Hogwarts: La Magia en tu Sangre



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El juego del Ángel ||Nicholas Von Fersen||

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El juego del Ángel ||Nicholas Von Fersen||

Mensaje por Anjali Nayar el Dom Sep 09, 2012 7:56 am

Un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él. –Mahatma Gandhi

La vida de todo ser humano está regida por una serie de normas y leyes que se suponen que hacen que el convivio entre personas sea de manera más amena. Por lo menos eso se supone. ¿Pero qué pasa cuando toda regla moral te resulta absurda? O mejor aún, ¿Qué pasa cuando te ves tentado a pasar por alto todo aquello que dicte el comportamiento que uno debe llevar? Uno podría pensar ciento de cosas y muy probablemente tendríamos respuestas muy interesantes, aunque obviamente solo hay dos tendencias que responden estas incógnitas. Pero no hay que detenernos a pensar que harían o qué pensarían los demás, a fin de cuentas solo importa una sola respuesta: la que tú piensas. Todos guardamos un lago egoísta que tarde o temprano sale a relucir, simplemente así es la ley de la vida. Ahora es turno de hacer unas preguntas, o más bien, una sola. ¿A qué viene la lección de moralidad? La respuesta es fácil, y más cuando se le tiene enfrente.

Tierras Altas de Escocia – Hogwarts // Hace unas semanas atrás

En más de una ocasión has llegado a alardear de ser una buena observadora, ¿Entonces en qué momento dejaste de hacerlo? Una sonrisa irónica se ha dibujado en tu rostro y no tiene la más mínima intención de querer desaparecer. La sabes bien. Como bien dijimos, eres una buena observadora pero como a todos siempre hay algo se te escapa.

No fue hasta que el joven aristócrata alemán se te acerco, que te enteraste de su existencia y por ende de su presencia en tu clase. Si bien, él no te gustaba, ni te atraía físicamente, no pudiste evitar detallarlo minuciosamente. Es que simplemente ese poderío del que él es poseedor no es algo que pueda pasarse por alto. A simple vista puedes notar que no es como el resto de los estudiantes masculinos, él resalta. ¿Cómo no lo notaste antes? Buena pregunta, una lástima que no tengas la respuesta. Puedes notar con claridad que no es un niño, tiene una mayor edad que el resto del alumnado, sus rasgos casi parecen tallados al mármol, dando una leve alusión a un lobo. Pero no está bien que lo detalles con tal cinismo pero simplemente no puedes evitar hacerlo. Incluso hasta has olvidado la simple y sencilla pegunta que te ha hecho. Sacudes la cabeza de forma sutil y solo le sonríes. Le pides que te diga de nuevo su duda para que puedas responderle. Y sin saber cómo, han pasado de una “burda pregunta” a una charla bastante extensa sobre una variada gama de temas, cual colores se tratara. Es ahí donde una vez más notas que él ha dejado la niñez hace mucho tiempo.

Por momentos te preguntas como es posible que alguien como él este en Hogwarts, incluso podrías decir que es un ser superior a todos los presentes en el colegio. Pero rápidamente detectas ciertas actitudes en él, así que deja de ser celestial para regresar a ser terrenal, pues simplemente es de fina estirpe -aunque de simple no tenga nada-.

Y así como rápido llego el encuentro, rápido acabo. Mentirías al negar que te ha desilusionado tanta brevedad, pero de igual forma mentirías al decir que quisieras algo más prolongado. Con ese pensar partes de aquella aula tan solo unos minutos más tarde, solo después de que te has asegurado de que todo el efecto de hipnotismo que el joven Von Fersen ha dejado sobre ti se ha marchado -para no volver por lo menos por ahora-.

Gringotts Banco de Magos // Actualidad


Llegamos a donde empezamos o empezamos en donde llegamos. Ya no sabes, además. ¿El orden no altera los factores, cierto? Solo sonríes.

