como habían dicho, la estudiante volvió a intentar alcanzarlo con el Aquaeructo otras dos veces después del primer intento, siendo atrapada por el vampiro nuevamente. Poco a poco se iba acostumbrando a sus rápidos movimientos, pero aún así le era imposible alcanzarlo con el chorro de agua. Al menos cuando había una gran distancia entre ellos.

La chica de cabello color miel sonrió al recordar el fin de su tercer intento. Al igual que las veces anteriores, el profesor Liedger la había alcanzado y sujetado su mano suavemente para bajar su varita. Tenía que admitir que había estado algo decepcionada al principio, sobre todo al pensar que ya no había más intentos restantes, sino porque creyó que no había progresado nada en absoluto. No fue hasta que el profesor le sonrió radiantemente que se dio cuenta de que estaba equivocada. Al preguntarle la razón de esa sonrisa, el vampiro había dirigido su mano, la misma que sostenía entre sus dedos, hacia el costado derecho de su camisa. Fue entonces cuando Emma había notado la humedad en la prenda. Había logrado rozarlo con el chorro de agua, lo que habría sido suficiente para distraer a un vampiro si hubiera utilizado fuego, según le había dicho el profesor Liedger.

Luego de eso, la había felicitado por su avance, asegurándole que nunca habría esperado que lo alcanzara en el primer entrenamiento, y después la había sujetado por los hombros cuando el cansancio le había pasado la cuenta. Llevándola con cuidado, la guió hasta un baúl de madera, donde Emma descubrió que en realidad era de metal pintado para imitar la apariencia de la madera, y la sentó allí para que descansara. Tras un par de indicaciones adicionales y nuevas alabanzas, le había ofrecido un trozo de chocolate que contenía una pequeña dosis de poción energizante, que le ayudaría llegar a la Sala Común sin problemas y sin mostrar ningún signo de su agotamiento en el exterior sin interferir con su necesidad de dormir.

Habían quedado en que la próxima sesión sería en dos días, lo que le daría tiempo para descansar y adelantar cualquier trabajo o tarea que pudiera tener pendiente o que apareciera durante esos días, y luego la había acompañado a la entrada de la Sala Común, guiándola a través de la oscuridad.

Incluso aunque era casi medianoche aún había luz en el interior de la sala, lo que le indicaba la presencia de estudiantes aún despiertos. Por supuesto que ya se había imaginado quienes eran. Unos pocos estudiantes de grados inferiores estaban sentados en silencio, con el rasgar de las plumas contra los pergaminos rodeándolos, y al final de la sala, donde acostumbraban sentarse siempre, Harry, Ron, Hermione y Ginny alzaron sus cabezas al verla entrar. Emma sonrió, aunque no se le notaba en el exterior, estaba realmente agotada y lo único que deseaba era irse a la cama, pero no sin antes ir a saludar a sus amigos.

- Hola, chicos. - saludó Emma. Sus amigos le sonrieron y la saludaron de regreso. - ¿Qué hacen levantados tan tarde?

- Te esperábamos. - respondió Hermione, cerrando el libro que estaba leyendo. Emma analizó los rostros de sus amigos, todos tenían los ojos enrojecidos y los párpados caídos. Estaban muertos de sueño, al igual que ella. -

- ¿Cómo estuvo el castigo? - preguntó Ginny, quien estaba sentada junto a su novio, descansando su cabeza sobre su hombro.

- Bien. Habíamos terminado de corregir las pruebas hace mucho, pero me quedé a ayudarle con algunas otras cosas. - dijo Emma, sintiéndose culpable por mentirle a sus amigos, pero era algo que tenía que hacer por el profesor Liedger. - También me ofrecí para ayudarle algunas veces a la semana. Es muy interesante ver los distintos niveles y métodos de enseñanza que el profesor Liedger utiliza para los diferentes cursos.

- ¿Cómo es eso? - preguntó Harry, curioso.

- Bueno, sin duda es mucho más estricto de los otros profesores que hemos tenido, pero a la vez es el que mejores resultados tiene en cuanto a calificaciones de los estudiantes. - explicó Emma, y se cubrió la boca para bostezar. - Ah, estoy agotada, creo que me iré a la cama ya.

- Apoyo esa idea. - dijo Ron, aletargado. Emma sonrió y esperó a que ellos se pusieran de pie. Caminaron juntos hacia las escaleras, en donde las parejas se detuvieron para darse los besos de buenas noches mientras Emma seguía su camino hacia la habitación de las chicas.

Al entrar en la habitación, se dio cuenta que no había nadie en su interior, las otras dos chicas que compartían el dormitorio con Hermione, Ginny y ella estaban en la Sala Común, haciendo deberes. Sin perder tiempo, fue hasta su cama y sacó si pijama de debajo de su almohada para dirigirse al baño a cambiarse. Si bien durante al día aún hacía calor, la temperatura descendía rápidamente al caer la noche, por lo que había cambiado su pijama de verano por uno más abrigador. Se lavó los dientes antes de quitarse los zapatos, las medias, las falda, la blusa y el sujetador, e iba a ponerse los pantalones del pijama blanco floreado cuando captó su imagen en el espejo. Conectó sus ojos con los de su reflejo y comenzó lentamente a bajar por sobre su imagen. Registró el lindo rostro de la mujer en el espejo y descendió a lo largo de su fino cuello, analizando los delgados hombros y los pechos redondos, firmes y plenos, bajando por su abdomen plano, su cintura estrecha que volvía a ensancharse en sus caderas para descender por sus bien formadas piernas. ¿Era acaso ella una chica hermosa? ¿Deseable? Los admiradores que tenían en el colegio parecían creerlo.

Esas dudas aparecían ahora en su mente por lo ocurrido en el entrenamiento. Justo después de que ella le dijera que estaba bien llamarla por su nombre, el vampiro se había quedado mirándola atentamente a los ojos, con el aire seductor que siempre lo rodeaba. Habían estado frente a frente, con meros centímetros separándolos. Ya había pasado algo similar antes, cuando el profesor la había observado sin reparos cuando ella había ido a su despacho a decirle que sabía la verdad acerca de él.

¿La consideraba hermosa? ¿Era lo suficientemente hermosa como para estar con alguien como él? Volvió a recordar sus miradas y sonrió ligeramente para si misma. Negando con la cabeza, se puso los pantalones del pijama y cubrió su torso con la parte superior para salir del baño. Hermione y Ginny ya estaban allí y la miraron de cerca antes de sonreír.

- ¿Y bien? - preguntó Ginny. Emma alzó una ceja con curiosidad. - No te hagas, ven aquí y cuéntanos como te fue.

- ¿Cómo lo pasaste? - preguntó Hermione al tiempo que la chica se sentaba en su cama.

- Fue grandioso. - terminó respondiendo Emma, sin poder seguir resistiendo la tentación de comentarlo. - El profesor Liedger es tan maduro e inteligente. Aprendí muchas cosas sobre él esta noche.

- ¿Cómo qué? - preguntaron sus amigas.

- Bueno, como ya habíamos pensado, es todo un caballero. Estuvo preocupado todo el tiempo de no forzarme a realizar mucho trabajo y, una vez hubimos terminado, me acompañó de regreso hasta la entrada de la Sala Común. - comentó Emma. - Me ofreció su brazo para subir las escaleras para que no fuera a tropezar y todo.

Las amigas sonrieron tiernamente, esas costumbres de "la vieja escuela" eran muy extrañadas a veces. Detalles pequeños pero que podían tener gran importancia.

- También aprendí que de verdad se preocupa por sus estudiantes y de que ellos aprendan y desarrollen todo su potencial. - aseguró la chica de cabello color miel, sonriendo. Era verdad, él la estaba entrenando para combatir vampiros porque quería hacerlo, aunque sus amigas probablemente pensarían que se estaba refiriendo a las pruebas que corrigieron y las calificaciones puestas. - Él es… alguien único.

Hermione y la pelirroja se miraron la una a la otra y sonrieron. Era exactamente lo que ellas sentían por sus respectivos novios, y con eso ya era oficial; Emma estaba completamente enamorada del profesor extranjero.

Las dos amigas fueron a cambiarse y las tres se metieron en sus camas.

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Sieghart volvió a su despacho luego de recorrer los pasillos del castillo en una ronda de vigilancia improvisada. No había encontrado nada fuera de lo común, por lo que había decidido irse a la cama de una vez. Se quitó la túnica y la colgó en un perchero junto a la puerta antes de dirigirse hacia el fondo de la habitación, abriendo su camisa en el camino. Dejó que el frío aire le acariciara el pecho desnudo mientras se servía un Scotch, y luego fue a pararse frente a la ventana, quitándose la camisa y dejándola sobre la cama. Los músculos de su torso, marcados y duros, fueron iluminados por la luz de las velas, permitiendo que el tatuaje en su espalda fuera visible para cualquiera que le viera la espalda. Bebió un sorbo de su trago y disfrutó de la sensación quemante que bajaba por su garganta.

Gracias a que había dejado todo listo antes de irse con Emma a su primera sesión de práctica, ahora podía simplemente irse a dormir si quería, pero el problema era que no podía. Las imágenes de la joven Dujovne daban vueltas en el interior de su mente. Su mirada de concentración al intentar atinarle con el chorro de agua, su radiante sonrisa cuando él le dijo que el hecho de que ella supiera la verdad acerca de él lo hacía feliz, la expresión hipnotizada y lujuriosa cuando ella se le acercaba lentamente mientras él la llamaba con su poder. La forma en que su pecho se movía cuando respiraba agitadamente para recuperarse del esfuerzo realizado y, por sobre todo, le devoción que había en su mirada cuando le miraba a los ojos. Había visto ese resplandor en los ojos de cientos de mujeres, de todas las edades, a lo largo de sus años de existencia, y nunca le había prestado atención de la forma en que lo hacía en ese momento. Aunque fuera un vampiro, seguía siendo un hombre y tenía necesidades físicas, y gracias a su apariencia y personalidad no le era difícil encontrar a alguna chica que quisiera compartir su cama, pero siempre eran juegos de una o dos noches máximo; relaciones sexuales que servían simplemente para calmar sus urgencias, nada más. Pero siempre veía esa devoción en los ojos de las chicas con las que pasaba una noche, y nunca le interesaba. Pero en el caso de Emma era diferente; que ella lo mirara de esa manera lo hacía sentirse bien… feliz.

Sieghart tenía que reconocer que estaba confundido, no debería estar sintiéndose así. Emma era una estudiante de diecisiete años con toda una vida por delante y él un muerto viviente de más de dos siglos que seguiría existiendo hasta que alguien o algo lo matara. No, era impensable. Él era un profesor y ella una estudiante, pero principalmente, su relación simplemente no tenía futuro. Ella seguiría madurando, envejeciendo, y él seguiría igual; congelado en el tiempo como todos los objetos inertes… como una simple piedra junto al río de la vida, que seguía fluyendo sin importar lo que pasara.

El profesor extranjero alzó las cejas y detuvo su tren del pensamiento en el acto. Acababa de pensar en una posible relación con la chica a la que le estaba enseñando a pelear contra vampiros. Volvió a tragar un poco de su bebida y negó con la cabeza, eso no podía pasar. No podía permitirse que pasara. Ni siquiera debería estar pensándolo. Todas sus oportunidades de tener una vida normal habían desaparecido la noche en que Mikhaila lo había convertido en lo que era. Ya no podría tener relaciones duraderas con chicas normales, ni tener hijos… nada. La única relación que podría llamarse "de por vida" sería con una vampiresa, pero para él eso era también era impensable. En los dos siglos que llevaba siendo un vampiro, había conocido a varias mujeres de su misma clase y todas resultaban ser iguales. Pretenciosas, llenas de belleza y sin inhibiciones que creían poder conseguir todo lo que quisieran simplemente tomándolo. Jugaban con las vidas de las personas como si éstas no valieran nada, alimentándose de la gente como si fueran una especie de ganado y nada más. Todas eran justo y como Mikhaila, pero nunca tan sádicas.

Jamás habría pensado como era ella realmente el día en que la conoció, en los terrenos del castillo Beauxbatons durante el Torneo de los Tres Magos del año 1787, en el cual él había sido el campeón de Hogwarts, justo y como lo había decidido en su tercer año como estudiante. Ese año, todo había comenzado como de costumbre, se había reencontrado con sus compañeros de clases luego de haber pasado el verano en Hogwarts, practicando su magia y trabajando en el castillo para pagar su estadía adicional. No tenía ningún lugar al que ir, por lo que realizaba gustoso el trabajo a modo de agradecimiento por la oportunidad de poder quedarse y practicar sus hechizos. Gracias a esos veranos en el castillo, en los cuales él si estaba autorizado a utilizar magia, se había adelantado a todos sus compañeros en cuanto a dominio de conocimientos y técnicas, y mostraba un nivel que lo ponía casi a la par con los estudiantes que cursaban su quinto año.

Durante la ceremonia de bienvenida, se había seleccionado las casas de los estudiantes de recién ingreso y luego el director les había presentado a unos inesperados invitados. Casi cuarenta estudiantes procedentes de los colegios hermanos de Hogwarts, la Academia Beauxbatons y el Instituto Durmstrang, se quedarían en el colegio para participar o presenciar un evento realizado cada cuatro años; el Torneo de los Tres Magos. Sieglieg no sabía acerca de ese evento, y quedó maravillado apenas el director les explicó de qué se trataba. Un estudiante de cada colegio, el mejor de todos, sería escogido para representar a su institución en una serie de competencias que probarían sus habilidades y dominio de las artes mágicas. Al final, solo uno sería el ganador y su nombre quedaría grabado en la gloria eterna. Cada estudiante que quisiera participar, debería depositar un trozo de pergamino en el interior de la llama azulada que sobresalía del gran cáliz dorado que quedaría en el centro del Gran Comedor. Cualquier estudiante podía intentar ser elegido, pero una vez fuera el campeón de su colegio, ya no habría vuelta a atrás.

Sieglieg sopesó la idea de depositar su nombre en el cáliz por varios días, pero finalmente decidió que aún no estaba listo para competir contra los mejores. Analizando las palabras del director Gobbert, lo más probable era que eligieran a estudiantes de último año, con su formación mágica casi completa, y que tuvieran las mejores calificaciones. Si eso era todo lo que se necesitaba, pues él ya iba bien encaminado, pero aún carecía de los conocimientos más avanzados y para volver a tener otra oportunidad debería esperar otros cuatro años. Quizás no valdría la pena, después de todo. Pero a medida que presenciaba las pruebas, retos que exigían el máximo a los competidores, y la forma en como los ganadores eran ovacionados por el resto, quienes reconocían sus habilidades como las mejores, hicieron que comenzara a cambiar de opinión, junto con algunos comentarios e incidentes a lo largo del año. Los de Slytherin, quienes compartían la ideología de los estudiantes de Durmstrang, se habían aliado con los visitantes para hacerle la vida imposible a los "impuros". Pero no fue hasta que escuchó al director de Durmstrang, instituto del cual el campeón había ganado la competencia, dar su discurso de victoria, sobre todo la parte en la que lo había ubicado a él entre el público para decir: "porque en Durmstrang solo tenemos a los mejores". Había sido un comentario dirigido expresamente hacia él. Sieglieg se había sentido tan humillado que las lágrimas habían estado a punto de salir de sus ojos. De ninguna manera permitiría que eso se quedara así. Y entonces había decidido que se convertiría en el campeón de Hogwarts del torneo siguiente aunque fuera lo último que hiciera.

Sieghart sonrió tristemente al pensar en que si el campeón de Durmstrang no hubiera ganado la competencia en esa ocasión, tal vez nunca habría decidido ser el campeón del colegio, y jamás habría viajado a la Academia Beauxbatons. Nunca habría conocido a Mikhaila Richi y no sería lo que era ni habría hecho lo que hizo.

El profesor extranjero terminó su Scotch y se dirigió hacia su cama, donde se recostó. El rostro de la vampiresa que había sido su compañera apareció en su mente, sonriéndole seductoramente, como siempre solía hacerlo. Ella siempre buscaba algo de él, ya fuera simplemente atención o alguna suerte de favor, los cuales él siempre consentía, ya que la recompensa siempre era grande y satisfactoria. El solo pensar en ella hacía que su sangre hirviera. Sintió como sus colmillos crecían y sus ojos cambiaban de color, mientras un gruñido gutural se emitía desde su pecho.

De pronto, mientras maldecía a la mujer endemoniada que le había quitado la vida, el rostro de Mikhaila cambió y fue reemplazado por el de Emma Dujovne. La reacción fue instantánea. Toda la ira que sentía el profesor se esfumó de inmediato y una sonrisa espontánea se formó en su rostro. Sus ojos recuperaron su color natural y sus colmillos se retrajeron, y una paz infinita le consoló el alma. Solo una chica había mostrado tener un efecto similar en él, pero no en el mismo grado. Había muchas personas que opinaban lo mismo de aquella chica, que lograba ver la belleza interna de las personas y toda la bondad de sus corazones, y Sieghart era una de esas personas. Lily Evans había sido su mejor amiga desde el momento en que la conoció en el Bosque Prohibido. Sus ojos comenzaron a cerrarse debido al sueño mientras recordaba sus pequeñas aventuras con Lily Evans, y mientras la comparaba con su hijo, Harry Potter. Finalmente, Sieghart se durmió con una sonrisa en el rostro.

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Harry Potter despertó al día siguiente, cerca de la hora en la que usualmente bajaba a desayunar. Se desperezó lentamente y cogió sus gafas de la mesita de noche y se las puso mientras se sentaba. La luz del sol ya comenzaba a colarse a través de las cortinas, iluminando pequeñas porciones de la habitación. En la cama junto a él, Ron aún roncaba sonoramente, como cada mañana. Harry se levantó y recogió su uniforme limpio a los pies de su cama, sobre su baúl. Los elfos siempre le tenían ropa limpia para todos los días. Se encaminó hacia la cama de su mejor amigo y agitó al pelirrojo con cuidado.