Revisas una vez más el pequeño reloj de pulsera muggle que recientemente te has comprado en una de tus escapadas. Y es justamente al verlo que recuerdas porque el dinero recién retirado hace unas cuentas horas se ha agotado. Es demasiado frustrante tener que escapar de los seres a los que se quiere, pero más frustrante resulta que sean ellos los encargados de arruinar y censurar esa libertad que tanto amas. Por momentos quisieras levantarte del lugar en donde estas y simplemente decirles que pueden meter sus deseos y opiniones por donde mejor les quepa, pero como siempre guardas silencio mientras finges prestar atención a lo que sucede a tu alrededor. Simplemente resulta más sencillo huir en cuanto se presenta la oportunidad y ponerte a vagar por todos los lugares que se crucen por tu mente.


Apenas y eres consciente de que esa persona en la cual has pensando hace poco esta en el mismo lugar, solo te percatas por su presencia cuando están lado a lado. Una sonrisa llena de ironía se carga en tu mente, obligando a la que lucha por formarse en tus labios se esconda. Giras el rostro levemente, dando un asentimiento de cabeza a modo de saludo. –Joven Fersen.- le sonríes de forma neutra y vuelves a mirar al frente, pues ya es tu turno para hablar con el duende en turno.

Entregas tu varita en cuanto te la solicitan. Se hacen todos los requerimientos necesarios y entras a tu bóveda personal -esa que solo conocen un par de personas y tu-. No te fijas en el tiempo que tardas en la parte subterránea del viejo banco. Realmente no importa. Al cruzar la puerta o más bien, al intentar cruzarla, vuelves a encontrarte con tu estudiante. Ríes. –Al parecer el destino busca que nos encontremos.- le dices una vez que la risa ha cesado.


Última edición por Anjali Nayar el Lun Sep 10, 2012 4:30 am, editado 1 vez



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Cuidado Invitado puedo hacer o romper tu destino.


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Re: El juego del Ángel ||Nicholas Von Fersen||

Mensaje por Nicholas Von Fersen el Lun Sep 10, 2012 3:36 am

Septiembre 08. 13:21 horas. Londres Mágico, Inglaterra.
¤ La única ventaja de jugar con fuego es que aprende uno a no quemarse. Tal vez.¤
Oscar Wilde


El día arañaba el verano como si fuera su último suspiro, o quizá su último lamento. No me considero un especial seguidor de esta época del año, sin embargo, significaba lo que mi vida acomodada tenía por costumbre: la libertad. No faltaba mucho para que las clases volvieran a dar inicio, siendo así, pasar todo el santo día dentro de un aula de clases. Nunca me he quejado del funcionamiento de un colegio, más aún, uno de magia; sin embargo, mi estilo de vida es y siempre ha sido liberal. El hecho de doblegarme ante una norma nunca me ha parecido atrayente, mucho menos digno de mi interés. Doblegarse es rendirse, y rendirse significa tu propia destrucción.

Sin embargo, aunque me cueste admitir, la experiencia -corta, ciertamente- en Hogwarts, había sido de mi particular agrado. No eran tan estrictos salvo en el hecho de dejar tareas y deberes. Más que todo era un internado con libertades. Nada parecido a lo que ha sido Durmstrang por el momento. Aún así, reencontrarme con los colores de mi colegio hizo que se me transfiriera inmediatamente a esa nueva "casa", me gustó y a la vez no. Había dejado mi cómodo dormitorio para vivir en el barco donde estábamos asignados. Una lástima, sin duda. Aunque no es propio de un caballero quejarse de sus condiciones si estas son favorables.