- Ya es hora, Ron. - le indicó Harry, recibiendo un ronquido como respuesta. El pelinegro suspiró y negó con la cabeza, pasaba por lo mismo todos los días de clases. Volvió a agitar al pelirrojo, con un poco más de fuerza. - Vamos, Ron. Llegarás tarde a clases y Hermione se enfurecerá.

Los ojos del pelirrojo se abrieron como platos en ese momento, y Ron se sentó enseguida.

- ¡Estoy despierto! - gritó, mirando en todas direcciones. De pronto se topó con Harry y suspiró de alivio. Harry rodó sus ojos.

- Todos los días funciona. - dijo Harry. - No sé para que me molesto en seguir intentando despertarte. Tendría que dejar que Hermione viniera aquí a hacerlo ella misma, así nunca más te quedarías durmiendo.

- No creo que sea capaz de volver a dormir si eso ocurre. - dijo Ron, dando un bostezo. Harry rió.

- Solo levántate ya. Las chicas seguramente ya se estarán arreglando. - dijo Harry y se dirigió al baño. Como habían acordado a principios de año, Harry les prestaba su capa de invisibilidad a las chicas en las mañanas para que Ginny y Emma pudieran ir con Hermione al baño de los prefectos que estaba cerca del baño que guardaba la entrada a la Cámara de los Secretos, donde Myrtle la Llorona pasaba sus días. Al igual que el baño que habían utilizado para preparar la Poción Multijugos en segundo año, el baño de los prefectos cercano también se veía asediado por el fantasma de la adolescente. De hecho, era el mismo baño que él había utilizado para obtener el acertijo en el interior del huevo dorado que le había quitado al dragón en la primera prueba del Torneo de los Tres Magos en el que participó en su cuarto curso, y ahí las chicas podían bañarse a gusto y sin prisas. Para esas horas, seguramente ya estarían de regreso en la habitación de las chicas y se estarían terminando de preparar para las clases. Ron y él hacían lo mismo por las noches cuando se les antojaba darse una ducha con calma.

- Ya voy, ya voy. - dijo Ron. Ya no quedaba nadie más en el interior de su habitación, por lo que el pelirrojo simplemente volvió a recostarse. Harry suspiró, pensando seriamente en cumplir con su amenaza.

Luego de darse una ducha rápida, Harry salió del baño, completamente vestido y preparado para tener que despertar a su amigo nuevamente, pero se sorprendió al encontrarlo sentado en su cama, esperando por el baño. Cuando Ron hubo salido de la ducha, ya era casi la hora de bajar a desayunar, por lo que bajaron a la Sala Común para ver si se topaban con las chicas. Había unos pocos estudiantes reunidos allí, esperando por algunos de sus amigos o terminando tareas a última hora, pero ninguna de sus tres chicas estaba entre ellos, por lo que simplemente decidieron bajar y encontrarlas en el Gran Comedor. Salieron a través del pasadizo detrás del retrato de la Dama Gorda y se dirigieron hacia las escaleras. Iban ya en el quinto piso cuando notaron a un grupo de estudiantes amontonados alrededor que algo que Harry no pudo ver. Impulsados por la curiosidad, el pelinegro y Ron se abrieron paso a través de los alumnos hasta llegar a centro del círculo.

Había una forma colorida, alargada y temblante apoyada contra de una de las paredes, Harry notó la melena desordenada que cubría la cabeza de la persona vestida con una túnica transparente, lo que dejaba ver su vestido de lentejuelas verdes y rojas. Era la profesora Trelawney, y respiraba agitadamente mirando perdidamente al piso y emitiendo extraños sonidos guturales. Harry ya conocía esos sonidos y supo que nada bueno podía esperarse.

- ¿Profesora? - llamó Harry.

- Ha estado así por casi un tiempo ya. - dijo un estudiante menor de Hufflepuff. - Ya hemos llamado a Madam Pomfrey.

Harry asintió lentamente y se acercó a la profesora de Adivinación. Sintió como su corazón comenzaba a acelerar el ritmo de sus latidos con anticipación a lo que seguramente estaría por venir.

- Espera, Harry. - llamó Ron, caminando a su lado. Harry apoyó una mano sobre uno de los delgados hombros de la profesora Trelawney, quien pareció reaccionar alzando la cabeza. La mujer emitió un gutural gemido antes de voltearse hacia los estudiantes.

- Se acerca la hora. Pronto el caballero oscuro regresará y los dos demonios con rostros de ángeles volverán a unirse. Pero uno de ellos caerá y el guerrero de la marca volverá a guiar a los soldados de la luz para enfrentar al demonio restante hasta que el ángel blanco le regrese sus alas al habitante del infierno, antes de que éste nos condene a todos a una eternidad en las tinieblas. - habló la profesora, con voz profunda y distorsionada. Todos los presentes retrocedieron unos pasos, incapaces de darle un nombre a lo que estaban viendo. Harry, por otro lado, sabía lo que estaba pasando. La profesora de Adivinación había entrado en un trance y estaba realizando una predicción, una que parecía alertar acerca de oscuros acontecimientos que se acercaban. Sin prestarle atención a lo que los rodeaba, Harry y Ron se dedicaron a repetir en silencio lo que acababan de escuchar para memorizarlo. Al final de la última frase, la profesora comenzó a hacer arcadas antes de pestañear repetidas veces y, como si acabara de notar a su público, poner una cara de curiosidad hacia los estudiantes. - ¿Qué está pasando aquí?

Ninguno de los presentes dijo nada, simplemente se quedaron viendo a la mujer como si ésta estuviera loca.

- No es nada, profesora. Iba en camino a unirse a los demás profesores para desayunar con ellos. - mintió Ron, recorriendo a todo el grupo con una mirada de complicidad. La profesora le miró con confusión.

- ¿En serio? Vaya, eso es raro, mi niño. No suelo unirme a todo el bullicio del Gran Comedor puesto que nubla mi ojo interior. - explicó la profesora, tragándose el cuento, y se pasó todo el camino al Gran Comedor haciendo predicciones sobre el futuro de la mayoría de los estudiantes que la acompañaban.

Harry y Ron no le prestaban atención y, caminando atrás de los demás, se dedicaban a repetir la predicción en voz baja para no olvidarla e intentar descifrar su significado. Lo primero que hicieron al llegar al gigantesco salón fue alejarse de la profesora Trelawney y ubicar a las chicas. Hermione, Ginny y Emma estaban sentadas en la mesa de Gryffindor, junto a Neville y Luna. Los dos chicos se acercaron rápidamente a sus novias y a sus amigos. Luego de los saludos, se sentaron junto a las chicas, quienes notaron de inmediato que algo había ocurrido.

- ¿Pasó algo? - preguntó Hermione.

- Si. Tenemos que hablar. - dijo Harry, serio, haciendo que las chicas fruncieran el entrecejo.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Dom Dic 04, 2011 11:40 pm

XXIII. Algo del pasado.

- Se acerca la hora. Pronto el caballero oscuro regresará y los dos demonios con rostros de ángeles volverán a unirse. Pero uno de ellos caerá y el guerrero de la marca volverá a guiar a los soldados de la luz para enfrentar al demonio restante hasta que el ángel blanco le regrese sus alas al habitante del infierno, antes de que éste nos condene a todos a una eternidad en las tinieblas. - repitió Hermione. Ella, Ron, Harry, Ginny y Emma estaban en la Sala Común de Gryffindor, luego de haberse pasado el día preguntándose el significado de las palabras de la profesora de Adivinación.

A decir verdad, eran muy pocos los que creían las predicciones de la profesora Trelawney, pero Harry y sus amigos sabían acerca de su infalible poder para vislumbrar el futuro cuando entraba en trance. Dos de las predicciones hechas en ese estado, al menos las dos que ellos conocían, se habían cumplido. Una acerca del nacimiento de Harry como aquel que tendría el poder para derrotar al señor tenebroso y la otra acerca del regreso del mismo luego de su primera caída. Y ahora conocían una tercera predicción, una profecía.

- ¿Qué significará? - preguntó Ron, nuevamente. Era la pregunta que daba vueltas en todas sus mentes. Tras todas las horas que llevaban pensando en eso habían decidido que lo mejor sería intentar descifrarla por partes.

- El caballero oscuro regresará… - repitió Harry, ya tenía una sospecha acerca de eso. - ¿Voldemort?

- ¿Crees que Voldemort puede ser clasificado como "caballero"? - preguntó Ginny. Todos pensaban lo mismo, pero a nadie se le ocurría nada más.

- ¿Y qué es eso de los demonios con rostros de ángeles? - preguntó Hermione, ni siquiera ella podía imaginarse el significado de aquellas metáforas. Lamentablemente, y para frustración de ella, no había tenido tiempo en todo el día para ir a la biblioteca para averiguar algo acerca de eso.

- Bueno… Tom Riddle era un joven bastante apuesto, dentro de todo. - opinó Harry, mirando a Ginny, quien lo pensó un momento antes de asentir. - Y siempre, desde pequeño, fue malvado. Él podría se catalogado como demonio con rostro de ángel perfectamente.

Luego de haberlo pensado unos momentos, decidieron que quizás podría ser así, pero que no debían apresurarse a sacar conclusiones. Harry, Ron, Hermione, Dumbledore, Crabbe y el mismo Voldemort se habían encargado de destruir cada uno de sus Horrocruxes… era imposible que él regresara.

- Al menos sabemos quién es el guerrero de la marca. - opinó Emma, mirando a Harry. Todos concordaban en eso, el guerrero de la marca era la parte más clara de toda la predicción, bastante obvia, en realidad.

- Lo que nos deja a nosotros como los soldados de la luz. - dijo Ron, con las cejas juntas. - Aunque no estoy muy seguro si se refiera a Hermione y a mí, o a todo el ejército de Dumbledore, o a todos los que lo apoyamos en la batalla contra Voldemort. "Volverá a guiar a los soldados de la luz…" tiene que ser eso, quienes siempre hemos estado junto a él tendremos que volver a pelear contra el Señor Tenebroso.

- Pero si en verdad se trata de Tom Riddle, ¿qué es eso de que los dos demonios con rostros de ángeles volverán a unirse? Eso suena casi como si se tratara de alguien igual a Voldemort… pero todos sabemos que él siempre se consideró mejor que todos. - opinó Hermione. Eso era cierto. A los ojos de Voldemort, nadie había podido considerarse como un igual. Ni siquiera Harry Potter, a quien había "marcado" por accidente. - Si hay algo de lo que podemos estar seguros es que el caballero oscuro, uno de los demonios con rostros de ángeles y el habitante del infierno a quien el ángel blanco le regrese las alas son la misma persona. Simplemente tiene sentido de esa forma.

- Entonces, un ser malvado, posiblemente oculto tras un disfraz de alguien quien no rompe un plato, regresará y se unirá a alguien que lo acompañó en un tiempo pasado. Uno de esos dos caerá y Harry deberá enfrentar al que quede en pie con nuestra ayuda… hasta que el "ángel blanco" le regrese sus alas. - resumió Ginny, con una mano en su barbilla, pensando. - ¿Ángel blanco? ¿A quién se referirá?

- ¿Otra forma de referirse al "guerrero de la marca", quizás? - preguntó Emma. Si todo lo que suponían era verdad, entonces la profecía solo podía referirse a un posible retorno de Voldemort y una nueva batalla se acercaba.

Harry se levantó de su lugar y se encaminó hacia una de las ventanas para mirar hacia el exterior. Todo era tan pacífico ya. La nube de temor que cubrió el colegio desde el regreso de Voldemort ya no estaba, justo como la primera vez en que el Señor Tenebroso cayó. Harry no quería que ese ambiente se destruyera. Todos estaban felices y en paz, dejando el miedo atrás de ellos. Sintió un par de brazos que lo rodearon desde su espalda y una mano apoyándose sobre su hombro. El joven se volteó y se encontró con su novia y su mejor amigo, ambos sonriéndole y brindándole todo su apoyo. Hermione estaba abrazada a Ron, también sonriéndole, al igual que Emma, quien estaba de pie junto al pelirrojo. Harry sonrió débilmente y asintió. Si tenía que volver a luchar, lo haría.

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La noche siguiente, Emma se despidió antes de salir de la Sala Común de Gryffindor y dirigirse al despacho del profesor Liedger, con la excusa de que había quedado con el joven extranjero para ayudarle con más correcciones. Si bien ese no era el verdadero motivo por el cual iba hacia el despacho del profesor, y sus amigos sabían eso, pero sin sospechar acerca de su entrenamiento secreto para combatir vampiros, Harry y los demás pensaban ciegamente que simplemente quería pasar un rato a solas con él. Ginny la apoyaba con totalidad y Hermione también demostraba su apoyo, pero hasta cierto punto. Que se pasara algunas horas con él, en su despacho, a solas y de noche no le estaba agradando tanto como hubiera querido. Ella aún era una estudiante, después de todo. Sólo tenía diecisiete años. Y el profesor Liedger era justamente eso, un profesor. La castaña tenía miedo de que las cosas avanzaran demasiado rápido, y que ciertos eventos llegaran antes del tiempo adecuado. Sin embargo, decidió guardarse todo eso y simplemente le demostró que estaba con ella. Por el momento. Tenían muchas cosas en las que pensar, como resolver el acertijo que la profesora Trelawney había recitado a modo de profecía. Emma aún pensaba en la predicción al momento de salir.

La chica de cabello color miel salió a través del pasadizo detrás del retrato de la Dama Gorda y se dirigió hacia el pasillo de las escaleras. Jadeó de sorpresa al encontrarse ahí al guapísimo vampiro, esperándola. El profesor Liedger le dedicó una sonrisa, antes de mirar los alrededores y volver a concentrarse en ella.

- Buenas noches, Emma. - la saludó el profesor. Emma se sonrojó mientras sonreía.

- Buenas noches, profesor. - dijo la chica.

- Quise venir y evitarte el camino a mi despacho. - explicó el vampiro, mientras comenzaban a andar hacia una de las puertas que los llevaría hacia el pasillo en el que estaba el acceso a la Sala de Menesteres. - En mi camino hacia acá no me topé con nadie, esperemos que siga igual de desierto.

Emma asintió, volviendo a pensar en la predicción.

- Algo te sucede. - dijo el profesor Liedger, mirándola de cerca. Emma se sonrojó al mirar esos deslumbrantes ojos grises. Estaban recorriendo un trecho del pasillo que era iluminado por escasas antorchas, lo que mezclaba las penumbras con la luz y le concedía un nuevo e hipnótico efecto al rostro del profesor. - ¿Está todo bien?

- Si. Es solo que, tengo algunas cosas en la cabeza que son difíciles de ignorar. - respondió la chica.

- ¿Necesitas ayuda? - preguntó Sieghart. Emma pensó en si debía decirle todo acerca de la profecía o no. Nadie más que los presentes al momento de que la profesora Trelawney entrara en trance, y ahora Hermione, Ginny y ella, sabía acerca de eso. Todo el grupo apostaba a que solamente ellos se habían tomado el asunto tan enserio como para intentar descifrar las palabras de la profesora de Adivinación, y lo único que habían podido llegar a suponer fue sobre un posible retorno de Lord Voldemort. Quizás sería bueno decírselo ya que él era el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

- Bueno… es algo… no sé. Puede que en realidad no sea nada. - comenzó Emma, indecisa. Sieghart sonrió.

- Espera, ya llegamos. - dijo, posiblemente se sentiría más segura para hablar cuando estuvieran solos. Se quedaron de pie frente al muro mientras Sieghart invocaba la habitación para entrenar, y entonces la puerta apareció y entraron en la sala. - Muy bien, ahora si.

Como la primera vez, le ofreció una mano para que le entregara su túnica, la cual Emma se quitó y le entregó al hombre, quien la colgó en el perchero.

- Ayer en la mañana Harry y Ron fueron testigos de algo que sucedió en las escaleras. - comenzó Emma, sintiéndose algo culpable por estar diciéndole eso a espaldas de sus amigos. - Se encontraron con la profesora Trelawney, que estaba en un trance y dijo una predicción.

- Entiendo. Las habilidades de Sybill Trelawney para predecir el futuro son bastante conocidas en Europa. Hay un salón especial en el Ministerio de Magia en donde se guardan las profecías más importantes. - explicó el profesor, quitándose su propia túnica. - Tengo entendido que hay varias predicciones de la profesora Trelawney almacenadas allí. Ya con que acepten guardar una segunda demuestra lo buen adivinador que eres. ¿Y qué decía la predicción?

Emma, quien había aprendido la profecía de memoria también, se la recitó al vampiro, notando como sus cejas se iban juntando a medida que las palabras salían de su boca. Cuando finalizó la predicción, el rostro del profesor era serio como nunca lo había visto.

- ¿Profesor? - llamó Emma. El extranjero parpadeó varias veces, mirando al piso. - ¿Profesor Liedger?

- No, no es nada. - dijo Sieghart, sonriendo. - Realmente suena malo.

- Así es. Estuvimos todo el día pensando en el significado de las frases, pero solo se nos ocurría una sola cosa. - dijo Emma.

- ¿Qué cosa? - preguntó el profesor.

- Bueno, lo único que podemos decir casi con total certeza, es que el "guerrero de la marca" es Harry y que los "soldados de la luz" somos nosotros, los que lo hemos apoyado desde que Voldemort regresó. - respondió Emma. - Lo que nos llevó a pensar que un demonio con rostro de ángel de los que se mencionan es Tom Riddle.

- ¿Que Voldemort podría regresar? - preguntó Sieghart, al aire, y para sorpresa de la adolescente, sonrió con algo de emoción. Dicha expresión desapareció tan rápido que Emma casi pensó que lo había imaginado, pero no. Parecía que el profesor Liedger estaba feliz con la idea. Sieghart notó la mirada en el rostro de la chica, y supo que su expresión lo había traicionado. - Oh, lo siento. Es solo que la idea de una revancha contra el cara de víbora suena realmente bien.

- ¿Revancha? - preguntó Emma, alzando las cejas. - ¡¿Acaso usted…?!

El profesor Liedger asintió.

- Me enfrenté a Voldemort en dos ocasiones. - confirmó el vampiro, mirando al techo. - La primera vez fue en el año 1970, en Estados Unidos. Pero la llegada de los enviados del Ministerio de Magia Americano nos obligó a detenernos, ya que ambos éramos perseguidos por las autoridades mágicas.