La gente que había en Hogwarts, tanto profesores como alumnos, me hacía sentirme cómodo, no feliz, pero sí en un lugar adecuado de la escala de satisfacción con el ambiente. Había visto mujeres hermosas, inteligentes, algo desaliñadas, pero no podría mentir si quisiera decir que alguna era fea; las inglesas -o gente que radicaba en el país- tenían un encanto que no se encuentra en cualquier parte del mundo. Londres es una de las ciudades más enigmáticas que he conocido, cuenta como una de mis preferidas a la hora de hacerme el turista y descubrir su magia.

Había decidido ir al Callejón Diagon para comprar unos libros de Aritmancia que necesitaba, pero para ello necesitaba retirar de mi cuenta -la de los Fersen- personal un poco de galeones, una cuenta razonable. Si bien es cierto, mi talento nunca ha sido ahorrar, menos aún cuando se trata para acrecentar mi conocimiento. Resolví hacerlo de la forma más simple: ir, mostrar la varita, sacar lo que necesitaba, irme y punto. En mi plan no había encuentros, ni ligues -muy a mi pesar- ni tampoco simpáticas sonrisas. Yo iba a lo mío.

Pero aunque nadie lo buscaba, ni nadie lo planeo así, el destino decidió ir en contrar de mis planes. Aunque tal vez no era el destino, podía haber sido intencionado. A saber.

En la fila para entrar me encontré con una de mis profesoras en Hogwarts, por más que traté de recordar su asignatura, la palabra no me venía en mente. Era una vergüenza por mi parte, no recordar a una mujer tan...¿exótica sería la palabra? Lo fuera o no, seguía siendo una falta de respeto hacia ella y su curso, pero no tenía por qué enterarse; al fin y al cabo, era una simple coincidencia. O eso creía yo.

La miré de soslayo sonriendo amablemente pero no tuve necesidad de hacer eso para que me reconociera. Ya lo había hecho, lo notaba en sus ojos. Su voz sonaba como la de una persona aparentemente desinteresada, pero un instinto dentro de mí -quizá el licántropo- me dijo que había más que amabilidad en esa voz. ¿Interés? Tal vez. ¿Sorpresa? Negativo. ¿Casualidad? Me parece lo más lógico. Y de nuevo, quise excusarme bajo ese término.

~Profesora Nayar~ dije con una sonrisa ligera, más amable que sincera. Dejé que pasara y la vi desaparecer acompañada de un duende que la llevaría dentro de esa red de caminos que sólo ellos reconocían. Pasé al siguiente, me asignaron un duende y olvidé el encuentro.

Cogí todo lo que necesitaba -no una cantidad grande, algo que simplemente parece insignificante-, y me dirigí a la salida. Me giré para comprobar algo sin estar muy seguro de qué y negando con la cabeza me dije a mí mismo que ese día estaba pensando tonterías. Salí con aire tranquilo, dispuesto a irme a pasar el resto del día dándo vueltas por la ciudad o refugiarme bajo la sombra de un álamo envjecido.

No fue hasta que me encontré con la figura de mi profesora, que desvié mis planes. No pretendía encontrarla de nuevo, mucho menos sabiendo que había tardado algo más de lo normal en mi cámara del banco. ¿Esta vez diría que fue casualidad? «Sabes que no es así, acéptalo y ya», me repetí en el subconsciente. Pero si no era casualidaad ¿qué era?

Ante su afirmación, sonreí de lado, dejando que mis labios se alargaran para formar una sonrisa sin mostrar los dientes. No dejaba la actitud de amabilidad que salía por inercia de mi rostro. Pensé en sus palabras el timpo suficiente que no pasaría a ser escandaloso y terminé diciendo.

~No necesariamente debe ser el destino el culpable de los acontencimientos. Creo yo que influye algo más que casualidad en que dos personas se encuentren dos veces. No estoy seguro de lo que sea, pero sin duda, no es sólo culpa de una palabra.~ esperé su respuesta mentalizando una despedida normal y a la vez, evaluando la posibilidad de que este encuentro no tendría un saludo y su despedida estaba muy lejos de esos precisos minutos.
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Nicholas Von Fersen

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