Emma escuchaba atentamente, maravillada con la revelación. Sieghart la miró y notó el resplandor en sus ojos, y decidió que tenían algunos minutos como para contarle toda la historia. Así que se dirigió hacia el baúl metálico y se sentó sobre él, indicándole a Emma para que se sentara a su lado.

- Luego de eso, decidí seguirle la pista y vine a Europa detrás de él, decidido a acabar con él. Fue en ese viaje que conocí a Dumbledore. - siguió el vampiro. - Él ya sabía acerca del vampiro que podía utilizar magia y que portaba una varita de plata, gracias a su antiguo amigo, Gellert Grindelwald.

- ¿Conoció a Grindelwald? - preguntó Emma, más impresionada aún.

- ¿Conocerlo? - dijo Sieghart, con sarcasmo. - El maldito casi me destruye cuando lo enfrenté. Gracias a su varita, logró paralizarme y casi me vuelve cenizas. Por suerte el hechizo inmovilizador perdió su efecto y logré desaparecer de ese lugar. Ciertamente, la Varita de Saúco me tomó por sorpresa, pero cuando me recuperé para regresar a por Grindelwald, Dumbledore ya lo había derrotado. Pero esa es otra historia. Como iba diciendo, conocí a Dumbledore después de mi primer enfrentamiento contra Voldemort. Las cosas en ese tiempo eran muy sombrías aquí en Hogwarts, los seguidores de Voldemort rondaban el castillo a menudo, intentando atacar a los estudiantes y profesores.

Emma juntó las cejas, recordando el horroroso año anterior.

- Dumbledore usó Legeremancia en mí, y debido a que era él quien portaba la Varita de Saúco ahora, no pude bloquearlo. Supo todo sobre mí en ese momento, como me convertí en vampiro, como recuperé el alma… todo. Así supo que yo no era malo. - siguió el profesor. - Le conté acerca de mis intenciones de cazar a Voldemort, y él me informó casualmente acerca de la presencia constante de los seguidores de Voldemort en las cercanías de Hogwarts. Así que decidí venir a investigar, ya que así podría obtener alguna pista acerca de su paradero. Estuve viviendo en el Bosque Prohibido desde finales de 1971, y fue a inicios de 1972 que conocí a Lily Evans, quien más tarde se convertiría en Lily Potter, la madre de Harry.

La chica de cabello color miel jadeó, abriendo lo ojos de par en par y dejando caer su mandíbula por la sorpresa.

- Ella fue… mi mejor amiga… la mejor que he tenido y que jamás tendré. Supo que era un vampiro desde que me conoció, debido a las circunstancias de nuestro primer encuentro. Ella tenía doce años en ese entonces, y nunca me tuvo miedo. Al contrario, siguió visitándome constantemente en el Bosque Prohibido y brindándome su compañía y su amistad. Fue, de hecho, por ella que decidí quedarme en el bosque hasta que ella saliera de Hogwarts, en lugar de seguir buscando a Voldemort fuera del colegio. - La chica notó el rostro melancólico del profesor extranjero. Sieghart no sabía la razón por la que estaba contando todo eso. Nunca se lo había dicho a nadie… y se dio cuenta de que realmente necesitaba contarlo para dejar salir todo el dolor que le provocaban esos recuerdos. - Era una hechicera asombrosa. Tenía un talento incomparable y un corazón tan grande como sus habilidades.

- ¿Conoció también al padre de Harry? - preguntó Emma. Parecía una niña pequeña, escuchando un cuento de hadas.

- Hmph, James Potter. Que pedazo de idiota. - dijo Sieghart, pero al contrario de lo que sugerían sus palabras, el profesor no mostraba hostilidad alguna en su rostro o en su postura. - Si, también lo conocí. Al principio no me agradaba mucho ya que siempre estaba haciendo enojar a Lily con su actitud inmadura y sus tontas bromas. Pero luego de que dejó todo eso atrás, ya no fue tan malo. En fin, al salir de Hogwarts, esos dos se casaron y yo me dediqué a buscar a Voldemort fuera del colegio. No sé si sabías esto, pero Lily y James se enfrentaron al cara de víbora en tres ocasiones. Bueno, para la tercera vez, a finales de 1979, Lily ya estaba embarazada y yo intervine en el enfrentamiento para que James y ella pudieran escapar. Nuevamente, nos interrumpieron los Aurores, y después, cuando quise ir tras Voldemort nuevamente, Dumbledore me lo impidió, diciéndome acerca de la profecía que decía que el único que podría detener al Señor Tenebroso estaba por nacer. Cualquier otro que lo intentara fracasaría. Dumbledore estaba tratando de protegerme.

Emma notó la tristeza en el rostro del profesor.

- Debido a que los Aurores habían detectado mi presencia en el continente, me vi forzado a regresar a Estados Unidos de inmediato. Aunque claro que regresé para visitar a Lily cuando nació Harry, en 1980. Un año después, Voldemort la… - El profesor no siguió hablando, y negó con la cabeza antes de mirar a la adolescente. - Bueno, eso ya todo el mundo lo sabe.

- Yo… lo siento. - dijo Emma. El vampiro lograba ocultar muy bien su sufrimiento, pero ella sabía que estaba ahí. No sabía qué decir. La chica simplemente llevó una de sus manos al hombro del profesor. - La quería mucho, ¿verdad?

- Si. Sé muy bien que debería haberle borrado la memoria apenas me vio por primera vez, pero me recordó tanto a mi hermana pequeña que simplemente no pude hacerlo. En cierta forma, a través de ella recuperé a un ser muy querido, pero luego comencé a quererla por quien era, no por a quien me recordaba. Como ya dije, fue mi mejor amiga. Hicimos muchas cosas juntos. - dijo el profesor, sonriendo con tristeza. - Me arrepiento cada día por no haber ido tras Voldemort cuando pude hacerlo. Dumbledore también se sintió culpable por eso durante mucho tiempo, pero dudo que Harry sepa eso.

- ¿Le gustaría que se enterara? - preguntó Emma.

- No. No podría contárselo sin revelarle la verdad. Aunque incluso aunque supiera que soy un vampiro, no sé si se lo diría. - Sieghart miró a Emma, quien le miraba con curiosidad. - Nunca he considerado justo que yo haya podido conocerla como lo hice y él no. Aunque debo admitir que me costó una gran esfuerzo el disimular que no conocía a Harry antes de verlo en el Gran Comedor durante el banquete de inicio de curso.

- Yo pienso, que él estaría encantado en saber todo esto, si se presentara la oportunidad. - opinó la chica, sonriendo. Sieghart ahogó una risa y asintió.

- Si, supongo que sí. Pero eso nunca sucederá. Ella ya es algo del pasado. - dijo el profesor extranjero, poniéndose de pie y arremangándose la camisa. - Muy bien, creo que ya va siendo hora de comenzar. Seguiremos con el Aquaeructo, ésta vez intenta mojarme lo más que pueda.

La chica de cabello color miel se pudo de pie, con la varita en la mano, y se preparó para comenzar.

- Antes de comenzar. - dijo Emma. - ¿Qué opina acerca de la profecía y lo que pensamos acerca de ella?

- Lo que ustedes piensan es posible. Todo es posible. - Dijo Sieghart, serio. - Muy bien, allá voy.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Luego de un par de horas, Sieghart Liedger dejó a Emma Dujovne frente a la entrada del pasadizo a la Sala Común de Gryffindor. En esa ocasión, habían vuelto más tarde que la primera vez, y la Dama Gorda del retrato había estado durmiendo cuando llegaron. Era bien sabido por los alumnos de Gryffindor que la mujer no despertaba de muy buen humor cuando alguien interrumpía su sueño, por lo que Emma había tenido que prepararse mentalmente para enfrentarla en cuanto la despertara. Para su sorpresa, el profesor Liedger había sido su salvación.

- Disculpe. - habló Emma, despertando a la Dama Gorda.

- ¡¿Quién demo…?! - la mujer del retrato se quedó embobada viendo al profesor. La adolescente recordó que lo mismo había sucedido cuando los había llevada, a ella y sus amigos, de regreso a la Sala Común después del incidente de la Sala de Menesteres, y tras la primera sesión de entrenamiento, cuando la había acompañado de regreso. - Oh, hola. Buenas noches, profesor.

- Buenas noches. - saludó el vampiro, sonriendo. - Lamento molestarla a estas horas, solo acompañaba a la señorita Dujovne para que regresara a salvo a su Sala Común.

- Si, por supuesto. Pero no es ninguna molestia, profesor. Es muy amable de su parte. - dijo la mujer, hipnotizada y sonriendo como una boba. Emma no pudo evitar sentirse algo celosa y molesta.

- De verdad que lo siento, pero esta situación se repetirá por algún tiempo, aunque prometo que intentaré que no sea tan tarde la próxima vez. - dijo Sieghart.

- No hay problema, en serio. - dijo la dama.

- Gracias. ¿Cree que ella pueda entrar ahora? - preguntó el profesor.

- Necesito la contraseña.

- Oh, por supuesto. - dijo Sieghart, y miró a Emma. - ¿Señorita Dujovne?

Emma dijo la contraseña, con molestia. Del mismo modo, la Dama Gorda la miró antes de que el retrato se hiciera a un lado para dejarla pasar.

- Buenas noches, Emma. - susurró el profesor, sonriéndole. Emma le sonrió de regreso.

- Buenas noches. - se despidió, antes de que el retrato volviera a cerrarse.

- Muchas gracias. - dijo Sieghart, mirando a la dama de la pintura. - Y muy buenas noches. Que tenga lindos sueños.

- Sin duda lo haré. - dijo descaradamente la dama gorda, sonriendo lascivamente antes de morderse el labio inferior. Sieghart no permitió que se le notara la incomodidad en el rostro y se volteó para alejarse.
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Re: Harry Potter and the Rising Shadows

Mensaje por Invitado el Mar Dic 13, 2011 8:36 pm

XXIV. Aparición

Para los últimos dos días de Octubre, los estudiantes de los últimos cursos ya estaban repletos de pruebas y tareas. A Harry, Ron y Ginny apenas les alcanzaba el tiempo para hacerlas todas y para asistir a las prácticas de Quidditch. La temporada del deporte mágico más popular en el mundo iba a darse por iniciada en poco tiempo, y Harry, como capitán del equipo de Gryffindor, había tenido que supervisar las pruebas y programar un horario para que entrenaran. Ron había vuelto a obtener el puesto de Guardían y Ginny era una Cazadora. Además de eso, aún estaban inmersos en intentar descubrir el significado de la profecía que Harry y Ron habían oído de los labios de la profesora de Adivinación. Emma no le había dicho a nadie que le había contado al profesor extranjero acerca de la predicción, ya que el vampiro tampoco se lo había dicho a nadie más.

Harry y Ron, junto a Ginny y Emma, quienes los ayudaban, estaban en el interior de la Sala Común de Gryffindor, estudiando para una prueba de Transformaciones que tenían al día siguiente, justo a la última hora antes del banquete de Noche de Brujas. Hermione estaba haciendo su ronda correspondiente a través de los pasillos del castillo. Ella no necesitaba seguir estudiando tanto como Ron, por lo que había aceptado intercambiar su turno con él para que el pelirrojo pudiera prepararse un poco más para la prueba.

La prefecta estaba ya a la altura de la puerta principal del colegio cuando se encontró con el profesor Liedger, quien patrullaba también.

- ¿Todo en orden? - preguntó el profesor, sonriendo. A diferencia de Hermione, el extranjero no utilizaba su varita para iluminar su camino, por lo que la castaña bajó la suya para que la luz no le pegara directamente en el rostro al vampiro.

- Si. La noche está bastante tranquila, profesor. - dijo Hermione, sonriendo también, algo sonrojada. - ¿Va a salir un rato? ¿Me permite acompañarlo?

- Pensaba hacerlo, pero la verdad es que ya está haciendo bastante frío por las noches, no me gustaría que enfermara. - dijo el joven. Hermione asintió, entendiendo su punto. Fue un maullido proveniente del exterior lo que los impulsó a salir al final.

El aire frío le golpeó el rostro a la chica, haciéndola temblar. Aún cuando el clima no había llegado a las temperaturas más bajas, el aire nocturno era ya casi intolerable. Sieghart sacó su varita y la agitó, y la temperatura alrededor de ellos aumentó un par de grados, quitándoles el frío de encima. Hermione lo miró y sonrió.

- Gracias. - dijo la chica. Por supuesto que ella sabía realizar ese hechizo.

- De nada. - dijo el profesor, y luego miró hacia abajo, encontrándose con un animalito peludo. - Hola, Crookshanks.

El gato ronroneó mientras el joven extranjero lo acariciaba. Finalmente, el vampiro levantó al felino y lo apoyó contra su pecho. Hermione miraba la escena con una sonrisa en el rostro.

- Realmente, Crookshanks se ha ganado mi amistad. - dijo el profesor, sacando un bocadillo de su bolsillo y ofreciéndoselo al animal. El gato lo devoró gustoso, y luego miró a su dueña, maullando. Hermione lo acarició.

- Se ve que le simpatiza de verdad. - comentó la chica. Sieg sonrió, asintiendo. Una fuerte ráfaga obligó a la muchacha a cerrar los ojos para evitar que su cabello se le metiera en ellos. El vampiro miró al cielo y divisó las nubes, que comenzaban a cubrir las estrellas.

- El tiempo seguirá cambiando. Se viene un invierno verdaderamente frío. - dijo el vampiro, una vez que pasó la ráfaga. Había bastado ese movimiento del aire para que el conjuro que había realizado perdiera su efecto y el frío volviera a afectar a la estudiante. Sieghart volvió a agitar su varita, aumentando la temperatura. Hermione le sonrió a modo de agradecimiento, antes de quedarse mirando el resplandor de la varita de plata, que reflejaba el fulgor de la luna.

- Esto, profesor ¿podría hacerle una pregunta? - preguntó Hermione. Sieg asintió. - ¿De verdad hay… nervio óptico de Basilisco en el núcleo de su varita?

- Si. Sé lo que está pensando, señorita Granger. Los ojos del Basilisco dejan de ser mortales una vez que éste muere, por lo que hay que extraerlos cuando la bestia está viva para conservar sus propiedades. - explicó el profesor. Hermione juntó sus cejas. - Mi primera varita fue de caoba, veintiséis centímetros, con una cola de pelo de unicornio como núcleo. Hace unos años, en una batalla, esa varita fue destruida. Tuve muchas varitas después de esa, pero ninguna funcionaba como la mía. Poco después, me llegó el rumor de un duende que había aprendido la fabricación de varitas mágicas y quise probar suerte con una de ellas. Y así fue como conseguí ésta.

Todo lo que había dicho era verdad, pero omitió varios detalles. Como el hecho de que su primera varita había sido destruida el año 1916, en China. Y que había pasado 8 años probando diferentes varitas, hasta que llegó a Irlanda, y no América como le había dicho a los estudiantes, el año 1924, donde conoció al duende fabricante de varitas, Deff. Le contó lo que le sucedía a todas las varitas que utilizaba. El ser mágico, curioso como todos los duendes, quedó impresionado con el vampiro capaz de utilizar magia humana y se dedicó a analizar la situación. Resultaba que, debido a su condición, poseía un poder mágico superior al de los humanos y que cuando éste era canalizado a través del núcleo de la varita, la madera no era capaz de soportar el poder y se quebraba.

Por esos años, la colonia de Deff estaba siendo acosada por la constante presencia de un monstruo que había devorado a varios duendes; una serpiente gigante que se movía en el más absoluto silencio. Sieghart había sabido que era un Basilisco simplemente por esa descripción, pero aún así había aceptado el trato con el duende; él se encargaba del Basilisco y Deff le fabricaba una varita que fuera capaz de resistir la presión de su poder.

Sieghart le había arrancado los ojos al Basilisco en medio de la pelea, en la cual había utilizado tanto su magia como sus poderes de vampiro, y se le había ocurrido llevárselos al duende para ver si se podía hacer algo con ellos. Deff no había dudado ni un segundo en utilizar el nervio óptico de los ojos para conformar el núcleo de su más grande varita. En comparación con las varitas normales, no difería muco en cuanto a poder, aunque era especialmente útil para la magia negra, en ningún caso se acercaba a las legendarias capacidades de la Varita de Saúco, pero era capaz de utilizar hechizos poderosos sin que ésta se destruyera y eso le bastaba.

Hermione asintió y miró al cielo.

- Espero que no le moleste todo esto. Digo, por lo que le pasó en segundo año. - dijo el profesor, guardando su varita. Hermione se volteó hacia él con las cejas alzadas.

- ¿Sabe sobre eso? - preguntó la chica. Sieg asintió. - No pasa nada, eso ya es cosa del pasado.

Se quedaron unos pocos minutos más en el exterior, simplemente viendo como el cielo era cubierto por las nubes, hasta que una nueva ráfaga helada los hizo entrar. La temperatura había bajado muy rápidamente en esos minutos, por lo que Sieghart decidió entrar también a Crookshanks para que pasara la noche en el interior del castillo. Sin embargo, antes de que el profesor la guiara al interior del castillo, Hermione estuvo segura de haberlo visto mirando fijamente hacia el bosque prohibido, con una expresión seria. La chica miró en la misma dirección, pero no vio nada entre las sombras de los grandes árboles. Para cuando se volteó para mirar al extranjero, éste ya estaba dirigiéndose hacia la puerta, y la sostuvo abierta para que ella entrara primero.

- Muy bien, creo que es hora de que regresemos a nuestras habitaciones. - dijo Sieg, entregándole el gato a la chica cuando estuvieron dentro.

- ¿Está bien, profesor? - preguntó Hermione. El vampiro se mostraba serio y expectante, pero una de sus usuales sonrisas adornó su rostro cuando la miró.

- Por supuesto. - dijo. Parecía auténtico, pero Hermione no estuvo segura de creerle. Finalmente, Sieghart se enderezó y le asintió. - Buenas noches.

- Buenas noches. - dijo la chica, y vio como el profesor se alejaba, internándose en los oscuros pasillos. Hermione esperó unos cuantos segundos, evaluando la extraña actitud que había presenciado antes de voltearse y emprender su camino hacia la Torre de Gryffindor.

Pasaron unos minutos antes de que el sonido de los pasos de la chica indicaran que a estaba bastante lejos de la entrada principal del colegio, y Sieghart salió desde atrás del muro de una intersección de pasillos para acercarse a las puertas. Estaba seguro de que la había percibido. Mikhaila. El viento le había llevado su aroma desde el bosque. Sin perder tiempo, el vampiro abrió las puertas del castillo y comenzó a correr hacia los árboles, alcanzando el bosque para comenzar a acelerar hasta su máxima velocidad e internarse en las sombras sin que nadie fuera capaz de verlo, o eso creía él.

Sieg se abría camino entre los grandes troncos, intentando captar el rastro de la vampiresa nuevamente. El viento le había llevado su aroma, ésta vez estaba seguro, e incluso aunque fuera un rastro antiguo, atrapado por la frondosidad de los árboles, eso solo podía significar que ella había estado allí. Si lograba encontrar otro poco de su aroma, ya todo quedaría confirmado, y si podía encontrarla a ella y acabar con ella antes de que todo el caos que conllevaba su presencia en cualquier lugar, mejor. Aunque claro, si ella ya había detectado su presencia y no quería que él la encontrara, jamás podría hacerlo. Mikhaila Alina Richi Divilla era una vampiresa que le doblaba la edad, y que por tanto era más fuerte y más rápida. Jamás podría alcanzarla en una carrera recta, y menos aún en un lugar como el bosque prohibido. En un enfrentamiento directo, ella tenía las de ganar, pero él contaba con una ventaja que hacía que la balanza se inclinara a su favor. Él podía hacer magia, no necesitaba acercarse a ella para matarla. Talvez sonaba algo cobarde… pero Sieghart era quien mejor sabía que, cuando de Mikhaila se hablaba, lo mejor era tomar cualquier oportunidad para acabar con ella, sin importar lo sucia que fuera.

Sieghart se detuvo para analizar sus alrededores. Gracias a su visión, no importaba la falta de luz, podía ver perfectamente bien. Pero lo que en realidad estaba buscando era el olor de la vampiresa. Concentrándose al máximo, intentó captar algún movimiento con sus oídos, pero nada que pareciera ser una criatura pequeña moviéndose en la oscuridad. Mikhaila era una mujer que solo podía calificarse como pequeña; delgada, no pasaba el metro sesenta cuando estaba descalza. Poseía una belleza que era rara vez vista. Ojos grandes y oscuros, rostro fino y delicado y hermoso, cabello castaño ondulado naturalmente, un cuerpo perfecto. Pero todo lo que oía eran seres grandes moviéndose a una velocidad mucho menor a la de un vampiro. De hecho, una de esas criaturas estaba bastante cerca.

Sieg se volteó, mostrando los colmillos y listo para pelear si era necesario. De entre un par de árboles, una criatura mitad humano mitad caballo apareció frente a él. Sieghart lo reconoció y retrajo sus colmillos, adoptando una postura completamente libre de amenaza.

- Firenze. - dijo el vampiro y se acercó al centauro.

- Sabía que te vería nuevamente, Sieghart. - dijo Firenze, a modo de saludo.

- Hola. - saludó Sieg, sonriendo.

- Se ha hablado mucho de tu presencia en el castillo a lo largo del bosque. Muchas de las criaturas estaban pensando en ir a comprobar si era verdad que el "comandante" estaba trabajando como profesor.

- ¿Aún siguen con eso de comandante? - preguntó Sieg, negando con la cabeza.

- Fuiste quien nos guió a la batalla contra las fuerzas del señor Tenebroso. Sin tu intervención, probablemente ninguna de las criaturas del bosque hubiera participado en dicha batalla, y el resultado hubiera sido diferente. - le recordó Firenze. Era cierto, si Sieghart no hubiera organizado la resistencia en contra de las fuerzas de Voldemort que se acercaban desde el este, los Mortifagos y las criaturas que los acompañaban hubieran podido atravesar el bosque, tomando a los profesores y estudiantes que se quedaron luchando por sorpresa.

- Veo que ya sanaron tus heridas. - observó el vampiro. Firenze había resultado seriamente herido en la batalla. Muchos dudaron que alguna vez fuera a recuperarse. Pero ahí estaba, con varias cicatrices que demostraban su participación en la guerra, pero de pie y moviéndose por su cuenta. - Me alegro por ti, fuiste de gran ayuda para proteger a los estudiantes.

- Aún así, hubo varios que dejaron este mundo ese día. - comentó el híbrido rubio.

- Eso era inevitable. - dijo Sieghart. Se quedaron en silencio por unos minutos, permitiendo que el aire frío los reconfortara.

- Sé la razón de tu presencia aquí. - comentó Firenze finalmente, haciendo que Sieg le mirara. - Ciara ha estado enviando a sus seguidoras alrededor del bosque para buscarla a ella.

Sieghart alzó las cejas. Así que Ciara, la líder de las Veelas, estaba cumpliendo su parte del trato.

- ¿Ha conseguido algo? - preguntó el vampiro.

- No podría decírtelo. Desde la batalla, cada grupo de criaturas ha regresado a su propio territorio. La vida ha vuelto a ser como la de antes. - explicó el centauro. Desde el fin de la guerra, los centauros habían aceptado a Firenze de regreso en la manada.

- ¿Qué hay de ustedes? ¿La han visto?

- Ninguno de los centauros la hemos visto. Pero su presencia se ha estado haciendo más clara. Los de su clase dejan marcas en su camino… marcas oscuras que producen distorsiones en el flujo de las cosas. - respondió Firenze. Sieghart frunció el entrecejo.

- No… ¿no podría ser mi presencia? - preguntó Sieg, esperando que, aunque sabía que no era así, la presencia de Mikhaila no fuera nada más que una broma de su mente.

- No. Tú no eres como los de su clase. A diferencia de ellos, tú no posees ese vacío que marca el camino que recorres. - aseguró el centauro, y miró hacia arriba. El cielo no era visible en esa parte del bosque. - ¿No lo sientes? Alguien como ella no puede pasar completamente desapercibida y menos aún cuando sus intenciones no son buenas. Durante la batalla, si bien estuvo de nuestro lado junto con otros de su clase, aún así era palpable su aura maligna. Por supuesto que podría tratarse de otro vampiro.

Los centauros eran criaturas muy espirituales que poseían una conexión con la naturaleza superior a la de cualquier otro ser. Muy superior a los instintos de los vampiros, era algo que les decía cuando algo estaba mal y nunca fallaba. Durante la guerra, Mikhaila había aparecido en el bosque junto a otros vampiros para participar, por suerte, del lado de los buenos. Por supuesto que lo hacía simplemente por conveniencia, no porque fuera lo correcto. Alguien como Voldemort, quien consideraba a cualquiera que no fuera un mago o bruja de sangre pura como escoria, solo podía traerle problemas a la comunidad de los vampiros, sobre todo porque éstos poseían algo que él no había podido conseguir nunca: inmortalidad corpórea.

Al principio, Sieghart había estado renuente a aceptar su ayuda, pero dadas las circunstancias se vio forzado a aceptarla. Nuevamente, el vampiro más sanguinario que el mundo hubiera conocido estaba de vuelta junto a la vampiresa que había sido su progenitora, compañera y amante durante más de un siglo, peleando por un fin en común; evitar que el señor Tenebroso se quedara con el poder.

Al final, una vez que las fuerzas de Tom Riddle se habían retirado, Sieghart había acorralado a Mikhaila con su magia y había estado a punto de matarla, pero no fue capaz. La vampiresa lo sabía desde un principio, ya que nunca mostró la menor señal de temor ante los hechizos de fuego del vampiro con alma. Sieg la había dejado ir, como recompensa por haberlos ayudado en la guerra, pero le había jurado que si la volvía a ver, acabaría con ella sin pensarlo dos veces.

- Así que… ella podría estar rondando el castillo. - dijo el profesor extranjero.

- ¿Sabes la razón? - preguntó Firenze.

Por supuesto que lo sabía. Él era el motivo… nada que le perteneciera a Mikhaila, según el punto de vista de ella, podía simplemente irse de sus garras sin que ella hiciera algo para impedirlo.

- ¿Crees que podrías hacerme un favor, Firenze? - preguntó al vampiro, cabizbajo y serio.

- Lo que sea, Sieghart.

- ¿Podrías estar atento a lo que pasa en el bosque e informarme si la detectas?

Firenze lo miró de cerca antes de asentir.

- ¿Qué pasa si se trata de otro? - preguntó el rubio híbrido.

- Mientras no represente un peligro para el colegio, no tendré que entrometerme. - respondió Sieg, y luego alzó la vista, sonriendo. - Aunque si se convierte en un problema para mis amigos del bosque tampoco me quedaré con los brazos cruzados.

El centauro esbozó una sonrisa que duró lo mismo que un parpadeo.

- Gracias, Firenze. - con esa pequeña charla, que hablaba de riesgos pero que había resultado bastante tranquila, Sieghart decidió que dejaría la búsqueda para otra ocasión; que lo mejor era dejar el asunto en las manos (o patas o garras) de los habitantes del bosque. - Será mejor que regrese ya.

- Que las estrellas iluminen tu camino, Sieghart. - se despidió el centauro. Sieghart miró hacia arriba.

- No se si puedan. - dijo. La boca de Firenze se curvó en una fugaz sonrisa nuevamente. - Que iluminen tu camino también.

Sieg echó a correr de regreso al castillo.

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Emma seguía pegada a una de las ventanas de la Sala Común, al igual que sus amigos, fingiendo estar preocupada por el profesor extranjero. "Fingiendo" quizás no fuera la palabra adecuada, ya que si estaba preocupada de verdad, pero ella era la única sabía que el profesor Liedger era perfectamente capaz de enfrentarse a cualquier criatura que habitara el bosque… ya que él mismo había sido una, unos cuantos años antes. Dejando a un lado su magia, el vampiro poseía habilidades sobrehumanas que le permitirían encarar lo que fuera. Todos los del grupo estaban así, expectantes, desde que Hermione había regresado a la torre de Gryffindor, informando que había visto al joven profesor caminar e internarse en el Bosque Prohibido. Era ya segunda vez que lo veían hacer eso en medio de la noche.

Llevaba ya media hora en el bosque, un poco más si se tomaba en cuenta lo que Hermione había tardado en llegar a la Sala Común, y aún no había señales de que fuera a salir.

- Ya lo habíamos visto internarse en el bosque antes, y al día siguiente apareció como si nada. - recordó Ron.

- Si, pero yo lo noté algo extraño cuando estuve hablando con él. Antes de que entráramos, lo vi mirando fijamente el bosque. Estaba serio, muy serio. - explicó Hermione. - Pero lo más extraño es que me haya hecho entrar fingiendo que él se iba a su despacho para poder salir sin que yo lo viera. Si no hubiera sido por Crookshanks, lo habría conseguido.

Mientras iba de regreso a la torre de Gryffindor, el maullido de su mascota la había alertado acerca de la presencia del joven extranjero en los terrenos del colegio. Iba corriendo hacia el bosque, y era visible solamente porque la luna aún no había sido cubierta por las nubes que se acercaban desde el sur. De hecho, parte de los terrenos aún eran iluminados por la luna, pero ésta no tardaría en ser escudada, por lo cual lo que alcanzaba a iluminar era cada vez más escaso.

- Si no regresa pronto, tendremos que avisarle a la directora McGonagall. - dijo Harry. Emma se mordió el labio inferior, eso podría traer problemas. Los vientos altos volvieron a acelerar y las nubes comenzaron a moverse más rápido, cubriendo más del terreno con sombras. Pronto ya no podrían ver nada. - Será mejor que traiga el mapa.

El corazón de Emma dio un brinco. Si leían el Mapa del Merodeador, volverían a ver los dos nombres del profesor extranjero. Claro, no habían notado nada la primera vez, pero si en ese momento leían las dos casillas diciendo Sieghart Liedger y Sieglieg Von Einzbern y solo veían a una sola persona salir del bosque, comenzarían a hacerse preguntas. Sería solo cuestión de tiempo para que alguno de ellos, probablemente Hermione, se enterara acerca de quien era el dueño del otro nombre que aparecía en el mapa. Y por supuesto que ella le contaría a todos los del grupo y la verdad saldría a la luz más temprano que tarde.

La chica de cabello color miel pensó que, de ser necesario, tendría que destruir el mapa. Pensaba en como sería la mejor manera de ponerlos a dormir a todos lo más rápido que pudiera para así robar el mapa, arrojarlo al fuego y luego fingir que dormía también hasta que alguno de los demás despertara. Sabía perfectamente que se sentiría fatal luego de hacerlo, se sentía una traidora de solo pensarlo, pero había prometido proteger el secreto del profesor. Justo cuando ya había ideado la forma ideal para proceder y cuando Harry comenzaba a subir las escaleras, una silueta apareció de entre los árboles del límite del bosque. Emma lanzó un suspiro de alivio.

- Chicos, ahí viene. - informó. Ginny y Hermione habían estado mirando hacia afuera también, por lo que lo vieron salir apenas lo hizo. Pero Harry y Ron (quien estaba adormilado en uno de los sofás) no habían estado ahí, así que se acercaron a toda prisa para mirar. Era verdad, la silueta oscura salió al poco espacio de los terrenos que aún era iluminado por la luna y los estudiantes fueron capaces de reconocerlo de inmediato. Era imposible confundirlo, y menos de noche. Ni siquiera a esa distancia.

Aunque había estado en el interior del lugar más peligroso de Hogwarts por bastante tiempo, no se le veía herido ni nada por el estilo. Estaba perfectamente bien. O por lo menos eso parecía desde la distancia. El profesor extranjero recorrió el camino que le faltaba para llegar a las puertas del castillo, desapareciendo de la vista de los espectadores un poco antes de alcanzarlas y entrar.

- Bueno, ya vimos que está bien. - dijo Ron, bostezando.

- ¿Qué creen que haya ido a hacer allá? - preguntó Ginny.

- Mañana podremos preguntarle. - dijo Ron, ya un poco malhumorado por la falta de sueño.

De mala gana, y con bastantes dudas en su cabeza, los estudiantes se fueron a sus habitaciones, con Emma agradeciendo en silencio por el buen tiempo del profesor para salir del bosque antes de que todo se complicara.

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En las profundidades del bosque, una mujer de cabello largo y brillante, vestida completamente de blanco, entró en un claro en medio de grandes árboles. Como todas las noches desde su encuentro con Sieghart, Ciara patrullaba el bosque en busca de la vampiresa que supuestamente estaba rondando por ahí. Hasta el momento, solo había conseguido más rumores acerca de la presencia de Mikhaila, "la arpía" como ella la llamaba. Tenía que admitir que la muy maldita era bastante escurridiza. A ese paso, posiblemente jamás la encontraría si de verdad estaba allí. Iba a volver a internarse en el bosque cuando una risita proveniente de su espalda la hizo voltear.

- Pensé en venir y ahorrarte el trabajo. - dijo una mujer. Ciara tensó su mandíbula y se puso en guardia. Sus largos cabellos plateados se tornaron rojizos, agitándose violentamente alrededor de la Veela. - Wow, eso si que es bastante atractivo de tu parte. Relájate, no vengo a matarte… aún.

- Así que si estabas por aquí. - dijo Ciara, gruñendo. Sus cabellos recuperaron su color fantasmagórico natural y su postura se relajó un poco. - ¿A qué has venido?

Mikhaila sonrió antes de comenzar a acercarse a la Veela, sin demostrar nada de temor. Sabía que la mujer del cabello plateado no era rival para ella; no tenía nada que temer.

- Bueno, he venido a hablar contigo. - dijo Mikhaila, acariciando su propio cabello antes de lanzarlo por sobre su hombro. - O más bien a advertirte.

- ¿Si? - preguntó Ciara, sarcástica y sin miedo. Como la orgullosa líder del clan de Veelas que habitaba el bosque prohibido, no retrocedió ni un solo paso.

- Si, así que lo diré directamente. Supe de ciertas actitudes tuyas que me molestaron bastante. Actitudes con un hombre que me pertenece. - dijo Mikhaila, la sonrisa había desaparecido de su rostro. - Si quieres seguir viviendo, mantente alejada de Sieglieg. Él es mío.

Ciara reprimió una risa.

- Bueno, pues la última vez que me fijé él no te prestaba mucha atención que digamos. - recordó Ciara, sonriendo con malicia.

Mikhaila sonrió y ladeó la cabeza… y Ciara salió volando contra un tronco de los árboles cercanos. Cuando se dio cuenta, la mano de la vampiresa rodeaba su cuello, sosteniéndola contra el árbol sin que sus pies tocaran el suelo.

- Escúchame bien, fantasmita, que haya dicho que no vine a matarte no significa que no pueda cambiar de opinión. - amenazó Mikhaila. Sus colmillos habían salido y sus ojos mostraban un color rojo intenso. - ¡Aléjate de Sieglieg!

La mujer de cabello color castaño claro arrojó a su rival hacia otro árbol, pero la Veela aterrizó sobre sus pies, como si nada hubiera pasado.

- Ya estás advertida. Que le digas que estoy aquí o no, no me interesa. De todas formas ya estaba pensando en dejarme ver. - continuó la vampiresa. Sus colmillos desaparecieron y sus ojos tomaron su color café habitual. - Pero mantén tus hormonas en raya. Sieglieg es solo mío y me lo llevaré conmigo.

- Él te odia. - dijo Ciara, desafiante. - Jamás aceptará irse contigo.

Mikhaila sonrió, divertida.

- Ya veremos. - dijo, y con eso despareció en la oscuridad. Ciara jamás se había sentido tan humillada en toda su vida. Si la arpía creía que la atemorizaba, estaba muy equivocada. No pensaba hacerle caso a ninguna de sus palabras. La Veela recuperó la compostura y sonrió, al menos ya había confirmado los rumores, y era tiempo para recibir su pago.

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